Wednesday, May 28, 2014

En la plaza, en el tren

Algunos sábados aparecía por un costado de la iglesia, con su largo vestido negro, que la cubría desde el cuello y que terminaba arrastrándose levemente. Era alta, más que muchos hombres, y sus lentos pasos largos daban la impresión de que flotara. La cabeza erguida llevaba una mantilla de encaje negro, dispuesta de tal modo que cubría todo su rostro.

Verla, era para mí un espectáculo. No cuchicheaba sobre su llegada, como los más pequeños, que por ello recibían un sopapo de sus madres, pero sentía algo inexplicable al divisarla acercándose a la esquina de la plaza. Una vez allí, se aproximaba a la frutera y su mano blanquísima, cubierta por un mitón, acercaba el canasto de carrizo. En éste, la vendedora ponía un par de guabas o duraznos, agachando la cabeza con humildad, al tiempo que la dama de negro respondía con un leve descenso del mentón. Tres pasos después repetía la operación con el panadero, quien se quitaba el sombrero y ponía en el canasto un par de “cholas de Guano” o dos buñuelos. Después llegaba al puesto de hortalizas de mi abuela, donde la esperábamos con una porción de cebollas o unas hojas de acelga, y continuaba hacía el puesto de carne.  

La primera vez que la vi, pregunté a mi abuela por esa extraña mujer, y sobre el hecho de que todos los mindalos tengamos que poner productos en su canasto sin recibir nada a cambio. Es que ella es noble, me respondió, pobre pero noble... Es caridad cristiana, recalcó, más aún porque su familia entregó la fortuna y la vida de sus hombres en la guerra santa contra masones y liberales.

Mientras la abuela hacía la venia entregando su óbolo, mi curiosidad adolescente se ponía a buscar detrás de la mantilla, descubriendo un sábado la nariz y en otros su ruborizada mejilla, los labios o un mechón castaño. Supuse que la dama estaría en sus treinta, y cuando comenté esto a la abuela, ella cayó en cuenta de que no era la viuda de Don Virgilio, sino su hija Francisca, cuyo destino de cuidadora de los padres se había sellado a fuerza de rechazar pretendientes. Diez años antes, despedía a los buenos partidos, criollos ricos, por herejes o por malos cristianos borrachos. Se burlaba de los blancos señoritos ignorantes que no escribían poemas, burros con albarda de oro que no hablaban francés. Luego de la guerra civil, muertos padre y hermanos, los mestizos adinerados que la pretendieron fueron impugnados como longos alzados, atrevidos indios con plata.

En la plaza, donde todo se sabe, conocí que su madre estaba en una larga agonía, sufriendo el mal que mató a la huñachishca y a la aya. Escuché que hace poco había empeñado el piano, su único patrimonio, esfumados ya los cubiertos de plata, los cuadros y los muebles...

Desde entonces, cuando llegaba hasta nuestro puesto de legumbres, le entregaba con una sonrisa mis tres zanahorias, esperando cualquier respuesta por simple o imperceptible que fuera. Cuando Francisca no llegaba le dedicaba mis pensamientos, y al terminar la tarde, sobre el huesudo espaldar del caballo o de regreso en el tren, dibujaba en mi mente su rostro sin la mantilla. En medio del lento desplazamiento y al ritmo de la música provocada por la máquina, creaba mis propias historias cursis que la incluían.

No apareció un par de meses, ocupada en el entierro de la madre y en el luto, y luego volvió en espaciadas ocasiones. Sin embargo, un año después, pude verla caminar con sus largos pasos lentos en dirección contraria a la plaza. Iba a la iglesia, siempre con la cabeza erguida, pero esa vez con la mantilla abierta que mostraba el bello rostro y sus ojos mirando al infinito. A su lado iba un hombre calvo, que casi le doblaba en edad, vistiendo un traje modesto.

En la plaza, donde todo se sabe, se oyó el rumor de que ese día se había casado con un pobre maestro de escuela. En el tren a Alausí, se lo comenté a la abuela y ella me confirmó la noticia. Golpe doloroso a mis ingenuas ilusiones que huyeron con el humo de la locomotora. Después de un breve silencio, como si hubiera omitido un detalle importante, la abuela continuó: Sí, el profesor es viudo y pobre..., pero es blanco, subrayando su sentencia con un mohín de aprobación.

Sunday, April 27, 2014

Suspiro e ilusión

Cayeron los tres papelitos a la mesa y comenzó el sorteo. Paula abrió uno y leyó “La Unión”. Miguel, tomó otro, lo cubrió con sus manazas y lo iba desdoblando lentamente, como cerciorándose de ser el único conocedor de su destino. Toda su expresividad brotó con la estruendosa carcajada que arrojó a la mesa, junto con su papel abierto, pudimos ver la palabra “Loma Alta”.

El sorteo terminó. No tenía sentido levantar el trozo de papel restante. La suerte me envío al sitio que ningún equipo quería ir. Al día siguiente, partimos muy temprano a nuestros destinos. Como cada mañana, fuimos los seis en el bus haciendo bromas, las que en esta ocasión recaían sobre mi suerte.

Dos horas después llegamos a Barcelona, rentamos una camioneta que comenzó a ascender el cerro Colonche y luego de 30 minutos alcanzamos “La Unión”, el destino de Paula y Karina. Los cuatro restantes continuamos hacia “Loma Alta” y después de otra hora de viaje, por un camino que paulatinamente dejaba de ser empedrado, bajamos en su parque-cancha-patio escolar.

-          Buen viaje chicos- dijo Miguel, chocando su mano con la mía, mientras Tania sonreía, al ver que un arriero se acercaba con sus mulas.  

Ellos se dirigieron a la escuela, al tiempo que Lucy se acercó al arriero y con una mueca que trataba de negar la realidad evidente, preguntó:

- ¿Al “Suspiro” entran motocicletas, verdad?-, a lo que Don Argemiro, que así se llamaba el arriero, respondió proverbial, que eso solo es posible bien entrado el verano…

Acomodé a Lucy en el lomo de la mula más mansa, monté la mía y seguimos a Don Argemiro en dirección a  “El Suspiro”, la comunidad que nos acogería los días siguientes. 

