Monday, April 25, 2011

Por un par de ojos miopes

En aquellos días, los viernes eran diferentes. Comenzaban con una cerveza a las cinco de la tarde, seguían con los generosos happy hours del bar de un amigo, se remataban en una romería de salsotecas, bares reaggue y a veces culminaban en un antro elegante de naciente techno, repleto de chicos ricos bailando como zombies al ritmo de la cocaína. Al inicio de la aurora sabatina, mis huesos reposaban junto a alguna fulana, o en el sofá de algún conocido. La descomunal resaca del sábado venía en la forma de un enano que desde la laringe martillaba el cerebro con violencia. Se hacía presente en las continuas incursiones al lavabo para disfrutar del líquido municipal, en los empellones a la borracha del costado o en la eterna lucha contra el angosto espacio del sofá que casi siempre impedía estirar las piernas.

El sábado que hoy vuelve a mi memoria, desperté en casa de mi padre, después de que mis hermanos me encontraron semidormido en un oscuro rincón de salsoteca. A las diez de la mañana, el mayor corrió las cortinas y el ardiente sol de la mitad del mundo me azotó inmisericorde el rostro. Me di cuenta que no me había derretido como un personaje de Stoker porque el enanito martillador, ahora alojado en alguna parte de las cervicales, descargaba sus golpes en el frontal. Mi hermano me dijo que iríamos a un concierto, mi molicie argüía no tener dinero, pero los menores me convencieron cariñosamente.

Nos dirigíamos a la plaza de toros, en aquel tiempo el coso adecuado para conciertos medianos. La multitud como enjambre de avispas y el sol, más fuerte al acercarse al cenit, eran los cómplices efectivos del martilleo incesante. A pesar de que bebí varias botellas de agua, me di cuenta que la depresión alcohólica había encontrado otra víctima. A tal punto que mientras mis hermanos compraron un six pack de cervezas, yo pedí una funda de leche.

Subíamos las gradas de la plaza para disfrutar del concierto de Cafetacuba. El sol seguía en ascenso y cuando creí que me desmayaría, sentí una brisa suave que me invitó a girar la cabeza. A mis espaldas, atravesando el ruedo y exactamente en los graderíos del frente estaba ella. También buscaba asiento con sus acompañantes, hasta que esa misma brisa la encontró, la forzó a mirarme y entonces distinguí por primera vez sus claros ojos miopes. Pedí a mis hermanos que bajáramos hacia los graderíos inferiores para acortar distancias y ellos accedieron. Ella, un gigante de gorra deportiva y una rubia con piercing hicieron lo mismo. Arrebaté la cerveza de mi hermano y la levanté hacia ella como si brindara, ella se acomodó los lentes, sacó de los bolsillos de la sudadera gris su manecita blanca y la agitó en un saludo coqueto. Algo ingresó por mi ombligo y como poseído pedí a mis hermanos ir al otro lado de la plaza, ante su negativa, fuera de mí, hice señas a la chica para que viniera, señalándole unos puestos vacíos a mi costado. Ella y su grupo rieron.

Los teloneros cerraron su presentación y el animador anunció con fanfarria a Cafeta Cuba, que después de breves saludos comenzó con uno de sus temas más movidos. El público de la plaza coreó la canción, mientras nuestras miradas miopes formaban una secante continua en el segmento circular de la plaza y pasaba sin interrupción frente al escenario. Cosme, el vocalista, daba brincos endiablados en la tarima y algunos osados saltaban a la arena para imitarlo. Vinieron otras canciones y de un lado al otro de la plaza iban coqueteos, lenguaje mímico, sonrisas y algunas de mis payasadas bobas que a ella le divertían de buena gana. El grupo de mosheros había crecido en la arena y ésta comenzaba a esparcirse como una lluvia dorada. Mi hermano menor decidió bajar y le seguí, ella volvió a mirarme y se dispuso también a dejar el tendedero. Mi meta no era moshear ni subirme al escenario, sino traspasar ese cúmulo de jóvenes frenéticos y alcanzar el otro lado de la plaza, ella hacía lo suyo. Los “Tacubos” incrementaban el furor juvenil y casi la totalidad de los graderíos bajó a la arena.

