Thursday, July 31, 2014

El doble de Lennon

a OM

A mis veinte y tantos frecuentaba un bar de reggae donde disfrutaba las noches entre mujeres hermosas, bebidas espirituosas y diálogos psicotrópicos. En una de esas noches del 93 conocí a M. Era diez años mayor e iba envuelto en un gabán negro. Se divertía viéndonos bailar, mientras tomaba un jugo de naranja. Venció su timidez y se animó a preguntar algo a una chica de nuestro grupo, quien le invitó a unírsenos. Su barba tupida y los lentes redondos delante de sus tristes ojos verdes ocultaban gran parte su rostro. Coloqué mi sombrero en su cabeza y se transformó en un doble de John Lennon.

Salimos a fumar un bate y descubrimos que en los 80 pertenecimos a la misma organización. Entre el humo del cannabis recordamos a su hermano Ricardo asesinado por la tiranía gobernante y a nuestros otros muertos. Dio una larga calada al chafo, la expresión de sus ojos se hizo más triste y su voz, que de por si se quebraba, era casi inaudible. De vuelta al bar, M cambió el jugo de naranja por un ron, y cuando cerraron el local fuimos con dos francesas a mi casa, donde seguimos bebiendo. Al inicio de la tarde, se quitó el sombrero y con el paso en zigzag que regala el alcohol, se marchó.

Diez años después, la jefa nos presentó a nuestro nuevo colega. Era M, sin barba, ni lentes redondos, mas siempre luciendo su halo del ex Beatle y entregando al mundo ese pozo de melancolía que brotaba desde sus ojos verdes, morriña que se hacía presente hasta cuando reía. Al finalizar la jornada le invité a una cerveza que rechazó, al igual que otras tantas, los días siguientes.

Fuimos a trabajar a la costa, en una divertida producción matemática de casi doce horas diarias, que culminaban cuando la jefa decidía irse a su habitación y el resto a la playa. Entonces hilábamos un nocturno diálogo con vodka tonics, a excepción de M, quien llevaba a los labios su gigante botella de agua mineral.

Luego de una de las jornadas más cansadas, José nos invitó un aguardiente, el que Lina y yo bebimos animados. M miraba atentamente pasar el licor de mano en mano, hasta que una vez terminada su agua mineral, nos pidió un trago. Luego pidió otro y al tercero, sus ojos verdes adquirieron un brillo especial y cambiaron la expresión taciturna por una picaresca mirada de arlequín. M se transformó en un tipo locuaz y divertido. No lo habíamos visto tan alegre. Una vez acabado el aguardiente M sugirió comprar otro, el cual fluyó entre sus bromas inteligentes. Para evitar la resaca, José y Lina propusieron retirarnos. M y yo nos dirigíamos a nuestra cabaña y me propuso ir por un tercer aguardiente, repuse que el día siguiente sería largo y que era mejor descansar.

La mañana costera inició tibia y me desperté muy temprano. Vi que M no estaba en su cama y luego descubrí que no tenía dinero en los bolsillos. La jefa nos esperaba para el desayuno y preguntó por M, le dije que quizás le cayó mal la merienda y estaba enfermo. Luego comenté lo ocurrido a Lina y en el receso de la mañana lo buscamos sin encontrarlo. Tampoco apareció a la hora del almuerzo, ni al  playero diálogo nocturno. Cuando me dirigía a la cabaña, lo vi escondido detrás de unas matas, estaba ebrio y me ofreció una botella de ron casi vacía que tenía en su mano. Me pidió disculpas por haber tomado mi dinero y me contó de su jornada de libación con unos pescadores y luego con unos turistas.

Terminamos la botella y le dije que se acostara. En el desayuno, la jefa se congratuló de ver a M curado y después del almuerzo regresamos a Quito. Al inciar la semana, supimos que M ingresó a una clínica de rehabilitación y el resto del equipo asumimos su trabajo. Regresó quince días después, inició sus tareas laborales con entusiasmo y se ofreció a dar el próximo curso que se realizaría en Cuenca.

El lunes por la tarde llegó la jefa contrariada y nos contó que no se dio el curso. Quizás invadido por la depresión, ya que Cuenca era la ciudad donde mataron a su hermano, M se encerró desde el domingo en su cuarto de hotel acompañado de varias botellas de ron. El lunes en la mañana, ante los golpes insistentes en la puerta, tal vez sabiendo que era imposible escapar, abrió y luego de lavarse la cara, quiso cumplir con su tarea. Bajó tambaleante al lobby donde estaban los asistentes y fue la burla de todos cuando la borrachera lo desplomó sobre la mesa de trabajo.

Lo despidieron y desapareció. A lo mejor abrumado por la vergüenza, se negó a contestar nuestras llamadas. Supe que entraba y salía de clínicas de rehabilitación y que conseguía trabajos eventuales. Hoy me enteré que la tristeza, que durante gran parte de su vida hizo su nido en él y lo carcomió gradualmente, le convenció de colgarse de un poste.


