Wednesday, April 04, 2012

La pareja del distrito seis
Alexis Oviedo
















Al fondo, la plana montaña,

y atrás de la montaña el mar.

A un costado, la ciudad,

y sus hombres y mujeres.


Ni la brisa salobre

ni el paso en el asfalto,

llegan a ellas.

Solo la caricia de un viento

que no sabe silbar.

y el mutuo reflejo en la planicie.


Ahí están, mirándose,

discretas, de reojo.

Ellas, las únicas habitantes,

acunadas hoy por el silencio.


Solas y solemnes,

testigas del desamor,

sufren el vacío

del paisaje medroso,

y olvidan su histórica oposición.


El tiempo sobra,

por ello se empeñan en recordar…

las huellas en sus pasillos

y las marcas en sus muros,

su madera barnizada

por el toque de miles de manos,

y el eco de los pasos.

Las voces potentes

y los cánticos dulces .


Reviven las sagradas lecturas

y el colectivo susurro,

las espaldas apoyadas,

y las frentes orantes

Las rodillas hincadas,

y la devoción.


Juntas regresan al colorido pasado,

a la bulla de sus respectivos fieles,

a la algarabía de aquellos

que no fueron de ninguna de las dos.


El viento que no silba

les trae desde el ayer,

la ceremonia y su aroma,

y el perfume de las flores que ya no vienen,

que no arriban de mano de las mujeres

para el amoroso atavío

del devoto ritual.


¿Dónde están los que las visitaban?

Esos seres bellos, elegantes y simples.

¿Dónde su música, y los juegos de sus chiquillos?

Los fieles y los infieles.

Los sombreros levantados en el saludo,

los turbantes y los fez.

Los faldas de colores, la chalinas y las kofiyas.


¿A dónde fueron las calles

que encubrían el amor?

Y las barberías,

y el golpe del latón,

y el olor a samosa.

Perdidos todos en 15 años de odio.


Ellas siguen allí,

en medio de la nada.

Ambas llorando a sus negros,

a sus "coloured", a sus blancos,

dúo de hermanas mudas mirándose,

sin saber las razones del destierro.


Entre la montaña plana

y el resto de la ciudad,

la mezquita y la iglesia cristiana

son las lánguidas sobrevivientes

del que fuera el distrito seis.

Wednesday, February 29, 2012

Al final naufragamos
Tengo pocos recuerdos de la noche del naufragio. Mi padre ayudándome a subir al bote en medio de la lluvia incesante, ambos corriendo por una playa pétrea hacia una luz entre cristales mojados, la temerosa cara arrugada del viejo que nos dejaba pasar.
Cuando me levanté, vi el yate incrustado entre las rocas mas chicas de un acantilado y a mi padre mirándolo. Son daños reparables que tomarán algún tiempo, me dijo casi impasible.
Encontramos una pensión y luego buscamos madera y materiales de ferretería, tarea difícil al desconocer el idioma. En la noche cenamos en la única taberna, donde un grupo de hombres delgados y pálidos querían distinguir nuestras extranjeras siluetas entre el humo. Con curiosidad de gato, mi padre se acercó hasta su rincón y les ofreció un trago. Se miraron, comentaron algo incomprensible y uno de ellos llevó a sus labios el vaso de cerveza con sus manos esqueléticas. Lo escupió de inmediato, entre la risa del resto. Del grupo surgió un brazo que ofreció a mi padre la pipa colectiva, él la fumó, tosió y se unió a las carcajadas.
Al rayar el alba, comenzamos a reparar el yate con la ayuda de Fo, un lugareño que con sus dientes llenos de caries mascullaba nuestro idioma. Mi padre preguntó al jornalero acerca de los hombres del rincón y éste le contó acerca de esos marineros y pescadores. Esa noche, después de la cena, ellos nos saludaron con reverencia, mi padre les arrojó una moneda y risueño dio una chupada a la pipa. Fo, dibujando su amplia sonrisa desdentada, nos invitó a acompañarlo.
Caminamos hasta detenernos frente a una puerta remachada con grandes clavos. La mujer que nos abrió dijo algo a Fo y éste nos invitó a seguirle. En el interior, a los lados del pasillo, varias personas reposaban en colchones individuales. Algunos bebían té de una pequeña copa ofrecida por una jovencita, quien luego colocaba en los labios de los clientes una pipa más larga que el tosco trozo de bambú que viera en la taberna. Recibimos nuestra pequeña taza de porcelana y sentí un aroma delicioso, producto del té uniéndose al penetrante olor dulzón que rodeaba el lugar. Los paisajes bucólicos pintados en las paredes robaban mi atención de tal manera que no pude seguir el diálogo que Fo y mi padre mantenían. Envuelto en esa hermosa atmósfera mortecina no sentía miedo, sino la sensación de participar de un ritual pagano. Cuando los tres terminamos el té, nos marchamos.
El día de trabajo fue productivo y al finalizarlo, mi padre me dijo que él y Fo tenían que arreglar algunas cosas y que llegaría tarde. A su regreso, me dijo que el desayuno esperaba. Llegamos al yate y en las largas horas de trabajo, apenas si me dirigió la palabra. Repitió la rutina anterior, y esta vez miré su cama vacía al despertar. En el comedor encontré a Fo, quien me dijo que mi padre nos esperaba en el yate. No fue así, mi padre apareció a media tarde, quiso decirme algo pero se contuvo. En la cena se mostró ausente, pero con la misma expresión amable que tiene luego de haber tomado cerveza.
Ha pasado un mes desde el naufragio. Mi trabajo y el de Fo casi han reparado el yate por completo. Mi padre no nos acompaña desde hace tres semanas, exactamente desde que se mudó a la casa de los colchones mullidos.
Lo visito todos los días después de la cena. Espero a que despierte y mientras toma el té que la jovencita pone en su boca, le cuento los avances de la obra. Me escucha con fingida atención y pregunta poco. Mueve la cabeza para que la mujer, agenciosa, inserte de nuevo la larga pipa entre sus labios. Mi padre fuma y luego, como si se derritiera, se acomoda lentamente en el colchón y vuelve a sus sueños alucinógenos. Cuando la felicidad se manifiesta en su rostro, me levanto y regreso a la pensión.
Hoy no iré a la pensión como cada día. Ya puedo escuchar los delicados pasos de la muchacha y siento el olor penetrante del té y acomodó mis almohadones en la sala contigua. A mi padre no le gustaría verme al despertar.