Las mulas hundían sus patas hasta enlodar su panza, avanzando esforzadas por el camino sinuoso. Se comprendían las razones por las que a ese rincón del cerro le bautizaron así. Por fin, terminó el camino en una pequeña planicie rodeada por una veintena de casas y otras diez inscritas en el cerro que ya mostraba su cima. El micro clima templado, contrastaba con el calor húmedo de las comunidades de las tierras bajas. La vegetación abundante y los animales creaban una atmósfera de mágico retroceso en el tiempo.

Un bullicioso grupo de niños nos recibió, saludando a los “nuevos profesores”. Dejamos las mulas en el abrevadero y con la comitiva infantil seguimos a Don Argemiro hacia la iglesia, allí nos esperaban unas quince personas curiosas y expectantes de la jornada que nos ocuparía los días siguientes. Lucy y yo explicamos la dinámica de trabajo, ella fue a trabajar con los niños en una sala contigua y yo comencé un juego de presentación para romper el hielo.

Entonces apareció ella y discretamente se sentó en una banca cercana disculpándose por el atraso.

Por unos segundos perdí la concentración, ¿Qué hacía en una comunidad montubia una muchacha similar a un católico arcángel? Rubios cabellos rizados, ojos verdes que asomaban a medias entre los lentes de estilo John Lennon, y que descansaban en su nariz larga y delgada. El cuello largo terminaba en un cuerpo esbelto cubierto por un vaporoso vestido traído de los días del Flower Power.

Ante mi impavidez, el presidente de la comunidad la invitó al círculo que habíamos formado y le entregó la madeja de hilo, la señal de que debía presentarse. Se llamaba Maya y su acento mostró que venía de las trece colonias inglesas. Entonces me empeñé en mostrar mis dotes de trabajador de campo, en juego de seducción, tal como los pájaros de Guinea lo hacen con sus saltos y movimientos de plumas. Hice que la jornada fuera más sencilla y divertida, hasta las cinco de la tarde, en que concluimos la tarea.

Mientras acomodaba los trabajos de grupo en las paredes, ella me contó que era bióloga, que investigaba ciertas orquídeas endémicas y que estábamos en una reserva ecológica. Emocionada, me invitó a visitarla durante la hora que mediaba hasta el ocaso. Llegó Lucy y partimos los tres por el sendero rodeados de flores y pájaros coloridos. El sonido del agua del riachuelo y de los pajarillos recreaban un edén particular, donde ella era Eva, yo  Adán y Lucy… se había equivocado de cuento. En una gruta, el riachuelo se empozaba levemente. Allí Maya se descalzó, levantó su falda para evitar que se moje, e ingresó al agua regalándonos al río y a mí, el espectáculo de sus piernas torneadas. De la poza sacó unas piedrecillas doradas y nos las ofreció, yo arranqué unas pequeñas flores lilas de una de las paredes musgosas y las coloqué en su cabello. Ella se rió de mi travesura y colocó en mi oreja una ramita olorosa. Lucy rompió la amorosa magia naciente, recordando que debíamos regresar.
                           
Al llegar, Don Argemiro nos presentó a las señoras que nos hospedarían y en el lecho, el cansancio de la jornada, no impidió pensara en Maya antes de dormirme.

El día siguiente arrancó con entusiasmo. Había más confianza y las bromas hacían más fácil el trabajo de planificación comunitaria. Finalizamos cuando se instalaba la oscuridad y fuimos a casa de Maya, quién nos invitó a cenar. Yo asaba los verdes, Lucy cuidaba de la menestra y Maya y su madre anfitriona, ponían el cocolón en los platos de los invitados. Luego de cenar, el padre destapó unas cervezas y puso música en la radio, invitó a Lucy a bailar y el hermano mayor invitó a la madre. Ofrecí mi mano a Maya y cuando la abracé para comenzar la cumbia, supe que estaba enamorado. No quería que la pieza de baile terminara, sino eternizar ese tiempo en el que su cabello rozaba al mío, donde nuestros pechos comunicaban el ritmo de sus latidos.

Vinieron varias cumbias y más cervezas. La madre fue con Lucy y una hermana al gallinero y uno tras otro, fueron despidiéndose el resto de miembros de la familia para cumplir con el rito campesino de dormir temprano. La luna que nos espiaba desde el otro lado de la ventana nos invitó a salir. Maya apagó la radio y las luces, y nos sentamos en el banco colocado junto a la puerta principal. En voz baja seguimos relatando lo que nos dio la vida hasta antes de ese día. Me contó que casi terminaba su investigación y pronto volvería a Hartford. Nos tomamos de las manos, entontecidos por ese fugaz e incipiente cosquilleo parecido al amor, que nos dejaba silentes a ratos, escuchando los ruidos nocturnos de la naturaleza tibia, hasta que las voces femeninas de Lucy y la madre, nos sacaron de ese dulce marasmo.

En mi cama, caí en cuenta que era la última noche en “El Suspiro” y me dormí casi sollozando.

El último día de trabajo nació con el sol y en el almuerzo, Maya me preguntó cuál sería nuestro siguiente destino, respondí que San Pedro de Valdivia. Al culminar el trabajo vinieron, como siempre, las palabras que animaban a concretar lo planificado, el agradecimiento sencillo y generoso de los participantes, las últimas bromas. Maya se quedó con nosotros hasta que llegó Don Argemiro y las mulas. El abrazo y la sonrisa finales, tenían como contraste la mirada mustia de los ojos tristes.

Descendía al ritmo cadente de mi mula, soltando suspiritos azules, entregando al viento pequeñas exhalaciones que regresaban montaña arriba. Quizás el nombre de la comunidad se debió a eso, al suspiro que dejaron caer muchos viandantes al perder su amor…

Llegamos a la casa colectiva del Arenal. Los colegas nos recibieron efusivos y Lucy contó emocionada sobre el paisaje, el riachuelo, sobre una bióloga gringa...

