Thursday, March 21, 2013

Göndul y Vlixes


A: AFKD ó AH
Vlixes conoció a Göndul en la tierra del medio, en ese único día en que la luz no da sombra.
Trece lunas compartieron en la amarilla tierra del medio y trece más en la blanca tierra del norte; hasta la mañana en que él la besó antes de embarcar, sin saber que ese choque de labios sería el último.
Durante diez años, Vlixes trató sin conseguirlo, de llegar a la tierra del norte. Mas ya le advirtió el adivino ciego, que aún héroe, era tan solo un hombre y que su sino era sufrir por una semidiosa extranjera.
Al fin llegó Vlixes y  cuando Göndul lo supo, se alistó para el encuentro. Mas la pitonisa gris la puso en alerta sobre la broma traviesa que su propio corazón le jugaría y Göndul desistió. 
Vlixes arrancó su nave y juró no volver.
Hoy se cumplen veinte años del encuentro del héroe y la semidiosa en la siempre brillante tierra del medio. Hay allí, como en aquel día, luz sin su sombra.
Vlixes, desde su nave de guerrero intergaláctico, mira la tierra del norte cubierta de hielo y oscuridad.
Abajo, Göndul dormida, lentamente se aparta de su marido.
Aunque Vlixes sabe que ella no es la misma que amó, quiere verla otra vez…

Wednesday, February 27, 2013

Miss Daniels



Ella ingresa al bar con el brillo de su sonrisa cínica y la desnudez de sus piernas largas, que como las de Daysi Duke, ofusca a los imberbes. Son precisamente éstos los que quieren conocerla, y luego de pavonearse se le acercan. Si el tipo es tímido, ella acepta su trago y lo trata con maternal cortesía, antes de despacharlo con una frase firme. Si es arrogante, aunque fuera guapo, es repelido con una respuesta cortante y por las chispas metálicas de sus ojos. Miss Daniels, sin embargo,  hace caso a los mozos, si no hay un tipo maduro que le interese.

Una vez que atraviesa las puertas batientes, y antes de sentarse a la barra, me guiña un ojo y yo le sirvo su gin tonic. Cuando alguno le habla, ella responde según su ánimo o finge sordera. En esta barra la he visto reír con las bromas inteligentes de los poetas bohemios y cachetear majaderos. He colocado el vaso junto a su mano tomada por algún beodo romántico y he notado las veces que les permite caricias arriba de la rodilla, a esos raros audaces que le gustan y que a la vez teme. Mas también he escuchado el líquido arrojado en sus caras o entrepiernas. Rara vez acepta la invitación de un yuppie; casi nunca sale a la pista de baile de la mano de los machos alfa, a quiénes he visto batirse por su causa. Sobre todo evita los tipos casados y si éstos la conocieran bien, tampoco intentarían seducirla. Pero cuando abandona el bar en soledad, siempre se despide dándome un besín en los labios.

Al menguar la demanda de tragos, o si ninguno concita su interés, Miss Daniels me pregunta por mi gato y yo por los logros de su hija en el preescolar. Con el bar casi vacío, o con ella cansada, pone por tema el pasado. Entonces nos divertimos recordando sus aventuras con excéntricos chicos malos y con extranjeros de diversas etnias. A veces las memorias nos llevan a su noviazgo con ese prometedor universitario que cometió el error de morirse en Irak; y si eso ocurre, ella vuelca su mirada al poster de Linnyrd Skinnird que está sobre la barra y repite colocando los labios como flor que se marchita: Ron..., Ronnie..., Ronald…

Jamás oso hablarle de sus días de esposa rica y agredida y evito que los indiscretos traigan a colación su presente. No quiere repetir, frente al trago de un extraño, que se parte el lomo para pagar la cara escuela de la hija. En esas ocasiones se le pasan las copas, se burla de sus compañeros de barra y de mi misantropía a la que califica de zoofílica.

Los pocos paisanos que estamos al tanto de su historia, sabemos que los viernes, ella y su hija cenan en casa de la abuela, y ésta se queda con la chiquilla hasta la noche del sábado. Cuando la niña se ha dormido entre las Historias de Narnia, Miss Daniels abandona el uniforme laboral y retoma el estilo de sus mejores días. Antes de que ella haya cruzado las portezuelas, sentimos su presencia soberbia y desde la barra, atisbo su mirada de ave de presa, que en un segundo domina todo el espacio, precediendo a las largas zancadas elegantes y a sus manos y voz de cantante de folk saludando a los conocidos.

