Tuesday, September 30, 2014

La esquina



Vino el verano y con este la mudanza de mi oficina al centro de la ciudad. Ahora mi lugar de trabajo está en el fin de la ciudad antigua, entre el Chaquiñán preincaico y el Ullaguangayacu, la quebrada de los Gallinazos. Desde entonces paso por la esquina, varias veces al día. 

En la mañana, el bus me deja exactamente en su vértice opuesto y yo disimuladamente miro hacia allá antes de ingresar a la pequeña bajada que me conduce al edificio más bonito del sector, ubicado a los pies de la fea y gigantesca virgen metálica, que a todos nos vigila desde el Panecillo. Cuando salgo con mis cófrades al almuerzo vuelvo a pasar por la esquina. Voy emergiendo y puedo ver los coloridos paraguas convertidos en parasoles que la decoran en medio del luminoso inicio de tarde. Cuando decido regresar a  casa, al caer la noche, la esquina luce prácticamente sola.

En la esquina, la intersección de las calle Rocafuerte con la Guayaquil, esperan casi siempre cinco o seis chicas. Sus edades van desde los 26 a los 45 y su acento me recuerda mis días de trabajo en Mocache, Palenque o Buena Fé. Su belleza montubia, a veces se pierde entre la cosmética, los cabellos tinturados e incluso entre las leggins baratas. Sin embargo,  hay días en los que, como si se hubieran puesto de acuerdo, lucen shorts diminutos de mezclilla y sandalias que las muestran en todo su esplendor cholo, de tersa piel cobriza y mirada de pechiche. Algunas veces, a media tarde, las veo juntarse como palomas, y entre el humo del cigarrillo, sentadas en una grada contigua, comenzar la tertulia y la risa, o acompañar las cuitas con un café en vaso plástico, repartido por un tipo desde un bidón. Deduzco que han construido su propia logia, pues, jamás se acercan a las escasas mujeres que pululan en la plaza o a esas que se ubican junto a la parada del bus.

Tampoco y a pesar de estar tan cerca, las he visto dirigirse a ella. 

Ella trabaja más allá de la esquina, a unos cuantos metros al norte de la grada donde las montubias toman café. Es alta, mucho más que la media de las ecuatorianas y creo que por ello siempre luce sandalias muy bajas que dejan ver sus pies bonitos, la base que soporta sus largas y bien torneadas piernas, que, sin embargo, para muchos parecen demasiado grandes. En su rostro destacan sus ojos almendrados que, tristemente, brillan cada vez con menos intensidad y sus labios carnosos que componen una boca perfectamente dibujada, que tan solo por curiosidad, quisiera ver sonreir. Es bella y de seguro, pocos años atrás lo fue todavía más. Cuando se apoya a la pared, parece una Artemisa sin ciervo.

La primera vez que pase junto a ella, no pude evitar girar mi rostro para contemplar su hermosura, pero en vez de invitarme a acompañarla, como hacen sus colegas, solamente me miró sugerente. Ese flechazo lascivo y dulce me tomó por sorpresa y sin saber que hacer, agaché la cabeza. Creo que, cual adolescente, un leve rubor asaltó mis mejillas y mientras continuaba con mis pasos, varias sensaciones llegaron ante ese halago seductor. Gesto que por supuesto, no surgió de la atracción, sino como una invitación profesional. Sin embargo, una vez repuesto disfrute del evento abstrayendo el contexto. La imaginé etérea, tan solo una mujer a quien pude gustar, y supuse entonces la continuidad del cortejo simple que iría desde el acercamiento disimulado con una pregunta cualquiera, pasa por tres palabras directas, para luego del diálogo pedir un número de teléfono, invitar a un café o generar una cita. Tres pasos más allá, mirando de frente a la virgen metálica, vino la conciencia de esta imposibilidad fáctica y la certeza de que ni siquiera puede haber un acercamiento en sus términos. No solo por mi falta de afinidad hacia su oficio, que de haberla, estaría condicionada a temores de salud y mi estado civil, sino además por la barrera que determina lo políticamente correcto, el respeto a la institución a la que me pertenezco y el qué dirán cotidiano. Ese entorno que nos limita y delimita de acuerdo al lugar que nos ha tocado ocupar en este falso libre albedrío. Una vez que, de acuerdo a esta organización, se impuso la razón sobre el eros, vino como consuelo la rabia racional contra el mundo que arroja a mujeres, como la beldad que me sedujo, a la calle. 

