Wednesday, April 05, 2023

After Jane

Para PM

Sin duda, ella fue determinante en mi vida. Por primera vez, en la post adolescencia amaba y me sentía amado. Con ella crecí en muchas dimensiones, acrecenté mi cultura general, reafirmé valores y por ella enfrenté militantes prejuicios tontos. Miss Day, o la señorita Díaz, como la llamaban cariñosamente mis amigos, era una gringa de Nueva Inglaterra con quién salíamos a las manifestaciones rechazando la primera guerra del Golfo, a las convocadas por mi partido o por el movimiento indígena y que le costaron reprimendas desde su programa de intercambio estudiantil. Jane adoraba los Counting Crowns y García Márquez y por ella conocí a Bashevis Singer y a Van Morrison. Pacientemente corregía mis malas traducciones de las letras del Final Cut, con las que estaba obsesionado. Llegó como un bálsamo, en una época en la que las chicas de mi edad tenían como sueño máximo comprarse un Suzuki Forza, ser azafatas o entrar de cajeras a un banco, teniendo como tema de conversación las malas telenovelas mexicanas. Llegó sobre todo a curar las heridas de una camarada militante que me hizo trapo.

Pero como estaba previsto, regresó a su país, aunque dejó esa promesa irreal que se entregan los enamorados, por la cual regresaría para hacer su maestría aquí. Yo tenía un buen trabajo y desde ese sueño común busqué un departamento cómodo y cercano a la Facultad de Ciencias Sociales en donde la había inscrito para el programa de Antropología. Todo iba en orden, las cartas llegaban a mi oficina cada semana y en las eventuales llamadas por teléfono, me contaba que los exámenes finales estaban cerca, lo que la estresaba un poco. Hasta que recibí la carta larga, en la  que me dijo que no vendría, me daba una fecha para una llamada y me pedía disculpas.

La llamada fue triste, ella no sabía explicarse y yo no sabía convencerla. Dos chicos de 22 años confrontando el viejo refrán que asevera que el amor de lejos es amor de pendejos. Vino la pregunta clave y su respuesta devastadora: Había conocido a alguien, dijo, en medio del llanto a través del auricular. Y cuando tienes 22, mi viejo, una respuesta de ese calibre es el principio del fin.

El habitus ecuatorial, reza que esas penas se lavan con alcohol, y esa misma tarde fui al Patio Pub, un bar alemán fantástico con fuente en el medio y buena música, ahora transformado en lúgubre parqueadero. Me emborraché con cerveza y grandes sets de los Doors. Al día siguiente repetí la operación teniendo como escucha a mis amigos cercanos que no atinaban a dar consejo, pero que estaban contentos de que fuera el mecenas de la borrachera. Amanecí en la sede del partido y con un pana de la noche anterior desayunamos cerveza. Para las 3 de la tarde estaba otra vez ebrio en una de las oficinas partidarias. Llegó hasta allá mi jefe, también militante y con una sonrisa burlona me dijo:

- Te vas a matar por la gringa ¡no seas bestia! El director me ha preguntado por ti y le he dicho que estás de comisión- 

- Pues que se joda, mañana tampoco iré al trabajo- logré balbucear.

Mi jefe sonrío, moviendo la cabeza.  Esa noche fuimos a casa de Nati, una compañera que celebraba su cumpleaños y seguimos libando, con ella estaba Rita, quien me llevaba al menos quince años, guapa sin serlo en extremo. A media noche quedamos los tres, la dueña de casa se fue dormir pues trabajaba al día siguiente y Rita me llevó a una habitación donde comenzó a desnudarse. Me metí junto a ella en la cama y de pronto apareció la imagen de Jane. Me puse a sollozar y conté a Rita mis cuitas de decepción amorosa, quién en lugar de echarme ofendida, me acurrucó como una madre, poniendo mi cabeza en su regazo. Me desperté muy tarde, comí algo del refrigerador de Nati y en un asomo de “responsabilidad” fui a la universidad en busca de los apuntes de clase dados en mis varios días de ausencia. Sin saber como, estaba en la ceremonia libatoria semanal de los guarandeños de la facultad comenzando una botella de ron, que luego se clonó en otra y luego se hicieron tres. Casi no decía nada y más bien trataba de reír con sus bromas, pero el pensamiento del amor lejano se atravesaba como una estaca. Desperté casi al medio día del sábado, con toda la resaca que provoca el ron barato con coca cola y con toda la depresión alcohólica que me golpeaba inmisericorde. La solución era, por supuesto, una cerveza, que junto con el sol mañanero y un buen partido de fútbol en la TV del restaurante se hicieron cuatro. Salí "picado" y en la esquina del barrio, los vecinos de toda la vida mataban el aburrimiento con el tradicional litro de puntas con cola de mora. El primer trago de la famosa “sangre de pichón” me sacudió como un jab de izquierda al mentón, pero los siguientes fluyeron al ritmo de las bromas procaces y los diálogos morbosos que nos mataban de la risa. No recuerdo como desperté sobre mi alfombra y me enfrenté a la universal crueldad del domingo y su aire silente, con una nueva resaca y con el recuerdo de la amada abofeteándome. Entonces lloré de verdad. Lloré copiosamente, con mocos, con hipo, con babas, con largos suspiros, como un niño, como un viudo, como un condenado al ostracismo. Por fin lloré. Cuando ya no me quedaban más ahogos, fui al grifo de agua y me clavé a beber por largos minutos, me lavé la cara, me mojé la cabeza y me hice una sopa de sobre que apenas probé. Salí en ese domingo común, triste como suelen serlo todos, por las calles abandonadas, sin sol y donde solo vi a lo lejos, a un perro, rascándose las pulgas. En medio de ese desasosiego, lo mejor era regresar al ínfimo cuartucho estudiantil y tratar de dormir. El techo con sus motas de cemento creaba formas diversas, aterradoras algunas y otras que me miraban impasible. Cerraba los ojos y aparecían los grandes ojos verdes de la ausente, por lo que era mejor abrirlos de nuevo y enfrentar las formas que me sojuzgaban. Elegí enfrentarlas, pero armado y equipado, me dije cínico. Invité a un nuevecito Mr. Daniels a que me acompañe y con un whisky, con dos, con tres… con Jazz que me adormitaba y con beep bop que me despertaba, con una momentánea alegría, miré el techo como la simple loseta que era y me dejé llevar despreocupado por Mr. Jack Daniels y su artilugio.

