Friday, July 08, 2022

La alacena

Vivimos en una casa que fue parte de una más grande y que la fue perdiendo el esposo de la dueña en sus innúmeras partidas de naipe. La casa se limpia los sábados después del desayuno y los cinco hermanos somos los encargados de hacerlo. Yo soy el menor y para evitar encerar el piso del dormitorio, escojo limpiar la cocina, una mole más bien oscura, a pesar de su ventana grande que linda con el techo. Lavar las baldosas, quitar la grasa de los azulejos cercanos a la zona de cocción, limpiar el polvo y pasar el aceite "Old English" por las alacenas es aburrido, pero más fácil que complacer a mi padre con el brillo adecuado para su camioneta Datsun. Junto a las cuatro alacenas empotradas, hay una más pequeña, de unos 80 x por 50cm, asegurada con dos armellas y un alambre grueso que da varias vueltas. Alguna vez, pregunté a mi madre que había ahí y me respondió desde su dulce severidad católica:

-          Será algo guardado por los dueños de casa. No se toca lo que no es de uno...

Aquel sábado, con la cocina repleta de los agradables olores a cloro, detergente, antigrasa y aceite para madera, mi diablo de la guarda gira mi cabeza hacia la alacena pequeña y mi Pepe Saltamontes me repite las palabras de mamá. Cuando se tiene trece años y toda la familia está en el taller, lavando el carro, la ropa o arreglando las plantas, el diablo gana.

Polvo, telas de araña, rancio olor a encierro. Unas botellas vacías de Cutty Sark y dos ánforas de cerámica ocupan el estante inferior. En el superior, están algunas pequeñas herramientas automotrices. Me frustra haber perdido mi tiempo en esa riesgosa actividad, cuando caigo en cuenta que el fondo de la alacena no es una pared, sino un cristal pintado, lleno de polvo y grasa. Tiene la pintura raspada en algunas partes, aquellas que rozaron las herramientas al ser acomodadas. Me acerco a la pequeña zona despintada y veo que al otro lado hay un patio pequeño, que tiene en su extremo derecho la piedra de lavar y al izquierdo un jardín. Una joven de unos 20 años lava su ropa. 

Desde mi alacena hasta ella mediarán unos diez metros. La lavandera es bella y esbelta, me parece muy alta, desde mi metro y medio de entonces. Tiene los ojos grandes, oscuros, con largas pestañas de vacuna candidez. Se me hace muy parecida a una actriz andaluza de una cursi película muy popular. Viste una pupera rosada de "Hello Kitty"y su cabello está recogido en un moño a la altura de la coronilla. No lleva sujetador y sus senos se mueven rítmicamente con el movimiento del brazo derecho fregando la ropa sostenida por la mano izquierda. En ese soleado sábado, de vez en cuando, se pasa la muñeca por la frente. Cuando, en el filo del tanque, están varias blusas y camisetas, ella las toma y se dirige al tendedero. Entonces aprecio su short corto que alguna vez fue un pantalón de mezclilla y mientras cuelga la ropa, también su ombligo, sus brazos, sus pies delicados engarzados en unas sandalias simples... Yo permanezco inmóvil con los ojos fijos en el pequeño espacio que me permite contemplar a mi vecina, manteniendo semicerradas las compuertas de la alacena para evitar cambios en la luz. Ella toma la jarra con la que colocaba el agua en la piedra de lavar y bebe a largos sorbos. Se sienta en la veredita que separa el patio del jardincillo, se saca las sandalias, y comienza a untar aceite en las piernas que luego estira. Se broncea apoyada en los codos. Yo la miro extasiado y para mis adentro repito con Charly García el verso de moda: Estoy verde. ¿Por qué no tengo 18? No, mejor 24, graduado de la universidad, la invitaría a cenar... Mientras la miro tomar el sol, imagino mi propia película casera con esa historieta, hasta que la voz de mi madre, desde la lavandería, me saca del sopor.

-          Mariano, ¿ya terminaste de arreglar la cocina? Ayúdame a colgar la ropa...

-          Ya voy mamita Chavi.

Cierro las armellas sin dejar evidencia.

Esa noche no puedo conciliar el sueño, quiero que llegue la mañana para abrir otra vez la mágica alacena que guarda a mi propia Barbara Eden, mi "bella genio". Lo haré muy temprano, mientras todos duermen. ¡No!, ella también dormirá. Concluyo que será difícil que aparezca en domingo, día de compras, de paseo, de visitar a la familia... ¿tendrá familia? De lunes a viernes, de una a seis, hora en que mis padres y hermanos mayores regresan del trabajo, yo soy el rey de la casa. Ninguno de esos días aparece mi vecina, pero aprovecho para manipular las armellas, para que se abran y cierren de inmediato si fuese necesario. He raspado discretamente otras partes del vidrio para poder dominar todos los ángulos del patio. Por fin llega el sábado, y... ¡No pasa nada! al patio vecino no llega nadie. ¡Qué gran decepción!

Siete días después, soy por supuesto, el que limpiará la cocina. Es un día totalmente despejado, pero siendo casi las diez y media el patio contiguo sigue vacío. Lavo los azulejos con desidia, hasta que escucho la débil voz de Nena cantando en alemán a sus 99 globos. Dejo el estropajo y me acerco con discreción felina. Ella está ahí, con un canasto en una mano y una pequeña radiograbadora en la otra. Viste camisa de cuadros blancos y negros anudada arriba del ombligo y un pañuelo forma el moño de su cabello. Mientras pongo el "Old English", disfruto del movimiento acompasado de los senos sobre la piedra de lavar y cuando se acuesta a broncear sus piernas, pero quedo perplejo al ver cómo desanuda la camisa de cuadros, toma sus pechos con ambas manos y los deja disfrutar del bronceado. Me late el corazón con fuerza. Siento que algo crece entre mi entrepierna.

La imagen de mi vecina abriendo su camisa, mostrándome un par de no lactantes senos por primera vez en mi vida, me acompaña durante toda la semana, en las clases, en los recreos. No me deja dormir... Quiero compartir mi dicha con alguien, pero sé que si llega a oídos de mi madre, será el infierno. Es mi secreto. La semana siguiente no aparece, pero el quinto sábado, mi vecina se quita la camisa de cuadros y la lava, dejándome apreciar su torso desnudo en todo su esplendor. Algún domingo aparece con sus lentes redondos y se sienta en la vereda que separa el jardín del patio a leer un gran libro y otro sábado me quedo frustrado cuando mi campo de observación se tiñe del blanco de las sábanas colgando del alambre.