La segunda vez que pasé a su lado, lleno de falso aplomo, la saludé con una sonrisa, respondida con amabilidad y los siguientes encuentros se han ido transformado en frías venias cordiales, como las que se tienen con la tendera o el guardia de seguridad. Una cortesía de vecinos de barrio, de simples transeuntes que tienen que encontrarse en ese espacio debido al ejercicio de sus labores y oficios, conciudadanos que en casi ninguna circunstancia llegarán a ser amigos... Cuando compartí mi digresión con un amigo, me dijo con sorna, que solo faltaría que en uno de los cruces eventuales, ella también interponga ese apodo profesional que en ciertos documentos antecede mi nombre y que muchos usan sustituyéndolo, dentro de un canon de respeto, por que no me conocen, o para marcar distancia.

Y sin embargo, es bella y sigue allí, regalando a una ciudad que no se lo merece, su gallarda pose de amazona. A pesar de las convenciones y de mí mismo, una vez que he subido la cuesta que separa el Chaquiñán de la esquina; luego de ver a sus colegas de paraguas coloridos y caminar unos pasos, la busco con la mirada. Desde lejos me fijo en el peinado que luce ese día, el moño de griega antigua o el cabello cayendo sobre los hombros; pongo atención en el short rosa o amarillo y en la corta camisa sin mangas. Si no estoy de buen animo y mi trayecto me lo permite, tomo la calle perpendicular a la suya para no cruzármela, evitando cometer alguna torpeza propia del nerviosismo que me provoca, y a veces voy con paso acelerado, fingiendo estar imbuido en el estrés. 

Mientras tanto, ella sigue erguida, mirando al infinito, como Belona presta a homenajear, con sus propios laureles al prócer de bronce, quien frente a ella, desde su pedestal en la plaza, se extasía sin ruborizarse, ante la preciosidad humilde que lo acampaña cada día.  
                                                                                                        foto. ivanna báez

Sunday, August 24, 2014

Nela


Pour NB. Celebrando con Julio sus primeros cien años
Llegué al pequeño departamento de Arts et Métiers, que Hélène me cediera para mi estancia en París. En la noche veraniega, repasaba el día alegre, e imaginé a Nicolás Flamel en el siglo XIV, buscando la piedra filosofal en una casa del mismo vecindario.

Cuando me disponía a dormir, sonó el teléfono, era Nela, un dulce amor inconcluso de años atrás, surgido entre su ávido interés por la literatura latinoamericana y el mío por el vino francés. Le digo que estoy en la capital de su país y ella me invita a su ciudad, a solo 3 horas de distancia en un TGV que va a 360 km/h. Mientras buscamos en internet un pasaje que no se deja encontrar, soltamos corteses generalidades. En su voz noto una pequeña musicalidad que no tenía cuando estaba conmigo, un leve suspiro al final de ciertas palabras, similar al cansancio... Me dice que vendrá a París.

Al día siguiente en la Gare Montparnasse, la alegría es mutua. Está más delgada, más no por ello menos hermosa, y su mirada que se ilumina al verme, me invita a abrazarla con fuerza. De inmediato nos lanzamos a las calles, como hojas que se dejan llevar por la corriente, nos insertamos en el ritmo parisino y comenzamos el relato de lo ocurrido en los años de no verse.

De pronto, en Sébastopol se detiene, me dice que terminará con su pareja debido a la tortura psicológica que le ha infringido durante dos años. Tan mal se pone, que me doy cuenta que no podía caminar y decírmelo. No soporta escuchar que él le hace un favor al estar con ella. Le tiemblan las piernas y las manos enfatizan el relato. Me dice que está harta de la cruel sentencia de que es fea y de la ausencia de noches sin caricias. Incontables, largas… tantas que ya no recuerda cuántas son o cuándo comenzaron. La catarsis le hace daño y me pregunto cuándo va a dejarse caer.

Le acerco hasta una banca de madera donde deposita su fragilidad y para evitar que se desvanezca, le recuerdo nuestros bonitos días quiteños de amor, leyendo en voz alta a Cortázar. Le digo al oído el Amor 77 de Julio: “Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se peinan, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son”. El verso cumple su cometido y sonríe. Tranquiliza su respiración y nos incorporamos lentamente, sin hablarnos. Unánimes cambiamos de ruta, hacia el circuito fantasioso de Julio que empieza en la Rue Dauphine, sigue por la Rue de Seine y que obliga a parar en el Pont des Arts. Allí salgo de mi ilusión pues debo abrazarla otra vez, ya que ha roto en llanto y comienza entre sollozos a relatar “Lejana” a viva voz. La dejo desahogarse, tomo su mano y propongo ir por una copa de vino.

Instalados en una terraza, con un ojo miro la carta y con el otro, disimuladamente, a Nela, quien silente se deja llevar por sus pensamientos, dejando frente a mí su cuerpo vaciado. Mientras bebo el dionisíaco néctar, caigo en cuenta que verla así me duele. Me hace daño ver triste y ajada a la mujer que quise tanto y que años atrás me llenó de alegría. Siento una bronca horrible contra el cretino que la humilla, una bronca de sabino, de camarada.