Llegó el lunes, Mr. Daniels solo era la mitad. Eran las 7:30 am, ergo, había perdido la primera clase del día, pero me propuse no perder el día laboral, por lo que de un salto me metí a la ducha. Una larga ducha que evaluaba la semana anterior, donde el cristiano que todos llevamos dentro sacaba su fuete y me autoflagelaba, donde la autocompasión quería sacarme otras lágrimas, donde la cordura me decía que no puedo darme el lujo de perder el trabajo. El espejo me dijo que tenía un pómulo levemente hinchado, y una muela que se me movía. Cuando comencé a peinarme vi un mechón de cabello blanco al lado izquierdo de mi frente. A mis 22, una semana de alcohol y expiación me generaron canas. Mi jefe me recibió con una mezcla de conmiseración y burla. Quizás me entendía, él a sus 40 y tantos sabía cómo van esos golpes en esa edad.  Mis compañeros no decían mucho, pero al final de la tarde, cuando salí de la oficina, Vlad me dijo:

- Mira loquito, cuando hay esas penas no hay que meterle al trago. Este te mata. Entras en ese círculo de levantarte con resaca depresiva a la que hay que vencer volviendo a beber y te destrozas. El trago además es súper adictivo y peligroso-

Tenía unos 3 años más que yo, y mientras caminábamos lo escuchaba con atención.

-         - ...  Así es que, deja el trago, continuó. Yo se que no puedes sacártela de la cabeza y te vuelves obsesivo. Pero en esos momentos es mejor uno de estos…

Sacó un cigarrillo demasiado delgado y sin filtro. Un porro, un grifo, un chafo, un cigarrillo de marihuana y mientras nos dirigíamos hacia las solitarias escalinatas de San Marcos, con una vista espectacular del Orienta de la ciudad, lo encendió y apareció el olor característico.

-       -   No has fumado antes, ¿verdad?  Tranquilo, vas a ver como todo se te pone mejor y sacas de tu mente ese recuerdo negativo. Debes retener el humo y no botarlo de inmediato, me instruyó.

Luego de tres caladas, devolví el cigarrillo y seguimos caminando, en silencio. De pronto el fin de la tarde se volvía violeta y las incipientes luces de la ciudad brillaban magníficas como en un cuadro de Van Gogh. Me extasiaba mirando el límite entre la montaña y el cielo, percibiendo el profundo trinar de los pajarillos, obnubilado con el girar de los radios de una bicicleta que pasaba a mi costado.

-         - Vas bien, ¿no?  ¡Que buen vuelo, diga!, acotaba Vlad, sonriendo.

Ambos reimos con ganas y descendimos la escalianta de San Marcos, con movimientos de bufón. Fuimos hacia La Mariscal por una cerveza.

-Nada más que esta, ¡eh!, para la seca, so-lo pa-ra la se-ca, recalcó como un pedagogo. Es la legal la que te mata, brother, el tabaco, el trago. La legal, que te mete por los ojos el sistema, es la que te mata… Esto no, esto es vida…

Me regaló un chafo al despedirse y regresé a mi casa imaginando historias fantásticas para escribir y nuevas historietas gráficas para dibujar. Al pasar los días constaté que, definitivamente, el nuevo juguete canábico me gustaba, sobre todo porque difuminaba la imagen de Jane, pues ella quedaba confundida entre colores, luces, sonidos y situaciones que me parecían cómicas en extremo y que no entendía como siendo cotidianas no las había percibido antes.

 Y, sin embargo, ese viernes volví a beber y a llorar y lo hice también el sábado. Esa noche llamé a su cuarto de estudiante en Albuquerque y me contestó su room mate.

-          She is not here. Quizás lo hace en una hora.