Ginny y yo, que hemos sentido su corazón de cereza, no ignoramos que Miss Daniels en el fondo quiere un hombre bueno; ese tipo gentil que la cuide y le ayude con la economía; que si puede, sea un padre para su hija y que no las golpee. Yo intuyo que cada viernes, usando esos encantos desbordantes, que merman lentamente, lo busca entre los desconocidos.

Mientras le sirvo su enésimo gin tonic, o cuando despide a algún forastero con desgano, me dan ganas de decirle que no lo encontrará en este sitio; mas luego recuerdo las palabras de Ginny, la cocinera del bar, y me cierro la boca con una porción de maní. La vieja Ginny está segura que aunque Miss Daniels no lo sepa, su corazón me busca; lo cual sería una lástima, pues apenas si vivo para mi gato.

Thursday, January 31, 2013

La Rabiosa

A P.E.V


En sus pocos momentos de lucidez, la Rabiosa tenía una muletilla, que surgía como un trino antes de que ella partiera hacia su éxtasis: “Ni siquiera podemos disponer de nuestra vida”, decía en un tono pseudo filosófico, y después se desplomaba en el colchón, con su rostro repleto de postiza felicidad. Mientras la acomodaba en posición fetal, y puesto que no soy ningún letrado, la maldita frase zumbaba en mi cabeza y de ella nacían preguntas sobre la reflexión yonkie.


El resto de ocupas motejaron de Rabiosa a la antigua estudiante, no por violenta, sino por la espuma, parecida a la del detergente que manaba de su boca epiléptica. Ella se ufanaba de su apodo y con este se me presentó, mientras merodeaba las calles cercanas al Parc Güell; donde luciendo su cresta punk y envuelta en un viejo gabán marrón, iba en pos de turistas. Giraba su largo cuello hacia las jóvenes parejas en pos de unos centavos y con una sonrisa demente les decía cosas como: Venga chavalete, dame unas monedas y gánate un poco de cielo. Maja, regálame un euro o te quito el novio. A veces se colgaba al pecho un letrero de cartulina que cambiaba "un beso por cincuenta centavos"; con esta estrategia no conseguía nada. Sus grandes ojos inocentes y sus labios sensuales agradecían los óbolos o la indiferencia, al tiempo que generosos y arrogantes, se alejaban riendo, apenados, o con ese espanto leve que a veces, provocamos los marginales.


En la cárcel, me contaron que la Rabiosa entró a rehabilitación el mismo día en que un caballo de mala calidad, aniquiló al resto de ocupas. Cuando salí, más bien movido por la curiosidad, fui a visitarla y la encontré temblorosa, con un viejo suéter cuello de tortuga y los ojos vidriosos. Estaba menos delgada y a pesar de su cabeza completamente afeitada, me pareció hermosa. Me dio la bienvenida con una hilillo de baba, que resbalaba incontrolable desde su boca, y con una bocanada de humo en plena cara. Los efectos de los sucedáneos se dejaban sentir y sus párpados caían al compás de leves sacudones.


Evitó mirarme, hasta que le repetí su frase, su muletilla desgarbada. Ella pasó la lengua por los dientes, sonrío con amargura, y soltó un escupitajo. Bajó la cabeza como mascota castigada, y empezó una letanía: No nos permiten ser diferentes y negarnos a la rutina de familia modelo. No nos dejan con nuestros sueños de jeringuilla. Les somos muy costosos y por ello nos reintegran o nos eliminan. Deberíamos ser sanos y eficientes para trabajar, producir, consumir. Saludables de genes, para reproducir los soldados que morirán por su patria y los siervos que fabricarán sus armas. Por eso satanizan nuestro modo de vida y nos ponen de contraejemplo. Nuestra  mísera libertad les molesta, pues las ovejas fuera del redil no son buenas y por ello nos seducen al regreso. Si aceptamos sus reglas, nos limpian el nombre y nos ayudan a buscar trabajo. Si persistimos con la locura, nos volvemos desechables y envenenan nuestro vicio. Me rendí, conmigo ganaron... Concluyó su ristra, y dejó caer la colilla que casi quemaba sus pequeños dedos amarillos. 