Monday, June 30, 2014

Luca


A Fey, quien lo vivió

La lluvia caía con toda su fuerza amazónica, y si bien nos ponía algo nerviosos, era un bálsamo refrescante en medio del calor. En la canoa avanzábamos río abajo quince personas apiñadas y la mitad borrachas. Con nosotros venían algunas gallinas, un par de cabezas de verde, quintales de arroz y tarros de combustible.

Diana, la hija de la dueña de la canoa, sacaba de mala gana, el agua de lluvia con un balde, evitando el colapso seguro de la barca. De vez en cuando, al pasar cerca de una orilla podíamos escuchar los monos chillar enloquecidos buscando refugio, lo cual nos maravillaba a los afuereños y era indiferente a los beodos locales.  Luca, el hijo de Diana los miraba con un asombro cercano al espanto y se abrazaba de las rodillas de su madre, quien respondía con su ternura ingenua y una sonrisa de resignación.

Cayó un trueno y Luca exclamó verdaderamente molesto: ¡Joder madre, que se cae el mundo!

Escuchar a un niño canelo-quichua de seis años expresarse con la más pura jerga española, nos hizo gracia a los que bajábamos por el inmenso río oriental. El grito del chico, atrajo nuestra atención más que los trajes “Mango” que lucían los padres, más que sus tatuajes y piercings. En un recodo apareció un cocodrilo y un Luca nuevamente asustado comentó. ¡Has visto que animalón!, esos no los vi ni en el zoológico. ¿no vendrá para acá, o sí? Ante las risas de algunos de los viajeros, el muchacho suplicante  preguntó a su madre ¿Cuándo regresamos a Madrid?

Ella no dijo nada y el padre, que hasta entonces se había mantenido en silencio, con la mirada cetrina en lo profundo de la selva, o en sus preocupaciones, hizo aún más pequeños los ojos y le dijo en voz muy baja: pronto, hijo, pronto… Sus palabras cambiaron el ánimo del chiquillo que entusiasmado se lanzó a recordar sus días en la capital española: Apenas lleguemos, iré a montar bici en El Retiro y a jugar  con los colegas de la escuela, ¡vaya si los extraño! Ellos no hablan tan raro como los tíos de la finca, a los que no entiendo…  E iremos a por un par de churros, papá… ¡un par de churros con chocolate!

Cuando la lluvia se marchó y el cielo se mostró azul, la caricia del calor se hizo más más intensa, y Luca, se quedó dormido en las piernas de su madre, recordando las delicias de la ciudad en la que había nacido.

Por sus padres, supe que Luca venía por vez primera a Ecuador, y que casi desde su arribo preguntó por la fecha de regreso. No soportaba el calor húmedo, los mosquitos, ni la casa de caña de la abuela que carecía de televisión… Ellos le dijeron que estaban de vacaciones y el chiquillo con insistencia pedía regresar a la capital hispana, la única realidad que había vivido hasta entonces.  

No se animaban a decirle la verdad que llegó de manos de la crisis. Esa vieja torva que los había alejado por siempre de la vieja Europa. 

Diez años atrás, ella vino a las fincas. Con deudas y aprietos económicos, les obligó a marcharse de su patria. El nacer del siglo lo vivieron en la pujante España, donde mejoraron su vida y cumplieron el sueño de joven pareja, al hacerse un piso propio. Diez años después, la misma vieja torva que tarde o temprano se ensaña con los pobres, reapareció con su traje de harapos y hasta allá fue a visitarlos. Se hizo presente con vencimiento de hipoteca y largos meses de paro. 

Como la situación se ponía insostenible, siguieron el ejemplo de otros emigrantes y regresaron al país. A la ayuda de hermanos extrañados, a luchar otra vez la vida en las fincas paternas, metidas en el fin del mundo, en donde el poco oro que da el río y la escasa leche que dan las vacas, aseguran el sustento.

A lo lejos chapoteaba un rosado bufeo y Luca despertaba con una sonrisa. Gesticulando hiperactivo decía  a su madre. Mamá, soñé que me tomaba un helado, ¡así de grande, en la Plaza del Sol! Mientras los padres esquivan su mirada, él nos cuenta a los viajeros cercanos, sus planes al regresar a Madrid.

Wednesday, May 28, 2014

En la plaza, en el tren

Algunos sábados aparecía por un costado de la iglesia, con su largo vestido negro, que la cubría desde el cuello y que terminaba arrastrándose levemente. Era alta, más que muchos hombres, y sus lentos pasos largos daban la impresión de que flotara. La cabeza erguida llevaba una mantilla de encaje negro, dispuesta de tal modo que cubría todo su rostro.

Verla, era para mí un espectáculo. No cuchicheaba sobre su llegada, como los más pequeños, que por ello recibían un sopapo de sus madres, pero sentía algo inexplicable al divisarla acercándose a la esquina de la plaza. Una vez allí, se aproximaba a la frutera y su mano blanquísima, cubierta por un mitón, acercaba el canasto de carrizo. En éste, la vendedora ponía un par de guabas o duraznos, agachando la cabeza con humildad, al tiempo que la dama de negro respondía con un leve descenso del mentón. Tres pasos después repetía la operación con el panadero, quien se quitaba el sombrero y ponía en el canasto un par de “cholas de Guano” o dos buñuelos. Después llegaba al puesto de hortalizas de mi abuela, donde la esperábamos con una porción de cebollas o unas hojas de acelga, y continuaba hacía el puesto de carne.  