San Pedro de Valdivia era una comunidad de pescadores, con un límpido mar verdoso que podía verse desde el segundo piso de la moderna casa comunal. Los alegres comuneros disfrutaban creando mapas parlantes, repletos de espectaculares dibujos y collages y me senté a observarlos trabajar. En el reverso de una hoja de asistencia comencé a escribir unas líneas similares a estas, donde describía mis días en “El Suspiro“. Terminé el primer párrafo, levanté la cabeza en dirección hacia el hermoso mar verde e imaginé que jugábamos con Maya en sus olas.

Volví a la escritura y de pronto se produjo el milagro ¡Maya apareció en la puerta con un blanco vestido de encajes! De un brinco me coloqué junto a ella y le di la bienvenida con un abrazo largo que me hizo perder la noción del tiempo. Le invité a sentarse, le ofrecí agua, un caramelo que traía en el bolsillo... si hubiera tenido el cielo, se lo hubiera puesto a  sus pies. Ella sonrío y paso su mano por mi mejilla. Con Maya, el mar y el sol, decidí que mi trabajo terminaría antes de lo previsto, pero apareció Lucy y luego de saludar efusivas, salieron del salón.

Una hora después estábamos buscando conchitas en la playa, luego tomé a Maya de la mano y entramos al mar. Discretamente la llevaba hacia las olas que nos alejaban de Lucy y en medio de esa nada nos dábamos besos pequeñitos y arrumacos ingenuos, hasta que llegaba nuestra chaperona con algún comentario divertido. La tarde magnífica lastimosamente no se detuvo, Maya debía partir pues sus padres se preocuparían. El viernes bajaría a La Unión y podía llamarle a la central de teléfonos y el sábado, podríamos encontrarnos en La Libertad. 

El viernes desde la cabina telefónica de San Pedro, hablamos largamente y el sábado salí de San Pedro raudo hacia la Libertad. Ella no apareció… Regresé al Arenal agobiado y luego de unas cervezas comencé a relatar a Miguel mi aventura en el Suspiro, relato interrumpido por sus exclamaciones caribeñas, ¡chico!, ¡cooooño!, ¡pinga!, ¡cojone´! Al final me dijo: Asere, lo siento, pero tú no vas a ver más nunca a esa gringa. Déjate de bobería´ y mete mano a la Lucy que está prendida de ti. La primera parte del comentario sentencioso me entristeció y la segunda me desarmó.

Desde la oficina central nos llamaban a los jefes de equipo para trabajar lunes y martes. Allí recibí una llamada de Lucy que estaba con Maya en el aeropuerto de Guayaquil. Escucharla de nuevo me emocionó, más aún cuando me dijo que si yo iba, ella cambiaría el pasaje. Respondí que partiría esa misma tarde y me dediqué a contar los minutos que faltaban, sin atender las indicaciones técnicas. Un par de horas después llamó Lucy de nuevo, me dijo que el pasaje no cumplió las condiciones de cambio y que Maya tuvo que abordar de inmediato.

Recordando la sentencia de Miguel, me puse a escribir una carta (eran los tiempos donde no existían celulares, las llamadas de larga distancia constaban un ojo de la cara y el correo electrónico era meramente institucional) y un mes después llegó la respuesta que terminaba diciendo: Maya, mi nombre, significa ilusión. Soy eso, una ilusión…

No supe más de ella hasta doce años después, en que la web me la mostró por casualidad. Su cabello, ahora castaño, iba recogido en un moño, lucía un nuevo modelo de lentes, adecuados para una profesora de ciencias en Nueva York.                      



Wednesday, March 26, 2014

Cicatriz

para SS y CL recordando los días lindos de enero

-          Mi tío Elías…

-          ¡Elías!, así se llamaba mi marido, me interrumpe emocionada la anciana que parecía dormirse, y carga a sus ojos aun hermosos con una vivacidad que se dirige al infinito.

Entonces Connie, la hija, va al estudio y trae unos recortes de periódico. Los titulares cuentan los eventos ocurridos en diciembre del 60, en Chilpancingo - Guerrero. En las imágenes se ve a la multitud corriendo ante las balas de los militares, a unos cuantos valientes enfrentándolos, a los caídos…

La madre mira de reojo las fotos y la vivacidad de sus ojos se diluye.

-          Elías era tan guapo..., dice.

Luego de un silencio dulce, se incorpora lentamente y se dirige a su habitación dejando su halo de sublime lentitud.

-          Este es Elías, mi padre, acota Connie, una vez que la madre ha entrado en su cuarto. Mientras acerca otro recorte de periódico donde se aprecia a una joven pareja. En la foto resalta la tristeza que la joven entrega a la cámara del reportero gráfico.

Se conocieron un año atrás, cuando paseaba por el parque. Ella era una flamante monja ranclada y él se ganaba unos pesos como fotógrafo aficionado. Era la pareja más dispareja. Marta, era rica y él pobre. Ella, educada, hija de un médico famoso de largo apellido, y él, un plebeyo fotógrafo autodidacta, que apenas  había terminado la primaria. Ella tenía 35 y él 21. Católica y protestante. Pero Marta siguió visitando el parque donde Elías tomaba fotos a las parejas de enamorados y a los niños con sombrero de charro a quiénes montaba en un caballito de madera. 

Les nació el amor y se casaron, sin el beneplácito familiar.

Pocos meses después, empezó la ciudad a convulsionarse. Los universitarios pedían autonomía para su centro de enseñanza, y vino una huelga general, mítines y la gran manifestación de noviembre.

La joven pareja había instalado su casa modesta. Ella trabajaba de maestra primaria  y él comenzaba el bachillerato nocturno, mientras seguía tomando fotos en el parque, en bautizos, primeras comuniones, matrimonios y “todo evento social”, como rezaba su cartel escrito con hermosa caligrafía.

El movimiento estudiantil ganaba más adeptos y a sus demandas se sumaron amplios sectores ciudadanos. El 30 de diciembre, un electricista colgaba, en un poste, una manta con consignas de los autonomistas, cuando un militar le disparó, dándole muerte instantánea. El hecho enervó a todos. Estudiantes, obreros, amas de casa, en nutrido grupo se concentraron en la alameda Granados, avanzando hasta la calle Galeana, donde fueron interceptados por un batallón de infantería.

