Wednesday, February 17, 2016

Río Dormido




En la fonda me bajé del caballo y mientras el viejo montubio colocaba la comida en la alforja, me encendí un cigarrillo. Rosendo me preguntó si era verdad que iba a Río Dormido, respondí afirmativamente y él me contó que allí mandaban dos familias enemigas, los Cedeño y los Vera. 

Me pareció extraño escuchar en los albores del siglo XXI, historias de vendetta, mucho más en un lejano recinto inscrito en el límite entre Manabí y La Manga del Cura, donde ni siquiera llegaban autos. 

Rosendo continuó:
Pues verá, esa es una pelea desde los mismos días de la Revolución, a inicios del 1900. No se sabe si por faldas, por tierras o por algún desplante de esos que con dos currinchos en el alma invitan a sacar el machete. Lo cierto es que desde entonces, desde que murió el primer Cedeño o el primer Vera, fue vengado por su padre o su hermano, y este a su vez cayó a manos del tío o primo del muerto. Y así siguieron matándose. Póngase, en el velorio de un Vera, mientras lloraban al dijunto, alguno proponía ir hasta la finca de los Cedeño y allí se cocían a balazos. Días después un trío esperaba quedito a un costado del camino a alguno de la otra familia que venía de Chone o Calceta y ahí mismo lo mataban. Eso si respetando mujer e hijos. A veces, cuando murieron dos o tres de un bando y solo uno del otro, iban a los velorios a igualar las cosas. Bajaban el medidor de la luz y entraban a machetazo limpio, no solo se enterraba al muertito sino ahí mismo algún familiar que fue al sepelio y antes de marcharse dejaban colgando las coronas con las condolencias. 

En las fiestas de cantonización conocí a los dos capos, a Don Roque y a Don Lauro Vera

Escuchaba a Rosendo maravillado, hasta que me dijo,

 -Si usted le cae mal a Don Roque, lo mata…

Le mire frunciendo el ceño y Rosendo como para tranquilizarme continuó,

-Pero si le cae bien le entrega a una de sus hijas y unas cuantas leguas de tierra… Como usté es de la capital, seguro le da en el plano y no monte pa’ desbrozar.

Desde hace tres décadas, ante la mortandad de sus hombres y la falta de nuevos nacimientos masculinos, el viejo Cedeño tomó por costumbre agrandar la familia con afuereños, especialmente serranos, porque según Don Roque son más tranquilos y no pegan mucho a las hijas.

Sonreí al viejo Rosendo y él de nuevo acotó.

- Pero si usté no le acepta a la hija, Don Roque también lo mata.

Así le pasó a un agrónomo en los días de la Reforma Agraria, que rechazó la capira diciendo que era casado. Al contrario, cuando vinieron por los trabajos del agua, se quedó un paisanito cadenero.

Luego de unos segundos de silencio, el viejo me ayudó a subir al caballo y antes de partir me brindó un trago de currincho.

-Pa’ que coja coraje,  me dijo con suspicacia, mostrando sus pocos dientes en un gesto que no supe si fue una sonrisa amable o burlona.
 
En Bejucal tomé la Catuneña hacia Calceta y luego fleté carro a Las Mieses, desde donde seguiría a caballo hasta Río Dormido.

La Catuneña es una de las hermosas rancheras que circulan el trópico. En ella viajan juntos humanos, animales y productos agrícolas. El diálogo fluye ágil entre la brisa fresca que se cola por la carrocería de madera y sigue la cadencia provocada por los caminos irregulares lodosos o polvorientos. A pesar de estar varios años en las comarcas manabitas, mi condición de capitalino despertaba curiosidad. Cuando dije que iba a Río Dormido, me contaron sobre el conflicto ancestral y cómo éste fue mermando el poderío de ambas familias, en beneficio de un poderoso terrateniente que se inició como comprador de tagua, luego puso la tienda que abastecía desde la sal hasta las herramientas y después fue comprando tierra y más tierra. Era el modernizador que coordinó con municipio e iglesia la instalación de la escuela y el responsable de que yo hiciera este viaje. El temido y respetado patriarca Don Eudaldo Alava, con quien todo el que visita Río Dormido debe presentarse.
 
En las Mieses, un hombre con dos caballos me dijo que venía de parte de Don Eudaldo. Jorge era serrano y casi de inmediato supe que era aquel cadenero de quien me habló Rosendo. Vino en los setentas a trabajar en el Embalse Daule Peripa y al mes Don Roque le entregó a su hija. A pesar de tener familia en Ambato, avisado del destino del agrónomo, se quedó administrando la tierra y escapando de los Vera, con permiso para visitar cada tres meses a su familia guaytamba, comprometido el regreso bajo palabra de honor. 