No la perdía de vista, pero no podía acercarme, nos separaba una muralla de jóvenes desenfrenados. Mis ojos no perdían la sudadera gris y de a poco mi miopía podía distinguir las hermosas facciones que, a veces eran cubiertas por un brazo, por una melena o por una chompa de cuero y metal. Como sumergidos en arenas movedizas seguíamos avanzando, enfrentando una multitud que nos llevaba hacia el escenario. Una lucha dual de dos miopes enamorados contra un mar de cuerpos y voluntades. Por fin estábamos a pocos metros, pude ver los lentes de marco dorado, y sus dientes pequeños en risita entusiasta, leí las letras anaranjadas inscritas en su sudadera gris: Kalamazoo y algo más. Cuando Cafeta Cuba comenzó su cover de Leo Dan junto a miles de voces de la plaza, nos tocamos las yemas de los dedos y mis suposiciones de que mi amada era gringa se confirmaron al oírla cantar casi a mi oído el coro mal escuchado: “Ay amor Vivino” me decía con la voz que en ese entonces me pareció la más dulce. Una fila de chiquillos tomados de la cintura se atravesó entre nosotros, y terminada la canción los espectadores se calmaron por un instante. Saludamos, me preguntó mi nombre y yo no pude oir bien el suyo, pues la gente empezó a pedir a gritos otra melodía, la última, tal como se acostumbra en estas latitudes. ¿Madeleine? repetí, ¡Caroline!, pareció que me decía otra vez. Mientras el conglomerado de personas nos movía como en un hula-hula, sabiendo que no podríamos escucharnos, sonreímos entontecidos y algo me movió a besarla. Metí mis brazos entre el trencito de rapaces, tomé sus manos y acercamos las caras, pude ver sus ojos entrecerrarse, sentí su olor y casi su beso, pues una descarga de la guitarra de Meme y un retumbar de batería reinició el mosh.

Nuestras manos se separaron y la multitud nos alejaba en direcciones opuestas. Como era la última canción, le grité que nos viéramos a la salida, ella inclinó la cabeza sin entender, se lo repetí en inglés y creí ver que asentía. Los melenudos girando en círculos nos separaban aún más, el baile desordenado ahora levantaba la arena como un siroco y su rostro se difuminaba entre la polvareda. Cuando se despejó un poco el paisaje sahariano, vi frente a mí a un punkie borracho zapateando. Ella había desaparecido.

Cafeta Cuba se despidió de la ciudad. El silencio se instalaba de a poco en el escenario, la gente regresaba de su catarsis, empolvada y feliz se dirigía a la salida, mientras yo me abría paso a empujones. Gritaba que tenía una emergencia (¡así era!), buscaba la sudadera gris, o sus ojos miopes bajo los lentes de marco dorado, sus rizos castaños o sus dientecitos pequeños. El logos griego me iluminó y deduje que más fácil sería buscar a su gigantesco amigo, al menos 20 cms. mas alto y su gorra de los Chicago Bulls, nada... Cuando alcancé la salida la busqué, hice un paneo de las calles dispuestas a normalizar su vida. Ningún rastro.

Regresé a la puerta del coso taurino, me subí en un arbolito y lo único conocido que divisé fueron mis hermanos… Les pedí que esperasen un poco y accedieron pacientes, hasta cuando salieron los hombres del overol gris encargados de la organización del evento. Cuándo era evidente que la plaza estaba vacía, mi hermana pequeña dijo que tenía hambre, mirándome con misericordia. Me ubiqué en el asiento posterior del auto y el enano martillador comenzó lentamente su labor de picapedrero, su golpeteo ahora se localizaba en la boca del estómago. Debo reposar, les dije al llegar a casa, creó que me dio insolación. En realidad no quería que me vieran llorar... Me arrojé a una cama, los ojos cerrados, el antebrazo en la frente, la mueca amarga en la boca y los pies colgando. El golpeteo había minado el diafragma y ahora punzaba el estómago. Estaba a punto de vomitar, cuando se hizo la luz...