Y escuchando a Serrat con Gonzalo saciaba mi adipsia, para en una hora volver a marcar, recibiendo la misma respuesta. Cuando ya eran casi las doce y de seguro sonaba ebrio. La room mate de Jane me dijo.

–         Jane llamó y me dijo que no vendría. Esta noche se queda con Mark.  

Apuré de un tiro un cuarto de botella de bourbon y de inmediato Mr Daniels y la llamada me pusieron en un K.O. técnico. Apenas escuché a Gonzalo despedirse. Al medio día de domingo me despertó el timbre y al abrir la puerta de calle, vi a mi padre, quien frunció el ceño, sin duda al ver mi deplorable estado.

-          Vamos a comer, me dijo. Estás hecho mierda ¿Qué te pasa?

Relaté con detalles mi historia en el trayecto en el que iba de copiloto y creo que él se alejaba más del destino previsto, solo para no interrumpirme. Cuando terminé, entre gimoteos y una vez sentados en el restaurante remarcó:

 -Eres muy joven. Esa bella mujer te llegó muy joven. No te hagas el macho, ni te portes grosero. Le escribes una bonita carta diciendo que entiendes lo que pasa. Plantéale ser amigos, y que ambos no pierdan el contacto. Guarda y cuida esa relación y en unos años, retómala. Ese amor profundo de los 20s suele ser sólido. Y si lo dejas ir, quizás te arrepientas.

Le escuchaba atento.

-Te entiendo y trata de entenderte…  míralo así, ahora que andas dedicado a la copa: vos, hasta antes de conocerla, eras un bebedor de aguardiente y este te parecía rico. Pero la conociste y fue como si te brindaron un whisky finísimo. Cuando has probado un buen whisky, no es fácil volver a tomar aguardiente…

Me invitó (o me ordenó) que vaya esa semana a vivir a su casa. Me llevó donde un homeópata que le aconsejó darme agua de ciertas yerbas y bolitas de azúcar. Estaba cercano a la úlcera, le dijo. Regresé a una casi normalidad, después de enviar la carta sugerida, que no tuvo respuesta inmediata.

Los chafos ayudaron sin duda, para dejar de beber como cosaco en invierno bieloruso, y se hicieron cotidianos. Me compré una pipa y me mandaba un hit antes de ducharme, otro para las diez, uno para que dé hambre en el almuerzo, otro más camino a la universidad y el final viendo una peli nocturna. Volví a salir de fiesta, frecuentando bares donde iban extranjeras. En mi rol de brichero, gringuero, amigo del "personal amarillo" (Charapita dixit), buscaba encontrar un sucedáneo a mi Jane y si bien aparecieron muchas con las que pasé buenos momentos, ninguna llegó a mi corazón, a pesar de los viajes, risas, chafos compartidos y madrugadas de pasión. De vez en cuando Jane enviaba una postal con paisajes de Nuevo México y cuando eso pasaba, como en un reflejo pavloviano descargaba mi triste historia psicoanalítica con los amigos cercanos, luego de fumarme un bareto.

Entre esos amigos que atendían mi monólogo, estabas tú. Recuerdo que me dijiste, en el contexto de la guerra de los Balcanes.

- Pareces Bosnia, querido flaco. Gritas y gritas tu dolor al mundo y el mundo ya no te hace caso. -

Y tal como me pediste, hace una semana escribo esta historia, que sin duda no es tan terrible, como te pareció cuando esbocé sus detalles, luego de hacerte caer en cuenta que andas bebiendo demasiado. Pareces de hierro, dijiste y no imaginé que también hayas tocado fondo. No pensé que fueras un Dostoyevski juvenil, recalcaste, mientras agradecías mi sutil puteada. Y no, no lo soy, ni en intensidad de los golpes de la vida y mucho menos escribiendo. Sin embargo, cumplo mi parte. Te entrego este escrito que pediste. Ahora cumple con la tuya: no beber, al menos entre semana.  

Friday, January 13, 2023

El ángel

A Choca y Pipoca 

 

Imagino que todas las ciudades y pueblitos italianos tienen una Plaza Garibaldi, así como en todos los pueblitos franceses hay una rue Gambetta. Esa noche nos encontrábamos en la inmensa plaza Garibaldi de Nápoles, después de salir de la estación del tren. Nosotros, el "grupo-italia-uio-2007” llegamos a la ciudad más lejana de su paseo. Era casi el fin del “trasteo”, como llamaba una de mis amigas, a ese viaje sin duda, planeado con exageración. Partimos de Bélgica hacia Milán, luego de un día allí, a  Venecia, dos días después a Florencia y Siena y otro par de días después tomamos el tren a Nápoles para visitar Pompeya. Luego vendría Roma y de ahí tomaríamos el avión a casa.

Surgimos del subterráneo hacia la plaza, para tomar el bus que nos llevaría a nuestro pequeño hostal en la vía a Pompeya. Apenas llegamos, el estupor se apoderó de todos nosotros. Siendo estudiantes en Bélgica, desde hace más de un año, habíamos viajado por la Europa del norte, ordenada, iluminada en las noches, limpia y que, sobre todo, daba siempre confianza y seguridad.

