Thursday, June 14, 2012

Rostros del Sur en el Sur: Gerardo

A EG , en su día y a PM que vivió esa historia

Como cada día, los mosquitos zumbaban en enjambres buscando nuestras orejas. Sin embargo, ese día era especial y se reflejaba en nosotros, en unos desde un ligero brillo en las pupilas, en la sonrisa que contagiaba al interlocutor; en otros, desde la locuacidad y las bromas intermitentes. Solo Gerardo fumaba silencioso y de vez en cuando posaba la mirada lejana en las estepas.

En medio del intenso calor de siempre, arribó el jeep con la comunicación oficial. Varios nos acercamos como chiquillos ante el camión de los helados. Nuestra misión llegaba a su fin y nuestro equipo gradualmente retornaría a casa. Gerardo, desde la caseta-consultorio, sacó levemente la cabeza y siguió preparando la inyección para su paciente.

Pensar en el regreso era agradable y en nuestro caso significaba menos horas de trabajo extenuante y cierta reducción de la impotencia cotidiana ante la falta de instrumental y de medicinas. Quedaban atrás meses intensos de trabajo y solidaridad con el dolor de centenas de hombres y mujeres y también de centenas que morían tarde o temprano. Parte de ese dolor lo viví yo mismo, invadido por el paludismo, cercado por el escalofrío, volando en fiebre y con la náusea constante. También viví los abnegados cuidados de mis compañeros, especialmente de Gerardo.

Cerca de la partida, pasaban las imágenes de quienes diariamente llegaron con ébola, malaria o enfermedades venéreas. Recuerdo su genérica esperanza y su certeza en que podría curar familiares crónicamente desnutridos, al abuelo que cumplía su ciclo natural y a las extremidades invadidas por la gangrena. Llevaba conmigo también la íntima desesperanza, de saber el fin de los pacientes terminales con SIDA.

La algarabía brotó en Favio y Vladimir en forma de carcajada, al ver que serían los primeros en partir y también la palidez en Yuleidi al enterarse que conmigo, estábamos en el último grupo. Gerardo acompañó hasta la salida a su paciente inscrita en toda su preñez. Nos miró inexpresivo y encendió otro cigarro, giró la cabeza hacia la mujer que se alejaba y agitó su mano en la despedida.

Esa noche tuvimos una reunión animada, con pocas anécdotas del día de trabajo y más bien imaginando el viaje. No fue una de esas veladas en las que con dos rones de más, alguien comenzaba las reflexiones sobre el hombre nuevo y recibía la réplica cínica detallando nuestra jodida condición de médicos que ganan al mes lo que un vendedor de caramelos hace un día. Tampoco se oyeron las quejas por haber sido enviados al “rincón más oscuro de la mierda” como lo definiera un Favio depresivo, ni los amargos pronósticos sobre estas aldeas, que terminarían devastadas por el hambre y la enfermedad, con o sin nosotros. Fue una noche alegre, donde la permanente sonrisa de Araís brilló con más fuerza y en la que Vladimir, con una rama, evocaba sus próximos lanzamientos en el baseball. Yuleidi me comentaba bajito su mala suerte, mientras bailábamos, pues tuvo la esperanza de ver pronto a su hijo. Gerardo felicitaba a Favio y éste medio borracho ironizaba sus palabras.

Días antes de la partida del segundo grupo, Gerardo dijo a Yuleidi que había tramitado una permuta y que ella podía ir en su lugar con Araís. Entonces Gerardo y yo asumimos los seis últimos meses de la misión. Meses crudos, tanto por la sequía, y por ende hambruna, que asoló la región; por la insuficiencia de alimentos donados por la cooperación internacional, “perdidos” entre las autoridades del gobierno. El trabajo se duplicó y ambos médicos no pudimos atender adecuadamente, más aún cuando la dotación de penicilina demoró varios días en llegar.  

Dos semanas después de la fecha de término programada, llegó el jeep con un funcionario quién se acercó directamente a la caseta donde atendía Gerardo. Escuché voces elevándose y pensé que el justo reclamo de Gerardo por el atraso burocrático se dejaba sentir, mas luego lo vi salir gritando:

- !Es acá que me necesitan, aquí puedo dar algo de mí para esta gente que no tiene nada!. !De que hombre nuevo me han hablado siempre, chico! ¿Cómo que no me quedo, coño?... ¡Me quedo, y tienen que seguir mandando medicinas!-

En la mañana vinieron solo por mí. Gerardo, me dio una estampa de San Lázaro y su abrazo.