No grité Eureka, pero me incorporé de un salto, la diosa Atenea se había apiadado de mí, y comencé a organizar las ideas: Ella era gringa, tenía una sudadera universitaria del Kalamazoo College y su amigo una gorra de los Chicago Bulls. En aquel tiempo, solo dos universidades ofrecían programas de intercambio en mi ciudad. Encontrarla no parecía difícil. El dolor de la insolación se había ido, lo que estuvo en la panza se acomodó en su sitio. Apretando los puños me repetía: ¡piensa, piensa, piensa! Iría hacia esas universidades y las recorrería hasta dar con mi amada miope… ¿Cuántos días me tomaría encontrarla? ¿Cómo coincidiríamos en tiempos y en espacios? ¡Que idea tan descabellada!, ¡Estúpido, piensa algo más!, me dije. Debes ir a la división de programas de intercambio de esas universidades y con algún pretexto acceder a las listas, localizar a las Madeleines y Carolines y buscarlas. Tomé una libreta y continué con la estrategia. Tienes que preguntar por las clases de temas latinoamericanos, español, antropología y todas esas cosas que los gringos vienen a estudiar acá… ¿Y si era más bien ingeniera o le daba a la medicina? Esa posibilidad me puso la piel de gallina…

El lunes siguiente estuve sentado en un curso de antropología del desarrollo, acompañado de 14 chicas norteamericanas, de las cuales 3 se llamaban Caroline y ninguna era la que yo buscaba. El jueves recorría los pasillos de la facultad de letras, con una traducción de García Márquez y un libro de Bashevis Singer, preguntando por Caroline y Madeleine, supuestas dueñas de los textos. ¿Madeleine Parker? dijo una gordita pelirroja. Sí, de Kalamazoo respondí. Ella señalo un árbol en el campus, a cuyo pie estaba sentada en pose de loto una chica de cabello castaño y sudadera gris. El corazón comenzó a latir con violencia, pero a medida que nos íbamos acercando bajaba sus revoluciones hasta casi detenerse... La pelirroja le mostró los libros y Madeleine Parker, no mi Madeleine, negó con la cabeza. La semana siguiente en las canchas de ambas universidades preguntaba por un chico de un metro noventa que usaba una gorra de los Chicago Bulls, y les mostraba el modelo con el toro rojo que había conseguido. La respuesta negativa seguida de gestos de extrañeza fue la constante. A la tercera semana, esperaba sentado frente a la puerta del curso de español académico, cuando sentí que algo me picaba en la mejilla. Era una lágrima…

Se hicieron tres en pocos segundos, entonces me levanté y comencé a bajar lentamente las gradas de los diez pisos, tomado del pasamano. En el séptimo, un jesuita me preguntó que pasaba, evidentemente las gotas saladas se habían multiplicado con velocidad. Le dije que se me perdió un libro y aceleré el descenso. En el segundo piso una anciana secretaria me miró azorada y me arrojé a sus brazos en un llanto desconsolado, alegué entre sollozos que había perdido el semestre… ¡lo perdí, lo perdí!, decía en ese tono que se vuelve incomprensible a fuerza de mezclar lágrimas y mocos ¡Qué voy a hacer!, repetía, mientras la gentil vieja me acariciaba maternal el cabello. Luego de que empapé su regazo, abandoné corriendo el edificio de la universidad. En casa, con el enano martillador visitándome sin resaca, lloré hasta quedarme dormido.

Han pasado 20 años desde esa tarde y desde entonces las chicas que usan lentes de marcos dorados me han puesto en alerta. Sin embargo, las memorias volvieron esta mañana en el aeropuerto. Mientras con mi mujer esperábamos a sus tíos, la hija más chica hizo su ingreso a la sala de arribos y vi en su pecho las tristes letras anaranjadas del College de Michigan. Súbitamente solté la mano de mi esposa y la estiré hacia el frente, por suerte nadie se dio cuenta y de inmediato disimulé un saludo.

Tuesday, March 22, 2011

Secuencia
Descubrieron muerto al único sefardita. Quedaban solo cinco.

Los ortodoxos y reformistas se miraron con desconfianza y a la vez mostrando complacencia.

En los días anteriores, en un orden hasta explicable, apareció un cadáver por día.

Primero fue el palestino y luego la pareja de gitanos. El afeminado blanco y el anciano negro, a día seguido. Casi una semana después el único judío-etíope.

Al siguiente amanecer, ante la sorpresa de algunos, encontraron otro muerto. Era uno de ellos, pero el único con ojos marrones.

Extraños designios de Dios.