En un día, que no debía aparecer, lo hace con una chica de su edad, también en shorts de mezclilla. Ambas se broncean en el pequeño jardín, conversan con animación y picardía acerca de chicos, sobre los besos apasionados que se dan con ellos, las manos atrevidas que se deslizan, las noches en los bares cerveceros cerca de la universidad. Quien la visita es su prima y sé, entonces, que mi vecina es ambateña y qué como el mes siguiente tiene exámenes en la universidad no irá a su ciudad, como lo hace cada quince. Abren una cerveza, se pasan una a otra un cigarrillo que fuman mal. Y ríen, bailan y cantan el "Girls just want to have fun" de Cindy Lauper.

Llega al pasaje que conduce a su casa, luce preocupada, la tengo a menos de un metro de distancia. Por supuesto me ignora, pero algo se mueve en mi diafragma ¿las mariposas del amor que invadían a Narcisa, la joven asistente de mi mamá? Días después, un carro está parqueado frente al pasaje, disimulo conversando con Toñito, aunque él ya quiere irse con el mandado. Ella baja del asiento del copiloto, se ve que ha llorado. Aún sin dinstiguirlo, odio al conductor del auto.

El domingo estoy en el mercado y alguien llama a mi hermana por su nombre

-          ¡Sofi!

Es ella, mi vecina.

-          Hola Adri, ¿cómo estás? ¡qué chévere verte! 

     Ahora se su nombre.

Siguen con su socialización, mientras yo puedo descubrir que huele a flor, a agua fresca, por supuesto, a sol de verano.

-          Ah..., este es Mariano, mi hermanito menor-

-         Hola, Mariano. ¡qué guapo! - dice sonriendo.

Se agacha para saludarme con un beso en la mejilla, siento su aliento y tengo su escote a escasos centímetros. Por supuesto me ruborizo.

La miro lavar y de pronto ella mira hacia esa pequeña ventana cubierta de polvo de la casa contigua. Entrecierra los ojos e inclina la cabeza, como enfocando. Del otro lado, casi me orino en los pantalones. Quiero retirar de inmediato la cabeza, pero sé que el movimiento provocará una sombra, por lo que comienzo a ir lentamente hacia atrás. Ella abandona la piedra de lavar y se dirige a la ventana/ mi alacena, toma una escoba y remueve unas telas de araña. Regresa a su labor y yo respiro, me he salvado de un infarto... Al día siguiente, llega con su grueso libro y sus lentes redondos. Ha sacado una silla y lee concentrada, sus bronceadas piernas se bambolean ligeramente, el lápiz de vez en cuando reposa entre sus labios, una sandalia queda colgando del pie. Se acerca al tanque de agua y saca un gran balde que pone en medio del patio. Tiempo después, deja el libro sobre la silla, se quita la camiseta y la deja caer, abre el botón y el cierre del short de mezclilla y este se desliza por sus piernas hasta llegar al suelo. Desata el pañuelo de sus cabellos y mueve el cuello para que su larga melena se acomode. Deja caer el agua del balde desde su cabeza. Al otro lado, comienzo a tocarme. Ella pone una larga tela sobre el pequeño jardín y se acuesta a recibir el sol. Puedo aparecer entre sus piernas su sexo con poco vello. El sol se hace más fuerte, ella cambia de posición y ahora miro sus nalgas redondas. Retorna al tanque, toma la jarra y vierte agua sobre su frente, esta baja por sus pechos y su ombligo, algunas gotas quedan suspendidas en la pequeña mata de vellos de su sexo. Mira hacia la ventana pintada, sonríe y luego estira su cuello hacia el cielo. Se me nubla la vista y mientras mi vecina se transforma en un destello, siento un dolor en la espalda baja. Se me pone la piel de gallina, me invade una sensación dolorosa y a la vez placentera. Creo que me he orinado. Tengo que lavarme las manos.

Son casi dos meses en los que reina solo el silencio en el patio contiguo. ¿Estará en Ambato? Sufro sin verla, aparece en mis sueños y me despierto mojado. Han terminado los días soleados pero sigo limpiando la cocina, sin siquiera abrir la alacena. Del otro lado surge la risa escandalosa de un niño jugando con su papá. Esa risa me confirma que ella no está más ahí, que hay nuevos inquilinos. Mis lágrimas caen sobre el lavabo de la cocina y se mezclan con el detergente.

Pero, semanas despúes, aparece en el mercado con un vestido amplio de color azul marino. Al tenerla más cerca, compruebo que ese vestido da forma a la pancita que devela su alto embarazo. Ella pregunta por el precio de las manzanas, miro sus oscuros ojos y grandes, de largas pestañas que ahora tienen una mayúscula expresión de ternura, maternalmente vacuna. Se acerca y yo escondo la cabeza entre las hortalizas. Un tipo tempranamente calvo, surge cargando una canasta de plástico y la toma del brazo. Es aún más feo desde su terno que parece confeccionado con tela de cortina, pienso. Toda una pinta de contador, me digo, repitiendo esa frase despectiva que pronuncia mi padre cuando nos ve desaliñados. Cojudo célebre, mascullo entre dientes, imitando la expresión que adopta mi abuelo cuando endilga a alguno esa frase. ¡Ese será el marido! Odio al mundo y me odio a mí mismo por ser tan chico. Odio a la ambateña Adriana. ¡¿Cómo pudo hacerme esto?!




Saturday, May 07, 2022

Mudanzas

 La tía Mirta entra al cuarto, mientras ella plancha su guardapolvo.

-Esta es la última bombacha que tenés en esta casa, o te la llevás de una vez o traés todas las otras de vuelta.

Martina Zanetti toma su ropa interior, no dice nada. En la merienda del viernes agradece a la tía por todo y le dice que se mudará dónde Goldberg. Cuando habla con su tía Mirta, del hombre con quien duerme cinco noches por semana, lo llama por su apellido. Desde el domingo dormirá allá los siete días, hace seis meses eran tres y hace once meses eran los viernes, piensa la tía Mirta.

