Monday, February 17, 2025

Taller de teatro

para AJ, AR, Tar y el Chafo

Ensayábamos cuatro veces por semana, excepto el miércoles. En el sexto piso del Edificio de Abastecimientos nos concentrábamos cada día y comenzábamos, de pie, a adiestrar el cuerpo con los ojos cerrados y con movimientos lentos. Cuando la concentración nos había invadido, acelerábamos los movimientos y dábamos paso al calentamiento corporal, el ejercicio necesario que incluían rodar por el piso, acercarnos y tocarse. Todo lo que generaba el ambiente de equipo imprescindible para que un grupo de teatro funcione.

 

Luego practicábamos la obra, alguna de los “Papeles del Infierno” de Enrique Buenaventura del TEC de Cali y luego improvisación en el intento de crear una obra colectiva, en un proceso que desde un anarquismo inocente reivindicaba la dirección teatral colectiva, pero que en la práctica recaía en el mayor de nosotros, El Gato quien ya tenía experiencia previa al haber participado en varios grupos teatrales, entre ellos La Oreja, de quien este nuevo grupo era su sucesor. El Gato y El Tarzán tenían 21 y yo 17. Los tres éramos estudiantes de los primeros años de esa universidad, los tres repitiendo el primer semestre. El Chafo tenía 20 y estudiaba su quinto curso del secundario en un colegio nocturno. La Chama Isa, una hermosa mulata esmeraldeña y la Niña Ine, una locuaz chica de ojos grandes, estudiaban su primer año en la Facultad de Artes. Luego decantarían la primera por pintura y la segunda, precisamente en Teatro. Fue ella la escogida, quien, por vocación y destino sería la única que dedicaría su vida a esta actividad.

 

Nuestro Taller teatral funcionaba en un inmenso piso vacío, entablado con delicado parquet, ubicado sobre la Federación de estudiantes y gestionado por esta para que se nos preste. Entre las primeras estuvo el adecuar uno de sus baños como bodega, recolectar ropa usada y robar telas de anuncios publicitarios, para hacer vestuario y escenografía. Con los sobrantes  hicimos sendos colchones, necesarios para quedarnos ahí luego de las jornadas de creación, luego de la fiesta o para ser lecho de alguno cuando su padre enojado le echaba de casa por algunos días. Colchones cama para pintores, cantantes, artesanos, músicos,... que estaban de paso o que nos visitaban. Músicos de calle, que viajaban por Sudamérica como el brasilero Dan Godinho o el Afro colombiano Sabás Mandinga, actores como el salvadoreño Alejandro Jovel y su “Serpiente emplumada”, quien luego volvió para quedarse. Bailarines, amigos de Clarita, nuestra amiga del Frente de danza independiente, cuenteros chilenos, malabaristas argentinos,... A ese sexto piso llamado Taller de Teatro Politécnico nues (así con "s", de no ser y no evocando al fruto del nogal) también llegaban nuestros amigos, estudiantes de la Católica, los panas del Chafo y del Gato del barrio La Luz, cuasi adolescentes chicas del Colegio de Artes de la Central. Cristian Carrasco y El Choclo, ex integrantes del Grupo La Oreja. Edzon y Lucho, que decidieron proletarizarse, y se fueron a vivir cerca de una invasión en un barrio popular del noroccidente de la ciudad.

 

Los TTP nues también nos reuníamos a estudiar, generalmente antes de exámenes bimestrales. Con El Tarzán nos lanzábamos en la titánica tarea de hacer los ejercicios propuestos del Algebra de Proaño o de la Física de Panchi, en largas amanecidas e íbamos al examen luego de pocas horas de descanso. Nocturnas jornadas académicas que querían en menos 10 horas suplir infinidad de clases no asistidas, tareas no realizadas, explicaciones docentes no recibidas…y que, por supuesto, no daban los óptimos resultados esperados. Era una suerte recibir un 7/10. A pesar de encontrarme en la segunda matrícula del primer semestre del Politécnico, estaba fascinado con el teatro, con la política izquierdista estudiantil y con las actividades de solidaridad que eran pan de cada día. Salía de clases a la una y de inmediato iba a la Federación de estudiantes o directo al restaurante universitario. A las 2 y 30 estaba cambiado para el ensayo y cuando casi había oscurecido bajaba la larga calle Ladrón de Guevara para luego de cenar en casa, comenzar las tareas académicas.