Pero estábamos en el sur, en Nápoles, pasada la media noche, en una plaza sucia, bastante oscura y con mucha gente. Eran varios los grupos alrededor de la salida del tren. Algunas prostitutas apoyadas en la pared o acercándose a los autos, otras riendo con sus chulos, muchas bromeando en español caribeño. Vendedores de droga africanos, árabes o albaneses paseándose lentamente, en espera de clientes o directamente negociando. Grupos de jóvenes migrantes bebiendo, escuchando rap, fumando marihuana...

Mis acompañantes instintivamente se acurrucaron una cada lado, como dos niñas abrazando a su papá, como dos polluelos que se mueren del frío y esperan el calor de mamá gallina. Me miraron al mismo tiempo, Choca abrió sus grandes ojos marrones en una expresión que ya conocía, un gesto de temor o de ansiedad. Pipoca entrecerró sus ojos verdes, al tiempo que se mordía el labio inferior. Durante todo el viaje, por ser el hombre del grupo o por ser el mayor, o porque chapurreaba el italiano, me asignaron tácitamente un rol de líder, quizás como una práctica cultural propia. En Florencia, me levanté y mandé a callar en un severo y no muy pulcro italiano a un par de gringos que coqueteaban  bulliciosamente con dos chicas, a las 3 am. y no nos dejaba descansar. En Venecia subrayé desde el desayuno que, si pasaríamos de tiendas, como en Milán, me tomaría mi propia ruta…. Ahora en Nápoles, debía ser el protector, generar alguna estratagema para salir con bien de aquella situación que tenía muchas posibilidades de terminar mal. Pero no tenía armas, no era experto en artes marciales y con tres mochilas pesadas en nuestra espalda, era inútil pensar en correr … 

La parada de bus estaba a pocos metros y antes de dirigirnos hacia allá, les dije a mis acompañantes que sacaran de las mochilas los celulares y el dinero. Apenas llegamos a la parada les pedí que se coloquen en la esquina, cada una apoyada en una de las paredes que forman el ángulo y sin sacarse las mochilas. Miramos los horarios del bus que debíamos tomar y resulta que este venía recién en tres horas. No pensamos llegar tan tarde a esa ciudad…

- Mierda, Cepi…-, atinó a decir choca, temblándole la voz.

Nos quedaríamos el tiempo suficiente para ser desvalijados por cualquiera de los grupos que se encontraban alrededor nuestro. Recordé mis días juveniles en los que generamos una defensa en una pelea grupal, en la que éramos minoría, pero enseguida abandoné la idea. Tenía que ser yo quien proteja a mis amigas, el que negocie con los posibles asaltantes, el que pelee con ellos, el que entregue su mochila. En pocos segundos venían mil ideas descabelladas y atiné a dar un pequeño paso delante de ellas y coloqué las llaves entre índice y anular. Eso sin duda las puso más nerviosas… El resto era esperar.

De un grupo de prostitutas y chulos salió un tipo y vino directamente hacia nosotros. Comenzamos, me dije. Era un mulato esbelto y fuerte, en sus 40, vestido de leva, pantalones y zapatos blancos, usando camiseta negra y corte de pelo de los años ochenta: copete, cabello más abajo del cuello y muy corto junto a las orejas. Venía directo hacia nosotros, yo puse la mano derecha en la espalda y apreté las llaves. A pocos metros, dijo directamente.

-          Dove stai andando?

Noté el acento y le dije. ¿Tú hablas español, verdad?

-          Claro, ¿de dónde son?

-          Somos ecuatorianos, estamos esperando el bus que nos dejará en el hostal.

-          ¿El bus?  ¿En serio? Viene en tres horas y dentro de poco esto se pone caliente.

-          Sí, que viene en tres horas, nos enteramos en el letrero. Que esto se pone jodido, nos lo acabas de confirmar. ¿Eres dominicano, verdad?

-          De Santo Domingo.

-          Dominicana es super bonita, dice Choca y el quisqueyano le sonríe

-          ¿Dónde queda su hostal?-

Saco el papel con las instrucciones descargadas del internet.

-Ah , dijo,  no está tan cerca, eh…

- Eso parece, respondo.

Hace una llamada desde su celular

-He llamado al auto de un conocido y les paso dejando.

Choca sonríe con alivio, -¡Qué hambre! dice casi entre dientes.

-Ven, te compro un sánduche, responde el hombre de blanco. 

- No, gracias, recalca Choca, mientras murmura a Pipoca: mejor no deberle nada que nos pueda salir muy caro.

Pipoca abre sus ojos verdes, develando miedo. Capto el gesto de Pipoca y pienso de inmediato, esto es “suerte o muerte”: nos subimos al auto y nos deja en el hostal, o nos subimos al auto y de ese salimos cuando quieran el dominicano y el conductor. O, no son subimos al auto y nos quedamos a esperar el bus en esta plaza que, según nos dice el quisqueyano, se pondrá densa.

-          Pues muchas gracias, Me llamo Alexis, ¿y tú?, le digo luego de cambiar las llaves a la mano izquierda y abrir mi mano derecha, la que él estrecha.