Con el tiempo Veras y Cedeños emigraron a Guayaquil y Manta. Vino la peste del ganado y la escoba de bruja y muchos formaron parte de la legión de manabitas que poblaron los alrededores de Quinindé. Los viejos Roque y Lauro quedaron solos y al no poder trabajar las amplias extensiones de tierra las vendieron una tras a otra a Don Eudaldo.

Bajamos de los caballos. Río Dormido estaba de fiesta, los niños bailaban con trajes típicos en la calle principal, observados por los campesinos de las fincas y tabladas aledañas que lucían blancas guayaberas, sombreros toquilla e incluso zapatos de charol. Jorge me llevó a la casa comunal en donde se había dispuesto una tarima con seis sillas, las dos centrales desocupadas. Luego de cierto tiempo de espera y rodeado de guardaespaldas, llegó un hombre más bien pequeño a quien todos saludaron con veneración. Subió al estrado y preguntó a un tipo de la mesa, que luego supe era el director de la escuela, acerca de las nuevas aulas; a Jorge sobre los trámites para abrir la carretera y contó al pueblo acerca de la reunión que él mantuvo con el Prefecto. A una señal, Jorge me acomodó en la silla junto al patriarca y entonces Don Eudaldo me presentó y contó anécdotas sobre las engorrosas gestiones en el Ministerio de Salud para lograr mi venida. Invitó a los asistentes a dirigirse al nuevo dispensario, donde una banda con los colores patrios fue cortada por Don Eudaldo ante el aplauso masivo y algunos disparos al aire vivando a este y al doctor. Adentro nos esperaba un escritorio nuevo y sobre este una pequeña placa grabada con mi nombre e instrumental médico básico; a un costado estaban un chailón, un anaquel y un esterilizador. Jorge me dijo que todo eso lo compró Don Eudaldo con su dinero, que después el sabía como hacer para que el ministerio le devuelva esa plata, pues lo mismo hizo con el arreglo del parque y el lastrado del camino. 
Don Eudaldo me colocó a su lado derecho y me hizo la entrega de un fonendoscopio en medio de más aplausos. Entonces una joven vestida de enfermera se puso al otro lado del patriarca, quien me dijo, mirándome fijamente a los ojos:
- Doctor, esta es mi hija Yelena, enfermera graduada en Portoviejo. Ella va a ayudarle en todo.  
Mientras renacían aplausos, me susurró al oído con amabilidad: 
-He adecuado una vivienda para usted, pero recuerde que Yelena es mi hija... No se si sabe que el director de la escuela es mi yerno... Doctor, debemos conversar...

Entre la multitud alguien me miraba con suspicacia, mostrando sus pocos dientes en un gesto que no entendí si era una sonrisa burlona o repleta de amabilidad.

Thursday, January 07, 2016

Última confesión



Yo era muy joven en esos días donde el mundo se ponía patas arriba. Creíamos que hay cosas más importantes que la plata, la belleza y la vida misma. Los jóvenes estábamos invadidos por el heroísmo que brotaba por todos lados, el del Ché y también el ejemplo de los compañeros, casi ascetas, monógamos animales puros que nos enseñaban a odiar la explotación. Sin darme cuenta, ya estábamos haciendo la revolución desde la mística del sacrificio armado, sin olvidar que éramos diferentes al enemigo, normados por un código que nos impedía usar contra éste la tortura y el asesinato a mansalva. En medio del discurso y de las muestras de consecuencia vinieron los operativos y con ellos el miedo, como un caballo al que se debía domar.

Yo no temía verme en un enfrentamiento a bala, el cual en mi romanticismo culminaría con una muerte heroica y el ejemplo… Otros nos seguirán. Mi pánico más grande era la tortura. ¿Podré resistirla? ¿Me quebraré? ¿Delataré a mis compañeros?  Pero lastimosamente ese temor artero fue precisamente el que viví después de aquella cita envenenada.