Recién dos años después, una nueva cuadrilla de médicos se unió a Gerardo en ese rinconcito del Africa. Ahora miro en la foto de periódico, rodeado de jóvenes galenos, a Gerardo, el hombre nuevo.


Saturday, May 12, 2012


Rostros del norte en el sur: Sophie

A: M.R.
 Se quitaba la ropa y desnuda se acomodaba en un sillón a mirar el cielo, como buscando algo. Ese era el ritual cotidiano apenas llegaba a casa luego del trabajo. En invierno, comenzaba a las siete y en verano dos o tres horas más tarde. Ambas estaciones la ponían melancólica, tanto el gélido amanecer gris, como los días de sol disfrutados desde la oficina con aire acondicionado. 

En todo caso, cada mañana arrancaba su BMW con música de Cold Play y al llegar a su oficina en La Defense, se lanzaba con avidez al trabajo. Inversiones, cuentas, largos proyectos de asesoría financiera, estudios de mercado o transferencias electrónicas pasaban por su ordenador hasta el medio día. Un sánduche y un zumo de tomate, un almuerzo de trabajo en un lujoso restaurante o simplemente café, taza, tras taza... marcaban el preámbulo de una tarde de proyecciones empresariales, reuniones de equipo o con clientes, análisis de las fluctuaciones de bolsa o nuevas inversiones. Con la noche, bajaba a los parqueaderos, encendía el BMW y al ritmo de Placebo o los Chemical Brothers regresaba a su gigantesco apartamento en Neuilly.

A veces, el ritual desnudo era corto, pues iba por rápidas duchas, para luego acicalarse seductores vestidos que se lucirían en las cenas de negocios, o ropa informal elegante para la discoteca o los paseos por Saint Sulpice. En ciertas ocasiones dejaba el sillón con agilidad y se sumergía en la tina caliente que Jamila, la mujer de la limpieza, había preparado y se ponía a contemplar el techo. Siempre terminaba el día en la inmensa alcoba frente al televisor, practicando el deporte favorito de millones de parisinos a esa hora: cambiar los canales con el control remoto. La gigantesca pantalla empotrada en la pared mostraba cualquier cosa, desde programas en vivo y entrevistas a la farándula, hasta noticiarios no felices o películas sosas. Con la TV aun funcionando, abría un libro con efectos somníferos y casi siempre el artefacto amanecía encendido.
Una noche la pantalla mostró niños africanos desarrapados y un periodista caucásico relatando historias de coraje y miseria. La noche siguiente miró la segunda parte y la tercera prefirió sumergirse en la tina de baño y dejar perderse la mirada en el techo, hasta que su piel blanquísima adquirió tonos fúnebres. Esa noche soñó con las caras mugrosas y las pieles enjutas. Las semanas de rutina financiera y música de Cold Play se repitieron, mas el zapping o las cenas fueron sustituidos por una ávida navegación en internet hasta casi el amanecer. Quería saberlo todo acerca de esa población paupérrima del Africa Occidental.

Entre el poco sueño, la mala alimentación y el estrés laboral, un lunes no se levantó de la cama. Con estoicismo se dejó invadir por la fiebre y cuando ésta la abandonó fue a la bañera como siempre. La mirada perpetuamente dirigida hacia el techo, ahora acompañada por una amplia sonrisa.

Las noticias que Sophie, días después, anunciaba a su padre, casi infartaron al famoso cardiólogo. Le dijo que renunció a la consultora, vendió su auto y se enroló como voluntaria en un proyecto con Costa de Marfil. El Dr.Vidal no entendió como su hija graduada en la mejor escuela financiera de Francia, abandonaba cinco años de brillante carrera por una aventura en el Africa. Y no pudo hacerla desistir ni con gritos furiosos, ni con lágrimas suplicantes.

Sophie partió y volvió un año después, bronceada, robusta, alegre. Llena de orgullo regaló al padre un album de fotos. Ahora trabaja medio teimpo en una ferretería y estudia salud comunitaria, en tanto que el doctor Vidal encontró una explicación desde la genética, recordando a su padre, Francisco Vidal, anarquista español emigrado a Francia en el 39.




Wednesday, April 04, 2012

La pareja del distrito seis
Alexis Oviedo
















Al fondo, la plana montaña,

y atrás de la montaña el mar.

A un costado, la ciudad,

y sus hombres y mujeres.


Ni la brisa salobre

ni el paso en el asfalto,

llegan a ellas.

Solo la caricia de un viento

que no sabe silbar.

y el mutuo reflejo en la planicie.


Ahí están, mirándose,

discretas, de reojo.

Ellas, las únicas habitantes,

acunadas hoy por el silencio.


Solas y solemnes,

testigas del desamor,

sufren el vacío

del paisaje medroso,

y olvidan su histórica oposición.