-          Artemio, dominicano, recalca. Recuerda, ecuatoriano, que un dominicano te dio la mano. No lo olvides.

Llega el auto, y Artemio dice al conductor, que antes deberá dejar a unos amigos suyos. Subimos en el asiento de atrás, Artemio conversa con el conductor y ríen.  Yo para distender comienzo a meter cuchara en la conversación y Choca le cuenta que somos estudiantes.

-          Estudiantes, que bueno. Yo sí quise estudiar, pero no pude, dice Artemio.

Vamos por callejas oscuras y llenas de baches. Cuando llegamos a una avenida, los pocos autos parqueados o en circulación muestran abolladuras. En los dos días que estuvimos en Nápoles, no vi un solo auto sin abolladuras, era la marca napolitana de conducción. En una de esas pequeñas calles, el auto se detiene. Estamos en el hostal. Agradezco y pregunto a Artemio cuánto le debemos.

-          Nada, ecuatoriano, no me debes nada. Pero recuerda que un dominicano te dio la mano.  Si alguna vez, encuentras a un dominicano en situación difícil, no olvides esta noche y dale tú también la mano.

Le entregué la tarjeta que me habían dado en la universidad.

-          Si vas por Bélgica, llámame, será un gusto recibirte. Choca y Pipoca, repiten aquello al unísono. Si alguno de los tuyos necesita algo en Bélgica, llámanos.

Nos despedimos.

Días después, en la última merienda en el hostal de Roma (al día siguiente regresaremos a Bruselas), Choca imita el acento dominicano: Un dominicano te dio la mano. Pipoca reflexiona que Artemio salió de un grupo en el que él bien pudo ser un chulo y que bien pudo llevarnos a cualquier sitio de trata de blancas.

-O quizás es un dominicano que se encuentra con sus amigos dominicanos, digo.

- Para mí, es un ángel, refrenda Choca, un ángel de la guarda que nos envío Dios en el momento preciso. 

Quedamos en silencio, van a la sección mujeres del hostal y acordamos encontrarnos a las nueve para el desayuno. Quieren descansar bien y según Choca, del hostal al aeropuerto hay media hora de viaje. En mi habitación pienso en eso de la media hora. Ryan Air despega siempre de aeropuertos alejados de la capital, busco en el internet y no salíamos de Ciampino, sino de Piombino, ¡localizado a 3 horas de Roma! Voy a la sección chicas para advertirles que debemos salir más temprano. No me dejan pasar, son las reglas, veo a una chica hindú y le pido que les diga a dos chicas latinas que bajen a recepción. No llegan.

No duermo bien y estoy a las 6 y 30 am en la recepción, pido a otra chica que sube que les diga que vengan de inmediato, a las 7 y media aparecen somnolientas, preguntando ¿qué pasa?. Se asustan, tomamos nuestras maletas y pronto estamos corriendo en el metro de Roma. Yo voy adelante gritando. “Scusi”, para que me abran paso y ellas corren atrás… Llegamos a tiempo al bus, pero este no sale en el horario marcado. El chofer fuma relajado y viendo mi nerviosismo, un inglés cincuentón me dice: -Calma, esto es Italia, él saldrá cuando quiera hacerlo. Por suerte no perdimos el vuelo.

Quince años después en un café de Ginebra, recordamos con Choca las peripecias de la aventura “grupo-italia-uio-2007”. Engrosando la voz e imitando el acento, me da la mano: “ecuatoriano, recuerda que un dominicano te dio la mano” ¿Qué será de nuestro ángel?, dice, abriendo sus grandes ojos marrones ¿Quién era en realidad? En todos estos años, cuando me he acordado de él, le he mandado bendiciones.


Wednesday, November 30, 2022

Nilda

Hace varios meses terminmaron elecciones del 96 y los camaradas consiguieron que Gabo fuera electo concejal. Desde hace dos años “el flaco” es congresista en la alianza con el partido del General Vargas. Los jóvenes que desde ese albur de empresa de publicidad llamada “Cyan imaginaciones” participamos en las campañas, ilustrando, haciendo serigrafía y pintando murales, estamos ahora en un obligado descanso. Vamos al local del partido como parte de la costumbre y nos reunimos en el cuarto de propaganda a pintar botellas con la cara de Morrison o del Ché Guevara para ver si ganamos con ellas unos sucres. Matamos el tiempo con unas cervezas en el bar de al frente, miramos las chicas desde las amplias ventanas del segundo piso y coqueteamos con las jóvenes asistentes manabitas que trae el general como pasantes.

Somos testigos de la llegada de dirigentes barriales que preguntan por el Gabo, a quién esperan en la amplia sala, a veces por largas horas. Cuando este llega, les invita a su oficina y resuelve, generalmente rápido la reunión. Salen contentos, él les despide efusivo, es “el concejal del pueblo”... Entonces bromea con nosotros un rato, nos brinda una fritada o luego de dar instrucciones a Carmen, la secretaria del General, regresa raudo al municipio.

