Monday, June 21, 2010

Naranja y Azul

La lluvia pertinaz que caía en la ciudad la retrasaba. Luego de acicalarse el vestido azul, terminó de maquillarse con parsimonia. Su celular recibió dos llamadas, la una del homenajeado, a quién confirmó su asistencia, la otra del amigo que la llevaría.

Cuando arribaron a la sala, Carlos estaba dirigiéndose a los asistentes. Ella se hizo notar moviendo ambas manos en el aire y el pintor le respondió con un guiño. María, desde los días de la Facultad, gustaba del estilo de Carlos, creía que los azules, que iban desde el celeste al índigo combinados con las gamas diversas del anaranjado daban a sus obras una intensidad que contrastaba con el blanco de las paredes y la iluminación individual, llenando la sala de sensualidad. Sin embargo, también consideraba exagerados la fijación del artista con los senos y el feísmo de las formas.

Ella se acercó al pintor, acompañada del amigo que la trajo. El hombrecillo la seguía discreto como un cachorro, sin molestarla pero siempre cercano, siempre atento a complacerla, solícito a cumplir con sus deseos. Rubén, pues éste era su nombre, cortejaba a María desde hace ya siete años, después de que encontraran el esposo de María y a una mujer entre los fierros retorcidos del auto familiar. Desde entonces, pese a las constantes negativa,trata de agradarla.

Ella miraba las pinturas y al detenerse a contemplar ciertos detalles sintió ese revoloteo de mariposa que acompaña a la caricia de un par de ojos subiendo por su cuerpo. María no se inmutó, tal cual su madre y abuela le enseñaran, dejó que ese invisible aleteo siga rodeando su cuerpo lentamente, mientras continuaba con fingida despreocupación frente al cuadro.

Lentamente giró el rostro y enfrentó al observador, era un hombre largo y delgado, enfundado en un traje de casimir un poco ajado. Constató que definitivamente no era su tipo al reconocer un rostro blanquísimo inscrito entre un cabello azafranado y una barba del mismo color. Sin embargo, la aguileña mirada de los ojos azules, una posición estática como de escultura marmórea y el peculiar olor que recordaba a los pinos provocaron un impacto en los sentidos de la mujer.

Carlos, con la mano la invitaba a acercarse y ella antes de ir al encuentro de su amigo, dejó escapar una sonrisa, un regalo que ella misma no había considerado brindar al extraño.

Cuando María conversaba animada con el pintor y cuando Rubén sugirió tomarle unas fotos, ella sintió de nuevo el olor a bosque, la presencia del hombre pálido, que sin razón, le comenzaba a parecer atractivo. El extraño no dejaba de mirarla, rozando el cuerpo de la mujer con la luz azul de los ojos que descansaban sobre los pómulos salientes Cuando el aparato arrojó una de sus últimas luces, ella giró el rostro y conscientemente le dedicó una amplia sonrisa, repleta de coquetería, obteniendo como respuesta un nervioso movimiento de las mandíbulas. El hombre seguía inmóvil, como si estuviera atrapado en su propio cuerpo, ella temiendo que la timidez termine por convertirlo en estatua de sal y haciendo caso omiso a los consejos de su madre y de su abuela, dio tres pasos decididos hacia él.

Como si el avance de la mujer hubiera roto el hechizo, también el hombre dio tres pasos en dirección a María. Cuando ella se detuvo, él dio tres pasos más, como en un antiguo ritual mamífero. Poco menos de medio metro los separaban y ella sintió de nuevo el intenso olor a almizcle. María giró la cabeza esperando que él le dijera cualquier cosa, quería saber si la fulminante atracción química se podía complementar con una diálogo inteligente. Esperaba el clásico pretexto que los hombres usan para iniciar una conversación, quizás el inicio de una historia larga, pensó ella, o al menos el punto de partida de una agradable compañía temporal al otro lado de la cama.

Mientras estas ideas pasaban por la cabeza de María, sus ojos marrones se entrelazaban con los del enjuto individuo. Lentamente el hombre abría los labios para dejar escapar unas palabras y la dulce espera provocaba un movimiento más rápido en el torrente sanguíneo de la mujer. El clima de seducción mutua llegaba a una primera cúspide, pero la voz que interrumpió el íntimo silencio, no fue el timbre de voz que ella esperaba, sino el de Rubén recordándole que debían marcharse. Como si fuera parte de un guión teatral, en ese mismo instante una mujer se acercó al extraño y éste inconscientemente la apartó con ligera brusquedad. El rostro flaco mostraba esa desesperada expresión a pérdida ante la partida inminente de María, mientras ella ocultaba su fastidio ante el brazo de Rubén rodeando sus hombros.

