Monday, September 30, 2013

Azabache utopía

A MFW

Vagaba en un día soleado donde se unían ofertas electorales y navideñas. En una plaza, unos chicos cubiertos con gorras azules promocionaban su candidato detrás de una mesita, el cual era apoyado por socialistas y alfaristas, mientras trotskistas y comunistas apuntalaban al de los “chinos”. La izquierda no iba con candidato único, mas esto me importaba poco, menos aún, cuando reconocí entre una rubia y un chico somnoliento a la chiquilla de ojos almendrados, que hizo latir mi corazón en el mitin de la semana pasada.

Yo pertenecía a un ingenuo movimiento radical opuesto a la “democracia burguesa”, pero me acerqué sonriendo sin reparos, fingiendo interés en su propuesta. Ella, con pasión militante, describía las bondades de la liberación nacional y el socialismo, alternativas a la feroz dictadura civil que sufría el país desde hace 4 años. Por mi parte, demostraba mi atención frunciendo el ceño y con comentarios discretos, mi “conciencia de clase”. Hacía preguntas ingenuas para que se explaye y acreciente el brillo de sus ojos y el sensual movimiento de sus labios.

Supe que le llamaban Mafis, que como yo, tenía 17 años y que cursaba el último curso del colegio alemán. Para parecer más interesante, le dije que paliaba el intenso aburrimiento del curso prepolitécnico, en un club de teatro. Mientras estaba junto a  ella en ese día radiante, mi romántico imaginario de izquierda se vinculaba con la realidad. Desde los recovecos de sus ojos azabache y desde su apasionado discurso, mi corazón fue tomado por asalto por la “Ana Clara” de Viglietti y la “Compañera” de Savia Nueva, por los poemas de Dalton y Benedetti que cantaban al amor militante…

Me pidió afiliarme y me sudaron las manos, puse un pretexto y me alejé a grandes zancadas aún bajo los efectos del delicioso sopor romántico. De pronto fui despertado por unos aullidos cuasi guerreros. Eran “los chinos” coreando arengas radicales y agitando sus banderas de anchas astas. El partido maoísta, conocido por imponer su verdad a garrotazos, era una antítesis de la organización de mi heroína de ojos oscuros, cuyos compañeros eran progresistas blancos, habitantes del elegante norte, educados en colegios y universidades de élite. Si bien entre los “chinos”, había cholos de ojos rasgados que venían desde el sur urbano marginal, la mayoría eran mestizos que estudiaban en pobres colegios fiscales y en la universidad pública. Comenzaron sus consignas en contra del partido de Mafis y al pasar junto a ellos pude oler el ácido perfume del “odio de clase”.

Al día siguiente volví donde mi musa. Junto a ella y a la chica rubia, estaba un maduro dirigente de barba bien recortada que con sus instrucciones interrumpía nuestro diálogo. Para captar toda su atención dije a la Mafis que me afiliaría y conversamos animados mientras llenaba las fichas. Me entregó el trocito de papel y me invitó a la próxima reunión de la brigada juvenil. Me despidió con un beso en la mejilla y comencé a alejarme sintiendo la tibieza del carné de afiliación en el bolsillo de la camisa.

Un par de cuadras después escuché las chinas consignas dirigidas contra el candidato “revisionista”. Venían desde el camino que había andado, desde la mesa de afiliación de Mafis… Me di vuelta y comencé el regreso a toda carrera. A lo lejos, vi a  “los chinos” atacar la mesita, a las chicas de gorritas azules defenderse y luego correr para salvar el pellejo.