La primera vez que la vi, pregunté a mi abuela por esa extraña mujer, y sobre el hecho de que todos los mindalos tengamos que poner productos en su canasto sin recibir nada a cambio. Es que ella es noble, me respondió, pobre pero noble... Es caridad cristiana, recalcó, más aún porque su familia entregó la fortuna y la vida de sus hombres en la guerra santa contra masones y liberales.

Mientras la abuela hacía la venia entregando su óbolo, mi curiosidad adolescente se ponía a buscar detrás de la mantilla, descubriendo un sábado la nariz y en otros su ruborizada mejilla, los labios o un mechón castaño. Supuse que la dama estaría en sus treinta, y cuando comenté esto a la abuela, ella cayó en cuenta de que no era la viuda de Don Virgilio, sino su hija Francisca, cuyo destino de cuidadora de los padres se había sellado a fuerza de rechazar pretendientes. Diez años antes, despedía a los buenos partidos, criollos ricos, por herejes o por malos cristianos borrachos. Se burlaba de los blancos señoritos ignorantes que no escribían poemas, burros con albarda de oro que no hablaban francés. Luego de la guerra civil, muertos padre y hermanos, los mestizos adinerados que la pretendieron fueron impugnados como longos alzados, atrevidos indios con plata.

En la plaza, donde todo se sabe, conocí que su madre estaba en una larga agonía, sufriendo el mal que mató a la huñachishca y a la aya. Escuché que hace poco había empeñado el piano, su único patrimonio, esfumados ya los cubiertos de plata, los cuadros y los muebles...

Desde entonces, cuando llegaba hasta nuestro puesto de legumbres, le entregaba con una sonrisa mis tres zanahorias, esperando cualquier respuesta por simple o imperceptible que fuera. Cuando Francisca no llegaba le dedicaba mis pensamientos, y al terminar la tarde, sobre el huesudo espaldar del caballo o de regreso en el tren, dibujaba en mi mente su rostro sin la mantilla. En medio del lento desplazamiento y al ritmo de la música provocada por la máquina, creaba mis propias historias cursis que la incluían.

No apareció un par de meses, ocupada en el entierro de la madre y en el luto, y luego volvió en espaciadas ocasiones. Sin embargo, un año después, pude verla caminar con sus largos pasos lentos en dirección contraria a la plaza. Iba a la iglesia, siempre con la cabeza erguida, pero esa vez con la mantilla abierta que mostraba el bello rostro y sus ojos mirando al infinito. A su lado iba un hombre calvo, que casi le doblaba en edad, vistiendo un traje modesto.

En la plaza, donde todo se sabe, se oyó el rumor de que ese día se había casado con un pobre maestro de escuela. En el tren a Alausí, se lo comenté a la abuela y ella me confirmó la noticia. Golpe doloroso a mis ingenuas ilusiones que huyeron con el humo de la locomotora. Después de un breve silencio, como si hubiera omitido un detalle importante, la abuela continuó: Sí, el profesor es viudo y pobre..., pero es blanco, subrayando su sentencia con un mohín de aprobación.

Sunday, April 27, 2014

Suspiro e ilusión

Cayeron los tres papelitos a la mesa y comenzó el sorteo. Paula abrió uno y leyó “La Unión”. Miguel, tomó otro, lo cubrió con sus manazas y lo iba desdoblando lentamente, como cerciorándose de ser el único conocedor de su destino. Toda su expresividad brotó con la estruendosa carcajada que arrojó a la mesa, junto con su papel abierto, pudimos ver la palabra “Loma Alta”.

El sorteo terminó. No tenía sentido levantar el trozo de papel restante. La suerte me envío al sitio que ningún equipo quería ir. Al día siguiente, partimos muy temprano a nuestros destinos. Como cada mañana, fuimos los seis en el bus haciendo bromas, las que en esta ocasión recaían sobre mi suerte.

Dos horas después llegamos a Barcelona, rentamos una camioneta que comenzó a ascender el cerro Colonche y luego de 30 minutos alcanzamos “La Unión”, el destino de Paula y Karina. Los cuatro restantes continuamos hacia “Loma Alta” y después de otra hora de viaje, por un camino que paulatinamente dejaba de ser empedrado, bajamos en su parque-cancha-patio escolar.

-          Buen viaje chicos- dijo Miguel, chocando su mano con la mía, mientras Tania sonreía, al ver que un arriero se acercaba con sus mulas.  

Ellos se dirigieron a la escuela, al tiempo que Lucy se acercó al arriero y con una mueca que trataba de negar la realidad evidente, preguntó:

- ¿Al “Suspiro” entran motocicletas, verdad?-, a lo que Don Argemiro, que así se llamaba el arriero, respondió proverbial, que eso solo es posible bien entrado el verano…

Acomodé a Lucy en el lomo de la mula más mansa, monté la mía y seguimos a Don Argemiro en dirección a  “El Suspiro”, la comunidad que nos acogería los días siguientes. 