Les quedaban pocos minutos. Él la miró por última vez, dejando caer las cejas y dibujando un gesto que en palabras equivaldría a un: !no puede ser! Ella resignándose respondió con un gesto lascivo que su madre y abuela desaprobarían y comenzó a dirigirse hacia la entrada, sin escuchar los comentarios del impertinente que tenía a su lado.

El hechizante olor del hombre se hacía sentir más débil a medida que alcanzaba la salida, por lo que pensó en usar cualquier pretexto para regresar a la sala. Sin embargo, recordó los consejos de su madre y abuela en ese tipo de sitauciones: una dama no puede darse el lujo de reacciones demasiado atrevidas.

¿Cómo saber el nombre del extraño?, si al preguntárselo a Carlos tuvo una negativa. Una vez en el auto de Rubén, miró hacia el edificio neoclásico y de inmediato cerró sus ojos por varios segundos. Quería colocar en su memoria la figura de estatua florentina, el rostro duro y el fuerte olor amargo. ¿Dónde volver a verlo? Se consoló pensando que en la ciudad hay pocos hombres de barba y cabellos azafranados y aguileños ojos azules, pero sobre todo supo que reconocería de inmediato su olor a almizcle al tenerlo cerca.

Friday, April 16, 2010

Azul y Naranja







La noche nace con lluvia y en las paredes del edificio neoclásico, los cuadros que inaugurarán la muestra del pintor Colombres esperan por los espectadores .

Ulises llegó a tiempo, sin embargo, quizás por motivos climáticos o por la idiosincrasia local, quiénes lo invitaron no aparecían. Además de él, apenas cuatro espectadores deambulaban por las pequeñas salas donde se exhibía la obra. Colombres nervioso marcaba varios números en su celular y la madre de éste daba instrucciones a una altísima modelo que serviría el licor auspiciante del acto. En una esquina dos jóvenes dopados conversaban entre risas acerca de cierta fiesta.

Poco a poco, varios paraguas se cerraban y tímidamente sus dueños ingresaban a la sala. Cuando la directora del edificio se cansó de esperar tomó el micrófono, realizó una escueta bienvenida y entregó el aparato a Colombres. El pintor agradeció al público por su presencia y cedió la palabra al doble de un Trotsky afeitado, quien elogió la obra en lenguaje rimbombante. Ulises había visto ya toda la muestra.

La altísima modelo paseaba su figura todavía más despampanante gracias a la silicona, ofreciendo el elixir de manzana y aguardiente. Con pequeñas copas en la mano los asistentes circulaban admirando el atractivo peculiar de las pinturas que mostraban mujeres con bustos enormes inscritas en fondos anaranjados y azulinos que llenaban la sala de cierto aire de sensualidad. Ulises tomaba lentamente su cóctel y miraba de vez en cuando hacia la puerta, la cual no mostraba a sus amigos.

Ulises había dejado caer la mirada en una de la esquinas de la sala, cuando vio que se cruzaban un par de hermosas piernas desnudas. Subió la mirada y constató que éstas estaban inscritas en un sencillo vestido azul con florecitas anaranjadas, como si una de las mujeres pintadas por Colombres decidiera escaparse para mirar al resto. Aun cuando no tenía el generoso busto de las pinturas, dos amplios y redondos senos brotaban del vestido azul floreado. Podría decirse que era una mujer alta, o al menos eso aparentaba gracias a un calvo bajito que la seguía faldero.

El primer cruce de miradas duró varios segundos. Ella dejó posar sus claros ojos cafés en los ojos miopes de Ulises, y él pudo ver como los labios intensamente rosados de ella esbozaban lentamente una discreta sonrisa. Ulises se mantenía cerca de ella, pero a prudente distancia y se preguntaba si el acompañante era el marido. Como si los pensamientos se leyeran, ella mostraba que esa relación era un añejo cortejo no correspondido y el aludido hombrecillo galante le proponía tomarle una foto con Colombres. Ella y el pintor posaban debajo de un cuadro e intencionalmente brindaba a Ulises otros ángulos de su rostro. Sabiendo que Ulises la miraba, ella pidió más fotos, giró la cara y le ofreció una amplia sonrisa seguida por el respingo de su cuasi semítica nariz.