Ese día, al arribar al segundo piso, la encuentro sentada en el amplió sillón. Luce un vestido rosa con negro. Es imposible no fijarse en sus desnudas pantorillas blanquísimas y en su cabellera brillante del mismo color. Como no veo a Carmen, pregunto si puedo ayudarla y ella sonriendo me dice con su acento extranjero que espera a Gabriel.

-          ¿Usted trabaja aquí? acota

Miento que soy parte del equipo de propaganda del partido, para darme importancia. Decir que soy un economista recién graduado, que no ejerce, suena mal. Se llama Nilda, es coreógrafa de la Escuela de Samba Rosas De Ouro de San Paulo y vino con su grupo en una invitación de la embajada local. Gabriel quiere conversar con ella para coordinar presentaciones en barrios populares. Le cuento sobre la ciudad y le pregunto acerca de su escuela de samba. 

- Pensé que solo habían en Río, digo y ella sin admirarse responde mostrando dos pequeños hoyitos en sus mejillas, al tiempo que acomoda sus lentes sin marco que resbalan por su larga nariz. Su descripción de los festivales de San Paulo, que yo escucho extasiado se interrumpe por la llegada de Carmen.

-          Lo siento señora Nilda, Gabriel me dice que no llega.

Nilda responde amable y levanta su esbelto cuerpo dejando caer la larga cabellera blanca. La acompaño a la calle y me regala dos besos en las mejillas de despedida.

El día siguiente es similar, está en el mismo sillón, pero con un vestido celeste que resalta sus ojos azules y unas sandalias ocres de cuero que muestran sus pies bonitos.  pone su mano en el espacio vacío contiguo invitándome a acompañarla y me cuenta que la noche anterior paseó, con los de su embajada, por el centro de mi ciudad. Describe las cúpulas quiteñas con admiración, evoca el aire melancólico de sus estrechas calles. Yo la escucho atento y me concentro en mirar su rostro, evitando que mis ojos se posen en su generoso escote.

-          ¿Usted conoce Sao Paulo?, dice abruptamente.

-          No, respondo, no he podido ir, pero he vagado por todo el nordeste, por Salvador de Bahía, por Itabuna e Ilhéus…

-          ¡En serio! ¡Qué maravilla! ¿E fala portugués? dice admirada, mientras bailan los hoyitos de sus mejillas.

-         He vagado por el nordeste montado en las novelas de Jorge Amado, acoto con una sonrisa pícara.

       Lanza una carcajada: - ¡qué tonto! ¡Está brincando conmigo!.  Mi favorita es Gabriela.

-          La mía, “Doña Flor”.

Recita en portugués el capítulo en que Vadinho danza samba en las calles y en el momento preciso, yo le recuerdo como este se desploma sorpresivamente. Estamos viviendo las primeras páginas de la preciosa novela de Jorge Amado, cuando aparece el Gabo acompañado por el Edgar y Tin tan, los dos más jóvenes del grupo.

-Gabriel, la señora te espera, dice Carmen, que siempre estuvo abstraida frente a nosotros ensu computador. 

Gabriel se eleva levemente en puntillas para recibir el saludo de besos y ambos se dirigen a la oficina.

-          Veo que Giovanotti, ahora es arqueólogo, dice Tin tan a Edgar y ambos se ríen mirándome.

-          Nada que ver respondo, es solo su cabello blanco, tiene 42…

-          ¡Solo 42! Dice Tintan. Para él y sus 18 es un montón de años.

-          ¡Que va!, acota Edgar. Está buena pero es una abuelita, recalca burlón.

-          Baja la voz, no seas indiscreto, le reprendo con falsa severidad.

Cuando Gabriel y Nilda salen de su oficina, Carmen le dice que la sesión en el Municipio está por empezar. Se despide apresurado, su chofer recibe el maletín y ambos bajan las gradas. Nilda me llama con su mano.

-          ¿En que nos quedamos? Me dice casi al oído. Y sin esperar respuesta acota... Quisiera darle algo, mi hotel queda a pocas cuadras ¿Me acompaña?

Caminamos por la tranquilla calle Paéz, conversando sobre las famosas telenovelas brasileras que causan furor en el país, menciono a Maité Proença con su belleza imponente en la escena en que monta a caballo, desnuda. Nilda me cuenta sobre la que está de moda en su país la famosa Xica da Silva. Llegamos al hotel de la 9 de Octubre y Colón y al rato llega con un libro ilustrado.

-          Mire, no necesita saber portugués para entenderlo. Creo que le gustará mucho. 

Es un pequeño libro que desconocía y en cuya portada se puede ver un gato y una golondrina.

-          Gracias por la compañía, me dice. Ahora tengo que escribir postales para los amigos, usted sabe… Pero si tiene tiempo, le invito mañana a cenar. Acá mismo, a las siete ¿sí?

La noche siguiente me espera en el recibidor vestida de blanco. En el restaurante, me pregunta si estoy disfrutando del libro y yo le muestro una lista de palabras en portugués que no he entendido. Me da el significado de casi todas y las que no sabe cómo traducirlas me explica desde contextos. Luego de media botella de vino, reímos escandalosos ante cualquier ocurrencia y me dice que le acompañe a su habitación pues quiere mostrarme algo. A pocos centímetros de cruzar la puerta acaricia mi cabello. Nos besamos. Me toma de la mano y me lleva a su cama donde empieza a desnudarme.

