Friday, August 17, 2018

Claudia


La conocí en una Feria de Libro. Yo presidía una editorial y atendíamos el quiosco de dicha casa con un colega. Caminaba con su andar elegante, parecía flotar en el pasillo. Abstraída, miraba los estantes y los afiches de novedades. Era muy alta y su abundante cabellera rubia adquiría tonos diversos mientras avanzaba bajo las luces. Exhudaba el esplendor de las bellas damas que han arribado a la última mitad de sus cuarenta. Se acercó a un gran libro de pasta dura que se mostraba en mi puesto, un bien logrado volumen impreso en papel de lujo, con fotos, ilustraciones antiguas y bien escritas reseñas sobre mi ciudad. Ella lo hojeaba lentamente, yo miraba sus manos largas acariciando cada hoja con delicadeza, disfrutaba de su perfil sereno auscultando atenta, de su labio inferior, de su actitud de copista.

Me preguntó detalles y mi explicación histórica se transformó en diálogo, cuando comparó mi ciudad con Lima, la suya. Hablamos luego de arqueología, del mito y de la fiesta popular. Cuando aterrizamos en la literatura, me propuso ir por un café. Nos acompañaron César Vallejo y Julio Ramón Ribeyro. Se mostró fascinada ante Dávila Andrade y puso cara de niña al escuchar unos pocos versos de Arturo Borja. Vino más literatura, planetaria, universal, íntima, épica, erótica, romántica, fantástica…

Volvimos a la realidad cuando preguntó por mi vida y me contó parte de su historia. Claudia es la hija única de un promienente empresario. Ama desde chica la literatura, pero supervisa las sucursales de la empresa familiar en Ecuador y Colombia. Su padre le permitió estudiar su pasión en Estados Unidos, con el compromiso de que tome también materias administrativas y haga un MBA. A su regreso la puso a trabajar en todos los departamentos de la empresa, asistió en la gerencia de las sucursales peruanas y luego en las de Sudamérica. Ella leía y escribía poesía en los viajes. Su novela, iniciada en el pregrado, quedó inconclusa.

En Perú regresó a los amigos del Roosevelt, caro colegio limeño, tan diferentes de los bohemios neoyorquinos, Retornó al adolescente círculo de amistades, tan lejano a las discusiones sobre Faulkner, Pound o Ginsberg.  En el medio al que volvió, X se casa con la hermana de Y, su compañero de aula; y este a su vez con la prima de Z, familiar de X. Terminan todos emparentados. Claudia lleva casada 20 años con el tío de un condiscípulo, otro importante industrial. Como su padre, faltaba más...
-Unión de familias, unión de capitales- dijo Claudia y calló.

Sus ojos azules se tornaron melancólicos por un segundo y adquirieron un brillo acuoso que duró otro. Pero alzó su largo cuello, levantó levemente la barbilla e hizo un mohín elegante. 
- Disculpa si te aburrí con mi historia, me dijo. He venido muchas veces a Quito, pero jamás he estado en la ciudad vieja. Me dijeron que caminar allí es muy peligroso.

Su comentario me sacó una carcajada.
- Tal como lo suponía, acotó, ese miedo tonto que tenemos las élites a la realidad. ¿Quisieras mostrarme tu ciudad colonial? ¿Te parece vernos esta tarde a las cuatro? Aquí mismo. Mi vuelo parte a las once de la noche.-

Asentí. Ningún ángel guardián podría convencerme de lo contrario...

Al final del recorrido le pregunté si prefería un café junto a San Agustín o en mi departamento de San Blas. Optó por lo segundo. No fue un café sino una copa de vino, que antecedió a un beso, a su vez preámbulo de la fogosidad. Follamos, compartimos risas y letras hasta las ocho, cuando llamó al chofer de la empresa. En esos días el aeropuerto quedaba bastante cerca.

Mientras se vestía continuó su historia:
-Mi marido es un hombre bueno, pero somos diferentes. Sus únicos disfrutes son la cerveza, el fútbol y los viajes. Su alegría llega con el incremento de utilidades y con el triunfo del Cristal. Al inicio le leía mis poemas y él ocultaba la expresión de quien no entendió nada; años después reía burlón. Lee las contraportadas de los textos que reposan en mi velador y dice que admira mi capacidad de perder el tiempo con historias ajenas e incomprensibles.