Las mulas hundían sus patas hasta enlodar su panza, avanzando esforzadas por el camino sinuoso. Se comprendían las razones por las que a ese rincón del cerro le bautizaron así. Por fin, terminó el camino en una pequeña planicie rodeada por una veintena de casas y otras diez inscritas en el cerro que ya mostraba su cima. El micro clima templado, contrastaba con el calor húmedo de las comunidades de las tierras bajas. La vegetación abundante y los animales creaban una atmósfera de mágico retroceso en el tiempo.

Un bullicioso grupo de niños nos recibió, saludando a los “nuevos profesores”. Dejamos las mulas en el abrevadero y con la comitiva infantil seguimos a Don Argemiro hacia la iglesia, allí nos esperaban unas quince personas curiosas y expectantes de la jornada que nos ocuparía los días siguientes. Lucy y yo explicamos la dinámica de trabajo, ella fue a trabajar con los niños en una sala contigua y yo comencé un juego de presentación para romper el hielo.

Entonces apareció ella y discretamente se sentó en una banca cercana disculpándose por el atraso.

Por unos segundos perdí la concentración, ¿Qué hacía en una comunidad montubia una muchacha similar a un católico arcángel? Rubios cabellos rizados, ojos verdes que asomaban a medias entre los lentes de estilo John Lennon, y que descansaban en su nariz larga y delgada. El cuello largo terminaba en un cuerpo esbelto cubierto por un vaporoso vestido traído de los días del Flower Power.

Ante mi impavidez, el presidente de la comunidad la invitó al círculo que habíamos formado y le entregó la madeja de hilo, la señal de que debía presentarse. Se llamaba Maya y su acento mostró que venía de las trece colonias inglesas. Entonces me empeñé en mostrar mis dotes de trabajador de campo, en juego de seducción, tal como los pájaros de Guinea lo hacen con sus saltos y movimientos de plumas. Hice que la jornada fuera más sencilla y divertida, hasta las cinco de la tarde, en que concluimos la tarea.

Mientras acomodaba los trabajos de grupo en las paredes, ella me contó que era bióloga, que investigaba ciertas orquídeas endémicas y que estábamos en una reserva ecológica. Emocionada, me invitó a visitarla durante la hora que mediaba hasta el ocaso. Llegó Lucy y partimos los tres por el sendero rodeados de flores y pájaros coloridos. El sonido del agua del riachuelo y de los pajarillos recreaban un edén particular, donde ella era Eva, yo  Adán y Lucy… se había equivocado de cuento. En una gruta, el riachuelo se empozaba levemente. Allí Maya se descalzó, levantó su falda para evitar que se moje, e ingresó al agua regalándonos al río y a mí, el espectáculo de sus piernas torneadas. De la poza sacó unas piedrecillas doradas y nos las ofreció, yo arranqué unas pequeñas flores lilas de una de las paredes musgosas y las coloqué en su cabello. Ella se rió de mi travesura y colocó en mi oreja una ramita olorosa. Lucy rompió la amorosa magia naciente, recordando que debíamos regresar.
                           
Al llegar, Don Argemiro nos presentó a las señoras que nos hospedarían y en el lecho, el cansancio de la jornada, no impidió pensara en Maya antes de dormirme.

El día siguiente arrancó con entusiasmo. Había más confianza y las bromas hacían más fácil el trabajo de planificación comunitaria. Finalizamos cuando se instalaba la oscuridad y fuimos a casa de Maya, quién nos invitó a cenar. Yo asaba los verdes, Lucy cuidaba de la menestra y Maya y su madre anfitriona, ponían el cocolón en los platos de los invitados. Luego de cenar, el padre destapó unas cervezas y puso música en la radio, invitó a Lucy a bailar y el hermano mayor invitó a la madre. Ofrecí mi mano a Maya y cuando la abracé para comenzar la cumbia, supe que estaba enamorado. No quería que la pieza de baile terminara, sino eternizar ese tiempo en el que su cabello rozaba al mío, donde nuestros pechos comunicaban el ritmo de sus latidos.

Vinieron varias cumbias y más cervezas. La madre fue con Lucy y una hermana al gallinero y uno tras otro, fueron despidiéndose el resto de miembros de la familia para cumplir con el rito campesino de dormir temprano. La luna que nos espiaba desde el otro lado de la ventana nos invitó a salir. Maya apagó la radio y las luces, y nos sentamos en el banco colocado junto a la puerta principal. En voz baja seguimos relatando lo que nos dio la vida hasta antes de ese día. Me contó que casi terminaba su investigación y pronto volvería a Hartford. Nos tomamos de las manos, entontecidos por ese fugaz e incipiente cosquilleo parecido al amor, que nos dejaba silentes a ratos, escuchando los ruidos nocturnos de la naturaleza tibia, hasta que las voces femeninas de Lucy y la madre, nos sacaron de ese dulce marasmo.

En mi cama, caí en cuenta que era la última noche en “El Suspiro” y me dormí casi sollozando.