Ese domingo Martina deja la casa que la acogió por nueve años. Ella abraza a su tía Mirta y Goldberg acomoda las dos valijas, en la cajuela del Peugeot 504. Mientras reposa la cabeza de la tía en su hombro, mira la casa pequeña del barrio Caballito a la que llegó cuando acabó de cumplir 13, al día siguiente del entierro de su madre, casi al año de la muerte de su padre. Ambos de cáncer. Mientras escucha las palabras cariñosas de despedida, Martina recuerda la primera vez que pisó la casa que deja. ¿Tendría cinco? ¿cuatro?, Suelta la mano de su padre, para recibir de Mirta, la hermana menor de la mamá, una muñeca. La única que ahora reposa en la cajuela del Peugeot.

-        Vos te vas, ¡sho no te mando, eh!

-      ¡Te quiero mucho, tía Mirta!

Marcelo Goldberg es un tipo tranquilo, diseñador gráfico, amante del Jazz, divorciado, con dos hijas adolescentes. Le lleva a Martina 25. Pronto, ella descubre su pequeño defecto, el edipismo propio de los hijos yiddish mama, que Martina solventa llamando a Raquel semanalmente para que le cocine recetas kosher. No se mete en un concurso de sazón, perdido desde el inicio. Los goldbergzanetti son felices en Buenos Aires, hasta que llega esa crisis económica que, como huracán, azota cada década a la Argentina, pero que la capean con una invitación a Ecuador, que una multinacional le hace a Marcelo. Con sueldo en dólares en un país barato, él la convence de no trabajar. La joven Martina treintañera, usa su tiempo asistiendo al grupo de tejido de unas abuelitas, a las reuniones de parejas de la empresa de márketing, a las sesiones del pequeño círculo dirigente de la asociación argentina. Va al Estadio Olímpico a ver los partidos del Aucas con el viejo conserje del edificio... Entre el no hacer nada y no ejercer su profesión, entre los viajes laborales de Marcelo a Guayaquil y las salidas con una coterránea y su marido, inicia un affaire con este.

La crisis en Latinoamérica es como los piojos entre los escolares y cuando eso ocurre, las multinacionales vuelan como golondrinas. Y esta llega al país andino. La pareja, ahora vive del modesto sueldo de Martina. Entre el retomado oficio de maestra jardinera y el affaire prohibido va ella. En el trabajo de buscar trabajo y esperando que las cosas mejoren para el retorno, va él. Y así se alejan. Ella encuentra una escuela que paga más. Las posibilidades para él en la Argentina no cristalizan. El silencio sereno de Goldberg llegando a los 60 contrasta con la intensidad de Martina en sus 35. Marcelo hace un programa radial de Jazz, lee, hace trabajos eventuales, se acerca a la comunidad judía de Quito. Ella goza de sus alumos, se hace amiga de sus colegas, entre ellas Lala, con quien viaja y descubre el Ecuador de verdad. Marcelo y Martina, dejan de ser los goldbergzanetti, para volverse coarrendatarios que se tratan con amabilidad, paisanos que se acompañan, se apoyan en las cuentas y en los temas legales, que toman mate juntos recordando Buenos Aires.

Y una tarde aparece él. No llega a los 30, largo de porte y de cabello, colega de Lala en un trabajo extra. En los quince días siguientes se ven unas cuatro veces. Martina les da ideas para mejorar su tarea. Llega el gran día y ella asiste al curso de matemática inicial que dictan los otros dos. Celebran los tres con un café, pero solo dos quedan en ir al cine al día siguiente.

Apenas se apagan las luces, él toma su mano. Viene luego un beso que se extiende largamente. Entre una escena y otra vienen más. Salen en silencio y a pocos metros de la puerta, con toda la franqueza porteña, ella lo encara:

-¿Vos que querés conmigo?

-Quiero todo.

-¿Lala te dijo que soy casada y que vivo con mi marido?

-Y me dijo que no tienen nada, que solo comparten la casa.

-¿Y vos le creés a Lala?

-Le creo.

-¿Hasta dónde quéres llegar?

-Hasta tu corazón

-Ja, que romántico... ¡Hablo en serio!

-Yo también.

-Vamos pibe, ¿que querés?

-Quiero que seas mi novia, estar en tus pensamientos, que estés conmigo muchos años, luego vivir juntos, tener un hijo… Quiero todo de ti, quiero todo contigo, quiero darte todo de mí. Ahora mismo, Martina Zanetti, te entrego mi corazón, mi memoria, mi acto y mi palabra, mi día, mi luna y mi sol... 

Lo dice con una seriedad que la conmueve.

Esa noche duermen juntos en casa de Lala. Entran a la cama a las 9 y salen a las 4 de la tarde.

Se ven el lunes en un hotelito del centro, pues él vive con sus padres.

Un mes después, Martina casi siempre lleva consigo una pequeña maleta con ropa. El rostro de Martina se ilumina el ver acercarse al muchacho largo, a su bichito de luz, como ella lo llama. 

-¿Qué hacés, bichito?

-¿Cómo estás mi amor?

Se encuentran apenas salen del trabajo, van por un chocolate y un sánduche, a sentarse en el parque, a caminar de la mano. Y antes de que el sol se oculte se encierran en su hotelito del centro hasta el día siguiente.

Apasionados, eternos, animales, ansiosos, dándose con todo, van necesitándose como adictos.

-    Hola…

-    Hola mi amor

-    ¿Por qué llamás a casa?

-    Porque dijiste que en esa casa, tú contestas siempre el teléfono.

-    Pero puedes llamar al celular.

-    ¿Qué tiene que te llame a casa? ¿No tienes nada que ocultar, no?

-    No, pero puede ser incómodo para Goldberg…

-    ¿Y? Nunca es triste la verdad…

El inmaduro bicho se pone celoso y a pesar de ello, o por ello, Martina se enamora cada vez más.

Viene la primera bronca. Pasan algunos días sin hablarse, que para el bicho de luz son una eternidad. Martina no sale de su cabeza, el bicho da vueltas alrededor del teléfono como felino encerrado, pero no quiere soltar esa tonta dignidad de macho. Pero el amor es más fuerte, le repite canchero Tanguito y el bicho la llama sin obtener respuesta. Dos horas después con el diafragma apretado insiste y suena la voz metálica del buzón de mensaje. Elucubra: Volvió con Goldberg…, no, no puede ser… Regresó el amante… ¡sí, eso es!, se martiriza. Se tira a la cama y se enconcha como gusano, como un bicho que recibió una dosis de insecticida. Va a comenzar la noche. Llama al teléfono fijo.

-Buenas noches, responde amable Goldberg.

-Por favor, con Martina.

-Ella no vive acá más, llamála al celular ¿Tenés el número?

-Sí, gracias.