Cuando el largo día de verano comienza su fin, regresamos a mi prestado palacete de Arts et Métiers. Allí, hago el payaso y le cuento historias divertidas hasta que nos quedamos dormidos sobre el sofá.

Despertamos y nos proponemos gozar el día desde muy temprano. Luego del desayuno, Nela muestra de nuevo su energía maravillosa. Imparables vamos de Pompidou al Louvre, de La Bastille a Trocadéro y disfruto de su sonrisa pícara y la sensualidad natural que me cautivaría al conocerla. Pero como sucede muchas veces, cuando la alegría nos ha invadido por completo, se mueven más rápido las manecillas del reloj. En pocas horas debe regresar a su puerto del oeste y nos dirigimos hacia la Gare Montparnasse. Sin querer terminamos frente al cementerio y ella me propone buscar la tumba de Julio. Cuando encontramos a Cortázar, eternamente unido a Carol, curioseamos esa correspondencia eterna que reposa sobre la plancha de mármol. Leemos las notas y examinamos los cigarrillos con dibujos que los visitantes han regalado al gigante de ojos azules. Nela y yo, rituales, construimos un corto cadáver exquisito que se quedará hasta que lo lleve el viento u otro visitante.

Nela, se queda silenciosa, un poco perdida, como la Alina Reyes del cuento y de pronto me dice que a media cuadra de la eterna casa de Córtazar, está la de César Vallejo. Una vez allí, siento de nuevos mis 20 años, ese tiempo en que se hacía fácil llorar por el amor perdido. Con Nela y el cholo comenzamos un diálogo sobre las letras, nuestras "armas secretas" para aguantar o para desangrarse. Sentados sobre la tumba del peruano, lloramos en silencio.

Luego del mutismo balsámico y ungidos por la liviandad de tener menos lágrimas, vamos hacia la estación. En la puerta del tren, tomo sus manos repitiendo esa liturgia de película antigua. Halago sus ojos, su sonrisa y sus cabellos finitos y le pido me prometa que no se dejará humillar más. Hasta que el guardagujas haga sonar su silbato, señal del cierre de puertas, traducimos estrofas de canciones al francés y al español. Me pide que le escriba un verso mío para llevárselo a Kiev, a donde irá en el otoño. Donde buscará olvidar en tres años, dos de agresiones propinadas por su orco.

En su billete de tren, escribo tres líneas, nos damos un besito antes de que se cierre la puerta y seguimos mirándonos mientras el tren gana velocidad. Mi verso cursi queda flotando en el aire y me roza el hombro. Cuando la máquina se va perdiendo, me uno al cúmulo de gente que se mueve en la estación. Comienzo a silbar un himno de Charly, como para dejar salir las emociones mezcladas: "pasajera en trance, pasajera en tránsito perpetuo... un amor real, es como vivir en aeropuertos, tadadadada, tadadada,… tadadada, ta ta dadá..." 

Arribo a la vecindad de Nicolás Flamel hecho polvo, me tomo una cerveza y me tiro a la cama. Despierto a las once de la noche y caigo en cuenta que en menos de 24 horas tomaré también un tren que marcará el fin de mi verano en París. Me incorporo y me lanzo de nuevo a la calle, a continuar con mi vagabundeo ansioso.

Thursday, July 31, 2014

El doble de Lennon

a OM

A mis veinte y tantos frecuentaba un bar de reggae donde disfrutaba las noches entre mujeres hermosas, bebidas espirituosas y diálogos psicotrópicos. En una de esas noches del 93 conocí a M. Era diez años mayor e iba envuelto en un gabán negro. Se divertía viéndonos bailar, mientras tomaba un jugo de naranja. Venció su timidez y se animó a preguntar algo a una chica de nuestro grupo, quien le invitó a unírsenos. Su barba tupida y los lentes redondos delante de sus tristes ojos verdes ocultaban gran parte su rostro. Coloqué mi sombrero en su cabeza y se transformó en un doble de John Lennon.

Salimos a fumar un bate y descubrimos que en los 80 pertenecimos a la misma organización. Entre el humo del cannabis recordamos a su hermano Ricardo asesinado por la tiranía gobernante y a nuestros otros muertos. Dio una larga calada al chafo, la expresión de sus ojos se hizo más triste y su voz, que de por si se quebraba, era casi inaudible. De vuelta al bar, M cambió el jugo de naranja por un ron, y cuando cerraron el local fuimos con dos francesas a mi casa, donde seguimos bebiendo. Al inicio de la tarde, se quitó el sombrero y con el paso en zigzag que regala el alcohol, se marchó.