Colombres solicitó al calvo hombrecito que le tomara unas fotos con sus familiares. Mientras éste quedaba encadenado a la cámara, ella avanzó lentamente hacia Ulises, quién hacía su ingreso en la dualidad propia de la indecisión: Un diablillo azulado le aconsejaba un rápido acercamiento, palabras precisas y preguntas certeras para saber de sitios donde encontrarla, rápidos movimientos para hacerse con su número telefónico. Pero también un pacato ángel color de mandarina le recordaba sus deberes matrimoniales. A pesar de todo, también él caminó hacia ella, quien ya se había detenido como en un paso de tango.

En el preciso instante cuando ella giró la cabeza para atender sus palabras, cuando él había entreabierto los labios para decir cualquier cosa, cuando los dos pares de ojos brillaban con intensidad y cuando las manos de él comenzaban a sudar y las de ella se cruzaban colgando infantilmente tras de su espalda, llegaron los impertinentes. El enano se ofrecía a llevarla y una de las esperadas amigas llegaba en el peor momento saludando a Ulises con excesiva efusividad. Por el rabillo del ojo vio como la mujer azul-naranja pasó a su lado junto al tipo que se esforzaba por ganar su atención.

Ella miró por última vez a Ulises, entreabrió los labios, sacó la lengua, la colocó en una de las comisuras y luego sonrió, era una sonrisa que si se tradujera en palabras diría: ¡qué lástima...! Ulises la miró alejarse y sintió que la sala se quedaba sin ruido ni color. Su primera reacción fue salir raudo, tomarla de un brazo y por lo menos preguntarle el nombre. ¡Patético!. Por lo menos ver la dirección que ella tomaba. ¡No seas ridículo Ulises,! se dijo. Mientras su interlocutora seguía excusándose por el atraso, él forzó a su cerebro a pensar en algo para encontrar otra vez. a su dama azul-naranja. ¿Colombres? Ni siquiera somos amigos... Hasta que se le iluminó el rostro: quizás una pista podía ser ese círculo que tenía el calvo bajito inscrito en el pecho: “Pierda peso, pregúnteme cómo”.

Monday, January 18, 2010

Juntos

Toma su mano y la encierra en la suya.

La ha tomado después de que ésta reposara en su rodilla varios minutos.

Entrelazan los dedos y los diez suben juntos por su pierna un poco más, solamente hasta la mitad de los muslos.

La otra mano de él le acaricia el cabello, ella deja caer su cabeza suavemente, hasta ponerla entre el cuello y la clavícula del hombre.

Se deja caer en esa oquedad y siente que algo se va evaporando.

La mano que le queda libre acaricia suavemente el hombro masculino, mientras los diez dedos de ambas manos siguen subiendo juntos.

Centímetros más arriba, cinco de ellos quiere desviarse y otros cinco los detienen.

Ambas manos ascienden hasta posarse en uno de sus pechos.

Ella siente un beso incipiente en el cuello y exhala un suspiro.

La mano que acariciaba el hombro cae con su brazo.

La cabeza femenina deja de rozar la clavícula y hace un arco completo.

El beso empieza a abrirse paso en la otra orilla del cuello.

En el pecho aprisionado se agiganta el latido.

El tiempo se da cuenta de su indiscreción y se marcha.

La luz hace lo mismo.

Solo la tibieza empieza a crecer y se multiplica.


Saturday, November 28, 2009

Persiguiedo a una pareja en Praga

Puedo verlo de nuevo mirando a la orquesta de Dixieland. El clarinetista tan flaco como su instrumento y el bajista tan gordo como el suyo. Mira otra vez al trompetista con su gorra de soldado confederado divertir a su público, mientras el batería y el tocador del banjo intercambian señales abstraídos del público. Así mismo se le percibe a Ulises, abstraído, un poco fuera del entorno de turistas que observan a la orquesta y Jan Huss a la espalda de ellos.

Ha regresado a la plaza a mirar la banda de Dixieland luego de dejarla en el metro. Después de bajar la interminable e inmensa escalera eléctrica del metro, mordiendo los labios de María. Esa es la mejor manera de llegar a un destino, cuando uno usa esos sofisticados aparatos tecnólogicos, pienso. Luego sin querer, escucho el murmullo de la voz de ella dirigido a la oreja de Ulises: “En este momento quisiera coger contigo...”