Mientras la multitud se acercaba a Galeana, donde vivían Marta y Elías, éste preparaba su Kodak junior I, se acomodaba en la terraza y comenzaba las primeras fotos de la resistencia civil. Al pueblo desobedeciendo al General que les ordenaba abrir paso a los soldados.

La multitud se rebelaba al poder y el jefe uniformado ordenó disparar. Elías hizo lo mismo con su cámara; varias veces, en todas las direcciones y plasmó para la historia la enceguecida carga de los milicos contra sus compatriotas. La cajita de luz capturó la esencia de una mujer combatiendo cuerpo a cuerpo contra un cabo, los movimientos simiescos de la soldadesca avanzando sobre los cadáveres, la atropellada carrera de los que buscaban salvar la vida...

Hasta que para Elías todo se ennegreció.

Luego del sonido seco, sintió un golpe  en la cara, como dado por un mazo y una quemazón bajó rauda de la mejilla a la mandíbula. Una sola bala le destrozó el rostro y a su Kodak junior. No se supo si fue uno de los francotiradores apostados en las otras terrazas, con órdenes de disparar a civiles y soldados para crear confusión, o si la bala vino desde la calle.

Marta, a su lado, luego del grito, lo tomó en sus brazos. La sangre brotaba a borbotones empapándola y ella la secaba  con el pañuelito de seda que se sacó del cuello.

No estaba escrito que quedara viuda. La Kodak junior salvó la vida de su dueño.

La jornada dejó 20 muertos y decenas de heridos. Las fotos de Elías fueron el registro de la alevosía y desde los periódicos, mostraron a todo México, los eventos ignominiosos del día 30. Mostraron también a la pareja: Elías posando con un paño, que le cubre la quijada deforme, pero que no oculta la gran porción de gasa que cura la mejilla. La bella Marta mostrando su dolor al cronista.

La Universidad se acercó al matrimonio y Elías al conocimiento. Allí conoció más sobre la sociología rural, inició su militancia política y se convirtió en pionero de la ecología. El fotógrafo aficionado se transformó en un maestro respetado y querido. Recibió un homenaje del Estado poco antes de morir en su pequeño rancho, donde practicaba lo que predicaba.

La hija continúa evocando al padre y me muestra sus últimas fotos con la blanca barba crecida, que no logra cubrir la cicatriz de la mejilla. El hueco profundo que permaneció en la faz, quizás para recordarle desde el espejo, el giro del destino. A pesar de la marca y de los años, se aprecia la belleza del hombre. Marta tiene razón, Elías era guapo y esto me lo repite la expresión orgullosa que ella tiene en la foto junto a su marido. La mirada y la sonrisa de la esposa me cuentan que el maestro era además valiente y sensible, amoroso, apasionado, sabio….

Connie comparte conmigo más cosas de su padre, y deduzco que dejó de ser un fotógrafo asiduo. Una bala le cambió la vida. 

Thursday, February 27, 2014

Papá, mi ídolo

Ahora camina del brazo de mi madre, quién le tiene cada vez menos paciencia e incluso a veces le regaña. Sin embargo, en mi niñez y adolescencia, era un roble repleto de energía. El ídolo al que quería parecerme.

Mientras la mayoría de padres comienzan, digamos un miércoles, saltando de la cama, el mío llegaba a casa cuando despertábamos para ir a la escuela. Varios de los días llamados laborables, se asomaba apurado y se metía a la ducha, mientras mi madre nos vestía. Acomodaba el nudo de su corbata, cuando los chicos terminábamos el desayuno. Corríamos en su auto hasta la escuela y luego él iba a su oficina en el banco.

Desde el pupitre, compadecía a mi padre y su excesiva jornada de trabajo.

Los sábados llegaba con el nacimiento del sol y preparaba el desayuno familiar. Mi madre se levantaba al oírlo y le descargaba una buena dosis de su silente mal humor, el mismo que a papá  le resbalaba como si tuviera encima una capa de aceite. Entonces, él le mostraba las flores recién puestas en el jarrón, un collar de baratijas, un chal…, regalitos que junto a los piropos, atenciones y arrumacos, hacían brotar en ella la primera sonrisa. Se iniciaba el “finde” y los preparativos para el parque de juegos mecánicos, la piscina, la playa o visitar algún pueblecito turístico. Allí nos colmaba de golosinas, se volvía niño malo y nos inducía a contravenir las reglas de la madre. Los domingos, mientras mamá visitaba a los abuelos, los tres hombres partíamos al fútbol o al hipódromo, eventos que le provocaban hilarantes reacciones frenéticas. Por la tarde, traía la merienda para sus hijos en la forma de matahambres y la dejaba en la mesa del comedor, mientras él conducía a mi madre a la habitación matrimonial, donde se encerraban hasta el día siguiente.

Al inicio de la adolescencia, supe que en los encierros del domingo por la tarde mis padres follaban épicamente y que éstos encuentros y el galanteo de los sábados por la mañana, eran importantes detalles para evitar el divorcio. Mas los factores decisivos para exorcisar al fantasma de la separación, que siempre se cernió sobre nuestras cabezas, eran el cumplimiento impecable del rol de proveedor y cuidador del ayllu ejercido por papá y la resignada moral cristiana de mi madre, combinados en un entorno de sórdidos prejuicios sociales propio de la época.

Por esos años me di cuenta que mi padre no trabajaba en dos lados como me decía mamá. Corroboré que como todo empleado salía del banco más o menos a las cinco, pero él, en lugar de volver a casa, se iba de bares con sus colegas o de cena con sus amantes, terminando la noche convertido en el rey de la rumba y la bohemia.

Cuando me gradué del colegio y comencé a frecuentar la zona rosa, me enteré que mi padre era bien conocido en su ambiente nocturno como cantante y guitarrista de serenatas. Pero sobre todo, famoso por su asiduidad en discotecas, cabarets, moteles y burdeles. Descubrí también que ese ritmo de juerga permanente y trabajo, lo soportaba con algunos aditivos, entre ellos la cocaína.