Diez años después, la jefa nos presentó a nuestro nuevo colega. Era M, sin barba, ni lentes redondos, mas siempre luciendo su halo del ex Beatle y entregando al mundo ese pozo de melancolía que brotaba desde sus ojos verdes, morriña que se hacía presente hasta cuando reía. Al finalizar la jornada le invité a una cerveza que rechazó, al igual que otras tantas, los días siguientes.

Fuimos a trabajar a la costa, en una divertida producción matemática de casi doce horas diarias, que culminaban cuando la jefa decidía irse a su habitación y el resto a la playa. Entonces hilábamos un nocturno diálogo con vodka tonics, a excepción de M, quien llevaba a los labios su gigante botella de agua mineral.

Luego de una de las jornadas más cansadas, José nos invitó un aguardiente, el que Lina y yo bebimos animados. M miraba atentamente pasar el licor de mano en mano, hasta que una vez terminada su agua mineral, nos pidió un trago. Luego pidió otro y al tercero, sus ojos verdes adquirieron un brillo especial y cambiaron la expresión taciturna por una picaresca mirada de arlequín. M se transformó en un tipo locuaz y divertido. No lo habíamos visto tan alegre. Una vez acabado el aguardiente M sugirió comprar otro, el cual fluyó entre sus bromas inteligentes. Para evitar la resaca, José y Lina propusieron retirarnos. M y yo nos dirigíamos a nuestra cabaña y me propuso ir por un tercer aguardiente, repuse que el día siguiente sería largo y que era mejor descansar.

La mañana costera inició tibia y me desperté muy temprano. Vi que M no estaba en su cama y luego descubrí que no tenía dinero en los bolsillos. La jefa nos esperaba para el desayuno y preguntó por M, le dije que quizás le cayó mal la merienda y estaba enfermo. Luego comenté lo ocurrido a Lina y en el receso de la mañana lo buscamos sin encontrarlo. Tampoco apareció a la hora del almuerzo, ni al  playero diálogo nocturno. Cuando me dirigía a la cabaña, lo vi escondido detrás de unas matas, estaba ebrio y me ofreció una botella de ron casi vacía que tenía en su mano. Me pidió disculpas por haber tomado mi dinero y me contó de su jornada de libación con unos pescadores y luego con unos turistas.

Terminamos la botella y le dije que se acostara. En el desayuno, la jefa se congratuló de ver a M curado y después del almuerzo regresamos a Quito. Al inciar la semana, supimos que M ingresó a una clínica de rehabilitación y el resto del equipo asumimos su trabajo. Regresó quince días después, inició sus tareas laborales con entusiasmo y se ofreció a dar el próximo curso que se realizaría en Cuenca.

El lunes por la tarde llegó la jefa contrariada y nos contó que no se dio el curso. Quizás invadido por la depresión, ya que Cuenca era la ciudad donde mataron a su hermano, M se encerró desde el domingo en su cuarto de hotel acompañado de varias botellas de ron. El lunes en la mañana, ante los golpes insistentes en la puerta, tal vez sabiendo que era imposible escapar, abrió y luego de lavarse la cara, quiso cumplir con su tarea. Bajó tambaleante al lobby donde estaban los asistentes y fue la burla de todos cuando la borrachera lo desplomó sobre la mesa de trabajo.

Lo despidieron y desapareció. A lo mejor abrumado por la vergüenza, se negó a contestar nuestras llamadas. Supe que entraba y salía de clínicas de rehabilitación y que conseguía trabajos eventuales. Hoy me enteré que la tristeza, que durante gran parte de su vida hizo su nido en él y lo carcomió gradualmente, le convenció de colgarse de un poste.


Monday, June 30, 2014

Luca


A Fey, quien lo vivió

La lluvia caía con toda su fuerza amazónica, y si bien nos ponía algo nerviosos, era un bálsamo refrescante en medio del calor. En la canoa avanzábamos río abajo quince personas apiñadas y la mitad borrachas. Con nosotros venían algunas gallinas, un par de cabezas de verde, quintales de arroz y tarros de combustible.

Diana, la hija de la dueña de la canoa, sacaba de mala gana, el agua de lluvia con un balde, evitando el colapso seguro de la barca. De vez en cuando, al pasar cerca de una orilla podíamos escuchar los monos chillar enloquecidos buscando refugio, lo cual nos maravillaba a los afuereños y era indiferente a los beodos locales.  Luca, el hijo de Diana los miraba con un asombro cercano al espanto y se abrazaba de las rodillas de su madre, quien respondía con su ternura ingenua y una sonrisa de resignación.

Cayó un trueno y Luca exclamó verdaderamente molesto: ¡Joder madre, que se cae el mundo!