Wednesday, February 16, 2011

Historia de amor

Yo sabía todo lo que pasaba con ella, pero nadie más lo sospechaba. Eran las tres de la tarde y ella comenzó a sudar otra vez. Había perdido la concentración, pero como su jefe la miraba fingió trabajar. Volvió al teclado, vio temblar sus dedos y aunque quiso correr al baño se detuvo. Escribió otra oración… Minutos después regresó con una sensación de placidez en las pupilas.

Samantha era hermosa y traía siempre el cabello recogido. Parecía muy tímida, hasta cuando su voz se dejó oir como un árbol cayendo. Entonces pensé dos veces en acercarme. Superé mi temor y a la semana siguiente la esperé en el pasillo. Sabiendo que la ventaja sería de quien primero dispare, le arroje con aplomo tres palabras ensayadas.

Muchos años después sigo viéndola sentarse lentamente, y de la misma forma abrir su decolorida bolsita de tela. Veo como se mete a la boca la pastillita verde que le cambia las pupilas. La recuerdo con su cabello recogido y desde entonces aferrada a las malditas pastillas verdes. Ahora saca también de la bolsita un líquido que entra de inmediato en su vientre con un pinchazo violento. Se acicala las gafas con coquetería y finalmente me mira. Desde el otro lado de la cama le regalo una sonrisa estúpida.

Sé que esta será la última noche que mi mujer duerme a mi lado.

Wednesday, January 19, 2011

Caballo loco

A: G

Mike estaba al otro lado del auricular diciéndome que me tenía una sorpresa. Cuando le pregunté detalles, acotó que no podía decirmelos por teléfono y ante mi invitación repuso que vendría con algo verdaderamente espectacular. Estaba eufórico, la emoción escapándosele como a un chiquillo pícaro.

Mientras yo seguía colgando algunas fotografías, escuché sus pasos de paquidermo en las últimas gradas y le abrí antes de que tocara la puerta. Después del rápido apretón de manos, él se acomodó en el sofá.

-Lo conseguí, Pacho, lo conseguí..., me dijo, mientras me regalaba una descalcificada sonrisa que se abría paso entre la hirsuta barba castaña. Luego arrojó un pequeño paquete en la mesa de centro.

Seguí colgando las fotos, y quizás mi reacción fue llena de excepticismo, por lo que él acotó:

- ¡La hicimos Pacho!, está acá, ¡lista!

Me acerqué hasta ubicarme junto a él, comenzamos a retirar la cinta de embalaje que sellaba el paquete compacto y quitamos con cuidado las varias capas de papel.

-Ya viene lista, ¡eh!..., recalcó nervioso. Sus ojos amarillos se posaban con avidez en el paquete que ahora mostraba su contenido.

-Arregla ese asunto, mientras termino con las fotos, mascullé entre dientes.

Mike comenzó la preparación y cuando estuvo lista me pidió que me acercara. Miré como se hacía con los ultimos detalles, le ayudé con la liga y el resto del instrumental y procedió con la inyección... La mueca de placer quedo latente por un breve lapso en su rostro hasta que comenzó a diluirse en los labios entre abiertos y el parpadear entrecortado. Entonces giró su rostro, sus pocos dientes color marrón se mostraron desde el éxtasis narcótico y balbuceó algo que no logré entender. Luego abrió lentamente su mano.

Tomé ambos instrumentos y clavé la aguja en mi vena hinchada. Nunca sentí algo parecido, era mejor que un orgasmo, sobre todo por la duración del estado gozoso. Algunos segundos después me pareció que el halo placentero iba también diluyéndose en mi rostro. Volví a mirar a Mike, quien trataba de que su inmensa humanidad se levantara del sofá. Cuando lo logró, pidió algo de tomar, o eso interpreté desde mi alucinación auditiva. Aturdido y con mucho esfuerzo logré alzar el brazo y señalar una alacena, mientras él encendía el aparato de música.

