Tuesday, July 02, 2019

Oma en opa



Ellos aparecieron con mi mundo y de mis 6 a mis 7, fuimos sólo los tres en la gran casa. De él aprendí desde historia universal hasta matemáticas. Con ella, historia sagrada, leyendas, latín y kichwa. Antes de que saliera el sol se respondían: ...Virgo veneranda, ora pronobis. Virgo predicanda, ora pronobis. Virgo potens... A veces, mis despertares insomnes me hacen escucharles en su letanía matutina.

Me dicen que cuando recién llegué a ellos, él me tomaba entre sus brazos y a sus 72 años obedecía mi mandato: Prenda la luz /apague la luz. Y pacientemente Juan Adolfo Bernardo movía el interruptor, disfrutando de mi arrobamiento ante el cambio luminoso. Me dicen que apenas llegué a sus brazos, me acunó en blancos pañales recién planchados y cobija bordada por ella misma y que meses después, Isabel Amada Ángela me paraba sobre sus muslos, tomaba mis brazos, cantaba y me hacía bailar.

Desde que le recuerdo, él era mas bien serio. Su úlcera estomacal le jugaba malas pasadas, le ponía irritable y entonces evitábamos contrariarle. Cuando, imagino el dolor era irresistible, tomaba un buche de “Magnesia Philips”, respiraba y hasta sonreía. En los almuerzos, con fino humor negro destazaba a los políticos. Con su fina ironía, comentaba la cotidianidad, las actitudes de los vecinos que a él le parecían torpes, ingenuas o cortas de inteligencia. Me encantaban sus libros repletos de perfectos dibujos en blanco y negro. Respondía a mis preguntas sobre esas páginas y me generaba a su vez otras, que debía descubrirlas en esos libros de pasta dura y lomo de cuero. Cada cierto tiempo, para ver si caía en mi trampa, le planteaba la única pregunta sin respuesta: -El misterio de la Santísima Trinidad, ese que ni los doctores de la iglesia han podido dilucidar-, decía solemne.

Mi recuerdo de ella, se asocia a unos pequeños ojos claros de dulce mirar. Menuda, ágil, siempre ocupada. Iba a visitarla en la cocina o mientras bordaba, para que me cuente sobre sus días de escolar con las monjas. Me fascinaba escuchar las largas y rimadas poesías, que brotaban desde su memoria prodigiosa, las canciones, los consejos para ser buen cristiano, la vida de los santos, las oraciones y refranes: -Hijo, para ser feliz en la vida hay que ser tres cosas, boca callada, mano segura y pie de candela- Desde esa lógica de agilidad y agencia, ella arrojaba un manojo de agua en un ladrillo y me decía, si regresas con el mandado antes de que se seque el agua, tienes un premio. Yo partía raudo y feliz, sabiendo que a mi regreso, a pesar de que el tendero se hubiera demorado, recibiría un puñado de habas tostadas, una deliciosa tortilla sacada del tiesto, un bien escondido chocolate, o si estaba bordando, el premio mayor: mirar desde sus impertinentes, los detalles de sus cientos de postales y estampas.

No recuerdo haber visto a papá Adolfo sin traje. Jamás en mandil para hacer sus actividades artesanales, ni en mameluco para el arreglo de las plantas en la huerta, siempre de terno. Puedo ver con nitidez mi propia expresión de curiosidad, al mirarlo untar la brocha en el jabón, y afeitarse con la máquina que contenía en su interior una hoja de Gillette. A veces, imagino al cortarse, le recuerdo imprecar contra su “barba cruzada”. Como si fuera hoy, lo miro acomodándose el nudo de la corbata, el chaleco, la leva y solo entonces, al colocarse el negro sombrero de fieltro, asumir la actitud de quien va a enfrentar al mundo. Cuando me pillaba mirándolo, me decía: – Recuerda, el hombre siempre debe estar futre-. Cuando tenía que salir a la calle, en las frías tardes de la ciudad andina, pedía a mi abuela que le pase el panachó negro, con largas zancadas marchaba por el pasillo y su silueta me parecía todavía más elegante.