Cuelga. La felicidad genera un eco: “no vive acá más”, “vive acá más”, “acá más”... De inmediato, el bicho sale a la calle, el extraño de pelo largo, sin preocupaciones va. Busca una cabina y marca.

-Hola…

-Hola mi amor.

-Bichito…

-Te llamé todo el día.

-Sí, estuve fuera con los chicos y me dejé el celu en el aula.

- ¿Nos vemos?

-Dale, venite donde Lala. Alquilé el departamento contiguo.

-Te amo Martina…

-Y sho a vos, bichito..., sho a vos…

 


Wednesday, April 06, 2022

Gumucio

Sentí, finalmente los empujones de Thomas 

¡Hey Roco, levanta! ¡Vamos Roco! ¡Nos vamos Roco! Lentamente salgo de la modorra y voy emergiendo debajo del mostrador del “Contravía”.  Segundos después, recuerdo lo ocurrido y comienzo a disculparme con Thomas, el marido de mi amiga Lobita.

¡Ya, no hay problema, pero ahora nos vamos! Al incorporarme veo que solamente están Thomas y Yanina la camarera, limpiando el local.  Aún levemente mareado, me ofrezco a ayudarles. ¡No, tranquilo, anda a casa! me dice con tono paternal. Tomo el botellín de cerveza que no había terminado, lo arrojo al basurero y me dirijo hacia la puerta. Recuerdo el relajo que no llegó a mayores.

Estoy en la calle García que poco a poco se va vaciando de fiesteros. La culpa no se cree eso de que fueron los tequilas, mi ángel de la guarda me dice que debo frenar mis arranques, que no puedo andar de Petrocelli, menos en el bar de un amigo, el Supay me aplaude y al mismo tiempo goza a mi costilla. Dubito entre comprar un cigarrillo o parar un taxi. Todos pasan repletos, si quiero uno, debo caminar hacia el sur… En la esquina de la Calama, él se aproxima con los brazos abiertos, la amplia sonrisa y su paso de dandy.

-¿Cómo te va flaquito, para dónde?

- Ya para la casa, Gumucio, respondo.

- ¡Tan temprano flaco!-. Sin parar de sonreir, saca del bolsillo de su levita una caminera metálica y me la ofrece. – Hágale un whiskito, me dice guiñando un ojo y comienza su relato locuaz. Estoy con un pana y unas locas, pero ya casi se acaba el material y me vine… pero la bruja no asoma, loco. Ya nada. ¿No tienes un par dólar para el taxi?, acá a par cuadras, no más. Acolítame, dice y me ofrece un cigarrillo. – Ya sé que usted le hace solo a la legal, bro, pero acolite... recalca y vuelve a reír con sus brillantes ojitos de ratón.  

Son las 2:30 am, el whisky está delicioso, el diálogo con Gumucio me aleja de la autocensura provocada por la heroica burrada recién cometida.    

-Las locas están bien guapas, flaco, ya sabes, niñitas bien… Hay una de tu calibre, así Colt 45-, dice levantando su mano hasta la altura de mi frente, mientras lanza la risita del Patán de las caricaturas.

Caminamos por la Juan León Mera hacia el sur, mirando como pasan los taxis repletos. No haya duda que Gumucio está prendido, hiperactivo, eléctrico… no para de hablar y de contarme sobre su semana. Gumucio es marchante.

-Encontré un man talentosísimo, me dice, un Klimt ecuatorial que le mete azules chagallianos. ¡Un genio! ya le vendí un par cuadros y estoy preparándole la expo. ¡No sabes! flaco, es experto en el juego del color, con un conocimiento de anatomía impresionante…  Llegamos a la avenida Patria, frente al mero Ejido, donde hay que ponerse pilas… Gumucio para un taxi y le dice con modales educados que nos lleve a Santo Domingo.

-¿A dónde?, cabrón-, le digo. Santo Domingo es la plaza del centro sur de la ciudad, frecuentada en pleno día por ladroncillos de todas las clases y putitas proletarias. A las 2:30 am, toda esa fauna se multiplica por diez en cantidad y peligrosidad.  

-Tranquilo, flaquito, esto es rápido, me dice, mientras afloja su bufanda. Si quieres me aguantas en el taxi, par minutos.   

Par, todo es par para Gumucio… todo dual. Me ofrece de nuevo su caminera de whisky escocés…

Llegamos por la calle Guayaquil, el extremo norte de la plaza, y a lo lejos junto al arco, veo un puesto de canelazos; en las gradas que salen a la Maldonado, a un pequeño grupo de indigentes. En la esquina con la Rocafuerte, junto a las escasas putitas, a una mujer mayor con gorro de lana blanco. Cuando estamos frente a ella, Gumucio le dice al taxista que pare un momento.

– Buenas noches, madrina, ¿cómo está? -

-No hay nada, le responde secamente.

- Solo un par, madrina…

- No, mi rey, nada… Donde el pastuso…

- Ok, madrina, buenas noches, hasta la próxima, le dice educado y pide al chofer que, por favor,  sigamos por la Maldonado. Estamos en el Camal y cuando Gumucio le indica que tome hacia las Cinco Esquinas, el chofer le dice que no, que solo nos sirve hasta ahí o si quiere nos devuelve donde nos encontró, pero es carrera doble.

- Mi jefe, son solo par cuadras...

- No, mi señor, ni media cuadra más. ¿Entonces?

- ¿Cuánto es?, dice, mientras abre la puerta para bajarse.

Nos vamos a quedar en la entrada a las propias "Cinco esnaquis", a las 3 de la mañana… Y, sin embargo, no digo nada.

-No, jefe, ¿cómo que cinco?, tres nomás. Encima nos deja a mitad de vía, le dice con su tono meloso y embaucador. Déjenos para una media. Tres y medio está bien, jefe, le dice sonriendo. Págale flaco.

El taxista pone en mi mano dólar y medio. Mientras desciendo, Gumucio se ajusta el nudo de la bufanda y acomoda las solapas de su leva.

-Vamos a la lico, dice.

- Ya se acabó el whisky.

-No, todavía tenemos…  

Gumucio camina con seguridad. A una cuadra encontramos el tradicional portón con puerta metálica que deja escapar por una pequeña abertura la luz.

-Media de Trópico, solicita Gumucio, la que viene con tapita, subraya. Págale, mi brother.

Mi dólar y medio cae en las manos del licorero. Gumucio me extiende su caminera metálica. Seguimos caminando por la Pedro Cobo. Gumucio ahora me cuenta sobre el proceso de las obras de arte, donde el talento lo tienen los talleristas y la fama los maestros que en muchos casos solo firman.