Hace unos años, al viejo roble le diagnosticaron cirrosis hepática, y con ella mermó súbitamente su porte y esbeltez. Supe que el deslumbrante reflejo de mi ídolo, el divertido talante de mi padre, había opacado durante toda mi vida, a la heroína de la historia familiar. Mas mi madre con sus pasitos cortos sigue siendo el cayado del hombre que, discreto, le pide a mi hijo un cigarrillo médicamente prohibido. Ella es la compañera de quien, en la última reunión familiar, solicitó a mi sobrino incrementar el ya generoso taco de ron blanco, “para que la guitarra afine …”. Mi mamá, como siempre, cumple su resignado rol de esposa del irredento octogenario, cuyas pupilas invariablemente se iluminan ante la presencia de una mujer hermosa.

Tuesday, January 21, 2014

El último vuelo

A mi abuelo Adolfo, quien lo conoció…

Se levanta de la mesa y discreto, se dirige al jardín. Piensa que comió demasiado, que una corta caminata le ayudará. Mas esta le agita y se deja caer en el sillón de mimbre, junto a las flores, jadeando como si hubiera concluido una carrera.

En "La Victoria" se inicia una tarde totalmente luminosa, de esas que son comunes en esta latitud. Se acomoda y percibe frente a él, a lo lejos, ese pequeño bulto de nieve que se eleva entre las montañas rocosas. El Cayambe parece que también lo mira y el hombre evoca ese día en que yendo a Ibarra lo viera a su lado derecho, majestuoso y con su aureola nubosa. Ese fue su quinto viaje. ¿Fue en el 24?, se pregunta. 

El volar le había dado todo. Si en un inicio manipular los motores fue un juego motivado por la curiosidad, luego fue la chance de hacerse un oficio y después la lucha cotidiana por sobrevivir en las batallas aéreas. Acabada la guerra, las ganas de surcar el cielo se quedaron estancadas, hasta que un ministro de esta ínsula, conocedor de sus hazañas le invitó a su patria.


El sol canicular del valle serrano, le recuerda la llegada a Guayaquil con su monoplano. Desde que se embarcó en el “Bologna”, pensaba en el uso que daría a su máquina en tiempos de paz y días después de su arribo, la suerte le puso junto a Don José, uno de esos emprendedores propios de la región tropical. Con él introdujeron el servicio aéreo postal en Sudamérica y mientras repasa su llegada en el Salado con 500 postales conmemorativas del centenario de independencia, el recibimiento jubiloso y las fiestas posteriores, sonríe. Volvió a ser admirado, como en el 13, cuando impuso el récord  de velocidad, como en el 18, por derribar aviones enemigos.

Acomoda su cuerpo en el  mueble y trata de normalizar la respiración sin dejar de mirar al nevado.

Sí, ese viaje Guayaquil-Salado fue el inicio de los vuelos que culminaron con honores, cenas y damas hermosas abriéndole su casa y algo más. Miles de espectadores de las principales ciudades se  maravillaron al ver su cielo atravesado por la máquina. Temerosos y alegres, disfrutaban del crecimiento del avión a medida que se acercaba a la cancha de fútbol o a la chacra adecuada para el aterrizaje, para después subir en sus hombros al único tripulante. Todos lo adoraban, hasta el mismo presidente le invitó a formar la fuerza aérea nacional. La admiración  prodigada iba más allá de la que siempre provoca un europeo de ojos claros en esas tierras, donde esa fisonomía es per se una virtud. En su caso, tanto para adinerados como pobres, aristócratas y plebeyos, el era su héroe italiano. En verdad un héroe, pues antes de su llegada, los bucólicos habitantes no creían que un hombre simple y sin pactos diabólicos, pueda cruzar el cielo tal como lo hacían las brujas de sus leyendas. Ese era un motivo suficiente para venerar al bachiche loco y suicida que se lanzaba acompañado únicamente de su monoplano a viajes cada vez más largos y riesgosos. Era su símbolo viviente del progreso.
 


En la casa comienza la música y ésta hace girar la cabeza del aviador hacia el ventanal del segundo piso, donde una anciana gorda conversa animada. Rememora el día de su matrimonio con ella y los minutos previos a la ceremonia, donde le invadió una emoción similar a la de su primer vuelo. Ese mismo saltito del corazón que tuvo al dejar la tierra, cuando comenzó a surcar el cielo ignoto. La sensación de ser liviano como una pluma al atravesar las nubes y luego mirar el planeta a sus pies, como un ave, como Icaro.

Desde esa tarde del 52 se transporta al día de su matrimonio, 30 años antes, esperando al juez de paz. Ese día en el que se sintió tocado por la fortuna al desposar a Carmen. Da un largo respiro, y mientras exhala, se ve caminando con el uniforme militar por las calles angostas que llevan al Registro Civil. Los invitados festejando con él dentro del rico salón y afuera, los curiosos peleándose el mejor puesto para espiar, mientras los cuchicheos se multiplican desde los portales y balcones.

Le invade un pequeño amortiguamiento en el brazo, y es quizás este dolor el que le recuerda otros. Su primera visita a América y el deambular con su hermano por las plazas llenas de emigrantes. La búsqueda de chauchas en pos de algunas monedas para los padres que se quedaron en el norte. Los días de hambre de su infancia… La molestia sube a los hombros, él se afloja el cuello de la camisa y mueve el pescuezo para sentirse más cómodo. Mira otra vez a su mujer, que desde la ventana le regala un dulce gesto y en esos breves segundos vienen a su mente, todas las damas de alcurnia que le prodigaron sus atenciones antes de conocerla.

Carmen… A pesar de ser una viuda con cuatro hijos y llevarle seis años, lo enamoró con su belleza, su maestría culinaria y abnegación. Por su parte, el piloto de cabello ensortijado y apolíneo porte, además de sus proezas, tenía los buenos modales y la fogosidad de los sencillos hombres de pueblo, que contrastaban a la flema arrogante del marido difunto.