Thursday, January 12, 2012


Fotografía



Los meses recientes y el susto de horas atrás, la colocaron en ese estado donde se conjuga la liviandad y la dulzura.
Lentamente dejó caer su torso sobre el volante del auto y apoyó ligeramente el mentón en su hombro.
Afuera, la luna en combate con las nubes quería seguir mostrándose, pero su luz pálida se había rendido ya ante el amarillo intenso que irradiaba un farol callejero. La luminosidad artificial atravesaba el parabrisas y en su danza con la figura en descanso, lograba claroscuros magníficos.
La nariz pequeña respirando casi imperceptible sobre los labios carnosos entreabiertos, el cabello dorado cubriendo la mitad de la mejilla, mostrando la frente y dando sombra al ojo cerrado que no dormía. El conjunto plácido.
A su lado estaba yo, mirando atónito ese homenaje a la armonía, tratando de que mis latidos no la inviten a moverse y con ello se desvanezca la tácita belleza.

Friday, November 25, 2011

Preparativos
Se levantó temprano, luego de una breve ducha de agua fría, encendió la hornilla eléctrica y puso a hervir el agua para el café. Fue hasta su caja de herramientas, las sacó con delicadeza y comenzó ese día particular. Cada cierto tiempo miraba por la ventana las nubes grises que se movían lentamente y de vez en cuando, siguiendo las oscuras formas, recordaba su adolescencia cargada de poesía trágica y melancolía romántica. Estas se desvirtuaron con el tiempo y con el suicidio de sus contemporáneos, ubicándole definitivamente en la vereda opuesta a la de aquellos.

Sacudió el polvo de un trapo, lo untó con aceite y se puso a limpiar un par de tornillos y varios pistones.

Frunció la boca evocando sus primeros conflictos con la autoridad, el disfrute al incumplir la mayoría de las reglas y los severos y leves castigos recibidos. Sus primeras reacciones a la norma quizás nacieron en la formación religiosa y su ímplicita curiosidad por el pecado, y en la invasión gradual del hedonismo. Quizás desde que viera aquella página de revista, donde la foto de un tipo con ojos saltones y bigotes con su punta mirando al cielo, le decían que ser, es ser diferente.

La pava del café emitió el silbido de trencito de juguete, la tomó con el mismo trapo y se sirvió en un jarro de loza. Mientras bebía, se dirigió a la ventana y miró hacia abajo, donde varios trabajadores asentían las instrucciones de su superior. El grupo de hombrecillos en uniformes anaranjados, hizo brotar de su pasado las asociaciones y partidos a los que perteneciera y donde tan difícil se le hizo trabajar en colectivo. Más aún con las graduales decepciones que le causaba la estructura "unos mandan y otros hacen". El mejor servido es quien se sirve a sí mismo, fue el consejo campesino que le alejó de las manadas. Las letras que temprano, quizás demasiado, cayeron a sus manos cargadas de la lúcida esquizofrenia del filósofo de mirada perdida, le apartaron de los rebaños.

Volvió a la mesa, derramó otro chorro de aceite en el trapo y pacientemente comenzó a limpiar unos tubos, varios juegos de muelles, pernos, pasadores y brocales.

Cuando casi había terminado de preparar sus herramientas, los ruidos y colores diversos de la calle le indicaron que el entorno crecía en actividad. Antes de encender un cigarrillo, lo miró diciéndose mentalmente que no dejará de fumar. Le dio varias chupadas, tomó unas lentes y las acomodó en el sitio donde cumplirían su función.