Cuando llegué jadeante, encontré fichas diseminadas en el suelo y banderines rotos. A poca distancia, el grupo estalinista concentrado como equipo de rugby, acomodaba en una camioneta la mesita de la que se habían apoderado. Busqué con la mirada a Mafis, sin encontrarla y me adentré en el parque contiguo, donde descubrí a la chica rubia sollozando arrimada a un árbol. Sus manos apretaban la gorrita azul, mientras una señora, paradójicamente, curaba con "mentol chino" el chichón frontal provocado por una bandera maoísta. Le pregunté por la Mafis y movió la cabeza negativamente. Seguí buscándola en vano, y mi rabia impotente creció al ver pasar al candidato Arteta y sus pocos simpatizantes, junto a la turba pseudo marxista. El representante de la rancia aristocracia y jurada derecha pasaba junto a los valentones garroteros de mujeres y estos le abrían paso en actitud colonial…

Meses después encontré a mi Dulcinea en una fiesta y enrojecí ante su saludo afectuoso. Me contó emocionada que estudiaría la universidad en el extranjero y éste fue un golpe a las aurículas. Luego vino el primer jab en el ventrículo, cuando un chico, apareció a sus espaldas y la tomó por la cintura. El segundo llegó cuando ella me lo presentó como su novio…

El knockout técnico no fue solo mío. La caída del Muro de Berlín un año después y la pérdida de los Sandinistas, mandó a la lona a toda la izquierda. Después de abandonar la politécnica, era un feliz educador popular inmune a esos golpes, hasta que en el 91, una división irresoluble dio al traste con mi organización.

Después la izquierda adulta tuvo su mutación: El maoista se hizo shamánico-andino y el troskista, demócrata-cristiano. Los elenos se trocaron en populistas, mientras el alfarista y el comunista en social-demócratas. Los miristas se mudaron al APRE o al socialismo y los socialistas se volvieron prósperos empresarios… Mas muchos jóvenes de todas las tendencias elegimos bajarnos “del tren de la historia y quedarnos en el andén de la alegría”, cobijarnos por un anarquismo epicúreo y un nihilismo sibarita de sexo y drogas, de salsa y rock and roll. Entre el humo del cannabis reconocí a la rubia de la gorrita azul, quién me contó que la Mafis estaba casada y residía en México.

Dos décadas después de nuestro último encuentro, volví a tenerla cerca. Ella estaba de vacaciones y coincidí con mi platónico amor juvenil, conversando en un bar con amigos comunes. Mi cabello, ahora largo y oscuro, una barba que parecía imposible en el lampiño rostro adolescente y los lentes, ayudaron a mi anonimato. Distinguí, sin embargo, la misma luz intensa en sus ojos de aceituna madura y disfruté del movimiento armónico de sus labios encarnados. La pasión que ponía al describir sus proyectos, revivieron aquella deliciosa ensoñación adolescente materializada en un carné partidario. Papelito cuyo valor actual es el tener mi nombre escrito por sus manos.

Sunday, September 01, 2013

Las esquinas de mi barrio

El sábado volví al barrio. Caminé lento por la calle que de niño corría para cumplir con los mandados, y con una sonrisa evoqué los días del mundial de Fútbol del 78 en que estrené sobrenombre. Los jóvenes de la esquina, el Tilico, Félix y los hermanos Moreno, bautizaron como Tarantini al pequeño raudo de cabello rizado, en el que vieron un émulo diminuto del defensa de la selección argentina.

Entonces el universo era una cuadrícula con ocho manzanas, cuyos nodos eran la casa, la escuela, el parque frente a ella y las canchas. Los recorridos, que ahora resultan cortos, iban a las tiendas cercanas, las del señor Torres, Don Díaz o de las ancianas señoritas Vinueza; iban al bazar del señor Serrano y a la farmacia Santa Ana, regentada por la madre de Ana Lucía, una de las bellas que comenzaban la adolescencia... El sábado despertaba temprano, con los tíos animando a la expedición al bosque próximo, que a pesar de sacrificarse levantándose a la misma hora de clases, tenía como recompensas el río, los saltos entre las matas, compartir la libertad con el perro y a veces ver saltar un conejo. El domingo empezaba acompañando a los abuelos a la iglesia, y luego de la homilía se sentía tan bien ser consentido por ellos con incontables golosinas.