Ella ha entrado al tren, y él trata de tomarle una foto. La cámara vieja necesita esperar unos segundos. El tren es más rápido que la luz del aparato y la foto muestra únicamente la estela que deja la velocidad del coloso metálico.

Ulises, junto al resto de viajantes, escucha de nuevo el jazz en la plaza, tal como minutos antes lo hiciera junto a María, como cuando los vi besándose a ratos y a ratos acariciándose el cabello. Caricias que venían y que iban en medio de la preciosa ciudad que les regalaba con generosidad su aire y se volvía cómplice y testiga de la complicidad de los muchachos, de la risa de ambos, de las payasadas de él y de sonora risa de ella. La ciudad que les escucha, quizás sin estupor, cantar a voz en cuello canciones de otras latitudes.

Mientras caminan, ella lo abraza por los hombros y no por la cintura. Cuando paran, él se queda mirando los ojos verde oscuros por segundos interminables. Se queda también maravillado por los saltitos de alegría que ella, cual si fuera una nena, ejecuta al contemplar una fachada distinta, un arco, un nuevo detalle del art nouveau de los tantos que construyen esta ciudad. Se besan en cada pasaje y en cada puente. Hacen “boca de pescado” y se vuelven a besar en esa posición.

La orquesta de Dixieland termina su función. Estoy a poca distancia de Ulises, aunque él no me percibe y aún cuando la función ha terminado, veo como el chico se queda estático. Como si siguiera captando los sonidos musicales que se han alejado en el aire. Cuando los aplausos terminan en la plaza, es como si despertara de pronto. Se abraza y acomoda su bufanda, como si se diera cuenta por fin del frío de un domingo de inicios de invierno.

Ahora camina y me parece que le duele el estómago o una costilla o ambos. Lo sigo hasta el hotel e ingresa silencioso. Puedo escucharle recostándose en una cama pequeña, aun cuando es apenas el incio de la tarde. Puedo verlo cerrar los ojos mirando al techo y mirando al techo puedo verlo dormirse un sueño no placentero.

Friday, October 09, 2009

Desde la television B–N y otras partes ...













La premonición de la nueva década se reflejaba en las banderas rojas y negras perdiéndose entre el humo de los gases y el de las llantas quemadas. El primero era blanquecino, similar al que meses atrás anunciaría la llegada del nuevo vicario de Cristo. Los gases lacrimógenos giraban alrededor de las banderas y éstas con los blancos cascos de los –en ese entonces- regordetes represores, formaban un collage representativo de los agónicos setentas.

Un poco antes o después, tambien yo era invadido por la euforia del mundial de fútbol del 78. Mi primer mundial en el cual festejé la victoria argentina desde la nueva televisión blanco y negro. Con mi tío lo festejamos como si el campeonato fuera nuestro y nos unimos a los miles de eufóricos argentinos que estaban detrás de la pantalla. Festejaba inocente, desconocerdor de que el show futbolístico fue también parte del aparataje de la Guerra Sucia. El fútbol acallaba los gritos de los torturados y los suspiros de los desaprecidos. Tarantini, a quien debía mi apodo, haciendo el segundo gol ante Perú y los incontables tantos de Kempes seguían en mis pupilas, así como también la mirada torva de aquellos tipos enfundados en uniformes militares que presenciaban el espectáculo desde el palco principal.

Cuatro años después, esos tétricos personajes enfrentaban a una dama de hierro, antítesis de la dulzura, y juntos pondrían a llorar a la Argentina. Con el “Belgrano” se hundirían en las heladas aguas del Antártico, cientos de los hijos del país campeón de fútbol .

De los 80´s preservo algunas imágenes a color, como aquella de Grace Jones escapando de Roger Moore, pero sobre todo la película “The Wall” desde la videoteca del Banco Central. El resto era una repetición de los típicos argumentos hollywoodescos con héreos americanos mata-indios o mata rusos y finales felices. Las estúpidas series de televisión Made in USA, los programas de producción nacional de baja calidad y sobre todo las novelas venzolanas y mexicanas hacían deliciosas las tardes y noches de las desocupadas señoras clasemedieras.

De no haber llegado al país las novelas brasileras, mi enemistad con esa caja boba llamada televisión, hubiera comenzado más temprano.