Llegué al infierno de la violencia multiforme, ejercida desde que entré hasta que salí. A veces hasta añoraba la muerte, esa que según rumores llegaba como caída libre desde un avión sobre el río. La tortura fue más cruel en los primeros años, donde siempre estuve reducido a ser un pedazo de mierda… Al inicio solo eran el dolor y voces envueltas en la oscuridad, pero a medida que caían otros y me mimetizaba con esa cloaca, las sombras fueron haciéndose visibles y grabándose los rostros para siempre. Fui conociendo primero los apodos: “Malaria”,  “El Taita”, “Bacalao”…, luego un par de nombres, Rengifo y el de un tipo brutal que solo estuvo unos meses: Mosconi. Parecerá raro, pero me fijaba especialmente en la variación de las arrugas. Estas estaban a veces descompuestas delatando la furia o el desdén en un descanso del interrogatorio y débiles cuando fumaban bastante serenos apoyados en una columna. Otras veces eran casi humanas, cuando reían jugando naipes. También ponía atención en los ojos, en las orejas y en la forma de las caras: ovales, cuadradas, lunares… Detalles que, me decía a mí mismo, permanecerán después de una cirugía. Esos rasgos que me ayudarían a reconocerlos cuando salga… Porque si antes de la cana, tenía ese odio insustancial a los explotadores de la clase obrera, en la gayola adquirí algo que no tenía, el odio a todo lo que tenía uniforme. Les llegué a tener un odio terrible a todos, en especial a ese que más me torturaba, al yuta que más me humillaba.

Un día se acabó, y desde que salí me puse a recordarles, a no dejar que sus rostros se fueran de mi memoria. Con la democracia, volvieron a la vida “normal” y estuve seguro de que algún día, a pesar de que en esta ciudad somos millones, iba a encontrarles. Me imaginaba haciendo realidad mis sueños recurrentes donde les saltaba al cuello y les rompía la cara a golpes. Pero una tarde cuando vi a “Bacalao” en el subte, me puse a temblar y más bien me quedé inmóvil. Casi me orino en el pantalón… No sé cuantos minutos permanecí estático, ni tampoco supe cuando éste se perdió entre la multitud sin siquiera haberse fijado en mi.

Luego vino la Comisión oficial, las investigaciones, los procesos y los escraches. En la televisión vi a Mosconi en los tribunales. Comencé a creer en la justicia y me alegré cuando condenaron al “Malaria” Rengifo,  pero luego vino la llamada reconciliación y con ella se hizo más grande mi bronca y mis ganas de  hallarles. Vino otra ola en las aguas del país y se reabrieron los juicios, pero para entonces, en un hospital, ya había muerto “Bacalao”. Como si fuera ayer, tengo presente el día que leí la noticia del deceso y como me odié por no haber hecho nada esa tarde en el subte. Pero por suerte, me dije, sigue vivo el más hijo de puta, el tira que me torturó primero y el que más me humilló durante toda mi estadía. Me juré que ese no se iba morir en camita rodeado de los nietos.
  
¡Y henos aquí “Taita”! otra vez frente a frente, treinta años después…

Creo que contarte todo esto más bien fue mi propia catarsis, pero fue también una invitación a que regreses en el tiempo ¿No dicen que recordar es volver a vivir? Te decía que en el partido nos formaron para ser diferentes, a no ser sanguinarios como ustedes, pero de eso ya hace mucho “Taita”. Ya no existe ni el partido, ni mis jefes, ni los tuyos. Ahora, tú no te crees eso de que viene el peligro rojo y yo por mi parte estoy seguro de que no va a cambiar el mundo; peor aún, se irá más a la mierda. Son otros tiempos “Taita”, de ganadores, de modas, de Nintendo... pero la ley de la selva está afincada como nunca. Sobrevive el más fuerte. ¿Vos te hubieras imaginado “Taita”, que el escuálido del “Picaterra”, -apodo indigno que me pusiste-,  te iba a sobrevivir? ¡A que no!  

Y claro, ya no soy el mismo chico de 20, ni vos el casi teniente de 25. Hemos cambiado, el país, la gente, todo ha cambiado... y para mal ¿sabes? En la era del ojo por ojo ¿Por dónde comenzamos, “Taita”?  ¿La picana o el submarino?

El hombre atado abrió los ojos desmesuradamente y el otro le quitó la mordaza.

Hugo Anchorena, conocido en canela como “el Taita”. Alístate, te vas en la polea…
 Testimonio de un militante del ERP, en "Los Combatientes" de Vera Carnovale.