Escuchar a un niño canelo-quichua de seis años expresarse con la más pura jerga española, nos hizo gracia a los que bajábamos por el inmenso río oriental. El grito del chico, atrajo nuestra atención más que los trajes “Mango” que lucían los padres, más que sus tatuajes y piercings. En un recodo apareció un cocodrilo y un Luca nuevamente asustado comentó. ¡Has visto que animalón!, esos no los vi ni en el zoológico. ¿no vendrá para acá, o sí? Ante las risas de algunos de los viajeros, el muchacho suplicante  preguntó a su madre ¿Cuándo regresamos a Madrid?

Ella no dijo nada y el padre, que hasta entonces se había mantenido en silencio, con la mirada cetrina en lo profundo de la selva, o en sus preocupaciones, hizo aún más pequeños los ojos y le dijo en voz muy baja: pronto, hijo, pronto… Sus palabras cambiaron el ánimo del chiquillo que entusiasmado se lanzó a recordar sus días en la capital española: Apenas lleguemos, iré a montar bici en El Retiro y a jugar  con los colegas de la escuela, ¡vaya si los extraño! Ellos no hablan tan raro como los tíos de la finca, a los que no entiendo…  E iremos a por un par de churros, papá… ¡un par de churros con chocolate!

Cuando la lluvia se marchó y el cielo se mostró azul, la caricia del calor se hizo más más intensa, y Luca, se quedó dormido en las piernas de su madre, recordando las delicias de la ciudad en la que había nacido.

Por sus padres, supe que Luca venía por vez primera a Ecuador, y que casi desde su arribo preguntó por la fecha de regreso. No soportaba el calor húmedo, los mosquitos, ni la casa de caña de la abuela que carecía de televisión… Ellos le dijeron que estaban de vacaciones y el chiquillo con insistencia pedía regresar a la capital hispana, la única realidad que había vivido hasta entonces.  

No se animaban a decirle la verdad que llegó de manos de la crisis. Esa vieja torva que los había alejado por siempre de la vieja Europa. 

Diez años atrás, ella vino a las fincas. Con deudas y aprietos económicos, les obligó a marcharse de su patria. El nacer del siglo lo vivieron en la pujante España, donde mejoraron su vida y cumplieron el sueño de joven pareja, al hacerse un piso propio. Diez años después, la misma vieja torva que tarde o temprano se ensaña con los pobres, reapareció con su traje de harapos y hasta allá fue a visitarlos. Se hizo presente con vencimiento de hipoteca y largos meses de paro. 

Como la situación se ponía insostenible, siguieron el ejemplo de otros emigrantes y regresaron al país. A la ayuda de hermanos extrañados, a luchar otra vez la vida en las fincas paternas, metidas en el fin del mundo, en donde el poco oro que da el río y la escasa leche que dan las vacas, aseguran el sustento.

A lo lejos chapoteaba un rosado bufeo y Luca despertaba con una sonrisa. Gesticulando hiperactivo decía  a su madre. Mamá, soñé que me tomaba un helado, ¡así de grande, en la Plaza del Sol! Mientras los padres esquivan su mirada, él nos cuenta a los viajeros cercanos, sus planes al regresar a Madrid.

Wednesday, May 28, 2014

En la plaza, en el tren

Algunos sábados aparecía por un costado de la iglesia, con su largo vestido negro, que la cubría desde el cuello y que terminaba arrastrándose levemente. Era alta, más que muchos hombres, y sus lentos pasos largos daban la impresión de que flotara. La cabeza erguida llevaba una mantilla de encaje negro, dispuesta de tal modo que cubría todo su rostro.

Verla, era para mí un espectáculo. No cuchicheaba sobre su llegada, como los más pequeños, que por ello recibían un sopapo de sus madres, pero sentía algo inexplicable al divisarla acercándose a la esquina de la plaza. Una vez allí, se aproximaba a la frutera y su mano blanquísima, cubierta por un mitón, acercaba el canasto de carrizo. En éste, la vendedora ponía un par de guabas o duraznos, agachando la cabeza con humildad, al tiempo que la dama de negro respondía con un leve descenso del mentón. Tres pasos después repetía la operación con el panadero, quien se quitaba el sombrero y ponía en el canasto un par de “cholas de Guano” o dos buñuelos. Después llegaba al puesto de hortalizas de mi abuela, donde la esperábamos con una porción de cebollas o unas hojas de acelga, y continuaba hacía el puesto de carne.  

La primera vez que la vi, pregunté a mi abuela por esa extraña mujer, y sobre el hecho de que todos los mindalos tengamos que poner productos en su canasto sin recibir nada a cambio. Es que ella es noble, me respondió, pobre pero noble... Es caridad cristiana, recalcó, más aún porque su familia entregó la fortuna y la vida de sus hombres en la guerra santa contra masones y liberales.