Dos meses después Claudia me invitó a cenar al Hilton Colón. Conversamos sobre los libros de nuestro interés, subimos el ascensor besándonos apasionadamente y entre nuestros encuentros de deseo, escuché sus bien elaborados poemas. Volvimos a nuestros lugares de trabajo luego de desayunar. Celebramos ese ritual cada dos meses. A veces me leía párrafos en prosa de su cosecha y aunque le aclaré que no era escritor de oficio, ella insistía en conocer mi opinión sobre sus textos, tomando notas en una agenda.

Con Claudia conocí los hoteles más lujosos de mi ciudad, y cada parte del cuerpo de la poeta. Aprendí sobre literatura inglesa y a mirar desde otra óptica la poesía. Pero año y medio después del encuentro en la Feria del Libro, leía en la pantalla: “Estoy en Quito, pero no quiero verte. No está bien que nos veamos. Me estoy enamorando y no está bien que me enamore.”

El que calla otorga, y el que no responde un mensaje en su celular, también.

No negaré que dicho mensaje me dejó en la boca un sabor a caramelo podrido, esperaba que pasen sesenta días para comprobar si se impuso la empresaria o la estudiante de la NYU. Llegó la comunicación a tiempo: “Te espero en el Swiss Hotel a las siete”. La cena no fue literaria, ambos pusimos el corazón en la mesa, pero los besos en el ascensor fueron aun mas intensos, la noche fue de una pasión dulce casi silente. Luego de un desayuno cordial, nos incorporamos para la despedida. Claudia sacó de su bolso un libro, abrió la página en blanco y en ella estampó un beso de carmín. Era su novela. Quise felicitarla, pero ella llevó el dedo índice hacia sus labios. Sus ojos azules fueron invadidos por ese momentáneo brillo melancólico, pero tal como lo suponía, levantó el mentón e irguió su cuello largo. Tomó su bolso y comenzó su caminar elegante. A pocos metros volteó el rostro, pude ver dos lágrimas delgadas en las mejillas. Apresuró el paso. No la he vuelto a ver.

Tuesday, July 03, 2018

Las mujeres de Bustamante


Para Anilú, compañera de aventuras

Avanzábamos por la carretera, atravesando el seco y desértico paisaje nordestino. Íbamos al Viernes Santo en Bustamante, donde el Señor de Tlaxcala se acerca de nuevo a su pueblo. Cuando Anita quiso reservar un hotel nunca le contestaron, pero estaba segura que en un pueblito pequeño que tiene tres hoteles, sería fácil hallar hospedaje. Pregunté en la recepción si tenían habitaciones, la encargada me miró risueña y dijo que no. 

Desconocíamos que en Viernes Santo, al pequeño pueblo de Bustamante, llegan sus hijos de todos los rincones. Los autos que repletaban las calles tenían placas de varios estados mexicanos, de Texas, Arizona y hasta de Colorado y California. Para el Viernes Santo, la reserva de hoteles se hace en agosto, cuando los bustamantinos llegan a la fiesta patronal del Señor de Tlaxcala, cuyo clímax es la peregrinación del 6, que caiga el día que caiga, siempre contará con fieles.Visitamos los otros dos hoteles sin obtener habitación. Nos detuvimos frente a una casa, cuyas ocupantes la adornaban para la procesión de la noche, cuando una joven señora desde la puerta me dijo:
- ¿Usted estaba en el hotel, verdad? Señalando la casa del frente, continuó, esa está alquilada, pero no llegan, de pronto traten…-

Preguntó el número de teléfono a su madre, a la tía que acomodaba encajes sobre los dinteles, a su hermana que escribía un Ave María en una cartulina.  Las casas de Bustamante se alquilaban para los visitantes, las casas de los abuelos fallecidos, inhabitadas durante el año, se abrían para albergar a los descendientes, a los primos y a los amigos que revivían sus días de infancia y se reencontraban. Mientras Anita al teléfono pedía si nos pueden rentar un cuarto, Miriam, la joven señora me preguntó de dónde soy. Cuando dije que era ecuatoriano, apareció un brillo en sus ojos.