Divisó a lo lejos el desplazamiento de un auto, con su figura central de punta en blanco.

Se dirigió con sus bártulos a la ventana, depositó el pucho en una lata de cerveza que fungía de cenicero y por largos minutos miró la calle, ahora llena de gente. Cuando el vehículo se hizo más visible, distinguió la figura central agitando los brazos. Desde las lentes vio con claridad la sonrisa del anciano de traje blanco. Con un delicado movimiento acomodó la herramienta, orientando el cañón del G36 hacia la sien derecha.

Ese pequeño movimiento de su dedo índice dio un paso importante en la homicida vereda por la que transita. Su primer magnicidio.

Friday, September 30, 2011

Alfaristas

A RBRB

Una fría mañana camino al colegio, reconocí a un condiscípulo de la veintiunava sección del primer curso del Mejía. Conversamos y supe que vivía dos calles más arriba. Roberto era un chico vivaz y dedicado, tenía la risa fácil y un leve acento norteño que pretendía ocultar, para evitar las chanzas. Fue él, quien en el barrio me presentó a otros amigos y sobre todo a mis primeras amigas, de las cuales él era el favorito.

El país había regresado a la democracia hace poco y los ideales revolucionarios se descolgaban en todos los relojes del secundario. Entre la novelería y el discurso radical de Santiago, un chico de quinto, me involucré a las actividades de la Brigada. Cuando cursábamos tercero, casi todo iba bien, excepto el país, que eligió como presidente a un matón plutócrata con felinas ínfulas. Mas, Centroamérica insurrecta, Silvio, Pablo y la música protesta en su apogeo, nos convencían de que un futuro mejor estaba a máximo dos décadas. En el país, AVC se mostraba con audaces acciones y en el barrio Santiago y “Bigotes”, ya graduados formaron un grupo de estudio, al cual Roberto, y yo entramos con entusiasmo: la C8.

Como nuestras familias no iban a la playa, los meses de verano transcurrían entre los manuales de Rius, las discusiones sobre el texto de Omar Cabezas y las lecciones de salsa que nos daba Bigotes. Desde la inexplicable desaparición de Santiago, Bigotes se erigió en nuestro jefe, y como siempre me tuvo ojeriza, un buen día decidió simplemente expulsarme, lo cual dolió, pero curó rápido, gracias a los ojos verdes de mi primera novia, a la canción de Charly García del mismo color y los fascinantes juegos electrónicos que por fin llegaron a mi calle.

Cursando cuarto, el tema C8 era del pasado, estaba fascinado con la geometría y mi habilidad para hacer caricaturas, pero por sobre todo, en plasmar mi amor secreto por una prima lejana, en una copiosa y mala producción poética. El clima del país se caldeaba cada día y el felino en el poder hacía gala de su prepotencia sin límites, ensañándose en especial con AVC.

Mi amistad con Roberto no había variado y en una de sus visitas me confesó su pertenencia a AVC. Un motivo de orgullo que significaba también tener la vida entre la cárcel y el cementerio. Me contó que cuando la C8 ingresó a la organización, Bigotes se quebró y pidió ser excluido. Me invitó a formar parte y mi primera tarea fue cortar 15 círculos de cartón.

Luego empezaron las jornadas de preparación física y fines de semana en el monte cargando palos de 9 libras. Después, el estudio del itinerario de un distribuidor de alimentos, el robo de placas en los parqueaderos y el cuidado de cierto material... Mi primera “panfletaria” fue un éxito y mi primer operativo, la toma de un barrio, para la cual me preparé con esmero, terminó antes de empezar, por una delación. En el colegio y en la casa mantenía el perfil bajo, lo que acrecentó la confianza que me tenía su madre y viceversa, hecho que nos facilitaba los permisos. Desde esa época tengo el sueño liviano, pues se me dijo que cualquier noche pasarían por mí. Todo iba en orden, hasta que una mañana previa al colegio, casi me trago la pasta de dientes, al escuchar en la radio que habían apresado a Santiago.

El año nuevo amaneció con las paredes gritando: “1986, derrotaremos a la oligarquía o moriremos. AVC”. La consigna se cumplió, llenando la crónica roja: Fausto, Ricardo, Gladys…

Apreció Roberto por mi casa, herido en un pie y emocionado me pidió sintonizar las noticias, que informaban sobre un asalto en el cual resultaron presos otros militantes.

El mes de Julio anunciaba la graduación e incurrí en mi primera borrachera magistral merodeando cantinas con mis condiscípulos. Esa fue la última vez que conversé con Roberto. No asistió a la graduación oficial del 22 de Agosto, pero unas semanas después, supe por mi madre que vino a verme con un brazo escayolado.

La última noche de septiembre me acerqué a la esquina del barrio, su ex novia y la mía, me contaron sobre el crimen del día anterior. No lloré de inmediato, sino en silencio, mientras escondía mejor sus encargos, que pronto fueron descubiertos.

Fui a su velorio y comprobé que lo habían fusilado. Fue un día como hoy hace 25 años.