Mientras la abuela hacía la venia entregando su óbolo, mi curiosidad adolescente se ponía a buscar detrás de la mantilla, descubriendo un sábado la nariz y en otros su ruborizada mejilla, los labios o un mechón castaño. Supuse que la dama estaría en sus treinta, y cuando comenté esto a la abuela, ella cayó en cuenta de que no era la viuda de Don Virgilio, sino su hija Francisca, cuyo destino de cuidadora de los padres se había sellado a fuerza de rechazar pretendientes. Diez años antes, despedía a los buenos partidos, criollos ricos, por herejes o por malos cristianos borrachos. Se burlaba de los blancos señoritos ignorantes que no escribían poemas, burros con albarda de oro que no hablaban francés. Luego de la guerra civil, muertos padre y hermanos, los mestizos adinerados que la pretendieron fueron impugnados como longos alzados, atrevidos indios con plata.

En la plaza, donde todo se sabe, conocí que su madre estaba en una larga agonía, sufriendo el mal que mató a la huñachishca y a la aya. Escuché que hace poco había empeñado el piano, su único patrimonio, esfumados ya los cubiertos de plata, los cuadros y los muebles...

Desde entonces, cuando llegaba hasta nuestro puesto de legumbres, le entregaba con una sonrisa mis tres zanahorias, esperando cualquier respuesta por simple o imperceptible que fuera. Cuando Francisca no llegaba le dedicaba mis pensamientos, y al terminar la tarde, sobre el huesudo espaldar del caballo o de regreso en el tren, dibujaba en mi mente su rostro sin la mantilla. En medio del lento desplazamiento y al ritmo de la música provocada por la máquina, creaba mis propias historias cursis que la incluían.

No apareció un par de meses, ocupada en el entierro de la madre y en el luto, y luego volvió en espaciadas ocasiones. Sin embargo, un año después, pude verla caminar con sus largos pasos lentos en dirección contraria a la plaza. Iba a la iglesia, siempre con la cabeza erguida, pero esa vez con la mantilla abierta que mostraba el bello rostro y sus ojos mirando al infinito. A su lado iba un hombre calvo, que casi le doblaba en edad, vistiendo un traje modesto.

En la plaza, donde todo se sabe, se oyó el rumor de que ese día se había casado con un pobre maestro de escuela. En el tren a Alausí, se lo comenté a la abuela y ella me confirmó la noticia. Golpe doloroso a mis ingenuas ilusiones que huyeron con el humo de la locomotora. Después de un breve silencio, como si hubiera omitido un detalle importante, la abuela continuó: Sí, el profesor es viudo y pobre..., pero es blanco, subrayando su sentencia con un mohín de aprobación.

Sunday, April 27, 2014

Suspiro e ilusión

Cayeron los tres papelitos a la mesa y comenzó el sorteo. Paula abrió uno y leyó “La Unión”. Miguel, tomó otro, lo cubrió con sus manazas y lo iba desdoblando lentamente, como cerciorándose de ser el único conocedor de su destino. Toda su expresividad brotó con la estruendosa carcajada que arrojó a la mesa, junto con su papel abierto, pudimos ver la palabra “Loma Alta”.

El sorteo terminó. No tenía sentido levantar el trozo de papel restante. La suerte me envío al sitio que ningún equipo quería ir. Al día siguiente, partimos muy temprano a nuestros destinos. Como cada mañana, fuimos los seis en el bus haciendo bromas, las que en esta ocasión recaían sobre mi suerte.

Dos horas después llegamos a Barcelona, rentamos una camioneta que comenzó a ascender el cerro Colonche y luego de 30 minutos alcanzamos “La Unión”, el destino de Paula y Karina. Los cuatro restantes continuamos hacia “Loma Alta” y después de otra hora de viaje, por un camino que paulatinamente dejaba de ser empedrado, bajamos en su parque-cancha-patio escolar.

-          Buen viaje chicos- dijo Miguel, chocando su mano con la mía, mientras Tania sonreía, al ver que un arriero se acercaba con sus mulas.  

Ellos se dirigieron a la escuela, al tiempo que Lucy se acercó al arriero y con una mueca que trataba de negar la realidad evidente, preguntó:

- ¿Al “Suspiro” entran motocicletas, verdad?-, a lo que Don Argemiro, que así se llamaba el arriero, respondió proverbial, que eso solo es posible bien entrado el verano…

Acomodé a Lucy en el lomo de la mula más mansa, monté la mía y seguimos a Don Argemiro en dirección a  “El Suspiro”, la comunidad que nos acogería los días siguientes. 