El último día de trabajo nació con el sol y en el almuerzo, Maya me preguntó cuál sería nuestro siguiente destino, respondí que San Pedro de Valdivia. Al culminar el trabajo vinieron, como siempre, las palabras que animaban a concretar lo planificado, el agradecimiento sencillo y generoso de los participantes, las últimas bromas. Maya se quedó con nosotros hasta que llegó Don Argemiro y las mulas. El abrazo y la sonrisa finales, tenían como contraste la mirada mustia de los ojos tristes.

Descendía al ritmo cadente de mi mula, soltando suspiritos azules, entregando al viento pequeñas exhalaciones que regresaban montaña arriba. Quizás el nombre de la comunidad se debió a eso, al suspiro que dejaron caer muchos viandantes al perder su amor…

Llegamos a la casa colectiva del Arenal. Los colegas nos recibieron efusivos y Lucy contó emocionada sobre el paisaje, el riachuelo, sobre una bióloga gringa...

San Pedro de Valdivia era una comunidad de pescadores, con un límpido mar verdoso que podía verse desde el segundo piso de la moderna casa comunal. Los alegres comuneros disfrutaban creando mapas parlantes, repletos de espectaculares dibujos y collages y me senté a observarlos trabajar. En el reverso de una hoja de asistencia comencé a escribir unas líneas similares a estas, donde describía mis días en “El Suspiro“. Terminé el primer párrafo, levanté la cabeza en dirección hacia el hermoso mar verde e imaginé que jugábamos con Maya en sus olas.

Volví a la escritura y de pronto se produjo el milagro ¡Maya apareció en la puerta con un blanco vestido de encajes! De un brinco me coloqué junto a ella y le di la bienvenida con un abrazo largo que me hizo perder la noción del tiempo. Le invité a sentarse, le ofrecí agua, un caramelo que traía en el bolsillo... si hubiera tenido el cielo, se lo hubiera puesto a  sus pies. Ella sonrío y paso su mano por mi mejilla. Con Maya, el mar y el sol, decidí que mi trabajo terminaría antes de lo previsto, pero apareció Lucy y luego de saludar efusivas, salieron del salón.

Una hora después estábamos buscando conchitas en la playa, luego tomé a Maya de la mano y entramos al mar. Discretamente la llevaba hacia las olas que nos alejaban de Lucy y en medio de esa nada nos dábamos besos pequeñitos y arrumacos ingenuos, hasta que llegaba nuestra chaperona con algún comentario divertido. La tarde magnífica lastimosamente no se detuvo, Maya debía partir pues sus padres se preocuparían. El viernes bajaría a La Unión y podía llamarle a la central de teléfonos y el sábado, podríamos encontrarnos en La Libertad. 

El viernes desde la cabina telefónica de San Pedro, hablamos largamente y el sábado salí de San Pedro raudo hacia la Libertad. Ella no apareció… Regresé al Arenal agobiado y luego de unas cervezas comencé a relatar a Miguel mi aventura en el Suspiro, relato interrumpido por sus exclamaciones caribeñas, ¡chico!, ¡cooooño!, ¡pinga!, ¡cojone´! Al final me dijo: Asere, lo siento, pero tú no vas a ver más nunca a esa gringa. Déjate de bobería´ y mete mano a la Lucy que está prendida de ti. La primera parte del comentario sentencioso me entristeció y la segunda me desarmó.

Desde la oficina central nos llamaban a los jefes de equipo para trabajar lunes y martes. Allí recibí una llamada de Lucy que estaba con Maya en el aeropuerto de Guayaquil. Escucharla de nuevo me emocionó, más aún cuando me dijo que si yo iba, ella cambiaría el pasaje. Respondí que partiría esa misma tarde y me dediqué a contar los minutos que faltaban, sin atender las indicaciones técnicas. Un par de horas después llamó Lucy de nuevo, me dijo que el pasaje no cumplió las condiciones de cambio y que Maya tuvo que abordar de inmediato.

Recordando la sentencia de Miguel, me puse a escribir una carta (eran los tiempos donde no existían celulares, las llamadas de larga distancia constaban un ojo de la cara y el correo electrónico era meramente institucional) y un mes después llegó la respuesta que terminaba diciendo: Maya, mi nombre, significa ilusión. Soy eso, una ilusión…

No supe más de ella hasta doce años después, en que la web me la mostró por casualidad. Su cabello, ahora castaño, iba recogido en un moño, lucía un nuevo modelo de lentes, adecuados para una profesora de ciencias en Nueva York.                      



Wednesday, March 26, 2014

Cicatriz

para SS y CL recordando los días lindos de enero

-          Mi tío Elías…

-          ¡Elías!, así se llamaba mi marido, me interrumpe emocionada la anciana que parecía dormirse, y carga a sus ojos aun hermosos con una vivacidad que se dirige al infinito.

Entonces Connie, la hija, va al estudio y trae unos recortes de periódico. Los titulares cuentan los eventos ocurridos en diciembre del 60, en Chilpancingo - Guerrero. En las imágenes se ve a la multitud corriendo ante las balas de los militares, a unos cuantos valientes enfrentándolos, a los caídos…

La madre mira de reojo las fotos y la vivacidad de sus ojos se diluye.