  

El teatro y la política me fueron absorbiendo. En época de elecciones de representantes estudiantiles, pintaba afiches en vez de ir a clases. Luego participé en las funciones que montábamos en los patios politécnicos a media mañana o a salida de clases, como parte de la difusión de la obra del TT Nues (La nuez, como le llamaban algunos). Decidimos probarnos en la calle, de hecho El Gato y El Grupo La Oreja ya lo habían hecho pues dos de sus integrantes rentaban un cuarto que debía pagarse, pero no así nosotros el resto. En ese entonces Carlos Michelena, el popular actor quiteño era el rey del Ejido y el Enano Araujo, interpretando obras de otros, era el habitué de la Plaza del Teatro. En estas obras de calle, creaciones del Grupo La Oreja o fragmentos de "teatro del oprimido" participábamos máximo tres actores. Las salidas a la calle eran cada vez más frecuentes, tanto como las inasistencias al Instituto de Ciencias Básicas.  

 

Actuar en la calle era todo un reto, significaba irnos fogueando en esa tarea difícil de dominar al público y a la vez dominar el cuerpo. El desafío era mejorar nuestra dicción, perder el miedo escénico, mantener el aplomo al ver a los conocidos que pasaban y con quiénes saludabámos solo con las cejas para no romper la mágica personificación. Con el tiempo también aprendimos a guardar al serenidad al identificar al pesquiza, que con gafas y en su falso intento de leer un periódico, estaba atento. Eran días de subversión de distintos órdenes, en medio de un gobierno muy represivo. Pero todos los miedos se iban venciendo en una jornada en la que nos poníamos en una situación difícil, divertida y poco común para unos chicos muy jóvenes de clase media que, en el fondo no actuaban por necesidad. El dinero adquirido al pasar el sombrero no era la principal motivación para actuar, hacer teatro era reafirmar un compromiso político con lo popular y con la concienciación. A cambio de transporte y refrigerio actuábamos en actos de solidaridad y para los obreros de las fábricas en huelga, en las actividades culturales que los barrios marginales organizaban. Entregábamos nuestro arte que sacaba sonrisas convencido de que a la vez hacíamos educación popular.

 

En la calle, adaptábamos el "José Da Silva y el Ángel de la guarda" de Augusto Boal y por supuesto a mi me gustaba ser el picaresco, flacucho y malvado Ángel que engañaba a nuestro Da Silva, el humilde Juan Criollo. Cuando el Ángel usando sus poderes paralizaba a un corpulento Juan en calzoncillos, listo para el suicidio, este se quedaba en diversas poses similares a un físico culturista, las que dieron al Tarzán su apodo. 

 

 ¡Teatro! ¡Teatro de la calle! !¡Teatrito! gritaba uno de nosotros El invitando al público. ¡Venga al teatro!¡Acérquese que no muerdo y si lo hago, lo hago despacio! decía otro compañero desde el otro extremo de ese cuadrilátero que un tercero, con tiza había trazado en el piso para delimitar el escenario. Luego cambiábamos roles, y después todos calentábamos el cuerpo y hacíamos ejercicios de voz. Convocar al público en Quito, era difícil, se corría el riesgo de ser desalojado por la policía municipal o por el "Escuadrón Volante", unos camiones pequeños y largos que patrullaban la ciudad fijándose sobre todo en los jóvenes. Poco a poco, tímidamente se acercaban los transeúntes, como en la época medieval. Cuando la gente estaba alrededor del cuadrilátero nos sentíamos seguros, eran cuatro paredes humanas que iban a defendernos, eran público de un teatro, hasta antes eran curiosos esperando ver que producto ofrecían esos extraños vendedores ambulantes pintados el rostro. Siempre me sorprendió ver cómo en Quito y en la Sierra era difícil convocar público, en tanto que en la costa, debíamos invitarles a que no se amontonen y permitan formar el cuadrilátero. Eso lo comprobamos en la Plaza San Francisco de Guayaquil. Roosevelt el actor que nos había invitadoa ese sitio, tenía un largo brazo de cartón que terminaba en un guante en forma de mano y con el fingía tocar el fin de las espaldas del público para abrir espacio, generando risas estruendosas. 