En esos días, la vida te regalaba un chico de tu edad, generalmente un vecino o compañero de escuela, cómplice de las artes con el trompo y las canicas. El camarada de aventuras con quien se reproducían las historietas de Mark Twain o Kalimán en la vereda, con quien se tenía el aprendizaje colectivo de la bicicleta y el monopatín. Con él, se compartían las expediciones a las profundidades submarinas ubicadas en el patio inferior, o al interior del baúl de mi abuela y a los cajones del escritorio de su padre. El hermano que, cuando estabas enfermo, pasaba todo el día junto a ti compartiendo su colección de carros Matchbox. Aquel con el que se cruzaron los primeros breves puñetazos, sin rencor…

Llegué a la otra esquina, esa en la que de a poco los impúberes nos fuimos concentrando para tomar la posta a los que eligieron crecer, ir a la universidad o al trabajo. Esa orilla que miraba a la parada de bus del colegio femenino, donde las cinco o seis chicas que esperaban su transporte al plantel vespertino, nos compartían su perspectiva del mundo y nos invitaban a un espacio, para nosotros, bastante extraño. Era un entorno de dulzura que contrastaba nuestras bromas soeces y en el que cada uno de nosotros se mostraba fuerte o culto, inteligente o divertido. Allí gozábamos los dulces minutos anteriores a la partida a clases y los posteriores a su regreso y disfrutábamos de ese tiempo poco conocido de pañuelos perfumados, el cual nos atraía sobremanera. Esa esquina, "la parada", una vez que las chicas iban para su casa, acunó noches interminables de risa y guitarra, vio encender nuestros incipientes cigarrillos y cobijó el beso de las primeras novias.

Me apoyé en la pared de la misma esquina donde aprendí a fumar. Entre las bocanadas de humo, recordé el día en que aparecieron ennoviados Silvia la lideresa del colegio y el jefe de nuestra cuadrilla, el Fer, el único que ya pintaba bigote. Ambos, como si fuera posguerra, decidieron que todos debíamos hacer pareja a partir de un ingenuo sorteo. Yo era el más joven y pequeño del grupo, pero los papelillos me favorecieron con la chica más deseada. Esto provocó la protesta de los galanes y Fer decidió una nueva rifa. Esta vez la suerte me favoreció con Mary, pretendida por el segundo al mando, quien miró al jefe suplicante. Entonces Fer dio su veredicto: Adriana, menor para mí con un año y aún con la dulzura y belleza infantiles, sería mi novia. Siempre he agradecido su sabia decisión…

Dejé la esquina con una sonrisa en los labios y dos lagrimitas en las mejillas, y luego de varios pasos llegué a la que fuera mi casa. Estaba convertida en un inmenso local comercial, era otra víctima de los años de crisis, en que la clase media quitó las flores del jardín y en su lugar puso un pequeño negocio que apoye al sueldo precarizado. Entonces miré con atención y vi que toda mi calle se había transformado en una secuencia de imprentas, tiendas, locales de películas piratas y antros de comida chatarra.

Mientras miraba con desdén el afeamiento de mi calle, encontré a Doña Susi que me saludó afectuosa y su cariño me hizo recordar la hermosa esencia barrial. Al frente, en la zapatería del Pino, vi al Mapi, a Homerito y a un chico que no conocía, disfrutar una cerveza. Mientras me acercaba, pensé que es a todos ellos que Rubén Blades les canta. Pues ellos son "los que sobrevivieron..., los que nunca se fueron y no se rindieron".