Las mulas hundían sus patas hasta enlodar su panza, avanzando esforzadas por el camino sinuoso. Se comprendían las razones por las que a ese rincón del cerro le bautizaron así. Por fin, terminó el camino en una pequeña planicie rodeada por una veintena de casas y otras diez inscritas en el cerro que ya mostraba su cima. El micro clima templado, contrastaba con el calor húmedo de las comunidades de las tierras bajas. La vegetación abundante y los animales creaban una atmósfera de mágico retroceso en el tiempo.

Un bullicioso grupo de niños nos recibió, saludando a los “nuevos profesores”. Dejamos las mulas en el abrevadero y con la comitiva infantil seguimos a Don Argemiro hacia la iglesia, allí nos esperaban unas quince personas curiosas y expectantes de la jornada que nos ocuparía los días siguientes. Lucy y yo explicamos la dinámica de trabajo, ella fue a trabajar con los niños en una sala contigua y yo comencé un juego de presentación para romper el hielo.

Entonces apareció ella y discretamente se sentó en una banca cercana disculpándose por el atraso.

Por unos segundos perdí la concentración, ¿Qué hacía en una comunidad montubia una muchacha similar a un católico arcángel? Rubios cabellos rizados, ojos verdes que asomaban a medias entre los lentes de estilo John Lennon, y que descansaban en su nariz larga y delgada. El cuello largo terminaba en un cuerpo esbelto cubierto por un vaporoso vestido traído de los días del Flower Power.

Ante mi impavidez, el presidente de la comunidad la invitó al círculo que habíamos formado y le entregó la madeja de hilo, la señal de que debía presentarse. Se llamaba Maya y su acento mostró que venía de las trece colonias inglesas. Entonces me empeñé en mostrar mis dotes de trabajador de campo, en juego de seducción, tal como los pájaros de Guinea lo hacen con sus saltos y movimientos de plumas. Hice que la jornada fuera más sencilla y divertida, hasta las cinco de la tarde, en que concluimos la tarea.

Mientras acomodaba los trabajos de grupo en las paredes, ella me contó que era bióloga, que investigaba ciertas orquídeas endémicas y que estábamos en una reserva ecológica. Emocionada, me invitó a visitarla durante la hora que mediaba hasta el ocaso. Llegó Lucy y partimos los tres por el sendero rodeados de flores y pájaros coloridos. El sonido del agua del riachuelo y de los pajarillos recreaban un edén particular, donde ella era Eva, yo  Adán y Lucy… se había equivocado de cuento. En una gruta, el riachuelo se empozaba levemente. Allí Maya se descalzó, levantó su falda para evitar que se moje, e ingresó al agua regalándonos al río y a mí, el espectáculo de sus piernas torneadas. De la poza sacó unas piedrecillas doradas y nos las ofreció, yo arranqué unas pequeñas flores lilas de una de las paredes musgosas y las coloqué en su cabello. Ella se rió de mi travesura y colocó en mi oreja una ramita olorosa. Lucy rompió la amorosa magia naciente, recordando que debíamos regresar.
                           
Al llegar, Don Argemiro nos presentó a las señoras que nos hospedarían y en el lecho, el cansancio de la jornada, no impidió pensara en Maya antes de dormirme.

El día siguiente arrancó con entusiasmo. Había más confianza y las bromas hacían más fácil el trabajo de planificación comunitaria. Finalizamos cuando se instalaba la oscuridad y fuimos a casa de Maya, quién nos invitó a cenar. Yo asaba los verdes, Lucy cuidaba de la menestra y Maya y su madre anfitriona, ponían el cocolón en los platos de los invitados. Luego de cenar, el padre destapó unas cervezas y puso música en la radio, invitó a Lucy a bailar y el hermano mayor invitó a la madre. Ofrecí mi mano a Maya y cuando la abracé para comenzar la cumbia, supe que estaba enamorado. No quería que la pieza de baile terminara, sino eternizar ese tiempo en el que su cabello rozaba al mío, donde nuestros pechos comunicaban el ritmo de sus latidos.

Vinieron varias cumbias y más cervezas. La madre fue con Lucy y una hermana al gallinero y uno tras otro, fueron despidiéndose el resto de miembros de la familia para cumplir con el rito campesino de dormir temprano. La luna que nos espiaba desde el otro lado de la ventana nos invitó a salir. Maya apagó la radio y las luces, y nos sentamos en el banco colocado junto a la puerta principal. En voz baja seguimos relatando lo que nos dio la vida hasta antes de ese día. Me contó que casi terminaba su investigación y pronto volvería a Hartford. Nos tomamos de las manos, entontecidos por ese fugaz e incipiente cosquilleo parecido al amor, que nos dejaba silentes a ratos, escuchando los ruidos nocturnos de la naturaleza tibia, hasta que las voces femeninas de Lucy y la madre, nos sacaron de ese dulce marasmo.