Empieza a sentir frío y cree que es mejor regresar a la casa. Suda, se apoya en el sillón, lentamente se levanta y gira para comenzar el camino de regreso. Un leve dolor en el pecho lo sacude hacia adelante y apenas puede apoyarse en un guabo. Mientras aguanta el sofoco, su mirada se posa en el Cotopaxi. Elia Liut, entonces recorre el trayecto de su primer acercamiento al volcán imponente, volando sobre  las hileras de montañas pequeñas. El milenario coloso impidiéndole el paso y Elia Liut elevándose sobre la corona cubierta de nieve. Abajo el cráter oscuro del apu, es como el ojo de un cíclope recostado, viéndole alejarse y seguir su ruta en el hermoso paisaje silencioso y nevado, en busca de otras cumbres.

En su cabeza vuelven a retumbar los motores del monoplano y su ser todo se sitúa en pleno vuelo. Siente el mismo saltito del corazón que tuvo la primera vez, la deliciosa soledad rodeándole, esa hermosa sensación de liviandad… Cuando el músculo deja de latir, él se encumbra como un águila, como un semidios.



Friday, December 06, 2013

Hotel Buenos Aires

A MA (+)

Arribé a la capital argentina, en diciembre del 2002, exactamente un año después de la peor debacle del país. El verano porteño tenía un gratificante calor húmedo, que contrastaba con la crisis, reflejada en los mandíbulas apretadas de sus habitantes.

Los taxistas, intérpretes precisos en todas latitudes, me fueron mostrando las varias aristas del momento sociopolítico. El que me llevó desde el aeropuerto, comenzó recordando a De la Rúa y describiendo los sucesos del año anterior, hasta que me dejó frente a una puerta en la calle Uruguay. Luego supe que me estafó unos dólares. El hotel donde me había dejado, se ve que fue lujoso en los 60´s y ahora quizás vivía de los residuos de su gloria, más lo sentí acogedor. Dejé las maletas y de inmediato comencé mi recorrido por la ciudad esplendorosa con un segundo taxista, quien cortés preguntó por mi nacionalidad y subrayó que desde hace algún tiempo mis compatriotas eran asiduos visitantes. Decidí bajar en la Plaza de Mayo y el conductor se despidió agradeciéndome por visitar su país y por traer divisas… 

Vi a las Madres en su ritual y a jóvenes vendiendo agua embotellada. Eran chicos de clase media, como yo, viviendo las consecuencias de un diseño económico igual al que comenzaba en mi país. Vi mi futuro con agravantes, ya que mi país es más chico y menos industrioso. Uno, que llevaba un carrito de bebé, me dijo -está cuesta cincuenta centavos más que en el supermercado, pero ayudás a mi hijo…- La compré de inmediato.

Luego disfruté de las librerías de Corrientes, el vino con bife en la calle Florida, las “manifas” de ahorristas golpeando con furia las puertas enlatadas de los bancos, pidiendo su dinero... Elegí ir a sitios específicos que el mapa me mostraba, museos y sitios importantes, como la casa de Borges. Terminé el día con té, medialunas y la “Influenza” de Charly en Puerto Madero, junto a una estudiante de medicina, que conocí en una función del Teatro San Martín. Ella fue para Quilmes y yo regresé al hotel en mi tercer taxi, cuyo conductor, serenamente, me dijo que era ingeniero químico de profesión y taxista desde la quiebra de su empresa.

Larrañaga, el recepcionista tan somnoliento como yo, me entregó la llave y al día siguiente elegí disfrutar la ciudad de a pie y subte. Caminé sin rumbo, por recovecos y calles no turísticas, viendo la vida cotidiana. Solazándome con las hermosas mujeres de caderas anchas y largas piernas que iban presurosas a sus trabajos, observando atento, en el vagón del subte, sus ojos expresivos y hermosas narices.

Fui al “Abasto”, nuevo mall repleto de promociones y de extranjeros que compraban en abundancia y me llevé algunos vinos finos para regalar. Contacté a un amigo y departí unas cervezas en Palermo, él me informó que esa noche, en una tanguería frente al parque Lezama, Beba Pugliese y otros talentosos darían un espectáculo para apoyar a los pobres de las barriadas. La entrada eran tres latas de alimentos en conserva.

Fuimos con Marta, una bella catalana que conocí en el museo de arte moderno. Disfrutamos del piano de Beba, del bandoneón y de las parejas tangueras de San Telmo. Comentamos sobre el ambiente extraño de aquel verano porteño y después de varias copas, asumimos las letras tristes. Nos contamos sobre los ex que nos abandonaron: su marido que se despidió con una nota en la mesa de cocina, donde decía que se le fue el amor; mi novia que me dejó semanas antes de venir juntos a su patria, donde todo me la recordaba... 

Ella salió de mi hotel en medio de la lluvia mañanera y un par de horas después, yo me levanté con la sensación agridulce de quien despierta solo, después de haber dormido acompañado. Fui al Cementerio de Chacarita, a dar mi homenaje particular a Discepolín y luego tomé un taxi para ver a Evita en el de Recoleta. Este taxista me alegró el día. Un tano gordo de cabello a lo “Papo”, paró el taxi a raya, apenas le dije el destino. Abrió su puerta en medio de la calle, se bajó y fingió marcharse.
- Habiendo tantas minas hermosas en la ciudad, me dijo, ¿vos querés ver muertos? ¡Yo rajo, el mundo está loco!-, continuó teatral, antes de lanzar la carcajada. El trayecto fue divertido, entre bromas “grasas” como dicen los “chetos”, con Sumo de fondo y el optimismo contagioso del tano al analizar la realidad. -Nací el día que cayó Frondizi en hogar pobre, me dijo desprecoupado; fui pobre con Alfonsín y seré pobre después del Cacho (Duhalde)-, sentenció al dejarme en la puerta de la calle Junín.

El resto del día vagué por el Once, hasta caer en cuenta que era 24, noche buena, y que mi ex cuñada me invitó a una cena temprana en su departamento de Caballito. Noté que sus nenas eran las dueñas del único dormitorio y que los padres dormirían en el sofá de la sala-comedor, por lo que me retiré temprano. Caminé por Rivadavia en dirección al centro. La ciudad se vaciaba, su gente apuraba el paso con las últimas compras hacia el hogar y la urbe quedaba desnuda y silente creando un ambiente adecuado para que yo pueda asimilar lo vivido y reencontrar mi soledad.