- Pero, sin duda, hay algunos giles que con toda la fama se dejan agarrar en tonterías. (Gumucio jamás dice la palabra huevadas). Me recuerda el capítulo del famoso caballito, que resultó ser copiado del diccionario enciclopédico. Esas cosas no se hacen, Roco. Cuando no me dice flaco, es que está hablando en serio… – Un caballo ¿te das cuenta? Un caballo lo hacía Picasso de un solo trazo y le quedaba soberbio. Y eso, en lugar de denigrar al maestro, le dio más fama. Al final ganamos todos, carcajea… Nos pasamos la caminera metálica y seguimos por la sureña calle silenciosa, interrumpida solamente por el paso lento de un tambaleante borrachito, al cual rebasamos.

Hasta que aparecen, como deben hacerlo los fantasmas. De pronto, tenemos a pocos metros a tres corpulentos individuos mal encarados. Lo primero que se me ocurre es correr, pero Gumucio saca de inmediato la botella de Trópico de su bolsillo y la abre. Se adelanta ágil hacia los que se nos vienen de frente. Sirve en la tapa roja un trago y sonriente se la ofrece al que parece ser el líder.

-Buenas noches, vecinos, ¿Ya retirándose a la casa? Sírvanse, para el frío…. Los ha sorprendido. Uno de ellos se toca la parte baja de la espalda, pero Gumucio se toma un trago y de inmediato coloca la roja tapa llena de licor en la mano del que tal vez tiene el cuchillo. Luego me sirve a mí. Cuando tomamos todos, se despide amablemente. – Tengan buena noche, vecinos, bendiciones para ustedes y sus familias… Minutos después escuchamos los golpes que propinan al borrachito que se resiste al asalto.

Ingresamos a una transversal a la misma calle Cobo. Nos detenemos junto a una puerta de malla que separa de la vereda un largo callejón tenebroso, Gumucio timbra. No hay respuesta. Abre la puerta de malla y me pide que entre. Me quedo inmóvil y abro ligeramente los labios para respirar mejor. El marchante me escruta con sus ojos de ratoncillo y luego lanza un largo chiflido que rompe el silencio. De las tinieblas, a la altura de mi hombro aparece una Smith & Wesson y luego un adolescente rostro moreno con una gorra.

-Dile al tío, que soy Chirico, él sabe... masculla Gumucio, sereno.

Pocos minutos después, el muchacho entrega al marchante, una bolsa de papel del tamaño de la mano. Gumucio no da nada a cambio…

-        -Vamos a la Villa (Flora), ahí encontraremos taxis.

-        -Pero no tenemos plata.

-        -Tranquilo, flaco, ni pareces economista, la plata se usa de la manera adecuada, tus cinco latas fueron una inversión para movilizarse y el pasaporte que nos salvó la vida. El resto va por mi cuenta, de acá en adelante, todo pura fiesta, flaquito... Y rie como el Pájaro Loco. 

Llegamos a Guápulo, la madrugada está terriblemente oscura, son las 4 y30 am.

-        -Ya regreso, mi jefe. Disculpe la molestia, mi amigo se queda con usted-, dice Gumucio. Da un trago a la media de Trópico y me la entrega. La caminera de whisky ha fenecido en el camino de regreso. El taxista comienza a impacientarse. Yo, al igual que en el callejón, no se que hacer, hasta que aparece Gumucio con su sonrisa profesional.

– Tenga mi jefe, el cambio es suyo, por la espera, le dice. Buenos días, bendición para usted y su familia... Deja caer su efectiva fórmula, efectiva por que suena sincera.

En la mesa de centro, organiza rayas con una tarjeta, un tipo delgado, que luego se que se llama Lalo. A su lado, como si contemplaran un trazo de artista plástico, están inmóviles una rubia y una pelirroja, de mandíbulas apretadas. 

Suena "Other side" en los parlantes. Una mujer avanza hacia nosotros con dos vasos de whisky y se frota la nariz con el antebrazo.

-Mira Tulita, te presento al flaco. Así, de tu calibre y guapo como te gustan, recalca Gumucio con su risita de dibujo animado. Ella está en la mitad de sus 30s, yo al final de mis 20s y Gumucio iniciando sus 40. Alta, delgada, con la inmensa melena de largos rizos bien definidos, pintada de rubio. Ojos negros, labio superior delgado, labio inferior grueso, contraste que la repleta de sensualidad.

-Flaco, mucho gusto, gracias por cuidar al Gumucio, a quien tanto queremos… Sírvete. 

Nos toma del brazo y nos lleva hacia el sofá. -Les presento al flaco, amigo y guardaespaldas de Gumucio. Los tres alzan brevemente la mirada, Lalo asiente indiferente con la cabeza y ofrece un pequeño tubo a las chicas de mandíbula tiesa. Después, me lo ofrece, pero lo toma Gumucio. – El flaco solo le entra a la legal- dice -Y eso que él sabe que es la que más daña… Por eso ya mismo se queda dormido.

Tulita me guiña un ojo - Menos boca, más me toca… O mejor dicho, menos nariz…  Gumucio/Patán, se deja escuchar.

Siguen los Red Hot. Give it away now, Tulita. Salimos a bailar, el resto no se mueve, pero en la mesita de cristal arman un nuevo ritual de rayas y de la libación nasal. Tula me lleva de vuelta al sofá y nos abraza, esperando su turno con avidez. Luego de su "panamericana", como las llama, Gumucio se cambia de sofá y acaricia a la pelirroja. Esta toma la tarjeta de la mesa y se tiempla dos mosquitos. Lalo coloca con delicadeza la esquina de la tarjeta en una ternilla de la rubia. Tulita me pone la lengua en la oreja, nos besamos al ritmo de Californication y cuando Tula para para ponerse a gatas junto a la mesa, me doy cuenta que se han marchado dos y los otros dos se soban arrechos. Desde el sofá, me dejo llevar por el sopor del whisky helado, me excita mirar a Tula arrodillada inhalar su larga raya de un tirón. Ella se incorpora y se pone a bailar "Around the world" en media sala. Una chica larga bailando, una llama que ilumina la oscura pradera del deseo...