En mi cama, caí en cuenta que era la última noche en “El Suspiro” y me dormí casi sollozando.

El último día de trabajo nació con el sol y en el almuerzo, Maya me preguntó cuál sería nuestro siguiente destino, respondí que San Pedro de Valdivia. Al culminar el trabajo vinieron, como siempre, las palabras que animaban a concretar lo planificado, el agradecimiento sencillo y generoso de los participantes, las últimas bromas. Maya se quedó con nosotros hasta que llegó Don Argemiro y las mulas. El abrazo y la sonrisa finales, tenían como contraste la mirada mustia de los ojos tristes.

Descendía al ritmo cadente de mi mula, soltando suspiritos azules, entregando al viento pequeñas exhalaciones que regresaban montaña arriba. Quizás el nombre de la comunidad se debió a eso, al suspiro que dejaron caer muchos viandantes al perder su amor…

Llegamos a la casa colectiva del Arenal. Los colegas nos recibieron efusivos y Lucy contó emocionada sobre el paisaje, el riachuelo, sobre una bióloga gringa...

San Pedro de Valdivia era una comunidad de pescadores, con un límpido mar verdoso que podía verse desde el segundo piso de la moderna casa comunal. Los alegres comuneros disfrutaban creando mapas parlantes, repletos de espectaculares dibujos y collages y me senté a observarlos trabajar. En el reverso de una hoja de asistencia comencé a escribir unas líneas similares a estas, donde describía mis días en “El Suspiro“. Terminé el primer párrafo, levanté la cabeza en dirección hacia el hermoso mar verde e imaginé que jugábamos con Maya en sus olas.

Volví a la escritura y de pronto se produjo el milagro ¡Maya apareció en la puerta con un blanco vestido de encajes! De un brinco me coloqué junto a ella y le di la bienvenida con un abrazo largo que me hizo perder la noción del tiempo. Le invité a sentarse, le ofrecí agua, un caramelo que traía en el bolsillo... si hubiera tenido el cielo, se lo hubiera puesto a  sus pies. Ella sonrío y paso su mano por mi mejilla. Con Maya, el mar y el sol, decidí que mi trabajo terminaría antes de lo previsto, pero apareció Lucy y luego de saludar efusivas, salieron del salón.

Una hora después estábamos buscando conchitas en la playa, luego tomé a Maya de la mano y entramos al mar. Discretamente la llevaba hacia las olas que nos alejaban de Lucy y en medio de esa nada nos dábamos besos pequeñitos y arrumacos ingenuos, hasta que llegaba nuestra chaperona con algún comentario divertido. La tarde magnífica lastimosamente no se detuvo, Maya debía partir pues sus padres se preocuparían. El viernes bajaría a La Unión y podía llamarle a la central de teléfonos y el sábado, podríamos encontrarnos en La Libertad. 

El viernes desde la cabina telefónica de San Pedro, hablamos largamente y el sábado salí de San Pedro raudo hacia la Libertad. Ella no apareció… Regresé al Arenal agobiado y luego de unas cervezas comencé a relatar a Miguel mi aventura en el Suspiro, relato interrumpido por sus exclamaciones caribeñas, ¡chico!, ¡cooooño!, ¡pinga!, ¡cojone´! Al final me dijo: Asere, lo siento, pero tú no vas a ver más nunca a esa gringa. Déjate de bobería´ y mete mano a la Lucy que está prendida de ti. La primera parte del comentario sentencioso me entristeció y la segunda me desarmó.

Desde la oficina central nos llamaban a los jefes de equipo para trabajar lunes y martes. Allí recibí una llamada de Lucy que estaba con Maya en el aeropuerto de Guayaquil. Escucharla de nuevo me emocionó, más aún cuando me dijo que si yo iba, ella cambiaría el pasaje. Respondí que partiría esa misma tarde y me dediqué a contar los minutos que faltaban, sin atender las indicaciones técnicas. Un par de horas después llamó Lucy de nuevo, me dijo que el pasaje no cumplió las condiciones de cambio y que Maya tuvo que abordar de inmediato.

Recordando la sentencia de Miguel, me puse a escribir una carta (eran los tiempos donde no existían celulares, las llamadas de larga distancia constaban un ojo de la cara y el correo electrónico era meramente institucional) y un mes después llegó la respuesta que terminaba diciendo: Maya, mi nombre, significa ilusión. Soy eso, una ilusión…

No supe más de ella hasta doce años después, en que la web me la mostró por casualidad. Su cabello, ahora castaño, iba recogido en un moño, lucía un nuevo modelo de lentes, adecuados para una profesora de ciencias en Nueva York.