Sé que cumplió todo su tratamiento, que salió limpia y rosada como un escolar, luciendo la camiseta de la Polla Records que le regalé el día de mi visita. Seis semanas después, volvió a merodear las calles que rodean al Parc Güell, regresó a las andadas y al caballo... En los albores de su carrera de puta pobre, la encontraron en una ruinosa casa de Montjuic, ahogada en su vómito, tres días después de su deceso. El cuerpo de la Rabiosa, que pronto deleitará a los estudiantes de medicina, estaba lleno de piquetes como un alfiletero. No, Rabiosa..., contigo no pudieron…

Saturday, December 15, 2012

Siroco o Monzón



A: F.Z.R

Trabajo sirviendo tragos en uno de los bares de Saint Gérmain y esa noche de viernes, whisky a varios ingleses que imponían su ritmo bullicioso en la barra. Cuando comencé a lavar los vasos, percibí que en los puestos cercanos a la pared, se ubicaron dos tipos de mediana edad. Si bien me encontraba de espaldas, el tono ceremonioso en el que uno comenzó su historia, y el hecho de entender algo, en medio del barullo anglosajón, me invitó a aguzar el oído.

El relator tenía ese acento parisino propio de los nacidos en uno de los cuatro barrios más lejanos de la espiral. El oyente, que a veces comentaba, era extranjero; con un acento que no había escuchado en mis días de estudiante Louvain, ni en los de estibador del Havre. Un acento con eslavas “eres” guturales, común en los cabarets marselleses a inicios de los noventa, pero a la vez poseedor de la suave musicalidad asiática de los opiáceos fumaderos del barrio 13.

El parisino dijo que esa historia le contó su abuelo, y por mi parte, pensando en tener material de diversión posterior al trabajo o la gracia de un relato parido por una de las tantas drogas que lamen esta ciudad, coloqué mi teléfono celular junto a ellos, dispuesto a grabar lo que vendría. 
 
Eliminando las interrupciones del extranjero, los sorbos del trago o las partes inaudibles por nuevos y antiguos ruidos, lo transcribo con poquísimas adiciones de mi cosecha:

Esta historia te la cuento como me contó mi abuelo, recalcó el parisno. Ocurrió en los iniciales 40’s, pero nunca más allá del 45. La guerra que se vivía en toda Europa se dejaba sentir en el Africa desde distintas dimensiones. El viejo me dijo que bien pudo ocurrir en Tánger o en Capetown, en  Zanzíbar o en Kinshasa y que su protagonista pudo ser un berber perdido o un siervo pied noir; un esclavo malayo o un negro en plena huída. La casa donde ocurrió era una edificación monumental; si era de terratenientes o de administradores imperiales; de ricos colonos industriales, o de aristócratas excéntricos, es irrelevante. Era otro de los palacetes construidos con estilo europeo y con mano de obra sureña en un tramo abierto de la selva, la sabana o el desierto.

El protagonista ingresa a la casa nervioso o confiado; con el grillete roto o con la carta que su amo le mandó a entregar. Es julio o enero; y en cualquier caso la noche casi comienza, en un verano que se muestra en todo su esplendor. Por error o a propósito, hace notar su presencia, sin embargo, parece que la mansión está vacía. Escucha débilmente gotas que caen desde una llave mal cerrada y luego de pocos pasos, él cae en cuenta que el sonido viene desde el segundo piso. Sube las gradas siguiendo el goteo y comprueba que lo hace una ducha cercana.

Siempre acercándose al chasquido de la gota que choca contra la superficie pétrea, llega a la puerta y la abre suavemente. Lo primero que mira es una toalla en el suelo y junto a ella, huellas de pies humanos, perceptibles gracias a las marcas que el líquido ha dejado en el piso. A su derecha mira un dedo que descansa sobre el cuero de un almohadón y alzando la frente puede apreciar el resto de los dedos cayendo levemente crispados.

El tipo avanza con sigilo hasta colocarse cerca de las huellas y desde un extremo de esa especie de canapé aprecia en el lecho una imagen que lo paraliza, es una blanca desnuda que parece dormir. Sea malayo o congolés baluba, lo primero que por su mente cruza son los resultados nefastos que pueden provocarle esa situación.   

Ella bien pudo haber nacido en Flandes, Bremen o La Rochelle, ser criolla hija de escoceses, o boer de origen frisio. La viuda resignada desde aquel horrible accidente, o viuda nueva desde la carta oficial, está con su alba largura descansando en el canapé. Quizás la mujer del lecho es casada, con el marido en viaje de negocios o peleando la guerra de blancos en alguno de los bandos. Tal vez no tiene hijos y si los tuviera, estos se esconden del llamado de la metrópoli o cumplen con el deber para con la madre patria en el norte. Sus facciones muestran con certeza que ella nació en el primer lustro de inicios de siglo.