La música surgió estridente y los sonidos de las guitarras eléctricas se descolgaban poco a poco sobre las paredes de mi estudio. Mike se movía con una cadencia convulsiva y bebía el whisky a largos tragos. Me aproximé acesante, bebí también de la botella y ambos nos pusismos a bailar como posesos y a reir a carcajadas. En un solo de batería, Mike se tambaleó, se llevó la mano al pecho y cayó de espaldas. El golpe de sus 100 kilos en el suelo me despertó por completo, me acerqué, le sacudí y grité su nombre, le tomé de los cabellos y le di un par de cachetadas. Intenté con la respiración boca a boca y algo me dijo que podía ser un infarto, por lo que comencé a golpear su pecho sin lograr reanimarlo. Me acerqué al teléfono y marqué el 911 sin que nadie me constestara, vaya servicio de emergencias... Intenté con los teléfonos de varios amigos, uno estaba ocupado, el otro me dijo que me equivoqué y finalmente conté el problema a Consuelo. Me acerqué de nuevo a Mike y vi que estaba completamente morado, sin pulso. Estaba muerto.

Un hormigueo partió desde mi estómago, sentí que me faltaba la respiración y me paralicé. Un sabor salado me hizo dar cuenta de que estaba llorando, por mi mismo antes que por Mike. Supe que su suerte sería también la mía y me negué a ello. Pensé en ti. Me dirigí de nuevo hacia el teléfono dando pinitos, intuí que moverme rápido podía acelerar mi deceso. Mientras la grabación que pide esperar en la línea se dejaba escuchar, pude ver en el espejo de la cómoda mi rostro desencajado, las lágrimas abundantes mezclándose con la baba. Me espeluznó pensar que sería la última vez que vería mi cara y comencé a insultar a la imagen del reflejo, a insultar mi fatalidad y mi propia estupidez. Descargué un cabezazo que rompió los cristales y me cortó la frente. La operadora por fin me contestó y me pidió los datos del domicilio para ubicar el hospital más cercano.

Sé que todo será cuestión de suerte. Colgué, traté de serenarme y mientras me limpiaba la sangre divisé la grabadora del periódico. Mientras espero a los paramédicos y a Consuelo, solo se me ocurrió contarte estos momentos, estas palabras unidas a mis disculpas. Definitivamente no puedo respirar bien y ha comenzado una taquicardia que se acelera a cada segundo. Tengo que parar. Te quiero mi niña, quiero convencerme de que te veré otra vez. Espero que estas no sean las últimas palabras que te dirijo.

Wednesday, December 22, 2010

Domingo
Me despertaron temprano, me hicieron varias preguntas, algunas de ellas exasperantes y quince minutos después se largaron. No pude volver a dormirme, supe con certeza que la falta de sueño no se debía a la nicotina, pues hace varios días había dejado de fumar y más bien recordé lo que me dijo una abuela: uno duerme menos a medida que envejece.

Envejecer también nos hace más irritables, pensé, al enojarme con el ordenador que no arrancaba Mis imprecaciones, por supuesto, no lo arreglaron pero me hicieron caer en cuenta del silencio. Silencio absoluto. No se escuchaba nada, ningún paso de transeúntes, ni las voces infantiles que detesto al despertar, ni tampoco el odioso ruido de los autos.

Me levanté, abrí despacio la ventana y saqué mi cabeza. Vi que no había ser humano alguno, ni los cánidos que a veces transitan escuálidos, ni tampoco los felinos que saltan entre los techos. A la izquierda, se podía ver la plaza desierta y a la derecha la iglesia inmóvil y vacía. Saqué un poco más el cuerpo, sentí una ligera ventisca de aire puro en mi rostro y disfruté de esa bucólica sensación de confort que no es posible tener en la habitación de ciudad en la que vivo. Mi ventana da a una calle que era bastante tranquila hasta el día que instalaron esa escuela privada que tengo al frente. Era una calle habitable hasta el día en que el muncipio decidió transformarla en una arteria de descongestión vehicular.

Sin embargo, gracias a las voluntades del poder y a las ventajas que a veces dejan escapar esas voluntades, ese era un día diferente donde ni siquiera me atormentaba el aleteo de las palomas. Era un día que merecía ser aún más especial. Me desnudé, fui hasta la ducha y las primeras gotas salieron con un ruido atronador, por lo que cerré la llave. Salí y sin vestirme me puse a bailar, a dibujar, a ordenar por forma y por color mis lápices y a hojear libros de fotografías. Cuando sentí hambre, comí sin respetar la urbanidad, me acosté a mirar el techo y me quede dormido.