La casa no estaba disponible. Agradecimos a las amables mujeres y nos resignamos a buscar hotel en el pueblo vecino, pero antes de llegar a la otra esquina, una chiquilla corriendo nos dio alcance. Era la hija de Miriam.
 -Dice mi abuelita que si desean pueden quedarse en el cuarto de sus abuelos.-

Con la generosidad tímida de la gente sencilla, Encarna, la madre de Miriam, nos dijo que ese cuarto aún tiene las paredes de adobe y sigue con piso de tierra, que esa parte de la casa, que en la puerta principal tenía inscrito 1868, aún no había sido reparada, pero que si queremos, nos pueden acomodar un pequeño catre. Miriam y su hermana Nancy nos hicieron pasar, mientras la tía Gregoría diligente fue a buscar las sábanas.
 -Pueden llegar a la hora que quieran, dijo Nancy, nos quedamos jugando ruleta hasta las tres de la mañana. ¡Hasta las siete a veces!, acotaba Miriam.-

Los faroles del pueblo se apagaron, los alrededores de la iglesia se llenaron de gente y se formó la procesión. Un tambor avanzaba lúgubre desde la iglesia y junto a él hombres encapuchados y con cadenas en los pies, caminaban lentos y compungidos, luego lo hacían las mujeres, las doncellas y a los lados de la procesión los jóvenes cargaban las antorchas. Finalmente salía el poderoso Señor de Tlaxcala y comenzaba a caminar la procesión. Se detenía frente a una casa, en cuyo frente estaba un pequeño altar con fotos de los seres queridos fallecidos y con oraciones en cartulina. La matrona de la casa, rezaba un padre nuestro y daba unas palabras recordando a sus ancestros, la procesión respondía y luego seguía su lento caminar hasta otra casa en la cuadra siguiente, ahí se repetía el ritual. Los jóvenes encendían las antorchas que se apagaban, las doncellas emulaban a vírgenes María luciendo coloridos vestidos con imágenes de la Guadalupe y de los santos. Anita y yo íbamos en la procesión silenciosos, nos había invadido esa fe popular tan verdadera. Yo a veces rezaba con la multitud las oraciones católicas de mi infancia, que creía olvidadas.

Llegamos de nuevo a la iglesia oscura y pía que contrastaba con la feria instalada al otro lado del parque. En esta los puestos de comidas y los juegos mecánicos iluminaban al pueblo con su luz y alegría. Luego de un par de margaritas y unos tacos, regresamos a casa. Nuestras anfitrionas nos hicieron pasar al patio central donde habían instalado unas mesas y alrededor de ellas primos y vecinos conversaban animados. Nos brindaron cerveza y capirotada, un pastel propio de Semana Santa hecho sobre un refrito de vegetales cocidos, nueces, quesos y diversos tipos de pan. Miriam me dijo:
 -Cuando dijiste que eres ecuatoriano, pensé que era una señal. Mi hermana conoció un paisano tuyo de Tena en la universidad y ahora con eso de las redes, están cercanos. Quien quita que se juntan. -

En la casa de atrás, una pequeña orquesta tocaba corridos a todo volumen. Anita y yo nos acomodamos en el catre mínimo. Con los últimos corridos y el naciente sol nos levantamos y vimos en el patio a la tía Gregoria preparando el desayuno. Nos íbamos a despedir, pero ella repuso: Primero un café. Mientras Anita ayudaba a ordenar y yo barría el espacio, la tía me preguntaba sobre Ecuador, mencionó también al amigo de Tena de su sobrina, nos contó sobre la organización que hace la familia para que un vecino, de los pocos que quedan en Bustamante, haga el mantenimiento semestral de la casa.

Luego del café y un cigarrillo me acerqué a doña Gregoria para pagar por el hospedaje. Ella se negó rotunda:
- ¡Eso jamás! Para ustedes yo fui un ángel, quizás un día en media carretera se me daña el carro, y si les cobro ahora, no me aparecerá ningún angelito.-

Nos dio la bendición, la abrazamos y nos fuimos. El Sábado de Gloria iniciaba con un sol espléndido en los dominios del Señor de Tlaxcala. En el corazón de Anita y en el mío, ese día nacía con el calorcito de la felicidad regalada por las mujeres de Bustamante.