Cuando ingreso gime con dulzura, con los ojos entrecerrados y una leve sonrisa me susurra.

-Siga… Vadinho, siga meu amor…  Y así me llama mientras me abraza y mientras aruña levemente mi espalda. Vadinho..., meu amor lindo…, repite.

Nos quedamos derrumbados por un rato, yo mirando sus ojos azules que brillan acuosos, fijándome en los hoyuelos y las discretas arrugas del rabillo del ojo. Ella acariciar mi rostro con sus dedos...  estamos en esa abstracción, cuando suena el teléfono.

-          Hola Gabriel, ¿Cómo está?... No, lo siento, hoy no puedo… pero podemos almorzar mañana, claro…

Yo escucho a Gabriel preguntando si puede visitarla, si acepta salir esa noche con él a tomar unos tragos. Lo escucho coquetear con Nilda y a ella rechazarlo con discreción. No deja de causarme gracia. El ímpetu de mis veinte y pocos nos incita de nuevo al amor y así nos pasamos casi sin dormir.

Al despertar me encuentro son los azules ojos de Nilda, elegantemente vestida de rosa con pendientes y collar dorado. La rosa de ouro me mira con dulzura y  que me da un beso pequeño.

-          ¿Durmió bien? Vaya a la ducha y luego desayunamos.

Cuando termino de ponerme los pantalones Nilda saca una blanca camisa planchada. Con un gesto me pide que le permita ponérmela.

-Le queda perfecta. Está muy guapo.

Antes de abrochar el último botón me coloca un largo collar de cuentas amarillas y azules.

-Usted es de Ochosi meu Vadinho, de Ochosi, meu amor de Quito, al tiempo que me entrega una tarjeta con su dirección en la Rua Pamplona de San Pablo.

En mi cama me acompaña todavía el recuerdo de la noche anterior y al llamaral hotel me dicen que fue a una cena con la Embajada.

Subo al día siguiente las gradas del partido y no está sentada en el sillón.  

-          Ni ayer ni hoy ha venido la tuya, me dice Carmen, burlona.

Luego de bromear unas horas con los muchachos y terminar una botella pendiente, decido ir al hotel. El recepcionista me pregunta el nombre y me cuenta que la señora Nilda salió esta mañana al aeropuerto. Le dejó un encargo. Es una bolsita de paçocas, el “Tieta do Agreste” en español y una notita con un beso de pintalabios: “Vadinho, meu amor de Quito, ¿nos vemos en Salvador?”. Le escribí una carta que tuvo una breve respuesta.

Veinte años después, en un tiempo entre vuelos salí del aeropuerto y me pareció ilógico ir en pos de la Rua Pamplona de San Paulo. No he podido visitar, hasta ahora, la ciudad de los orixás y de los amados personajes literarios.




Wednesday, September 14, 2022

... Y ya

De pronto B dice que se van. Carlitos Balá y yo nos miramos con discreción preguntándonos mutuamente ¿Qué hiciste para que decidan aquello?

-          Es tarde y mañana tenemos visita de campo con la universidad, dice C.

Falta muy poco para el cierre del bar y hemos planeado ir los cuatro al departamento de Carlos para el “after party”. Las tres últimas horas bailamos y nos divertimos en el “Arribar” y súbitamente les vino la responsabilidad académica. Con mi mejor sonrisa de Cheshire replico algunas frases conminándolas a cambiar de opinión y Carlos con su acento maullador, dice algo divertido. B mira dubitativa a su compañera, quien mueve negativamente la cabeza.

-          ¡Nos vamos ahora B, tenemos menos de 3 horas para dormir!

Y salen, como si el coche ya estuviera en su metamorfosis a calabaza.

-          Pendejas de mierda, masculla Carlitos.

-          Ya nada, así pasa…

Coloris, el barman, nos compensa su burla con dos whiskies.

-          El último, a que pasen el susto. acota en una sonora carcajada. Las ratoncitas escaparon de los gatos…

Mientras el “Arribar” se llena del It’s my Life de Bon Jovi, la canción de moda, entre risas comentamos sobre las biólogas/Cato que se fueron. En un auto desquite, saco del bolsillo el pequeño papelito con el teléfono de B y antes de tomar mi trago lo rompo, arrojando los pedazos al aire.

-          Mocosas raras de esta ciudad pacata..., refunfuña Carlos.

-          Mejor vamos a Baños, replico impulsado por el subidón del whisky.

-          ¡Ahurita mismo, brother!

Horas después, un sol naciente nos despierta en el pequeño terminal. Como jeques criollos disfrutamos de una media botella de Trópico y de la caricia de las Termas de la Virgen. A las 8 de la mañana imaginamos ya nuestra primera noche en el Tinku, el Mocambo, el Pipa´s...