El reencuentro con el que dejé niño convertido en hombre y con quien fuera joven convertido en anciano fue eufórico. Me sirvieron un trago que bebí lentamente, sintiendo en él, el sabor de los cientos de cervezas bebidas en la misma esquina. Devolví el vaso común al nuevo vecino y éste me preguntó cuándo salí del barrio. Recordé ese día, de hace 20 años en que partí a la Costa, como tantos emigrantes serranos, pero respondí como Aníbal Troilo en su “Nocturno…”: ¿Cuándo?, ¡yo no me he ido! yo siempre estoy llegando… Y cada vez que llego, mi barrio me recibe con una cerveza o un abrazo. 

Thursday, August 01, 2013

Días de becario

Me quedé mirando la cerveza semivacía encerrada en mi mano y no me uní al resto de estudiantes que bailaban animados. En vez de ir por alguna joven y abrazarla al ritmo de la música, me acomodé con modorra en el incómodo taburete del “Ambi”.

Terminaba otro septiembre, los bares bullían de jóvenes de todas nacionalidades, que disfrutaban su experiencia académica en el extranjero. A pesar de que en la vieja Lovaina, el ritmo de farra era imparable hasta julio, era al inicio del año lectivo, cuando el ambiente festivo de la ciudad universitaria mostraba su esplendor. Los estudiantes festejaban la novedad, la libertad, la ausencia de control paterno y el espacio intercultural; los efímeros romances, la posibilidad de emborracharse legalmente y de drogarse con la autoridad haciendo la vista gorda.


Los que conocíamos esa movida, los cancheros, los miembros del “comité de ética”, los becarios con cinco años más que la media estudiantil, sabíamos enfocar la algazara y sacar mejor provecho al barullo. Yo solía tomar a una chica por la cintura, quien al ver al latino exótico que la abraza, le sonríe y se deja llevar. Me acercaba más y la invitaba a seguir mi baile, en el cual mi pierna derecha generando movimientos cadenciosos excitaba su pubis. La seducción se facilitaba gracias a las cervezas que se vaciaban en las gargantas, a los otros cuerpos apretujados y a la música estridente. La bachata, el reggueeatón y algunas movidas de techno que permiten el contacto físico eran el señuelo. Las manos entonces subían por los cuerpos, las lenguas se entrelazaban, las respiraciones se tornaban jadeantes…

Esa noche de septiembre, a pocos pasos del tumulto, me pregunté si de verdad quería terminar con alguna chica en mi cama. Saber si en verdad quería gozar de otra noche como las que, varias veces por semana, había tenido desde hace cuatro años. Noches que terminaban, o más bien madrugadas que comenzaban yendo con alguna muchacha hacia su piso o al silencio cómplice de la casa de sus padres. Al sexo incómodo en su auto, o a la cópula en los parques y en el bosque, si era verano. En el primer callejón, las manos y los labios no podían esperar y tocaban los pechos; se colaban debajo de la falda, antes de la llegada temblorosa a una residencia estudiantil privada o a un humilde kot, como mi cuarto, destinado a los belgas más pobres y a los becarios.
Sonsacando una respuesta a mi yo más profundo y paladeando la segunda Duvel, recordé algunas noches agridulces. Aquella con una silente limburguesa, que insistió en apagar la luz para no verla desnuda y una vez a oscuras se lanzó a cabalgarme con fruición. Esa fría noche de carnaval en Aalst cuando una treintañera, antes disfrazada de vaca, se limitó a abrir las piernas y se mantuvo casi estática durante todo el acto; dejando escapar gemidos (o mugidos) entre los dientes apretados, obedeciendo sumisa mis más extraños deseos. La tarde posterior a un concierto de guitarra flamenca y Jack Daniels, en Amberes, cuando Zita se admiró de mis ganas de cogerla por quinta ocasión. En mi pueblo, mis dos únicos novios, me dijo, lo hacían solo una vez y luego se dormían.
Mas Jack Daniels, solidario en Amberes, no lo fue en Lovaina en un amanecer de junio. Esther y yo, volando en marihuana, casi salíamos del bar, cuando el viejo Jack me guiñó un ojo y accedí. En mi kot, luego de un agradecido cunnilingus, Esther quiso colocar el preservativo, pero éste bajó mi erección. Lo quité de un solo golpe, pero Esther me dijo que sin ello nada, pues además tenía novio en España. Traté, en vano, de convencerla, pero su excitación me permitió penetrarla durante varios segundos antes de que me retirase con violencia, insistiendo en poner el condón, el cual otra vez me puso flácido. Cuando el sol entraba por la ventana, entre risas de THC, comenzamos con el sexo oral mutuo hasta quedarnos dormidos por tres horas antes de correr a clases.
La alegría que provoca acabar con la segunda Duvel, me hizo recordar a Rafaella, quien luego de nuestro primer polvo, tomó por costumbre visitarme lunes y miércoles, después del gimnasio. Fornicábamos a las mil maravillas, hasta ese día en que introduje mis dedos en su sexo y sentí algo como un alambre. El imprevisto contacto metálico puso en mi cabeza, imágenes de nobles guillotinados por la revolución francesa. Ella era siciliana, imaginé complicados artilugios mafiosos y saqué los dedos de inmediato el mismo momento en que ella me pidió jadeante que entrara. Misión imposible, pues “ciccio”, como ella lo llamaba, se había encogido. Rafaella paró de besarme, me miró ansiosa y me preguntó directamente que pasaba. Le conté la historia del alambre interior y mis temores de corte. Me tranquilizó diciendo que debido a la cotidianidad sexual, decidió ponerse un DIU. Ciccio resucitó, y retozamos con deleite.