Varias imágenes de ese tiempo marcaron mi vida, mas no todas provenían desde la pantalla. Con una lloré desconsolado: John Lennon asesinado en los bajos del edificio Dakota. El mismo desconsuelo llegaba a familiares y vecinos tiempo después, cuando la pantalla mostró un avión carbonizado. La imagen pondría a todo el país de luto en un domingo de mayo. al ver a su primer presidente democrático luego de varios años de botas, morir en un “accidente” preparado por la CIA.

Otras imágenes se relacionan con el noticiario, tales como los atentados de Alí Agca y de John Hinckley. Sin embargo, un encuentro de entonces me sigue impactando, en éste la mujer antítesis de la dulzura saluda al papa inmaculado, mientras miran la escena un pequeño individuo, antiguo miembro del Irgún y un pésimo actor de westerns, llamado ´Reaguns´ por los hippies. Alejado y como ausente puede verse a un tipo que luce una mancha en la frente. El equipo gestor de la época dominada por "entrepreneurs"está casi completo. Son la imagen corporativa de un tiempo en el cual lo importante serán los réditos económicos. Los responsables de futuros derramamientos de sangre y hambrunas en nombre de las finanzas sonríen y saludan.

Desde un cassete en la grabadora, Waters canta “The Fletcher Memorial Home”.

El telediario muestra varias estatuas colosales cayendo en Polonia y Hungría. Cientos de jóvenes corean “Wind of Change” de los Escropions, mientras muestran orgullosos su hamburguesa de Mac Donalds.

Un muro se derrumba en Berlín y de sus mismas cenizas nacerán nuevas altas murallas de ladrillo en otras latitudes por obra y gracia de los halcones del Likud y del vaquero. Brechas invisibles e insalvables surgirán en el seno de Albión bajo el comando de la dama de hierro. De la noche a la mañana, en la madrecita Rusia y sus comarcas aledañas aparecerán montones de pobres y poquísimos ricos. Los seis nuevos oligarcas agradecerán al hombre de la mancha en la frente y al conspicuo bebedor de vodka, su nuevo socio.

En varios confines del mundo, las multitudes callarán y llenarán su panza de consuelo y resignación al ser visitados por la “santidad” del papa polígloto.

Por esos años, miro a un hombre encorbatado conversando con mi madre y mis abuelos en la sala. Minutos después me llaman y me dicen que ese hombre es mi padre. Lo saludo, él sonríe y vamos hacia su auto.

Esta es la imagen no televisada que claramente recuerdo: Verme por primera vez caminando de la mano de mi padre.

Tuesday, September 08, 2009

Apuntes que me quedan acerca de la música de los 80



Los 80 vinieron acelerados, a la medida de mi ingreso a la adolescencia. Casi cada día pasaba algo a la velocidad de los recién aparecidos juegos de video, mi pasión y el terror de mi madre. Como toda adolescencia, la mía venía con música y el signo de la década naciente la traía por montones.

En esos años resurgió la música protesta, se hizo popular la Nueva Trova Cubana, aparecieron gérmenes autóctonos de buena música urbana y conocimos a Charlie García. Pero también, salvo contadas excepciones, la música de los ochenta era pésima. La propuesta musical de esos años parecía tener como consigna evaporar la politización de los 60´s y 70´s y subrayar la individualidad, como parte del discurso axiológico neoconservador esgrimido por los neoliberales que hacían con el poder en el mundo.

Entre los jóvenes de nuestra región, el estilo musical cuajó en grupos de muchachos cantores que surgieron como hongos repletos de vacuidad, el más famoso de ellos eran los "Menudo", que enloquecía a las chiquillas con canciones cuyo discurso cantaba la menuda cotidianidad sosa de una clase media menudamente dócil. Llegó también el New Way incluyendo desagradables bandas de pop, que decían ser rock, como los Motley Crue y los Twisted Sister. Una excepción era Iron Maiden, famoso por sus discos con portadas preciosamente apocalípticas. La versión que por obvias razones se hizo famosa fue el género llamado “rock en español”, música mediocre que en su mayoría nada tenía de rock pero que venía atiborrada de conciertos y publicidad. Entonces, el escenario de "La Chorerra" se llenaba con bandas como los Hombres G o Alaska y Dinarama. En medio de los poperos hispanos cabe mencionar la ecléctica propuesta pseudopunk de Ilegales (no, los del tecnomerengue!) que sacudió los cimientos todavía conventuales de mi ciudad al mostrarnos canciones con "malas palabras" y la comicidad de tono escatológico de los Toreros Muertos con su "Aguita Amarilla". En lo personal, me daba bronca ver a como varios músicos que admiraba iban raudos hacia el mercado, entre ellos Génesis de la mano de Phil Collins.