Pasaron varias horas hasta mi despertar, pero el silencio seguía adueñándose de todo. Se acercaba el fin de la tarde y supe que debía salir, y como todo el mundo, volver a mis tareas. Supe también que no quería hacerlo y lancé un grito que nunca se dejó escuchar. Volví hasta la ventana, pude ver a los uniformados frente a la escuela caminando en parejas y a tres transeúntes que parecían conejos escapando de la lluvia. Grité otra vez, sin que ninguno de ellos reaccionara. Todo seguía en silencio. Los uniformados, los transeúntes y los autos se movían sin provocar ruido, como si flotaran o se deslizaran en la calle mojada. La lluvia seguía cayendo como si la viera desde atrás de un grueso cristal.

Sunday, November 21, 2010

Chofer y choros
Dos horas dando vueltas y mis ingresos eran ínfimos. Quizás era por el frío que la ciudad venía soportando como nunca antes, pues a pesar de ser viernes, el número de transeúntes era menor al usual. Normalmente, en mi turno de 11 de la noche a 6 de la mañana, La Mariscal, la zona rosa de la ciudad, me hubiera dado ya una considerable suma entre carreras cortas, trayendo parejas a divertirse y llevando a otras a la cama.
Seguía maldiciendo, cuando por fin dos borrachos pidieron mis servicios. Iban ambos al centro y el trato era dejar al uno en la Guaragua y luego al otro en la Tola Alta. Los tipos parecían tranquilos y no regatearon el valor que les pedí por la carrera, sin embargo, no me gustaba ese sector, que puede volverse peligroso por las noches, por lo que tomé de nuevo hacia a la zona rosa por la Avenida Pichincha.
Cuando ya divisaba la Plaza Marín, miro que un hombre solicita mis servicios. Es raro ver gente caminando sola por allí y al acercarme constato que era un policía. Maldije otra vez mi suerte, pues ellos buscan cualquier pretexto para sacarte una coima. Detuve el auto, el uniformado se subió en el asiento contiguo y me dijo secamente que me dirija al Mercado Central. Una vez allí, me pidió que le espere unos minutos con una expresión que me hizo obedecerle sin dudar.

Cinco minutos después llegó con dos tipos y les ubicó en el asiento posterior. Se ubicó junto a ellos y apenas cerró la puerta me dijo: Vamos para el penal. El policía evidentemente enojado les imprecaba y mientras uno de ellos argumentó algo que no alcancé a entender, el otro replicó en un tono lloroso: No fue culpa mi subte, el sargento nos pidió que le diéramos la plata, nos pidió también las cadenas...
-!Mentira,-replicaba el policía- aquí no me van a ver la cara de cojudo, se van al tarro carajo!
-No sea malo mi subte, dénos un chance... musitaban a coro.

Yo avanzaba lentamente hacia la dirección solicitada, escuchando un diálogo que no era de mi incumbencia, pero que no dejaba de sorprenderme.

-Ya pues mierdas, vamos a ver que hacen. Chofer, vamos para la Mariscal, dijo de nuevo el policía. Un segundo de silencio y en un tono casi suplicante, alguien dijo: Un ratito mi jefe, primero tenemos que coger fuerzas, préstenos unos 3 dolaritos.
La respuesta del gendarme vino acompañanda de una fuerte palmada contra la cabeza de quien habló: Encima me pides plata, que te has creído pues cabrón. !Siga nomás chofer al penal!
-No!!, jefe, vamos a hacer un buen trabajo, pero tenemos que coger coraje, 3 dolaritos y listo..., de ahí si es de una...
- A ver par de huevones, a donde vamos...
- Ya que estamos por acá, dígale que salga a Toctiuco, dijo otra voz.