Mirar a mamá Isabel acomodarse el moño y calzar tacones, me provocaba un reflejo condicionado que contentaba mi panza. Acomodar el cuello de su blusa de encajes, o colocarse la mantilla, eran señales de que iríamos al centro de la ciudad, a comprar hilo de bordado o a la iglesia; pero después terminaríamos en el mercado comiendo mote con “carne ñuta”, el delicioso cerdo hornado con el agrio más agrio del país, y bebiendo “rompenucas”, deliciosos jugos de fruta, aderezados con alfalfa -buena para la sangre y la memoria- y enfriados con hielo del mismísimo Chimborazo.
Eran los domingos, los días en que disfrutaba largamente de ambos. Mamá Isabel, mientras me peinaba, me ayudaba a vestir el terno generalmente azul y la almidonada camisa, para después comenzar la larga caminata hacia la “Loma De Quito” - la iglesia donde no van los cholos-. Allí debía soportar con corrección y silencio el ritual, moviendo la cabeza sin ser notado, para mirar a las lindas chiquillas de largas cabelleras, ojos claros y vestidos vaporosos, hijas de los barrios ricos. A la salida del templo, mis taitas iban silenciosos, repasando el sermón, -sintiendo la comunión en el corazón-. En el parque, soltaba sus manos y corría hacia el columpio y la resbaladera, mientras ellos buscaban una banca para charlar y tomar el sol.

Una fresca mañana dominical, mi viaje en la resbaladera terminó en un inmenso charco, que me empapó y llenó de lodo por completo. Los tres nos miramos estupefactos, los tres reímos. Evocar esa mañana fría, me hace dar cuenta que quisiera por un instante, estar entre ellos, tomado de sus manos. Sí, ahora, cuando yo mismo podría ser abuelo.

Sentir la risa de mis 7 años, me da paz.
Son las 4 y media de la mañana y comienzo a sentir por fin el relax previo al sueño. Desde el cuarto contiguo, que sé que está vacío, viene un débil murmullo, que poco a poco se hace más audible: … Mater intemeráta, ora pronobis. Mater amabilis, ora pronobis. Mater admirábilis...
-¡Adolfo, despierta!, te estás quedando dormido -  Mi abuelo responde la letanía con el ora pronobis y desde mi cuarto, yo también lo hago. Miro con alegría, las anchas paredes de adobe, el techo estucado de donde aparecen indiscretos un par de carrizos, el catre de madera rústica y al Corazón de Jesús observándome desde un cuadro. Por un momento pensé que no los encontraría al despertar, pero sé que se levantarán luego de la frase mágica que marca el inicio del día: Per eúndem Chrístum Dóminum nostrum.

Thursday, June 06, 2019

Margarita



 A GVDV

Finalmente me acomodaron en el número 32 de Lierstraat, cuarto número 408. Una residencia estudiantil sin nombre particular en pleno centro, casa antigua muy bien mantenida, con  amplias cocina, sala de televisión y lavanderías, con mesa de pinpón y un hermoso jardin. Eramos veinte residentes, diez y seis belgas pobres, ocho de cada sexo y cuatro extranjeros, un nigeriano, un chino, un vietnamita y el ecuatoriano que escribe.

El inicio del año lectivo, y de la convivencia fueron agradables, los belgas eran en su mayoría descendientes de aquellos italianos que llegaron a trabajar en las minas de carbón de Limburg o de los marroquíes que vinieron a reconstruir el país en la postguerra y que se mezclaron con los locales. Poco a poco fui conociendo a los chiquillos de pregrado, que  tenían como afición pasarse largas horas frente al televisor. Unos cuatro disfrutaban de los amplios cuartos del jardín, a cambio de brindar apoyo a un estudiante con discapacidad. Durante ese primer semestre, uno de esos cuartos pasó vacío, quien lo habitaba fue a Sevilla a realizar su intercambio estudiantil y regresó en febrero. Conocí, entonces, a Margriet Van Halen, de quien ya me habían hablado. La empatía fue instantánea y conversamos desde el incio en castellano. Ese aire español que traía, facilitó su ingreso al básico universo latino de merengue, tequila y mojitos. Vinieron las películas argentinas, las clases de salsa en el bar cubano y meses después los paseos al lago, donde nos poníamos el bloqueador mutuamente. 

Un sábado de verano, Margarita, como la llamaban mis amigos, me invitó a un asado con su círculo flamenco.  De vuelta a la residencia me di cuenta que Margarita significaba mucho más de lo que creía. Esa linda amistad de meses, con salidas continuas y largos diálogos, había mutado en algo diferente. ¿Estaba enamorado de ella? La respuesta era afirmativa pero no podía aceptarla, pues tenía una amante y una novia de viaje. Aunque con esta última habíamos quedado libres, pensábamos retomar las cosas a su regreso. No puedo dañar la amistad con Margarita, me dije. No viejo man, no metas la pata. Esas reflexiones racionales y hasta paternalistas me frenaron.