Arribé al hotel casi a las dos de la mañana del 25. La recepción estaba vacía, pero escuché voces en la salita interior. Larrañaga, una dama y cuatro hombres terminaban la cena. Uno de ellos besaba a la mujer y el otro levantaba los platos; el tercero servía vino y el cuarto afinaba la guitarra. Pedí la llave a Larrañaga y el que servía el vino me acercó un vaso.
-Si llegabas antes te servía un boloñesa- dijo. Agradecí la generosidad. -¡Bienvenido! Me llamo Miguel Antuni, este gigante es Funes y el enamorado Santamaría. El de la guitarra se llama Raval y cuando  deje de boludear nos tocará unos tangos, quedáte.-

Raval comenzó “Volver” y cantamos en coro. -¡Y el ecuatoriano nos salió tanguero!, sentenció Antuni, y patriarcal hizo callar al resto para que solo el músico y yo terminemos la canción. Aplaudieron, y entre tangos y milongas, supe que todos eran marineros provincianos que vinieron a Buenos Aires en busca de su jubilación o a cambiar “patacones”.  Recordaban sus días en Jaba o en Hamburgo con pícardía y se referían a Melbourne o Shangai como si fueran barrios aledaños. Pregunté si podía brindarles un vino y traje de mi habitación un par de las botellas de regalo.

Seguimos bebiendo y cantando tangos. Raval con su vozarrón evocaba al Polaco Goyeneche y Funes, por su bondad y sencillez, al gigante del poema de Hikmeth, más que a su homónimo memorioso. Santamaría y Rosa, su mujer, vivían una luna de miel e improvisaban una pista de baile, en especial con las milongas. Mientras Antuni me hablaba de su esposa rusa y del hijo que murió en Malvinas, Larrañaga relataba a Raval que nunca tuvo navidad con sus padres, pues los perdió en la dictadura...

Funes y yo trajimos más vino, él me invitó a visitar su natal Chubut y la mañana nos encontró a todos entre risas, abrazos y voces destempladas. Nos deseamos Feliz Navidad y fuimos a nuestras habitaciones. 


Me levanté a las dos de la tarde, ensayé una visita resacosa al Tigre, a mi regreso encontré el hotel vacío y la mañana siguiente partí para Iguazú. Volví el 3 de Enero y un Larrañaga profundamente triste me entregó las llaves. 
-Comenzamos mal el año-, me dijo en un suspiro. En seguida apareció Funes, el gigante de ojos azules. -Se nos fue Antuni-, dijo en voz baja. 

Me quedé inmóvil y ante mi mutismo, continuó su relato. El 31 hicimos un festejo igual al de navidad, te extrañamos para los tangos, e igual nos fuimos a la cama en la mañana. Para festejar el año nuevo, preparamos un carbonara, mas Antuni no venía. Raval golpeó la puerta de su cuarto y al no tener respuesta, Larrañaga lo abrió con la copia. Encontramos a Miguel inmóvil, se había ahogado mientas dormía.

Llorábamos los tres. Saqué una botella de vino de mi maleta y bebimos entre lágrimas silenciosas. El viejo generoso que me invitó a departir una de las navidades más bellas de mi vida, se había muerto. Pensé en su esposa rusa pobre y sola, en el hijo muerto en Malvinas, en Larrañaga y sus padres, en cada uno de los taxistas…  en el “Sur” de Homero Manzi…

En mi habitación, acompañado por la lluvia veranera, vino a mi mente quien no me acompañó a este viaje, el olor de su cabello castaño y sus insolentes ojos verdes, sus bellas piernas entrelazadas con las mías y su nariz larga en el beso esquimal... Evoqué la larga noche navideña caminando por Rivadavia, donde combatieron su recuerdo y mi soledad. Para evitarla, traté de pensar en Marta y luego en Santamaría bailando con su mujer, hasta dormirme. Por suerte, en mis sueños apareció Miguel Antuni cantando alegre y sirviendo abundante vino en el cielo de los marineros.

 
Foto última: Funes, Santamaría, Rosa, Alecksis, Antuni, Raval, atrás de la cámara Larrañaga

Friday, November 01, 2013

Mi amada Désirée

A CdR

Coincidimos en el restaurante de un hotel y coqueteamos al mismo tiempo. Le pregunté si podían servirme en su mesa y asintió. Se presentó como Désireé d' Harcourt y cuando dije burlón que me sentía honrado de cenar con una noble, me dijo suelta de huesos que era  la condesa Désirée Marie Evelyne Louise Dambrines d' Harcourt et Marais. 

Estudió negocios internacionales y por amor se fue con un ángel rubio a Berlin, donde trabajó en una multinacional de telecomunicaciones hasta que murió el amor. Se dio cuenta que cumpliría treinta y le vino una crisis existencial. Se sobrepuso al desamor y al avance de los años y decidió que era hora de perseguir su sueño, al que encontró en lo más recóndito de su alma: ser cantante y tocar la guitarra.

El cabello negro ondulado, delineaba el rostro oval y la nariz recta se enmarcaba entre los ojos claros y la boca mediana. Días después nos acostamos y pude verla desnuda en todo su esplendor, sus curvas seguían las medidas de la belleza griega y sus ángulos el trazo del deseo. La primera noche que entré en su cama conocí de verdad los placeres de la carne.

Decidió que mi casa sería su centro de operaciones, de allí partía cada semana y a su regreso me contaba emocionada sus experiencias de viajera. Graciosos hoyitos se formaban en sus mejillas cuando se refería al hotelero seductor, al atlético guía turístico o al paseante con el que compartía ruta. Un día me dijo que se iría a Colombia por quince días y tiempo después recibí una postal diciéndome que se quedaría un mes. Una noche llamé a su habitación y me contestó un  tipo, que según ella era su maestro de canto.

Regresó a los tres meses y me esperó con vino blanco y mariscos. Después se soltó el moño y el vestido frente a mí y me invitó a amarla. La cena fue un ritual de despedida y regresó a su Versalles natal. Los meses siguientes recibí un par de cartas y una última postal de París en verano. Eran los días sin internet. 