En el cuerpo de la rubia, todavía se pueden ver algunas gotas, como si fueran rocío, su cabello no ha terminado de secarse y sobre este descansa el rosto ovalado con los labios entreabiertos. El cuello está estirado hacia un lado y las clavículas sobresalen como pequeñas cañas de gaita. El brazo que no descansa sobre el almohadón de cuero, cruza el cuerpo y su mano reposa sobre una de las piernas flexionadas, de tal modo que el antebrazo cubre el monte de Venus y el húmero parte de un seno. El otro seno, como si fuera la maqueta de uno de los Atlas o más precisamente como un réplica en miniatura del Lion’s Head, desafía al intruso.

Al inicio, como te dije, el hombre piensa en salir corriendo, pero luego se queda mirándola, moviendo levemente la cabeza de acuerdo a los detalles del cuerpo desnudo que quiere focalizar. Se da cuenta que el sexo, las ingles y la mano que descansa sobre la pierna están cubiertos de una especie de aceite. Se cerciora que el ritmo de su propia respiración ha variado y trata de controlarlo para no despertar a la mujer que talvez sigue en su fantasía. Ella, sin apenas moverse, abre los ojos y mira al indiscreto, quien tensa levemente algunos músculos.

Se quedan unos segundos así, ella clavando los ojos clarísimos en el iris oscuro del fisgón y éste paralizado. Acto seguido, la mujer bien pudo soltar unas palabras de falso pánico o fingidamente agresivas, y el hombre responderlas o bajar la mirada. Ella a lo mejor le dio alguna orden, o él se acercó por iniciativa propia. Esa noche, el viento del verano sofocante, siroco o monzón, movió algo más que las hojas de los árboles. A la mañana todo siguió como siempre. 


Friday, November 30, 2012

Virgen del Camino

Es domingo y nos ponemos en alerta para la semana que comienza. Los niños, que dejaran en el baño, sus juegos del parque, descienden del cuello de sus padres. Los matrimonios, tomados de la mano, comentan la visita a la suegra o los planes inmediatos. Lentamente nos acomodamos en el bus. 

La línea P7, que nos llevará de regreso a la Habana, arranca. En la mitad de la misma, varios grupillos de jóvenes siguen, de pie, con su algarabía. Algunos pasajeros hemos terminado el día con unas copas y otros pocos, entre ellos Modesta, unas copas demás.


Ella está en el primer asiento, y yo de pie junto a ella. Comienza a cantar a voz en cuello: “Nadie, nadie sabrá jamás cuanto te quise…”; a su lado, un flaco también beodo, le hace el dúo. Los jóvenes del medio comienzan el barullo, matizado por risas y por picantes comentarios positivos y negativos hacia la cantante improvisada: ¡Selena!, ¡Shakira!, ¡Cántate un reggeatón!

-¡Hoy es mi cumpleaños 59!,- les espeta, interrumpiendo su canto. Lo festejé con mi mamá y con mi hermana; añade, alzando la voz.

Algunas voces coreamos el tradicional Happy Birthday y otras dan vivas a la cumpleañera. Ella sonríe y retoma su canción emocionada. “Nadie nadie comprenderá, que nos pasó…”; para su canto, me mira y casi en un susurro me dice: el corazón se me llenó el día de hoy; mi hija Marilis me llamó desde Mallorca. Se emociona, le brillan los ojos y continúa: “Y aunque el mundo viva feliz, yo estaré triste...”. El borrachito contiguo y otros dos cantantes improvisados coreamos bajo su dirección: “Esperando el retorno..., esperando el retorno y esperando el retorno…”, Modesta cierra la canción como si estuviera en un gran escenario: “ ¡De nuestro amor!”

No pocos la aplaudimos y otros ríen escandalosos. En esta época oscurece más temprano y Virgen del Camino con sus casas sencillas se pierde en la noche. Modesta, inicia un tango que es apabullado por la concurrencia. Se dirige a mi, de tal modo que la escuchen: "Es la ignoracia, propia de una P7; en una P4 viaja otra gente..." Un pasajero la contradice amablemente y yo le propongo que cantemos otra del "Dúo Dinámico". Le alegra saber que conozco a los catalanes sesenteros y comienza "Te perdí...".

Poco antes de que las primeras luces de La Habana aparezcan, me cuenta de su hija Marilis y de los años que tiene de no verla. Cambio de tema para evitar que llore, y mientras el bus se acerca a su andén, cantamos en voz baja un bolero. 

El bus se detiene frente al Capitolo; luego de despedirnos, se deja ir entre las tinieblas invernales de la capital  acompañada de un tango poco conocido.
Habana, noviembre 2012