Pedí una tercera Duvel y con cada sorbo corto que daba, vinieron como en video escenas de los encuentros con mi devota amante griega y su ritual posterior donde besaba mis pies y manos; mi alegre gigante senegalesa con su precioso y enorme culo azabache; mi sublime y complaciente vietnamita que nunca más quiso follar a sus paisanos; mi hermosa turca que debía llegar vaginalmente virgen al matrimonio; mi brasilera que en el orgasmo susurraba meu pipio de mel; o mi fuerte y atlética estonia, con quien las noches eran un casi un combate...

Revivir esta película particular, me sacó una sonrisa, hasta que divisé a una pelirroja alta que sollozaba en un rincón, consolada por sus amigas. Lloraba por penas de amor y vi en sus lágrimas aquellas que yo mismo provoqué y que mi madre premió con dos sonoras cachetadas. Esas relaciones dobles o triples, donde ellas dieron el corazón a un tipo que solo quería un acueste. Días de engaños, en los que el espejo reflejaba a un ser repugnante y que me granjearon toneladas de desprecio. 

De entre mis estupideces, quizás mi historia con Jo, o lo que perdí por ella, es la que mayor remordimientos me provoca. Jo, aunque delgada y mediana, era una clásica belleza holandesa en rostro, cabellos y ojos. La encontré en la sala de mi residencia, esperando a mi vecina Claire. Jo, a pesar de ser rica, era asidua visitante de nuestra humilde casa de Lierstraat y para cuando llegó Claire, habíamos intercambiado emails y números telefónicos. Esa misma noche nos contamos la vida en cinco horas de chat y en la siguiente sesión, dio inicio el galimatías que fuera nuestra relación. Jo halagó mi cabello y dijo que mi hijo sería hermoso; yo dije que si éste tuviera sus ojos lo sería aún más. Solo creí devolver un cumplido, mas su cultura no acepta esas palabras, y gracias a ellas entré en el imaginario de Jo, como su príncipe azul. Dos horas después, copulaba con mi hermosa frisia y ella con el imaginado padre de su futuro hijo… Fue la primera de varias noches románticas en cuyos días recibía en el celular, constantes mensajes amorosos que al inicio me hacían sentír bien pero luego me sofocaron.