 

En ese inicio des tarde y una vez formado el cuadrilátero por personas, estamos cambiados y listos para comenzar una obra crítica a la burocracia, llamada “El hombre que no podía orinar”, donde el personaje debe cumplir con infinidad de requisitos antes de ser autorizado a ejercer el "llamado de la naturaleza". En la obra, El Gato, intérprete del personaje principal, mal esconde un largo chorizo de tela dentro de unos teatrales calzones y lo muestra por un segundo antes de ser interrumpido, generando la risa del público. Yo estoy pintado de blanco la cara,  representando a un burócrata que pide requisitos en una ventanilla. Cuando trato de “sellar” el documento, veo en el público a mi madre con su traje sastre de docente. Ella de seguro está en el centro de la ciudad, precisamente para hacer algún trámite. Me doy cuenta que me mira con esa expresión adusta que pone cuando algo le molesta y que conozco desde siempre. Se me pone la piel de gallina y quiero salir corriendo, ella está enojada y evidentemente frustrada. Pero como dice el lugar común, la función debe continuar y lo hago con aplomo, luego de sacar fuerzas recordando los textos del "Teatro del Oprimido" de Boal y a la versatilidad radical de ese tremendo actor y persona, quien luego será mi amigo, el salvadoreño Alejo. Cuando El Chafo capta la atención del público desde su rol del policía que reprime al “meón”, me doy cuenta que mi madre se ha ido.

  

Llego a casa, mi madre me recibe con cara de pocos amigos y dice:

-       Si necesitas plata, pídeme.

El mensaje implícito posterior, lo comprendo totalmente. Siento que ella no valora mi arte, siento que la avergüenzo por ser actor de la calle, pero me digo que eso también es parte de estar contra el sistema y sonrío sin que ella me vea.

 

Al día siguiente le cuento esa historia al Chafo y cuando termino el relato, su risa exagerada de marihuano, interrumpe al dúo Pedro y Pablo que suena en la grabadora del TTP. El Chafo me hace una propuesta.

 

-       ¿Qué te parece si hacemos teatro este viernes y con lo que nos den tomamos un bus hasta donde nos alcance la plata?... Y donde lleguemos hacemos lo mismo y así… ¿Qué te parece?

 

-       ¡Vamos!, le digo

 

Pero esa es otra historia, otra loca e ingenua historia del taller de teatro de la calle.

 


 

Monday, December 09, 2024

Narcisa

El infierno es la verdad vista demasiado tarde
Thomas Hobbes


Un amigo siciliano en el segundo negroni me dice que maldice el día en que conoció a su ex.

- ¡Maldigo ese día!, dice y reitera varias veces la abominación.

Mientras revuelvo el hielo gigantesco de mi vaso, pienso que sus palabras son las mías. También maldigo el día en que conocí a quien "me hizo la vida de cuadritos", como dicen los mexicanos. Los errores se pagan y la mayoría de ellos con creces. Doy un sorbo al negroni, recuerdo la frase de Hobbes y me digo que, en verdad, me di cuenta demasiado tarde de tantos aspectos que la caracterizaban, desde su inicialmente disimulada actitud ególatra, hasta su maquiavélico pragmatismo, pasando por su celopatía. ¿Cómo iba a darme cuenta si es que, como dice el Valerio, ando en las nubes?

Valerio, pintor y solterón empedernido añade:

- Mientras vos te pasas pensando en tus alegramas y en la nueva novela. Mientras yo sueño con mi nuevo óleo, tu compañera y la mía evalúan si aún somos los indicados, buscando a su alrededor nuestro reemplazo. 

Es un primero de mayo y dada la división de la izquierda (para variar) hay dos marchas. Salomónico, decido no ir a ninguna e invito a mi primo a jugar tenis. Voy con mi raqueta, mis shorts Roger Federer y una chompa deportiva de colores que me hace parecer a Río el pajarraco de la película infantil de Disney. Pocas cuadras, después recibo la llamada de mi primo diciendo que no llega, pues no hay transporte público. Tampoco lo hay por mi lado, pero sigo caminando para ver si con alguno puedo ensayar un partido. A media cuadra pasa una de las marchas, la de los pachamámicos y desde esta me llama un amigo a quien no veía hace años. A su lado hay una chica con sombrero.