-          Elías era tan guapo..., dice.

Luego de un silencio dulce, se incorpora lentamente y se dirige a su habitación dejando su halo de sublime lentitud.

-          Este es Elías, mi padre, acota Connie, una vez que la madre ha entrado en su cuarto. Mientras acerca otro recorte de periódico donde se aprecia a una joven pareja. En la foto resalta la tristeza que la joven entrega a la cámara del reportero gráfico.

Se conocieron un año atrás, cuando paseaba por el parque. Ella era una flamante monja ranclada y él se ganaba unos pesos como fotógrafo aficionado. Era la pareja más dispareja. Marta, era rica y él pobre. Ella, educada, hija de un médico famoso de largo apellido, y él, un plebeyo fotógrafo autodidacta, que apenas  había terminado la primaria. Ella tenía 35 y él 21. Católica y protestante. Pero Marta siguió visitando el parque donde Elías tomaba fotos a las parejas de enamorados y a los niños con sombrero de charro a quiénes montaba en un caballito de madera. 

Les nació el amor y se casaron, sin el beneplácito familiar.

Pocos meses después, empezó la ciudad a convulsionarse. Los universitarios pedían autonomía para su centro de enseñanza, y vino una huelga general, mítines y la gran manifestación de noviembre.

La joven pareja había instalado su casa modesta. Ella trabajaba de maestra primaria  y él comenzaba el bachillerato nocturno, mientras seguía tomando fotos en el parque, en bautizos, primeras comuniones, matrimonios y “todo evento social”, como rezaba su cartel escrito con hermosa caligrafía.

El movimiento estudiantil ganaba más adeptos y a sus demandas se sumaron amplios sectores ciudadanos. El 30 de diciembre, un electricista colgaba, en un poste, una manta con consignas de los autonomistas, cuando un militar le disparó, dándole muerte instantánea. El hecho enervó a todos. Estudiantes, obreros, amas de casa, en nutrido grupo se concentraron en la alameda Granados, avanzando hasta la calle Galeana, donde fueron interceptados por un batallón de infantería.

Mientras la multitud se acercaba a Galeana, donde vivían Marta y Elías, éste preparaba su Kodak junior I, se acomodaba en la terraza y comenzaba las primeras fotos de la resistencia civil. Al pueblo desobedeciendo al General que les ordenaba abrir paso a los soldados.

La multitud se rebelaba al poder y el jefe uniformado ordenó disparar. Elías hizo lo mismo con su cámara; varias veces, en todas las direcciones y plasmó para la historia la enceguecida carga de los milicos contra sus compatriotas. La cajita de luz capturó la esencia de una mujer combatiendo cuerpo a cuerpo contra un cabo, los movimientos simiescos de la soldadesca avanzando sobre los cadáveres, la atropellada carrera de los que buscaban salvar la vida...

Hasta que para Elías todo se ennegreció.

Luego del sonido seco, sintió un golpe  en la cara, como dado por un mazo y una quemazón bajó rauda de la mejilla a la mandíbula. Una sola bala le destrozó el rostro y a su Kodak junior. No se supo si fue uno de los francotiradores apostados en las otras terrazas, con órdenes de disparar a civiles y soldados para crear confusión, o si la bala vino desde la calle.

Marta, a su lado, luego del grito, lo tomó en sus brazos. La sangre brotaba a borbotones empapándola y ella la secaba  con el pañuelito de seda que se sacó del cuello.

No estaba escrito que quedara viuda. La Kodak junior salvó la vida de su dueño.

La jornada dejó 20 muertos y decenas de heridos. Las fotos de Elías fueron el registro de la alevosía y desde los periódicos, mostraron a todo México, los eventos ignominiosos del día 30. Mostraron también a la pareja: Elías posando con un paño, que le cubre la quijada deforme, pero que no oculta la gran porción de gasa que cura la mejilla. La bella Marta mostrando su dolor al cronista.

La Universidad se acercó al matrimonio y Elías al conocimiento. Allí conoció más sobre la sociología rural, inició su militancia política y se convirtió en pionero de la ecología. El fotógrafo aficionado se transformó en un maestro respetado y querido. Recibió un homenaje del Estado poco antes de morir en su pequeño rancho, donde practicaba lo que predicaba.

La hija continúa evocando al padre y me muestra sus últimas fotos con la blanca barba crecida, que no logra cubrir la cicatriz de la mejilla. El hueco profundo que permaneció en la faz, quizás para recordarle desde el espejo, el giro del destino. A pesar de la marca y de los años, se aprecia la belleza del hombre. Marta tiene razón, Elías era guapo y esto me lo repite la expresión orgullosa que ella tiene en la foto junto a su marido. La mirada y la sonrisa de la esposa me cuentan que el maestro era además valiente y sensible, amoroso, apasionado, sabio….

Connie comparte conmigo más cosas de su padre, y deduzco que dejó de ser un fotógrafo asiduo. Una bala le cambió la vida. 