Miré por el retrovisor al policía y este movió su cabeza afrimativamente. Tomé hacia el noroccidente, por unas callejas pequeñas y empinadas, siguiendo las indicaciones, hasta parquearnos frente a un zaguán. Se bajaron, soltaron dos chiflidos y desde una ventana salió una mujer que minutos después abrió una puerta de latón, les entregó una botella y unos paquetes pequeños. Los dos hombres en la esquina armaron el basuco y bebieron un trago de aguardiente. Fumaban apresurados, ansiosos y de la misma manera apuraban el trago, hasta que regresaron al auto, envueltos en el olor dulzón del químico.
- Ahora si mi jefe vamos, dijo uno de ellos.
Ante la orden de mi cliente nos dirigimos otra vez hacia La Mariscal. En una calle alterna a la Plaza de los bares, me solicitó detenerme y les preguntó a los tipos cuánto tiempo tenía que esperar. Ellos respondieron que un cuarto de hora.
- En veinte minutos estoy de nuevo por acá, dijo el policía, mientras ellos salían como ateltas iniciando los 100 metro planos. Fuimos por unas cervezas en una tienda de noche y con ellas regresamos a la calle oscura. Veinte y cinco minutos después los tipos sudorosos entregaron una cartera de mujer y dos relojes por la ventanilla.
- ¡¿Qué les pasa pues pendejos?!, les gritó y ellos de inmediato le dieron dos celulares y una billetera. Retiró el dinero de la misma y también el de la cartera. Estos celulares tan chimbos..., dijo entre dientes y los metió en la bolsa femenina, la cual devolvió al dúo que esperaba fuera del auto.

Dio a cada uno una lata de cerveza y 10 dólares, a los dos tipos ordenó largarse y a mi avanzar hasta la Plaza de los bares. Allí me pidió la licencia y la matrícula, las cuales me las devolvió de inmediato, junto con un billete de 20 dólares.
- Buenas noches Señor Vázquez, déme su número celular, de pronto le necesito, me dijo con un tono burlón, antes de marcharse. Se lo entregué en un papel. Mi taxi daba vueltas buscando clientes, y los hechos, hacían lo mismo en mi cabeza. Eran las tres y media de la mañana, y tenía casi 30 dólares, nada mal para ser un viernes tan frío.

Thursday, October 14, 2010

Historia de una sastre andino y algunos días con él
Él nació cuando aún vivía su abuela. Poco antes de que ella falleciera, él asistía al colegio, leía novelas de la literatura universal y transcurría sus días soñando en las aventuras de sus héroes homéricos. La muerte de la abuela trajo la debacle. Las comodidades fueron usurpadas, y la pobreza llegó hasta el hogar de cinco hermanos, trayendo consigo problemas legales que llevaron a su padre a un estado de apatía nerviosa.

Él, otrora consentido y elegante adolescente tuvo que abandonar los estudios y siendo el hijo mayor, trabajar para apoyar económicamente a la familia. Sus delicados pies tuvieron que acostumbrarse a pisar día tras día el frío barro que luego se convertiría en ladrillos. A veces era acusado de negligente, por preferir quedarse en un rincón leyendo las historias de Odiseo y del gran caballo de madera, mientras sus hermanos ayudaban a la madre en las tareas para hacer productivas las pequeñas parcelas que no les fueron arrebatadas.

Un día el muchacho se negó a comer la cena modesta y el padre, en uno de sus accesos de furia cada vez más comunes, le recordó que el peor pecado es la soberbia. Por sobrebio, le dijo, Luzbel se hizo Lucifer. El resto de la lección de catecismo la recibió pendiendo de una soga. Su padre le ató ambas manos, lanzó el otro extemo de la cuerda por encima de una viga y lo izó. Varios fueron los latigazos, que ni siquiera la madre trató de parar, pues también ella sabía que la soberbia es el más terrible pecado capital.

Cuando las heridas sanaron y la humillación empezó a desvanecerse, consideró probar suerte lejos del pueblo andino. Motivado por replicar en pequeña escala las hazañas de sus héroes griegos y aspirando mejores ingresos, partió hacia la Costa, como uno más de los millares de coterráneos que probaban suerte en las latitudes tropicales. A sus escasos 16, empezó como zafrero en un ingenio de azúcar, escanció el aguardiente, encendió sus primero cigarrillos y conoció la caricia de las hermosas montubias. Recuerdo una foto suya en la cual él está en primer plano, en abrazo fraterno con dos compañeros de trabajo, luciendo una sonrisa de borrachera inocente. A las espaldas del trío, se ve el cerro de leña que moverá la maquinaria azucarera.