- Narcisa, mucho gusto, dice.

Pasa medio año y luego de un tonteo espectacular, tenemos un primer susto que, no termina en embarazo, por lo que le digo que evitemos un accidente tan poco feliz. La doctora le dice que se ponga un parche, le recalca que es el método más efectivo. Ella se niega y dice que ha usado siempre la “T” e insiste terca. Tiempo después está embarazada. Estamos juntos casi dos meses, yo no quiero tener hijos y ella tampoco. Decidimos abortar y lo hacemos. Luego, me declarará como el único culpable de esa decisión pero en ese entonces, aquello nos acerca más y nos vamos al África de viaje.

Fruto de coincidencias estúpidas ella se queda a vivir en mi departamento y consolidamos una relación con matices que no me gustan, pero que los dejo pasar, ya que “vivo en las nubes” como dice Valerio. Narcisa sugiere estar celosa de mi jefa, una señora de 62 años, lo que me parece gracioso. Me pregunta constantemente por Sandra, mi colega con la que realizamos varias tareas y un día suelta su recelo. Sus celos, en principio, me causan gracia y dejo que comente sobre mis colegas casadas cuyos esposos son mis amigos, que frunza el ceño al ver a alguna conocida que encuentro en una exposición o que tuerza los ojos a la dependienta qué me sonríe en la tienda. No le doy importancia, me lo tomo con tranquilidad, le aclaro entre sonrisas, que nada ocurre y ella abre los ojos como gata y aprieta levemente los labios. Chiquilladas, me digo, son chiquilladas propias de su edad, aunque ha cumplido ya 27.

Una noche llego a casa y con una risa pícara me muestra un collage. En el está mi foto de Facebook en el centro y alrededor fotografías de mis amigas, de mis ex..., mi jefa, mis compañeras de trabajo. El collage se titula “Las mujeres de Alex”. Sonrío, pero ya no me causa tanta gracia. Se lo hago saber y sus celos se manifiestan directos y agresivos. Desde entonces me llama en la oficina a media mañana o a media tarde y pregunta en qué y con quién estoy. Varias veces y sin avisar, me dice que está en la planta baja de mi oficina y que quiere subir a verme. Siempre accedo, cuando le presento a mi secretaria, la saluda con cortesía, pero cuando se va me reclama, pues “notó como la miré.”

Una noche encontramos a Sandra y a su novio en el cine, Narcisa responde el saludo hosca y poco espontánea, para después extenderle su mano como un pez muerto al despedirse. Toma por costumbre pasarme a ver por la oficina al final de la jornada. Desde mi comodidad, me agrada no caminar algunas calles para tomar el bus y luego del ascensor subir al mullido asiento de su coche que nos conducirá a casa. Sin duda, esa comodidad y mi actitud buenoide, que trasciende la bonhomía luego me traerán graves problemas.

Un año después, además de los celos hay berrinches y desplantes que culminan diciéndome que se va de la casa. La primera vez quise impedírselo, le dije que se calme, que espere, que conversemos sobre lo que le molesta. Luego la dejaba irse… a su auto, donde permanecía un par de horas y regresaba. Al volver, la abrazaba y le decía que descanse, que ya pasó… y me decía para mis adentros, no pasa nada, es sola una chiquilla... Pero luego de dos años y medio de esa cotidianidad y tres de relación, en otro de sus berrinches me harto. Le digo que es suficiente y que debemos separarnos. Me pide que le dé unos días para buscarse un cuarto en la casa de un amigo que los renta y que le permita dejar sus cosas mientras se va de viaje. Asiento y calla, no dice nada, pero me mira entre triste y enojada, abriendo los ojos como un búho y cerrando los labios en un asterisco.