Pero el amor es más fuerte, dice Tanguito, y una mañana nos cruzamos con ella en la lavandería de la residencia. Todas las reflexiones de la noche post asado cayeron en saco roto. Sin el menor preámbulo le dije que estaba enamorado de ella. Margarita se ruborizó, sonrío, me dio un besito ínfimo en los labios, como acercamiento de colibrí a la flor y salió corriendo. Yo no hice nada. Me quedé mirando los giros que daba la ropa dentro de la máquina de lavar, mágico ojo de pez que como un caleidoscopio proyectaba las imágenes que surgían de mi interior acompañando al arcoiris artificial que forman la luz y el jabón en movimiento. Me quedé estático, contento y liviano.

Margarita compartió con sus amigas el hecho, mientras yo estaba dispuesto a terminar todo con mi amante, a llamar de inmediato a Saigón y confesar que, sin haberlo planeado, el amor sitió mi fortaleza y terminé rindiéndome. Pero los chismes aletean más rápido que los abejorros. Margriet al enterarse de mis contigencias, construyó de inmediato la imagen del latino seductor que quería jugar con ella y me odió. No me quiso escuchar, me aplicó la ley del hielo, hizo lo que pudo para que mi estancia en Lierstraat fuera horrible, sin lograrlo gracias al cotidiano consuelo femenino.Y aunque sus bellos ojos azules brillaban furiosos al verme entrar con otras chicas, ella pretendía indiferencia. Si nos cruzábamos en cualquier lado, comenzaba a coquetear para darme celos. Aunque no se hacía de ningún novio, trataba a toda costa de hacerme saber lo contrario. Y cada día se ponía más bella y sentir su belleza cada vez más lejos de mí, me dolía. 

Poco a poco, esas imágenes que esa mañana surgieron en mi caleidoscopio jabonoso, se fueron desvaneciendo entre estudios, viajes y fiestas. Mucho ayudó salir de Lierstraat, un año después del incidente. Aquel rollo de cinta fotográfica creado por mi cabeza loca y surgido en cada giro de la máquina de lavar, se tornó borroso lentamente. Quizás por que hace pocos días fue el cumpleaños de Margarita, volvieron décadas después las escenas imaginadas, tan vívidas como románticas y cursis. Desde mi oficina de académico, en las nubes que se agolpan, se proyecta en technicolor, atrás de la ventana, esa película casera estacional donde me veo de nuevo cicleando con Margarita hacia el lago Rotselaar y besándonos en su orilla. En otra escena limpiamos juntos las innúmeras hojas del jardín y en otro acto caminamos de la mano en la frías noches de invierno. En la construcción casi onírica, estoy con Margarita buscando en el nacimiento de la primavera, una vieja casa, en los pueblos aledaños a Leuven, para comprar y remodelarla juntos, de acuerdo a las costumbres flamencas. Nítida reaparece la fantasía, a pesar de los años. Mientras escribo estas letras, vuelven aquellas imágenes provocadas por su beso pequeño. 

Entonces convoco también al recuerdo. Cierro los ojos y aparece Margriet Van Halen enfundanda en el bikini blanco, se acuesta boca abajo y empiezo a untar en su espalda el bloqueador solar. Ella cierra los ojos y dos hoyitos aparecen en sus mejillas. Luego le doy la mano para que se levante y sin soltarme, como si estuviera en el Ganges en un ritual,  ingresa lentamente al lago Rotselaar. Entro con ella y avanzamos hasta cuando los pies no tocan piso y tomados de la mano reimos en medio de la soledad líquida. Abro los ojos y estoy en medio de la nostalgia magnífica. Voy al ordenador, la busco en el facebook y veo la foto de perfil de la soltera doctora Van Halen, que me sonríe otra vez. Miro sus bellos ojos azules en la pantalla y no puedo evitar un suspiro.
Resultado de imagen para mujer con bikini blanco de espaldas en el lago

Wednesday, March 27, 2019

La dama del clavel


A B.Z.