Aprendió los fundamentos del inglés como estivador en el puerto, en una construcción aprendió las bases de la electricidad y como ayudante de camionero, descubrió los principios de la mecánica automotriz. Cuando comenzó a desempeñarse como camionero le sorprendió el servicio militar obligatorio. En la conscripción, sus habilidades intelectuales y manuales le hicieron destacarse, destrezas que junto a sus ojos claros y su cabello castaño, le trajeron desde los mando superiores problemas y prebendas. Su belleza y talento enamoraron también a las adineradas muchachas del lugar, quiénes lo preferían desde la atávica percepción racista. Sin embargo, él nunca logró formalizar un noviazgo, sea por su carácter aventurero, por su orgullo o por ser conciente de su inferioridad económica. Si te casas con una adinerada, terminas siendo esclavo de su familia, me decía.

Diez años después regresó al hogar, ahora instalado en una modesta casa, de una modesta ciudad conservadora. Rápidamente aprendió el oficio de su padre, la sastrería. Desde esa sastrería parten los primeros recuerdos que de él tengo. Todavía puedo verme sentado en un rincón de la larga mesa de corte y planchado, junto a rollos de casimir y paquetes de esponja para las hombreras. Puedo verme jugando con centenas de grandes botones coloridos. Desde "mi lugar de trabajo", lo veía sentarse desde temprano a la invencible Husqvarna y coser mangas, bastas, y pecheras. Podía verlo, antes del almuerzo, dibujar con la tiza sobre la tela y anotar las cifras que su padre le dictaba mientras tomaba medidas a un cliente, verlo lanzar al viento la ceniza de la plancha de carbón del mismo color de la tarde que caía. Desde el rincón de aquella mesa, también lo veía enfundarse en su gabán azul oscuro y partir hacia sus amigos al nacer la noche.

Al día siguiente, mientras yo comía una papilla de plátano con limón, por él preparada, escuchaba sus aventuras de la noche anterior, sus visitas a Susana Cordovez, las salidas al cine con la señorita Gladys, las partidas de naipes con los hermanos Gavilánez.

Un día puso en mi mano un lápiz y la guío hasta dibujar unos palitos y poco después el me enseñó a leer y hacer las manuscritas con una cartilla verde para alfabetizar adultos. Al terminar una plana, me relataba la llegada de los gringos a la luna, el ascenso al poder de Gerald Ford, el tipo adusto del afiche que cubría las fallas de la pared, o describía las travesuras de los hijos de Zeus y su afición por engullir ajos crudos.

Alguna vez me mostró el mundo interior de su vieja cámara Agfa, inutilizada por los militares al detenerlo en la toma de tierras de unos campesinos y muchas veces vi su colección de monedas, ordenada con un criterio que solo él sabía. Me emocionaba verlo llegar con nuevos libros o revistas, pues eso implicaba una nueva aventura: estudiar juntos los ilustrados manuales de inglés, salir al patio a poner en práctica los cursos de kárate o descifrar las claves que posibilitarían reparar la radio cuando ella decidía quedarse en silencio.

Abrir la radio era un instante mágico, mirar los tubitos de todos los tamaños inmovilizados por sueldas, y ver al cautín unir los cables de colores.Luego de operar el vientre plateado del bicho, colocábamos en su interior un cuarteto de pilas gruesas que estaban tomando el sol y los dos sonreíamos ante las primeras voces. Entonces la sastería se iluminaba con los ritmos de Elvis Presley, Enrique Guzmán o Alberto Vázquez, o se llenaba de solemnidad con tangos agridulces que le ponían a coser silencioso telas interminables o que le hacían detener a su hermana menor para ensayar con ella algunos pasos.Desde mi rincón siempre lo miraba fascinado.

Los domingos, gozábamos los partidos de la Liga de Quito. Gracias al relato elegante de Rodríguez Coll, yo imaginaba el salto de Walter Maesso hacia la lejana esquina desviando un gol casi cantado. Una de esas mañanas, le vi cortando un pequeño trozo de satín rojo que cosió en la espalda de mi camiseta blanca. Me vistió con ésta y con una pantaloneta del mismo color y tomado de su mano ingresé por primera vez a un estadio. La felicidad hacía cabriolas en mi pecho cuando vi salir de los camerinos a Polo Carrera, el terror de las redes contrarias.

Por su parte, él estaba orgulloso de tenerme a su lado, con el número nueve cosido a la espalda, era su rubio y diminuto émulo del goleador nacional.