Mientras Narcisa esta de viaje llega mi cumpleaños y voy a un bar de la Shyris con dos amigos. Allí, estos se encuentran con otros y con conocidos míos que están en una mesa grande. Nos invitan a que nos juntemos y luego de un par de cervezas aparece mi ex novia, amiga de los amigos de mis amigos. En un espacio de la cuasi fiesta, ella me desea feliz cumpleaños, conversamos de nuestros respectivos trabajos, de lo ocurrido en estos casi tres años de no vernos. Seguimos bebiendo cerveza, nos reímos y empezamos a recordar el pasado, hasta que me dice que se va. Al día siguiente, en medio de la resaca, recibo un mensaje en el celular donde recalca que ese encuentro no debió pasar, que mientras manejaba a su casa cayó en cuenta que  conversar conmigo no fue lo más adecuado, ni el recuerdo, ni la nostalgia, ni la cercanía. Mientras manejaba  recordó que tres años atrás ella terminó la relación por que yo le metí los cuernos con Narcisa.  Leo esos mensajes y recuerdo el día en que como un samurai, mi entonces novia sacó su katana de palabras y me voló la cabeza, sin que hubiese marcha atrás. De nada sirivió decirle que no veía a Narcisa hace varias semanas.
 

Narcisa regresa de su viaje y se queda en el cuarto de huéspedes, llega cordial, conversamos sobre su viaje, le propongo tomarnos un vino que no tengo y le digo que iré a comprarlo. Cuando regreso me recibe con lágrimas y gritos. Mientras salí, revisó mi celular, encontró los mensajes de mi cumpleaños y leyó, por supuesto, lo que quiso y lo interpretó a su antojo. Me mostró los mensajes diciéndome a gritos

- ¿Qué es esto? ¿Qué pasó? Seguramente se acostaron mientras estuve de viaje.

Se descontrola, sobreactúa... Abro la puerta y le digo que es suficiente. Toma sus cosas y se va donde su amigo Gustavo. Al día siguiente llama para preguntarme si iré a la reunión caranvalesca de su familia. Su familia es muy simpática, su padre  es casi un amigo. En la reunión estamos cada uno por su lado, los hombres arreglando las carnes y las mujeres preparando otros alimentos. Me emborracho, me pongo cariñoso…

Viene el cuarto Primero de Mayo desde que la conozco, y yo como siempre salgo a marchar. Ella dice que se queda, que puede ser peligroso, que tiene que hacer... Como mi celular está descargado y olvidé el cargador en la oficina, lo dejo en casa para que no se caiga o me lo roben en el tumulto. Voy y desfilo con mi equipo de fútbol. Encuentro a los viejos amigos de la izquierda y nos tomamos unas cervezas. Camino a casa rememorando el primero de mayo en que la conocí, regreso feliz a contarle la experiencia de ese día. Narcisa me recibe gritando histérica, con los ojos rojos de tanto llorar y con mi celular encendido entre sus manos. Ella ha comprado un cargador. Otra vez me saca en cara los mismos mensajes de mi exnovia que yo no había borrado. Se enfurece y se avalanza con las uñas listas, le tomo de las manos y entonces comienza a lanzarme patadas, que trato de esquivar. Mientras le digo que se tranquilice, se deja caer al suelo y llora imparable. No se que hacer…

Esa escena es un evento entre los meses del infierno que va haciéndose evidente y que crece, mientras también crece mi hijo en su vientre. Su nacimiento me trae mucha dulzura, pero su madre sabe que ahora tiene la sartén por el mango, por lo que me manipula y amenaza. Aprovecha para victimizarse y a usar la maternidad naciente para lograr que se le cumplan sus caprichos. Sale el narcisismo de Narcisa en todo su esplendor, y un año después somos dos padres que conviven en una casa.

Una mañana estoy bajo la ducha más tiempo del habitual. Estoy recibiendo por largos minutos el agua en mi cara y dejando que esta baje por mi cuerpo. El sonido del agua cayendo bajo presión y el humo esparciéndose por la pequeña habitación generan una atmósfera particular que me hace vocalizar la frase que se venía incubando: Estoy en un infierno del que no saldré bien librado… no he visto la verdad a tiempo. ¿Cómo me metí en esto? ¿Cómo haré para salir de acá sin perder a mi hijo? son dos preguntas que martillan. Al no tener respuestas, me siento en el piso y no quiero pensar, trato de concentrarme en el ruido del agua cayendo sobre mi cuerpo.