Gumucio toma en la caja de un CD un poco de caspa del diablo y cogido de la mano de la pelirroja se pierde atrás de una puerta. Me acerco a Tulita y el nuevo beso es el inicio de un largo polvo junto a la mesa de cristal. Despierto con el "Under de Bridge" y con la luz de las 7am. por la ventana. Tulita no está a mi lado. Me visto, no hallo mi chompa, voy hacia la salida y en el lado opuesto, en el balcón, veo una silueta fumando. Tulita, cubierta con mi chompa, está sentada abrazando sus rodillas, mirando al sol que termina de nacer. Me acerco, gira su rostro por un segundo y vuelve a mirar al sol. Noto que ha llorado y la abrazo. No se inmuta.

-¿Me das mi chompa Tulita?, digo y en seguida me arrepiento, pues caigo en cuenta que está desnuda. Deja mi chompa a un lado y vuelve a su posición cuasi fetal... Some times I feel, like I don´t have a partner... nos recuerda Kiedis. 

De una habitación emerge Gumucio, con un boxer estampado y un vaso de whisky.

-¿Te vas flaco? Bien, dale, es hora de descansar. Espero no tengas mucho chuchaqui. Yo sigo un rato más. Tremenda noche ¡eh! Lanza su carcajada cínica. Gracias por el acolite flaco, En serio, gracias Roco. Te haré llegar la invitación a la expo del Klimt criollo. Ya sabes..., con Gumucio, locas guapas y buen whisky... Y tú, tranquilo, la Tula es así mismo, ya se le pasa, llévate no más la chompa. ¡Que noche de antología, Roco! Ahí está… A vos que te gusta escribir, ahí tienes. ¡Expláyate! Me da un abrazo afectuoso y me acompaña a la salida. 

Y lo hago por fin, 20 años después, escuchando Dani California. Los detalles quedaron colgados en mi memoria como ropa que no termina de secarse. Mientras termino este relato, siento mi rostro cubierto por los larguísimo rizos de Tulita, revivo su movimiento cadencioso mintras aprieto sus nalgas, muerdo su carnoso labio inferior y siento sus largas manos sobre mi pecho. Escucho los diversos tonos de la risa permanente de Gumucio/ Patán. Regresan el olor de la calle Cobo y el escozor de la adrenalina provocada por las Cinco Esquinas a las tres y media de la madrugada.   


Friday, February 18, 2022

Súbete a mi moto

A NB

Cuatro años habían pasado desde que regresé a vivir en Quito y tres desde que era conocido en la esquina de mi casa como Tarantini. Vivía en un barrio de clase media. Mi familia ocupaba la planta baja de una casa grande de tres pisos, que tenía la escalinata en el centro. En el ala izquierda del segundo vivía Doña Lucita, la dueña de casa y su hija María Eugenia que pasaba buena parte del día en su taller de costura. En la derecha, vivían unas numerarias carismáticas, que organizaban, los sábados, reuniones con los chicos del barrio, para conversar sobre la vida de los santos, el pecado, la virtud y demás temas de interés de las misioneras españolas. En el tercer piso vivía la otra hija, la señora Marcelita con su esposo y sus dos hijos Nico y María Belén, conocida como la Gata, por sus hermosos ojos verdes.

Con Nico llevábamos cuatro años de una amistad muy cercana. Apenas nos conocimos jugamos a revivir los programas de televisión blanco y negro. En nuestro “Viaje al fondo del mar”, el patio del subsuelo era la profundidad marina y la piedra de lavar, el submarino. Pretendíamos ser Huck Finn y Tom Sawyer y cuando requeríamos de Becky y de Joe el Indio, invitábamos a la Gata y a mi pequeño hermano Vito. Nico se la pasaba en mi casa, pero a veces subíamos al tercer piso para jugar con los muñecos del Hombre Nuclear que le traía su padre desde Estados Unidos. En 1981, cuando ocurrió esta historia, Nico tenía 13, la Gata 10 y yo 11. Motivado por su padre, director de una famosa orquesta del país, Nico comenzó a tomar en serio la música. Buscando su instrumento, probaba las congas, el piano y la trompeta. Íbamos al estudio y poníamos en el tocadiscos los flamantes LP’s traídos por Don Nicolás, iluminando toda la casa con ese ritmo nuevo y pegajoso que se llamaba Salsa. Las portadas fabulosas, con Pacheco, “el zorro plateado”, Ray Barreto, el rey de las manos duras o Yomo Toro y Lavoe de Charros nos fascinaban. FANIA, Blades y el chico malo del Bronx, se convertían en nuestros ídolos y cantábamos golpeteando tarros vacíos de pintura.

Los nacientes 80 venían a ritmo de buena salsa, hasta que la Gata, nos disputó el tocadiscos. En su pecho trajo un LP, en cuya portada estaban unos muchachos vestidos de látex. Nos negamos y vino con su padre. Después de “Fania en África”, tuvimos que cederle el aparato a regañadientes y lo que sonó nos erizó los pelos. Eran cinco voces adolescentes con un ritmo que hería nuestros oídos afinados en el buen gusto salsero. No los odiamos de inmediato, pero sí lo hicimos cuando en los días siguientes el ruido de ese disco de marras salía de las casas contiguas. En todo el barrio, o al menos en los hogares donde habitaban féminas se escuchaban aquellas canciones. Pronto, algunas ventanas lucían afiches de los cinco chicos, vestidos como jamás se nos hubiera ocurrido hacerlo a nosotros, desde la estética de “machitos”.

En nuestra casa, la Gata había ganado espacio y sus padres le permitían escuchar todos los días los discos de “Menudo”, que en toda la ciudad fueron apareciendo como hongos en lluvia. La banda de Puerto Rico provocó la adoración de las chicas, en la misma medida que el desprecio de los chicos del barrio, excepto los que aprendieron la coreografía Menuda y que eran catalogados por la bandita como afeminados, pero adorados por las jovencitas, lo que nos ponía verdes de envidia.

En menos de seis meses, se transformaron en histéricas fans, hasta las más recatadas muchachas de nuestra comarca, entre ellas la Gata. Hicieron un culto a la imagen de los 5 portorriqueños, siendo motivo de pelea hablar mal de ellos. Todas habían escogido a un Menudo como el príncipe de sus sueños y en la parada del bus colegial se les oía comentar.

 – René es tan guapo.  ¡Qué cabello tiene, Xavier!, Me encantan los ojos de Miguel…

El favorito de la Gata era Ricky y por supuesto Nico, no escatimaba esfuerzos en molestarle diciéndole que era un enano de dientes torcidos, provocando su rabia:

-Papi, el Nico me está molestando, ¡dice que Ricky es feo!  