Las cosas iban bien para Jo, el mujeriego y sus otras amantes, hasta que una antigua huésped de Lierstraat, regresó de su semestre en Sevilla. La empatía con Griet fue instantánea, el aire  español que traía, facilitó su ingreso al básico universo latino de merengue, tequila y mojitos. Vinieron después, las películas argentinas, las clases de salsa en el bar cubano y los paseos al lago, donde nos poníamos el bloqueador mutuamente. 

Una mañana cuando Griet entró a la lavandería, el Casanova sintió en el corazón una flecha punzante, había caído en las garras de Cupido. Mientras ella sacaba la ropa de las máquinas, el tenorio se lo hizo saber de la manera más pendeja: Esteee, creo que estoy enamorado de ti…, le dijo; teniendo por respuesta un rubor, una sonrisa, un besito en los labios, como chasquido de pétalos, y una rauda carrera nerviosa que le dejaron solo, estúpido y feliz en medio del olor a detergente. 

Mas luego ardió Roma. Griet convocó a las féminas de Lierstraat para contarles que sus sentimientos eran compartidos, que el ecuatoriano por fin venció la timidez, que ahora podría besarlo en medio del lago y que con el tiempo quizás buscaría un kot doble… Elke, Nele y Marijke la felicitaron, mas no Claire, la amiga de Jo… 

Griet me despreció con todas sus fuerzas, las chicas de la casa me quitaron el saludo y después, buenos compatriotas solidarios, lo hicieron los chicos. Supe que Jo vino una mañana y en los brazos de Griet lloró deconsolada. Las nuevas amigas se solidarizaron mutuamente y diseñaron un plan para darme una muerte cruel. Yo busqué a Griet como un gato hambriento, averigüé sus horarios para hacer encuentros casuales. Le rogué escucharme, le pedí perdón sin que apenas me mirase, le mandé flores que arrojó sobre la lavadora… Ella me escupía su odio y para castigarme aún más, se marchó por un mes a Ecuador. Jo, entonces, me pidió que al menos sea su fuck partner, a lo que me negué con dignidad.

En el bar, conmemoré a Griet mirando las burbujas que ascienden y forman la espuma cervecera y quise estrellar el vaso en mi frente, como pensaría tantas otras veces, al beber en su nombre. Soporté el desprecio de Griet por dos años, hasta que pude salir de Lierstraat. Dos años de sentirme ignorado, sintiendo sus mudas ganas de arrancarme los ojos al verme entrar con otras chicas, dos años dándome celos con supuestos novios inexistentes. En el pueblo chico me la cruzo con frecuencia y veo como el paso del tiempo la pone cada vez más hermosa. Lo cual me atormenta.
Koen, el mesero del “Ambi”, me preguntó si estaba bien y levanté la cabeza. La pelirroja del rincón se había incorporado y esbozaba leves sonrisas ante el beneplácito de sus amigas. La cerveza estaba caliente y la terminé de un solo trago. Me sumí en mis últimos despertares en Liestraat y en los que tuve en mis siguientes residencias estudiantiles: Camilo Torres, Slachthuislaan o Sint Katarina. Me hundí en esas mañanas jodidas en las que ellas se levantaban agitadas, se vestían con premura y salían de mi kot con un portazo. Unas duchándose brevemente y arrojando la toalla sobre el computador, otras abriendo la refrigeradora y preparando un laxo desayuno, aquellas maquilándose con parsimonia; sin ni siquiera mirar al tipo que en el altillo aún padecía la mala noche, la resaca y el cansancio de la liturgia primigenia. Rara vez me dejaron un beso de despedida, una sonrisa, o un adiós cariñoso. Sin embargo, días después recibía sus llamadas para invitarme a cenar, para ver un documental africano o  para tomar una copa. Para repetir la rutina. 