Wednesday, December 02, 2015

Sueños de púber



Mi primera amiga formal se llamaba Carla, era una chica que vivía en la misma manzana, cuya extroversión y seguridad en sí misma, la convertían en la favorita de nosotros los tímidos. Ambos teníamos trece años y al nacer la noche conversábamos en la puerta de su casa, hasta que su padre le pedía entrar. En las vacaciones colegiales vinieron Ana y "la Chiqui"  sus bellas primas provincianas. Ana y sus 16 se divertían coqueteando a nuestros colegas más audaces, haciéndola inalcanzable para los timoratos que apenas mirábamos el juego, mientras " la Chiqui" con sus 11, se mostraba hosca y lejana. Quizás por todo aquello, ese verano comencé a mirar con otros ojos a la bella y alegre madre de Carla, quien a sus 33 años era lo que ahora se definiría como una bomba sexy, haciendo las delicias del barrio, al pasar enfundada en los “pantalones chicle” que resaltaban su torneada figura y alegrando mis pupilas, cuando la miraba en shorts y camisetas ceñidas , desde la puerta de su casa.

A los trece, las hormonas pueden ser un peligro y un día me vi timbrando la casa de Carla, a  sabiendas de que ella no estaba. La señora Carmita, como le llamaba respetuosamente,  me confirmó la ausencia de su hija y me invitó a esperarla, con esa sonrisa que abría sus labios carnosos, permitiendo que broten sus pequeños dientes blancos. Aquel día fue el inicio de vespertinas visitas semanales, en las que ella me brindaba un jugo y conversaba con el púber amigo de su hija acerca de temas diversos, mientras yo hacía gala de mis conocimientos históricos y literarios. Cuando ella quería recordar una fecha o un personaje, cerraba los ojos, alargaba el  cuello y mi diablo interior me hacía imaginarla en un éxtasis que conocía solo por referencias gráficas. En esos breves segundos miraba sin disimulo la mágica línea que se formaba en la mitad de su busto generoso, y si el inicio de mi deslumbramiento fueron sus ojos entrecerrados y esa magnífica intersección, éste se acrecentó al tener cerca su rostro alargado y su nariz respingona. El deseo vino en toda su brutaliad y supe que estaba perdido cuando descubrí sus muslos, caderas y piernas, derritiéndome por dentro ante su sonrisa de dientes perfectos, que yo con mis bromas hacia brotar asidua.

Ella entretenía sus tardes pintando, haciendo manualidades y tarareando canciones del entonces poco conocido Pablo Milanés y yo a su lado le hablaba sobre historia antigua o acerca de algún personaje de Salgari. Estos encuentros eran un auto atentado, pues mi diablo interior me invitaba a tomar su cabello y besarla a lo Bogart, o me impelía a acercarme lentamente, fingiendo distinguir los detalles de su trabajo, tal como lo hacía mi tocayo Marlon, antes de besar a sus damas en “Sayonara”. Por suerte, cuando iba a replicar la escena fílmica de Brando, la cordura venía en ayuda del cerebro derrotado en su lucha contra el forzudo instinto naciente.

Carla se dio cuenta del sentido de mis visitas y se molestó. Desde entonces solo disfrutaba de la señora Carmita desde la puerta, saludándola atento y recibiendo su alegre respuesta. Mi primera novia me la sacó parcialmente de la cabeza y la muerte accidental del marido derrumbó física y emocionalmente a mi amor platónico, a tal punto que poco tiempo después ella y su hija se marcharon del barrio. 

Dos décadas más tarde, conocí en una fiesta a una chica que se me hacía familiar. Entre la salsa y el ron nos acercamos y luego de unos cuantos besos, nos apropiamos discretamente del estudio de la casa. Una vez desnudos sobre la alfombra, la vi cerrar los ojos y alargar el cuello en el éxtasis amoroso, en un juego de movimientos que me trajo remembranzas inconcientes y me estremeció sobremanera. Cuando entreabrió los labios y dejo brotar una hilera de pequeños dientes perfectos, el encuentro sexual se transportó hacia otras latitudes del placer. El busto era como aquel que imaginara sin las camisetas apretadas, la forma del rostro y la nariz respingona eran las de la mujer que amaba en mis días adolescentes. La boca, tal y como la que quise besar emulando a Bogard o Brando, veinte años atrás.

Aplacado el deseo y compartiendo un cigarrillo, dirigí el diálogo hacia temas que me permitieron deducir que ella era "la Chiqui", la prima de quien nunca supe el nombre de pila, la sobrina de ese amor platónico que transgrediendo el tiempo y con la ayuda de mi diablo interior, cumplía de una manera particular mis sueños de púber.