- ¡Ya Nico, deja de molestar a tu hermana!

Llegaron las vacaciones y su espléndido sol de verano. Nos divertíamos con un par de patines de 4 ruedas, alternado la camiseta de roller boogie que tenía parches en los codos. La señora Marcelita, le dio 20 sucres para comprar golosinas y le pidió a Nico que no haga travesuras. Don Nicolás le recordó que debía practicar el piano, si quería ser como Papo Lucca, y tomando de la mano a la Gata se subieron a la camioneta.

Fuimos al estudio de Don Nicolás y con “Ramona” sonando, Nico trató de emular ese famoso solo de piano, sin conseguirlo. Iba bien y de pronto ¡zás!, una tecla tocada ligeramente, le mandaba a repetir. Reprimía su frustración, cuando desde la terraza contigua, vino a todo volumen, el inconfundible éxito Menudo “Súbete a mi moto”. Yo grité por la ventana que bajen el volumen, pero fue como si la orden hubiera sido la inversa. Ya comenzaba a sonar la siguiente pista, cuando Nico dejó el estudio y atravesó la sala de su casa. Pasaron largos minutos, llegó sonriente y dijo: mi mamá me dio plata, mejor vamos a tomar helados.

Horas después, vimos desde la esquina a Don Nicolás bajar las compras y luego subió toda la familia al tercer piso. Pocos minutos después se escucharon el llanto y los alaridos de la Gata, seguidos por los gritos de Nico castigado por su padre. Mi vecino y mejor amigo, cansado de "Menudo", había tomado la colección de LP's de su hermana y los puso a broncearse en la terraza. Cuando vino, lo vi adolorido y lloroso, pero con la sonrisa del "deber cumplido". Fue una victoria pírrica pero perdimos la guerra. Nuestra derrota final se dio un par de años después, cuando el grupillo se presentó en vivo, llenó el estadio y esparció por toda la ciudad la "fiebre menuda".   




Wednesday, January 12, 2022

El Orejón

Desde el bus, gracias al tráfico que nos pone a ambos a la misma velocidad, voy junto a él por algunos metros. Camina encorvado y tose, está muy delgado y aparenta muchos más años de los que tiene. No lo he visto en meses, quizás un año, pero reconozco a lo lejos su larga cabellera gris. Baja, con el infinito cigarrillo temblando en su mano derecha, por una de esas ligeras cuestas que reducen su pendiente a medida que se acercan a la Avenida Seis de Diciembre. Pronto ingresará a la Mariscal, el barrio en donde transcurrió buena parte de su vida. Era imposible, años antes, verlo caminar a las dos de la tarde. Durante décadas fue uno de los reyes de la noche. Él y el mostrador de su local parecían cosidos, por lo que verlo en la calle temprano casi no ocurría. En esas raras ocasiones iba con su hijo o con su esposa y se dirigía con ágiles pasitos cortos, como su estatura, hacia su local. Levantaba la puerta metálica, encendía las luces y crecía dos palmos. Sus dedos en el interruptor y luego en el volumen del equipo de sonido, iniciaban la jornada de fiesta que poco a poco iluminaba toda la calle García. Esa era su cotidianidad antes de la noticia que en mayor o menor medida nos sorprendió a todos.

Antes de aquel anuncio, el Fer, era apreciado por muchos, le llamaban por su diminutivo, le daban palmadas, le saludaban con reverencia. Era un cariño sincero al pana esmirriado y tranquilo, aprecio que no pedía a cambio ni un un gratuito cubata aguado o un lark, pero que venían. Era respeto al tipo que se las había jugado por la militancia, a su consecuencia de estar 40 años en las filas de la izquierda. La admiración al inclaudicable que chupó cana y tortura. Atrás de la barra de su local, con su mirada de basset hound, recibía a medio mundo. Su timbre de voz, con ligero frenillo, acogía amable a los que vistaban su bailadero de salsa, abierto desde el miércoles a las siete de la noche. El local, era en sus inicios, una ratonera donde se daba cita el más diverso zoo de artistas, militantes, fumones, intelectuales y bohemios de la clase media baja. Los nuevos socialdemócratas, los cerebritos de universidad privada, los asesores de congreso o la gauche caviar, preferían ese antro amplio, iluminado, y repleto de divos de la calle Veintimilla.

Desde el paso de caracol de mi Colón Camal, lo miro cruzar la Juan León Mera, con su negro chaleco impermeable y el pantalón una talla más grande y recuerdo mis diversas etapas vividas en su antro. Las mejores noches de fiesta, las sonrisas de las más guapas y hasta aquella corta jornada de puñetes que viviera a pocos metros de su puerta. Recuerdo al Negro Álava, atornillado a la puerta pidiendo pagar el cover, con sus ojos cansados y su amabilidad introvertida, dejándonos entrar gratis a los más wambras. El sol hace doble reflejo en las ventanas de los edificios y en el cristal de mi asiento y me obliga a cerrar los ojos. Me veo en mis diecinueve ensayando unos básicos pasos de salsa con las bellas militantes del FADI, que sin sectarismo me regalaron mis primeras noches de pasión. Me escucho a mis veintitrés, canchero y guapo, saludar como delantero de primera categoría a mis amigos, a los camaradas más viejos del partido y hasta algún profesor de la U. Me cotemplo en esos segundos, noche tras noche, con la rizada cabellera suelta, arribando a la pista para sacar a bailar a la gringa más bonita… y estoy otra vez al final de mis veintes, saliendo del antro a la casa de alguna bella, generalmente mayor, o en las frías madrugadas caminado con la pandilla chica: Ramiro y Gonzalo, a comprar en la Cordero más trago y marihuana. 

Me piden el pasaje y luego asoma alguna memorable chupa previa a mi ida del país y luego el día en que ya entrados en mis 40, el Gato nos suelta la noticia bomba en la improvisada reunión de ex miliantes.

“¡No jodas, chucha!. Yo siempre lo sospeché. ¡Ni parecía! ¡No ha de ser! ¡Que caremazo! ¡Ni más donde ese hijueputa!” dejamos caer como ráfaga. El que fuera rumor, pronto salió en el periódico y con esa noticia, su local, otrora repleto fue vaciándose. Hasta apareció en una de sus paredes una grosería pintada. En el círculo de mi trabajo, en el barrio, en el equipo del fútbol de los martes, se comentaba el asunto. Yo era parte de los que no lo podía creer, de los que cientos de veces, comencé o terminé la noche conversando de política con el Fer en la barra. Con ese barman quien a mediados de los 80, se entregó a las autoridades con sus compañeros luego del secuestro de Echeverría. El que participó en uno de los primeros operativos brutales de la izquierda radical a fines de los 70. El que arengó un mitin bolivariano alfarista, en el 2008, y que precedió a una incursión del ejército del país vecino, donde murieron varios chicos mexicanos. 