La feria de Cali es imponente, las calles están repletas de gente y el salsódormo hierve de música y alegría. Gente por todos lados, caminando, bailando, tomándose una cerveza en el calor delicioso de la tibia, bulliciosa y verde Cali.  Todo esto lo viví la noche anterior a esta, en la que estoy en casa comentando desde mi celular en facebook. Mi cachaco amigo Camilo, me responde “Cali es Cali,… ¿Y usted que hace metido en casa a esta hora???”. El no sabe que estábamos haciendo tiempo pues mi amiga Ceci, caleña de pura cepa, bautizada en el Pance, conocedora de “la movida”, así lo había dispuesto.
-No, mijo,  todavía no. Todo está repleto-
Recién a las once de la noche llama a su amiga Dafne  y partimos desde “El Ingenio” al tradicional Tintindeo. Arribamos en medio de un tráfico como si fueran las 9 am. En la vereda están decenas de personas refrescándose con una cerveza o fumando un cigarrillo. En la puerta, el cuidador nos dice, si quieren pasen, pero no se si puedan bailar. Nos miramos los tres, Dafne y yo no nos animamos, a Ceci le permiten subir para ver el ambiente y baja de inmediato.
-Nooo, marica, ahí no hay donde poner un pie.-
-Vamos al Malamaña, dice Dafne.-
Taxi al Malamaña, las calles aledañas al parque repletas de gente, y las que quedan cerca a esta otra salsoteca de igual forma.  Apenas nos acercamos a la puerta del “Mala” ya sentimos un vaho caliente, que viene del interior, como esos que uno siente al aproximarse a una cocina de restaurante grande, o como el que emana de las lavanderías cuando funcionan todas las máquinas de secado.
-Uy, esto está peor, china.
-Devolvámonos p’al Tintindeo...  
Y otra vez el retorno del jedi, vuelve el perro arrepentido, la vuelta del músico. En este caso, la de los que quieren darse unos buenos pasos de salsa, ya que esto es Cali y lo demás es loma. Arribamos a las doce y media de la noche, el tipo de la puerta nos dice que sigue lleno, pero que sí podríamos bailar medio apretujados. 
El Tintindeo está como siempre familiar y animado, la buena salsa vieja, las cervezas heladas, las parejas que bailan despreocupadas, sin querer mostrar experticia. Tenemos poco tiempo pues a las dos y media comenzaran a cerrarlo. Entonces a bailar se ha dicho. Entro yo canchero, con mis zapatos rojos, con una guapa a cada lado. Lo más normal, nadie se me queda mirando. Ceci, es una caleña hermosa, la latina recontra mami de las revistas o de las pelis. Alta, morena, con ojos grandes y nariz respingona; hermoso cabello azabache ondulado y un par de ojos brillantes y oscuros. En la universidad belga donde estudiábamos, a veces la confundían con brasileña porque además de su sonrisa perfecta y escandalosa tenía unas caderas y unas nalgas ¡que pa’ que le cuento, papá!. Dafne, es una descendiente de alemanes y rusos, étnicamente es como ellos, blanca-ojoclaro-castaña…, pero si la oye hablar, gesticular, bailar, resulta que es más caleña que el Deportivo verde y blanco. Y como le dice Ceci con sorna, para ser alemana tienes tu culito.


Y con ese par de beldades estoy yo en la salsoteca más bacana, pero como camarón que se duerme… ¡ceviche!, mientras pido cerveza en la barra, alguien saca a bailar a Dafne. Me apuro con el pedido, por que si no se me llevan tambien a Ceci. Y dale, a gozar de la rumba del grupo Niche, hasta que luego de un par de piezas, un conocido de Ceci de la universidad, la invita. Yo bailo con Dafne conversando de filosofía (!?). Cervezas van y vienen. Risas a montones, luego de algunas piezas y unas pocas bielas, voy al baño, donde un man hace que se lava la cara, aunque todo el cuartito tiene un olor intenso a cocaína. Las parejas no paran. Un gringo invita a bailar a Dafne y ella le rechaza. Es solo por gringo, pienso, y como si me leyera el pensamiento comenta.
-Esos maricas no saben bailar, es morirse de iras, nada más.

Una irlandesa medio borracha alaba mi camiseta de flamencos y me saca a bailar, aun cuando ella no sabe hacerlo (me recuerda a mi mismo una década atrás poseído por la osadía que da la borrachera, invitando, en la tanguería  “Torcuato Taso”,  a una cordovesa que en media pista no sabía si romper a llorar o salir corriendo. Años después ya de aprendiz, me avergoncé aún más de mi herejía). Cuando termina el set viene el irlandés borracho (perdón por el retruécano) y se la lleva. Mis dos amigas bailan fabulosamente con dos de sus conciudadanos. Alzo mi vaso de cerveza mirando al infinito y del infinito emerge ella. Tal como en las películas de "Tristar pictures" aparece el pegaso, así aparece ella.  ¡Uy, marica…, me quedo boquiabierto! 