En la ausencia femenina, abría los ojos y miraba el techo. Estaba desnudo, sucio, cansado, con el cargo de conciencia de haber faltado a algún curso importante o consciente de los abundantes trabajos académicos inconclusos. No pocas veces con la cabeza deshidratada a punto de estallar, lista para ponerla dentro del congelador o del horno, mientras el reloj me contaba que ya eran las once y el cielo gris, atrás de la ventana, insinuaba que podrían ser las seis. Entraba a la ducha y repetía como una cábala “post coitum omne animal triste est” y perdía largos minutos bajo el agua, pensando ya no en el cuerpo precioso de la noche anterior, ni celebrando el hábil truco seductor, sino convenciéndome de que solo era un artefacto de follar, que no merecía ser amado. La tristeza era poca si la invitada tenía una horrible vida sexual con su pareja de años, pues sentía haber hecho una buena obra. Pero el abatimiento era grande, si la dama nocturna me juraba que amaba a su novio desde la adolescencia, al que conoce de toda la vida y con quien están comprando una casa.


Entonces pedí la cuarta Duvel y mirando la espuma, similar a la de la lavadora, me imaginé con Griet en busca de una vieja casa. Aquellas que los bancos permiten adquirir a las parejas jóvenes con sueldos medios y cuyas reparaciones destruyen el fin de semana de los tórtolos. Esa imposible imagen con Griet me devastó. Mirando el vaso de letras doradas me pregunté qué mierda hacía en ese bar de estudiantes bailarines, cuando yo solo quería un amigo, como el Chamo o Caballo con quien beber y reír copiosamente; como Yaku o Miguel para beber y llorar nuestras mutas desventuras.
Un empujón que casi me bota del taburete me volvió a la realidad y divisé a la antes llorosa pelirroja sorbiendo un cubata y animando a sus amigas que bailaban. No sé qué fuerza suprema me colocó junto a ella. De pronto mi brazo estaba asiendo su cintura y al ritmo de la bachata, resbaló su suave cabello rojo en mi pecho. Mi muslo se adecuaba al húmedo calor que brotaba de mi pareja de baile. Los recuerdos de despertares grises y la culpa cristiana desaparecieron. Luego de dos tonadas más y unos cuantos kilómetros, ambos ex tristes estábamos en Bruselas, creando el placer elemental.

Amanecía, la dueña de la cama dormía entre mis brazos y yo pensaba en las imágenes y memorias. Quizás salté del taburete impulsado por mi inconsciente que no quería dejarme caer en resaca depresiva; tal vez fue mi naturaleza y su animalidad testaruda la que me empujaron a bailar; o buscar un nuevo inicio, donde sería bueno, fiel y expiaría mis culpas... 
Mi amiga Isabelle dice que cuatro Duvels provocan en mi un efecto químico-mágico, haciendo que mi cuerpo despida las mejores hormonas. Funcionando como una poción que me transforma en un ente atractivo a las féminas. Entonces, según Isabelle, cuando ellas me huelen, su propia bestia despierta y pueden ver grabada en mi frente, la palabra SEXO.

Sunday, June 30, 2013

Chau


a PEV y SGB


Tres gaviotas avanzan sobre una ola mediana que crece velozmente. Cuando la tengo a tiro y me dispongo a tomarla, viene el déjà vu. 

Una vez en el vientre marino y mientras me dejo llevar, localizo la situación similar. Fue veinte años atrás, pero esa vez en la playa no me esperaba mi hijo, sino el Chau.

Entonces abro más los ojos en el agua salada y puedo ver sus ojos vivaces y su sonrisa torcida luego de una broma cínica o una vacilada inocente. Mientras la ola me va sacando a la orilla aparecen uno a uno los otros: el Mac y luego el Markito, el Viejo Lenny y el Negro, aparecen la Nila, Andrea, Babs... Puedo ver a cada miembro de la pequeña bandita que recorría las noches hace 20 años o que partía sin rumbo en el Land Rover los sábados por la mañana. El Chau al volante, Mac y yo a su lado sorteando el rumbo, sur o norte, este u oeste. Las cervezas, la yerba y las sonrisas que venían desde atrás, mientras nos alejábamos en la carretera. La voz de cualquiera de ellos, que en medio del arrebato psicotrópico, sugería parar en algún punto del camino, generalmente la vera de un río o un bosque pequeño.