Frescos, elegantes y perfumados, comemos unos aburridos tallarines esperando que se desate el movimiento nocturno, el que iniciamos en el segundo piso de un pequeño antro regentado por un simpático neo hippie. Disfruto mi primera cerveza de espaldas a la puerta, cuando siento en mi hombro un toque invisible. Es el magnetismo de un par de grandes ojos que, desde la barra, me miran fijamente, tan fuerte que me hace girar. Este es el inicio de cinco segundos en los que el mundo se calla, dejándonos a ambos dentro de un luminoso limbo. Carlos me anima a ir hacia el mostrador y siento la energía de la rubia tocarme como brisa en verano. Pocas veces he constatado que le gusto tanto a una chica, pocas veces una me atrae con la fuerza centrífuga de un remolino y voy como abeja invitada por la flor. Carlitos Balá divierte al grupo germano con sus chistes, mientras Silke y yo tejemos esa primera conversación generalista, que gracias al ruido se vuelve cercana, propiciando nuestro juego hormonal. 

Un set de salsa en el clímax de fiesta, dura nuestro diálogo, hasta que el líder de su grupo les dirige unas palabras.  

-          Mañana vamos temprano a una excursión…, me dice, como traduciéndole.

Cuando traspasan la puerta, Carlos masculla:

-          Lo mismo que ayer, "levantarse temprano".

-          No me fue mal, digo, Silke me invita a visitarla mañana, después de almuerzo.

-          !De one, brother! ¡esa es! descerreja con su entusiasmo característico. Ahora me toca a mí…, acota antes de dirigirse al balcón, donde una chica fuma mirando las estrellas.

La fiesta culmina con el nacimiento del sol. Despierto a las 4 pm y en el hotel me dicen que los excursionistas regresaron a medio día… y se marcharon a las 3. Gracias a mi propia visión del “después del almuerzo”, pierdo el contacto de quién más me ha movido el piso en mucho tiempo.

Seis meses después en el “Cafecito” aparece mi amiga Cata con un tipo en sus 30 y atrás de ambos ¡Silke! Otros cinco segundos en los que el mundo calla y en el que la física cuántica se burla del tiempo. Me cuenta que estuvo este semestre como médica voluntaria en Esmeraldas y desde la semana siguiente practicará en el hospital del IESS. Asiento con una leve sonrisa, mientras en mi cabeza grito: ¡En Quito, aquí mismo! ¡que bien!

El primer encuentro se da en la noche magnifica del centro, solo nos tocamos las manos, somos un par de tímidos. El segundo, es en Guápulo, en casa de un amigo que tiene que salir, permitiéndonos la pequeña intimidad repleta de dulzura y el elemental conocimiento de cuerpos. Luego, café con empanadas en los restaurantes de la 18 de septiembre, entre su turno hospitalario. Cortas caminatas tomados de las manos, desde el policlínico hasta su domicilio en el Dorado son el preámbulo de su invitación a quedarme con ella bajo una luna brillante que me deja ver su piel bronceada acercándose a la mía.

Como nada es completo, la libre armonía con mi médica germana, se interrumpe a un mes de su retorno, pues vuelvo a mi trabajo en Manabí. Y si antes me quedaba retozando en la playa, esta vez tomo la última “Reina” del viernes por la noche, para disfrutar de casi tres días junto a mi amada. Un domingo por la tarde, nos damos el último beso en la esquina de la calle Solano. Vienen correos electrónicos, donde nos contamos sobre Munich y Portoviejo, sobre sus últimos estudios de ginecología y mis comunidades campesinas. Añoramos... "Resisto el invierno pensando en vos y en el sol ecuatorial", suele escribir antes de firmar la carta. Me llega un paquete con una barra de chocolate, tres fotos tomadas en una máquina de estación y un disco del grupo Air, junto a su larga carta tierna y nostálgica, que entre líneas, sin embargo, dice que el amor o ese sentimiento que compartimos por un trimestre se diluye de a poco. PAra mi suerte aparece esa larga doncella llamada lógica, para deletrear los párrafos ambiguos de los siguientes mensajes, donde va quedando solo cariño y amistad. 

Dos años después voy a Europa y la llamo por teléfono. Un joven me dice que Silke aún no llega del hospital. La siento feliz de conversar conmigo, pero… ella está feliz en todo, en su trabajo, en su ciudad, en su pareja… Me invita a visitarla en el verano y entre mi ansia por descubrir el entorno de mi nueva vida, no voy. En el otoño recibo una invitación a su matrimonio y cuando la escribo por navidad, un mensaje me dice que su correo no existe. Imagino que tomó el apellido del esposo, pues, al menos en el mundo virtual no queda rastro de la Silke que conocí.

A veces, escucho el Moon Safari y me pongo a descifrar los hechos. Entonces caigo en cuenta que para mi fortuna, la lógica estuvo siempre consolándome a su modo. En un domingo por la tarde o trabajando en mi taller, mientras escucho el “Remember”, aparece lánguida la esbelta doncella y para a tiempo ese vuelo imaginativo, que me pone con Silke en un espacio/tiempo bonito y duradero. Lenta pero firme, la adusta lógica me recuerda que no debo hurgar sobre hechos que no sucedieron. Me acaricia el cabello y me dice al oído: No fue… Y ya.