El cabello negro azabache brilllante, con rizos gruesos que dejan ver la mitad de una oreja, pues la otra mitad esta cubierta por un clavel rojo. Los ojos grandes, y verdes como la bandera del América, inscritos en un piel blanca mate, los labios rojísimos con ese rastro de carmín que si lo sigues con atención te coloca en el infierno. El vestido negro que muestra ambos hombros y ese camino a la perdición que son la juntura de las tetas, que en el caso de la dama del clavel son abundantes y seguro estoy que duras. La cintura, por suerte no es de avispa, hace notar las caderas amplias que resaltan en la falda negra, que se extiende hasta un par de cuartas más arriba de la rodilla, pues una franja roja horizontal indica que es el fin de la tela y el inicio de las desnudas piernas macizas. La dama gira y al mirarla de perfil, me trae a la memoria las palabras del abuelo tumaquense Concepción Banguera, que a sus 97 años, mirando muchachas bellas, decía nostálgico: Ahí hay para comer y para guardar. Lo poco que se percibe de los muslos es el origen de dos pantorillas bien labradas (¡qué batata, loco!) y que terminan en pies delicados envueltos en zapatos rojos... como los míos. Es una señal, me digo.

Ahora, imagínese papá, todo eso que le cuento ¡en movimiento!. ¡Nooo, marica! Me tomé la cerveza de un tirón y me dije ¡yo tengo-debo-estoy obligado a bailar con esa mujer! Pero apenas coloco el vaso en el mostrador, para salir sopaldo, un negrón de dos metros de altura la invita. Para la próxima, póngase aventado, me digo, ...que esto no es Quito. Pero bien valió la espera, pues el espectáculo de baile que dieron esos dos fue una oda al erotismo. Un homenaje no solo a la danza, sino al mismísimo Eros, a las bacantes y hasta al modosito Apolo. Ahí estoy como un sátiro viendo a  la ninfa-dama del clavel cerrar los ojos, mientras es conducida al ritmo de Willie Colón, ahí la veo pegar su pubis a la pierna de su pareja, apretujarse con el gigante inexpresivo o disimulador. En otra vueltecita suavezona la miro abrir ligeramente los labios. Sí mijo, asimismo como usted está pensando, como cuando el clímax viene. Y la dama del clavel sigue con los ojos cerrados, las pestañas largas que no quieren despegarse. Como diría Pedro-chamo: la coño e’madre me va hacer ensuciar el interior. Sigue el Willie Colón y ya mismo le digo al basquetbolista bailarín: hermano ya pare esa huevada y llévela a un motel de una buena vez. Tenga, le doy para el taxi.  

Vamos discman, acabe ese set, que ahora me toca a mí. Y el set acaba, ¡aleluya! el mínimo silencio hace que ella abra los ojos aletargada. El gigante inexpresivo se retira, con la cara que tendría Michael Jordan después de haber ensayado lanzamientos al aro antes del partido. Voy a por ella y ¡zas! ella se pone a conversar con un tipo que trae una guitarra. Llega Dafne y le pregunto si es descortés sacarla a bailar, interrumpiendo el diálogo (siempre, cojudamente, puede invadirme la sensibilidad cultural o la timidez serrana). Me dice: Nooo, no, tranquilo, usted vaya, la saca a bailar y si ella quiere pues el resto que se joda. Giro otra vez, dispuesto, pero ¿qué veo? la guitarra reposa en el suelo y el hipster sandaliudo está en la pista con la versión caleña de la diosa Afrodita.
¡Por la puta del obispo y del santo papa! me digo para mis adentros, estoy más salado que calzoncillo de marinero. Ya nada brother, no es nomás. Por suerte, se aplaca un poco mi comemierdismo, cuando para la música y anuncian que ya mismo cierran. Mi diablo interior me abraza, sonríe y me dice malvado: por lo menos se quedó el hipster a medias. Y tengo un contento similar al que sentiría el perro del hortelano. Dafne, gentil, me propone tomarnos la última y luego llega Ceci, sudorosa y alegre. Brindamos los tres. Abrazados, bien bailados y un poquitín borrachos, bajamos las gradas.
En el taxi sigo pensando en la dama del clavel.