Thursday, February 27, 2014

Papá, mi ídolo

Ahora camina del brazo de mi madre, quién le tiene cada vez menos paciencia e incluso a veces le regaña. Sin embargo, en mi niñez y adolescencia, era un roble repleto de energía. El ídolo al que quería parecerme.

Mientras la mayoría de padres comienzan, digamos un miércoles, saltando de la cama, el mío llegaba a casa cuando despertábamos para ir a la escuela. Varios de los días llamados laborables, se asomaba apurado y se metía a la ducha, mientras mi madre nos vestía. Acomodaba el nudo de su corbata, cuando los chicos terminábamos el desayuno. Corríamos en su auto hasta la escuela y luego él iba a su oficina en el banco.

Desde el pupitre, compadecía a mi padre y su excesiva jornada de trabajo.

Los sábados llegaba con el nacimiento del sol y preparaba el desayuno familiar. Mi madre se levantaba al oírlo y le descargaba una buena dosis de su silente mal humor, el mismo que a papá  le resbalaba como si tuviera encima una capa de aceite. Entonces, él le mostraba las flores recién puestas en el jarrón, un collar de baratijas, un chal…, regalitos que junto a los piropos, atenciones y arrumacos, hacían brotar en ella la primera sonrisa. Se iniciaba el “finde” y los preparativos para el parque de juegos mecánicos, la piscina, la playa o visitar algún pueblecito turístico. Allí nos colmaba de golosinas, se volvía niño malo y nos inducía a contravenir las reglas de la madre. Los domingos, mientras mamá visitaba a los abuelos, los tres hombres partíamos al fútbol o al hipódromo, eventos que le provocaban hilarantes reacciones frenéticas. Por la tarde, traía la merienda para sus hijos en la forma de matahambres y la dejaba en la mesa del comedor, mientras él conducía a mi madre a la habitación matrimonial, donde se encerraban hasta el día siguiente.

Al inicio de la adolescencia, supe que en los encierros del domingo por la tarde mis padres follaban épicamente y que éstos encuentros y el galanteo de los sábados por la mañana, eran importantes detalles para evitar el divorcio. Mas los factores decisivos para exorcisar al fantasma de la separación, que siempre se cernió sobre nuestras cabezas, eran el cumplimiento impecable del rol de proveedor y cuidador del ayllu ejercido por papá y la resignada moral cristiana de mi madre, combinados en un entorno de sórdidos prejuicios sociales propio de la época.

Por esos años me di cuenta que mi padre no trabajaba en dos lados como me decía mamá. Corroboré que como todo empleado salía del banco más o menos a las cinco, pero él, en lugar de volver a casa, se iba de bares con sus colegas o de cena con sus amantes, terminando la noche convertido en el rey de la rumba y la bohemia.

Cuando me gradué del colegio y comencé a frecuentar la zona rosa, me enteré que mi padre era bien conocido en su ambiente nocturno como cantante y guitarrista de serenatas. Pero sobre todo, famoso por su asiduidad en discotecas, cabarets, moteles y burdeles. Descubrí también que ese ritmo de juerga permanente y trabajo, lo soportaba con algunos aditivos, entre ellos la cocaína.

Hace unos años, al viejo roble le diagnosticaron cirrosis hepática, y con ella mermó súbitamente su porte y esbeltez. Supe que el deslumbrante reflejo de mi ídolo, el divertido talante de mi padre, había opacado durante toda mi vida, a la heroína de la historia familiar. Mas mi madre con sus pasitos cortos sigue siendo el cayado del hombre que, discreto, le pide a mi hijo un cigarrillo médicamente prohibido. Ella es la compañera de quien, en la última reunión familiar, solicitó a mi sobrino incrementar el ya generoso taco de ron blanco, “para que la guitarra afine …”. Mi mamá, como siempre, cumple su resignado rol de esposa del irredento octogenario, cuyas pupilas invariablemente se iluminan ante la presencia de una mujer hermosa.

Tuesday, January 21, 2014

El último vuelo

A mi abuelo Adolfo, quien lo conoció…

Se levanta de la mesa y discreto, se dirige al jardín. Piensa que comió demasiado, que una corta caminata le ayudará. Mas esta le agita y se deja caer en el sillón de mimbre, junto a las flores, jadeando como si hubiera concluido una carrera.

En "La Victoria" se inicia una tarde totalmente luminosa, de esas que son comunes en esta latitud. Se acomoda y percibe frente a él, a lo lejos, ese pequeño bulto de nieve que se eleva entre las montañas rocosas. El Cayambe parece que también lo mira y el hombre evoca ese día en que yendo a Ibarra lo viera a su lado derecho, majestuoso y con su aureola nubosa. Ese fue su quinto viaje. ¿Fue en el 24?, se pregunta. 

El volar le había dado todo. Si en un inicio manipular los motores fue un juego motivado por la curiosidad, luego fue la chance de hacerse un oficio y después la lucha cotidiana por sobrevivir en las batallas aéreas. Acabada la guerra, las ganas de surcar el cielo se quedaron estancadas, hasta que un ministro de esta ínsula, conocedor de sus hazañas le invitó a su patria.