Eran el inicio de los videos musicales y confieso que disfrutaba de algunos creados por ZZ Top y sobre todo el “Dueño de un corazón solitario” de Yes (que se “hacían comerciales”, como solíamos decir en nuestra jerga). Fue en los 80 cuando se consolidó el recientemente fallecido "rey del pop" gracias a sus impresionantes videoclips y a la lírica superficial con ritmo pegajoso. Su afeminamiento y androginia en voz y en presencia, las primeras cirugías plásticas y el blanqueamiento empezaban a ser los distintivos de Michael Jackson. El nuevo rey se reproducía en los chiquillos quiénes lo imitaban usando zapatos oscuros, calcetines blancos y pantalones una talla más cortos. Madonna con las panties rotas garabateaba con aerosol en las paredes en "Borderline" y su cínica actitud en el rol de "Chica Materialista" era referentes de las chicas que entonces se maquillaban con los colores de la diva. Ambos eran los ídolos de moda de la mayoría. A varios de nosotros nos provocaban fastidio.

Mis coetáreos ensayaban el Break-dance y la esquina barrial tenía un tono de comicidad. Allí o en el local de juegos de video teníamos un pretexto para reunirnos y no detestar por completo un mundo que aún no lográbamos comprender. Sin embargo, eran especiales para mi las cinco horas que tenía a solas desde que llegada del colegio pues tenía el tocadiscos para mi uso exclusivo. El brazo del aparato dejaba caer la aguja en el negro disco de plástico y comenzaba el ritual. "Cimbaline" o "Green is the Colour", acompañaban mis tareas de Matemática, The Doors y los discos de Woodstock, generaban mis propios pasos de baile y rebuscaba sin mucho éxito en el diccionario Inglés - Español los significados de las palabras de Frank Zappa. Ese era el espacio donde podía disfrutarlos, pues la censura burlesca de mis compañeros izquierdistas calificaba de "alienados" a los que escuchábamos públicamente canciones en inglés, aunque lo hiciéramos pretextando cobertura. Esa clandestinidad le otorgaba al rock pasado de moda, una preciosa magia contra cultural. Luego descubriría que Patti Smith y Joan Báez podían ir de la mano de Silvio y Pablo, que el "Power to the People" de Lennon tenía el mismo sabor de "El Pueblo Unido Jamás Será Vencido" de Quilapayún. Pude descubrir que algunas canciones de The Who estaban muy cerca de las guitarras armadas de Nicaragua. Entre los izquierdistas que cargaban bolsos indígenas (muchos de los cuales tenían marcados tintes fundamentalistas) y los chicos plásticos que usaban "Skeepers" sin calcetines (muchos de los cuales no pertencían a una élite económica), el rock pasaba a regañadientes. Casi nadie sabía del Charlie García de Demoliendo Hoteles, pero pocos sabían que era el otrora buen chico que acompañara a Nito Mestre en Sui Géneris.

Thursday, June 04, 2009

Man in the underground

If he had been not so dark

If he had worn a suit that day

If he had lived in Paddington’s flat

If he had taken an elegant suitcase

If he had driven a car, and avoided the tube space.

If he had perceived the danger around him those summer days


But his face was dark

And he was wearing working clothes

But he lived in Tulse Hill

And he didn’t take a suitcase

Cause in Killburn someone needed urgent electric repairs

And he was there, with Gonzaga fluttering around his head.


He is dark enough, then suspicious

With his rugsack, even more

What are these cords, he must be on a mission!

Out! Ready to shoot to! Said a cop


London London’ from Caetano

Is not as such anymore

A group of policemen approached

Towards the dead body in denim

His life sigh now is indeed hopeless

Such as hopeless is now peace.


Leuven, June, 2009


(Jean Charles de Menezes, joven electricista brasilero fue asesinado por policías de Londres en el tren subterráneo de esa ciudad. El próximo 22 de julio, se cumplen 4 años de su asesinato. El crimen sigue en la impunidad. Jean Charles de Menezes, a young Brasilian electrician, was killed by London´s policemen in the London underground. Next July, the 22nd, it will be 4 years from his murder. The Crime remains in impunity)