En el periódico le llamaban El Orejón.

Poco antes de mi regreso al país se publicaron los resultados de la Comisión del Verdad y casi un año después, yo leía su versión pdf, en el silencio nocturno de mi oficina, paradójicamente ubicada a dos calles del antro del Orejón. Los archivos detallaban el modus operandi de la policía y sus agentes durante los años de nuestra propia guerra sucia. Entre ellos estaba él. Aparecía en el texto con sus dos nombres y sus dos apellidos, con sus alias: Orejón, Agente 098. No cabía duda, era el Fer. Era el informante, el tira... Y parece que si bien en los 70’s fue un radical convencido, en los 80, una policía nacional, ya adiestrada por sus pares españoles y por mercenarios israelitas, lo vio útil e inició con él una dinámica macabra, pero efectiva para los fines institucionales.

Luego de caer preso y las torturas de rigor, se encargaron de reducirlo al nivel de guiñapo. La práctica común de entonces, pero que con el Orejón tuvo su variante. Una vez excarcelado, lo detuvieron otra vez, sin que medie delito alguno y fue nuevamente torturado, le hicieron ver que estaba a merced de sus captores y que no habría sistema judicial que pueda impedirles atraparle y vejarle cuando ellos quisieran. De a poco le hicieron interiorizar que eran omnipotentes. Lo soltaban y semanas después lo detenían otra vez, continuando con el ritual, hasta que un agente le dijo con tono amable que podía evitarse aquello si colaboraba… Un aviso sobre una bomba panfletaria y a cambio, varias semanas de tranquilidad. Una delación más importante, hasta le traía una pequeña suma de dinero. Era el inicio de un círculo vicioso, que se prolongó por décadas, el comienzo de un trabajo de obra cierta, sin horarios. Su inserción en una categoría deleznable de la cual ya no saldría jamás.

Cierro el archivo, y decenas de preguntas zumban como moscas color caqui. Muchas son lógicas, otras cínicas. ¿Con el tiempo, le cogió gustito a la huevada, o siempre estuvo reticente en actitud esquizoide? ¿El Orejón fue ascendido y se hizo instructor de delatores?  ¿Solo era llamado para ciertos objetivos y tuvo períodos en que sus servicios no se solicitaban? ¿Su jefe fue el mismo; un amo “mentor” eterno o habia ritual de cambio de mando? ¿Gozó de vacaciones pagadas?...

Camino por la calle Colón hacia el occidente y el frío de la noche trata de poner en orden mis ideas. ¿Quién soy yo para juzgarlo, por débil? me digo. ¿Puedo señalarle con el dedo, yo, qué por suerte nunca fui torturado en cana? Sigo caminando. Debió irse del país, el cabrón…  debió denunciar a los DDHH.  No tengo respuestas lógicas a lo que éticamente el Orejón debió hacer. La cagó, cagó a mucha gente… Es un hijupeuta… concluyo. Y las moscas de color caqui visten ahora toga y tienen una balanza en las manos. Enciendo un cigarrillo y mientras una putita colombiana de la Calle Versalles, me guiña un ojo, despacho hacia mi freudiano Super yo a mi juez. No iré más a su antro. Ni mierdas... Y sin embargo, luego de unas bielas con los panas, vemos al Orejón en la puerta que nos saluda con su sonrisa de prótesis dental y sus ojos hush puppy,  y por los viejos tiempos, por la picadera alchólica, nos tomamos un whiskie en una mesa del rincón. Esa fue la última vez que vi al Fer, al Orejón, y aunque a veces se me hace que cruza la 12 de Octubre con sus pasos cortitos, caigo en cuenta luego que son solo sus genes reflejados en un muchacho que se le parece bastante.

Pasan los años  y  la vida me pone, medio ebrio, en la calle García. Esta vez abandonada y lúgubre, incluso vacía de pushers y de putas. Se ve que el antro está cerrado desde hace mucho y no ha sido reemplazado ni por cervecería, ni por comedero, ni por chongo. Al pasar frente a la puerta metálica oxidada, se coloca en mi cabeza, el “Oriente” de Henry Fiol, y como nadie me ve, ensayo el “pasito de la baldosa”, recordando a los panas con los que bebí aguardiente, muchos ya fallecidos de cáncer al pulmón o cirrosis. “Yo me voy a morir… caramba me voy a matar…” canto. Evoco las cumbias con las amantes eventuales, los sones cubanos con los vaciles de trago y el merengue con las que no pudieron ser. “Mira negra, me voy a morir, cosa buena me voy a matar...”. Y miro emerger de la noche a los conocidos que me pedían a la madrugada un dólar para un teque de bazuco. A los habitués como la Bestia Quiñónez, alma bendida, tan grotesco y aterrador, como gentil, chocando el vaso de whisky y haciendo sonar sus cadenas de oro. Al Chacachaca, hijo de un empresario que festejaba todas las canciones con su pandereta, al Coloris, que nos daba tragos gratis en el Arribar, a la Suquita Edelmira que te entregaba su amor a cambio de una noche de pases…  “Oriente si yo pudiera, cantarte como deseo…"

El Orejón murió hace algunos años, dicen que tísico y solo, pero en su casa. Al final, ni él, ni su obra, le importaron a nadie. Muchos de los que sobrevivieron a las denuncias del Orejón, detentaban puestos en el gobierno de un caudillo, quien también mató la esencia de esa izquierda a la que El Orejón entregó. Por ese mismo tiempo murió la Mariscal como zona de farra, entre la pelea de mafias, la inseguridad y la apertura de una nueva zona de diversión. Con la bachata y el reguetón también murió en mi ciudad la Salsa. ¿Para qué chuchas sirve salir en la noche, a una ciudad huérfana de bailaderos de salsa?  "Un pajarito herido, abandonado en el mundo, con desespero profundo vuela buscando su nido... " Pero sobre todo son las canas de cabeza y barba, las que me hacen caer en cuenta que también murieron mis ganas de buscar antros nocturnos, sean o no sean regentados por tiras.