Désirée me llevaba seis años y la diferencia etárea era mayor debido a mis atribulados veinte y pocos que carecían de certezas.
Una fría tarde de noviembre caminaba en Montmartre y al ver una voluptuosa muchacha de cabello oscuro recordé a Désirée. Escribí en la web su nombre y en segundos, ésta me dio su dirección y teléfono. Nos identificamos en el auricular y aun con su voz ronca, quizás por la tos invernal, no paró de hablar.  Le propuse encontrarnos y me citó a la tarde siguiente. Habían pasado nueve años desde la cena íntima.

A eso de las cinco, Désirée me recibió en su casa de la Rue Letort. Subimos hasta su pequeño estudio repleto de empolvadas antiguedades y al quitarse el abrigo vi lo poco que quedaba del escultural cuerpo que compartió mi cama años atrás. Estaba delgada hasta la anorexia y sus manos huesudas acomodaban temblorosas mi ramo de flores amarillas.

Continuó el diálogo del teléfono, diciéndome que se recuperaba de una lesión a las cuerdas bucales ocasionada por esforzaralas demasiado. Luego descubrí que para curarse, se inventó una dieta donde el té, el pan integral, el zumo de limón e ingentes cantidades de miel de abeja, eran los únicos alimentos.

Sonó el timbre y el visitante resultó ser su hermano Yves, quien dijo algo y ella comenzó a gritarle. El hombre pidió el baño y al saludarme puso en mi mano un papelito, mientras Désirée continuó mostrándole que no era bienvenido. Cuando él se marchó, ella se excusó por el mal rato y colocó en el aparato de música a María Callas. Después hizo dúo con la diva, hasta que la mandó a callar. Siguió cantando sola hasta que me preguntó cual me pareció mejor y aduje que no sabía de música pero creía que ambas tenían una voz impresionante. ¡Pobre Maria Callas! dijo en español, ¡Pobre! !Soy mejor que ella! y apenas recobre mi voz, lo sabrá todo el mundo. Porque debo decirte, continuó con naturalidad, que soy una super dotada, mi coeficiente intelectual es algo superior a Van Gogh y algo inferior a Da Vinci. Reprimí mi sorpresa y ella puso en un viejo toca cassettes una grabación suya donde comenzaba una ópera. Engulló su brebaje de miel con limón, su rostro comenzó a ponerse triste y me dijo que necesitaba ducharse.

Al abrir el papelito que Yves dejó en mi mano vi un número de teléfono y una invitación a llamarlo. Aprovechando el sonido de la ducha, lo hice y él me pidió que no la contradiga, ni le provoque emociones fuertes, pues su hermana había salido hace un par de semanas de un centro de reposo psiquiátrico. Me dijo que a toda la familia le preocupó mi visita y vino para cerciorarse de que no fuera otra de las fantasías que Désirée inventaba desde hace varios años. Me rogó que le avise sobre cualquier comportamiento que maximice el delirio.

La ducha paró y Désirée salió sonriente. Me dijo que mi visita era una ocasión especial, hizo una llamada y al rato llegó un tipo con comida y una botella de vino. Ella no quiso probar los mariscos y solo participó del brindis. Después se sirvió un té con pan y comenzó a relatar los hechos posteriores a nuestra despedida. Clases privadas de canto y de guitarra, el difícil inicio profesional a los treinta y pico en una ciudad competitiva donde los ahorros mermaban con facilidad. Aún no terminaba la botella de vino, cuando me di cuenta que tenía pocos minutos para llegar al metro. Graciosos hoyitos se formaron en sus ahora pálidas mejillas, mientras me dijo que si bien alcanzaría el metro en la Porte de Clignancourt, jamás llegaría a la conección que me lleve a Chevaleret.

Me invitó a terminar la botella y conversamos un poco más, hasta que transformó el sofá en una cama y colocó junto a este una colchoneta. Dejó caer su salida de baño y su moño y vi de nuevo su desnudez, ahora lánguida. Me acomodé en la porción de esponja y ella en el sofá cama, mas cuando me quedaba dormido escuché que pronunciaba mi nombre en voz baja. Abrí los ojos y la vi erguida en su raquítico desabrigo, invitándome a compartir su lecho. Me negué cortesmente, pero insistió, nombró los viejos tiempos, me recordó la cena en mi casa y me pidió que por lo menos la abrace hasta dormirse. Apenas entré en su cama, sentí las sábanas empapadas en sudor. Quise retirarme, pero ella me comenzó a besar. Désirée me asió con brazos y piernas mostrando una fuerza inimaginable para su delgadez y siguió untándome con su sudor. Mentí que tenía novia y eso le hizo aflojar y ponerse a llorar, me contó de un reciente amor perdido y la consolé hasta que se durmió. Mientras me daba una larga y jabonosa ducha, resolví salir a primera hora de la casa.

Una Désirée exultante de alegría me despertó con un té. Me vestí raudo y le dije que estaba retrasado. Ella colocó una pista en el toca cassettes y comenzó a cantar a viva voz. Le dije que me tenía que marchar y quise empezar la despedida, mas ella siguió cantando con su voz enronquecida. Volví a decirle que me iba, teniendo por respuesta una elevación intensa en el aria. Entonces me dirigí a la salida y súbitamente comenzó a insultarme, me llamó grosero y primitivo ignorante que no valora la música culta. Me echó de su casa y cuando abrí la puerta, pasó sobre mi cabeza la taza del té. Mientras iba por el pasillo, escuchaba sus gritos que se volvían llanto. 

Desde la ventana me pedía que regrese, pero yo seguí imparable, abriéndome paso entre las miradas sentenciosas de los transeúntes que participaban de la escena. Una vez en el metro llamé a Yves y le conté lo ocurrido. Me dijo que él se haría cargo. 

Al colgar, pensé que a veces perseguir nuestros sueños cuesta demasiado caro y recordar amores anteriores puede dejarnos mal parados. Pensé que hay historias en las que nunca sabes hasta donde se extiende la verdad y desde donde el delirio llena los huecos oscuros. Hasta que punto la verdad importa, o es más valiosa la fantasía que nos cobija con un mundo más dulce. 

A veces miro en la pantalla de mi celular su número, y estoy a punto de contestar.