La arena se ensarta en mi cabello y mi rodilla roza una piedra que me vuelve a la realidad, súbitamente, mientras me incorporo en la playa, vuelvo a esa tarde de invierno en la que subimos en parejas la montaña, Cata Michele abrazando al Chau como un oso de peluche y la Virgi Hunt aprentando mi mano. Otra vez siento la felicidad absoluta que en cómplices miradas compartimos esa tarde con el Chau, la montaña preciosa y las dos bellas jóvenes que conociéramos la noche anterior brindándonos algo que sabe a intenso amor fugaz.

El Chau aún no existía, hasta que Patricio regresó desde una Alemania Democrática que se desmoronaba, con un diploma en marxismo leninismo bajo el brazo. En el chupe de bienvenida del partido, algún bromista lo identificó con Ceaucesco, el dictador rumano que acababa de caer, y por economía de lenguaje nació el Chau. Nos hicimos amigos en un chifa y desde ahí compartimos mil farras, pipas, botellas colectivas, la algazara y la hermandad. Lo recuerdo dramatizando en media fiesta algún capítulo del Quijote que terminaba en aplausos o desarrollando conmigo y con el Mac algún “cadáver exquisito”.

Me he sentado en la arena y sigo mirando la línea de espuma que se forma a lo lejos. Quisiera que a fuerza de mirar esa espuma, brote otra vez el amigo al que no veo desde hace casi dos décadas. Evoco los días previos a su viaje a Suiza, me veo con el Mac y con Markito leyendo sus pocas cartas y el último encuentro el día de mi cumpleaños. Esa tarde pedí a mi madre ver al querido huérfano como a su hijo, que abrazara al chico temeroso que nos contaba sus angustiosos días en Géneve, su fuga del avión en Venezuela y el electro shock…

Un pelícano se lanza en picada y taldaran mi cabeza, como tantas veces el pedido del Chau para ayudarle a fugarse y sus últimas llamadas telefónicas desde una ciudad lejana, donde lo puso su padre. En estas yo le contaba de cada uno de “los angelitos” y él sus planes de ponerse una tienda y sus sueños para su hija Eva que cumplió su primer año el mismo día que el Chau ajustó sus 27. Sus palabras de desasosiego, de derrota…. “No soy el mismo…, Alexito, estoy acabado…” Mis palabras de ánimo. El silencio en el auricular...

Lo imagino en su teatralidad nihilista entrando en la catedral a medio día, persignándose y descerrajándose un tiro en la boca, ese sábado 25 de junio del 95. Irónicamente el mismo día en que mi novia luego del adiós, subía al avión con mi hijo en su vientre.

El resto de una ola me acaricia los pies y acaricio a mi vez, la falta que me hace el Chau y le puteo en silencio. Ahora tendría 45 y estaríamos riéndonos de los locos días de tragos y grifa. Nombraríamos a las amadas eventuales y a las que nos dieron de patadas y organizaríamos la farra con “los angelitos”. Acaricio esa sensación de vacío que nos suele invadir al Mac y a mí cuando luego de varios tragos, se nos cola el Chau en la conversación y nos abre la puerta a un agujero negro al que ambos caemos y que culmina en un abrazo lacrimoso con el fantasma en la mitad.

Los pasos de mi hijo en la arena mojada me sacan del trance. Miro sus ojos cafés claros, similares a los del Chau y me autoconsuelo diciendo que el viejo hermano que ya no soportaba este mundo, tuvo que irse para volver renovado, dentro la dulzura de mi hijo que me da su mano para levantarme y me invita a caminar.



foto: Negro, Nila, Chau, Nirmala, dos guapitas, Fabricio, Ana, atrás de la cámara Mac y yo, tomada por Mac, dic 93