El sol canicular del valle serrano, le recuerda la llegada a Guayaquil con su monoplano. Desde que se embarcó en el “Bologna”, pensaba en el uso que daría a su máquina en tiempos de paz y días después de su arribo, la suerte le puso junto a Don José, uno de esos emprendedores propios de la región tropical. Con él introdujeron el servicio aéreo postal en Sudamérica y mientras repasa su llegada en el Salado con 500 postales conmemorativas del centenario de independencia, el recibimiento jubiloso y las fiestas posteriores, sonríe. Volvió a ser admirado, como en el 13, cuando impuso el récord  de velocidad, como en el 18, por derribar aviones enemigos.

Acomoda su cuerpo en el  mueble y trata de normalizar la respiración sin dejar de mirar al nevado.

Sí, ese viaje Guayaquil-Salado fue el inicio de los vuelos que culminaron con honores, cenas y damas hermosas abriéndole su casa y algo más. Miles de espectadores de las principales ciudades se  maravillaron al ver su cielo atravesado por la máquina. Temerosos y alegres, disfrutaban del crecimiento del avión a medida que se acercaba a la cancha de fútbol o a la chacra adecuada para el aterrizaje, para después subir en sus hombros al único tripulante. Todos lo adoraban, hasta el mismo presidente le invitó a formar la fuerza aérea nacional. La admiración  prodigada iba más allá de la que siempre provoca un europeo de ojos claros en esas tierras, donde esa fisonomía es per se una virtud. En su caso, tanto para adinerados como pobres, aristócratas y plebeyos, el era su héroe italiano. En verdad un héroe, pues antes de su llegada, los bucólicos habitantes no creían que un hombre simple y sin pactos diabólicos, pueda cruzar el cielo tal como lo hacían las brujas de sus leyendas. Ese era un motivo suficiente para venerar al bachiche loco y suicida que se lanzaba acompañado únicamente de su monoplano a viajes cada vez más largos y riesgosos. Era su símbolo viviente del progreso.
 


En la casa comienza la música y ésta hace girar la cabeza del aviador hacia el ventanal del segundo piso, donde una anciana gorda conversa animada. Rememora el día de su matrimonio con ella y los minutos previos a la ceremonia, donde le invadió una emoción similar a la de su primer vuelo. Ese mismo saltito del corazón que tuvo al dejar la tierra, cuando comenzó a surcar el cielo ignoto. La sensación de ser liviano como una pluma al atravesar las nubes y luego mirar el planeta a sus pies, como un ave, como Icaro.

Desde esa tarde del 52 se transporta al día de su matrimonio, 30 años antes, esperando al juez de paz. Ese día en el que se sintió tocado por la fortuna al desposar a Carmen. Da un largo respiro, y mientras exhala, se ve caminando con el uniforme militar por las calles angostas que llevan al Registro Civil. Los invitados festejando con él dentro del rico salón y afuera, los curiosos peleándose el mejor puesto para espiar, mientras los cuchicheos se multiplican desde los portales y balcones.

Le invade un pequeño amortiguamiento en el brazo, y es quizás este dolor el que le recuerda otros. Su primera visita a América y el deambular con su hermano por las plazas llenas de emigrantes. La búsqueda de chauchas en pos de algunas monedas para los padres que se quedaron en el norte. Los días de hambre de su infancia… La molestia sube a los hombros, él se afloja el cuello de la camisa y mueve el pescuezo para sentirse más cómodo. Mira otra vez a su mujer, que desde la ventana le regala un dulce gesto y en esos breves segundos vienen a su mente, todas las damas de alcurnia que le prodigaron sus atenciones antes de conocerla.

Carmen… A pesar de ser una viuda con cuatro hijos y llevarle seis años, lo enamoró con su belleza, su maestría culinaria y abnegación. Por su parte, el piloto de cabello ensortijado y apolíneo porte, además de sus proezas, tenía los buenos modales y la fogosidad de los sencillos hombres de pueblo, que contrastaban a la flema arrogante del marido difunto.

Empieza a sentir frío y cree que es mejor regresar a la casa. Suda, se apoya en el sillón, lentamente se levanta y gira para comenzar el camino de regreso. Un leve dolor en el pecho lo sacude hacia adelante y apenas puede apoyarse en un guabo. Mientras aguanta el sofoco, su mirada se posa en el Cotopaxi. Elia Liut, entonces recorre el trayecto de su primer acercamiento al volcán imponente, volando sobre  las hileras de montañas pequeñas. El milenario coloso impidiéndole el paso y Elia Liut elevándose sobre la corona cubierta de nieve. Abajo el cráter oscuro del apu, es como el ojo de un cíclope recostado, viéndole alejarse y seguir su ruta en el hermoso paisaje silencioso y nevado, en busca de otras cumbres.

En su cabeza vuelven a retumbar los motores del monoplano y su ser todo se sitúa en pleno vuelo. Siente el mismo saltito del corazón que tuvo la primera vez, la deliciosa soledad rodeándole, esa hermosa sensación de liviandad… Cuando el músculo deja de latir, él se encumbra como un águila, como un semidios.