El tiempo sobra,

por ello se empeñan en recordar…

las huellas en sus pasillos

y las marcas en sus muros,

su madera barnizada

por el toque de miles de manos,

y el eco de los pasos.

Las voces potentes

y los cánticos dulces .


Reviven las sagradas lecturas

y el colectivo susurro,

las espaldas apoyadas,

y las frentes orantes

Las rodillas hincadas,

y la devoción.


Juntas regresan al colorido pasado,

a la bulla de sus respectivos fieles,

a la algarabía de aquellos

que no fueron de ninguna de las dos.


El viento que no silba

les trae desde el ayer,

la ceremonia y su aroma,

y el perfume de las flores que ya no vienen,

que no arriban de mano de las mujeres

para el amoroso atavío

del devoto ritual.


¿Dónde están los que las visitaban?

Esos seres bellos, elegantes y simples.

¿Dónde su música, y los juegos de sus chiquillos?

Los fieles y los infieles.

Los sombreros levantados en el saludo,

los turbantes y los fez.

Los faldas de colores, la chalinas y las kofiyas.


¿A dónde fueron las calles

que encubrían el amor?

Y las barberías,

y el golpe del latón,

y el olor a samosa.

Perdidos todos en 15 años de odio.


Ellas siguen allí,

en medio de la nada.

Ambas llorando a sus negros,

a sus "coloured", a sus blancos,

dúo de hermanas mudas mirándose,

sin saber las razones del destierro.


Entre la montaña plana

y el resto de la ciudad,

la mezquita y la iglesia cristiana

son las lánguidas sobrevivientes

del que fuera el distrito seis.

Wednesday, February 29, 2012

Al final naufragamos
Tengo pocos recuerdos de la noche del naufragio. Mi padre ayudándome a subir al bote en medio de la lluvia incesante, ambos corriendo por una playa pétrea hacia una luz entre cristales mojados, la temerosa cara arrugada del viejo que nos dejaba pasar.
Cuando me levanté, vi el yate incrustado entre las rocas mas chicas de un acantilado y a mi padre mirándolo. Son daños reparables que tomarán algún tiempo, me dijo casi impasible.
Encontramos una pensión y luego buscamos madera y materiales de ferretería, tarea difícil al desconocer el idioma. En la noche cenamos en la única taberna, donde un grupo de hombres delgados y pálidos querían distinguir nuestras extranjeras siluetas entre el humo. Con curiosidad de gato, mi padre se acercó hasta su rincón y les ofreció un trago. Se miraron, comentaron algo incomprensible y uno de ellos llevó a sus labios el vaso de cerveza con sus manos esqueléticas. Lo escupió de inmediato, entre la risa del resto. Del grupo surgió un brazo que ofreció a mi padre la pipa colectiva, él la fumó, tosió y se unió a las carcajadas.
Al rayar el alba, comenzamos a reparar el yate con la ayuda de Fo, un lugareño que con sus dientes llenos de caries mascullaba nuestro idioma. Mi padre preguntó al jornalero acerca de los hombres del rincón y éste le contó acerca de esos marineros y pescadores. Esa noche, después de la cena, ellos nos saludaron con reverencia, mi padre les arrojó una moneda y risueño dio una chupada a la pipa. Fo, dibujando su amplia sonrisa desdentada, nos invitó a acompañarlo.
Caminamos hasta detenernos frente a una puerta remachada con grandes clavos. La mujer que nos abrió dijo algo a Fo y éste nos invitó a seguirle. En el interior, a los lados del pasillo, varias personas reposaban en colchones individuales. Algunos bebían té de una pequeña copa ofrecida por una jovencita, quien luego colocaba en los labios de los clientes una pipa más larga que el tosco trozo de bambú que viera en la taberna. Recibimos nuestra pequeña taza de porcelana y sentí un aroma delicioso, producto del té uniéndose al penetrante olor dulzón que rodeaba el lugar. Los paisajes bucólicos pintados en las paredes robaban mi atención de tal manera que no pude seguir el diálogo que Fo y mi padre mantenían. Envuelto en esa hermosa atmósfera mortecina no sentía miedo, sino la sensación de participar de un ritual pagano. Cuando los tres terminamos el té, nos marchamos.
El día de trabajo fue productivo y al finalizarlo, mi padre me dijo que él y Fo tenían que arreglar algunas cosas y que llegaría tarde. A su regreso, me dijo que el desayuno esperaba. Llegamos al yate y en las largas horas de trabajo, apenas si me dirigió la palabra. Repitió la rutina anterior, y esta vez miré su cama vacía al despertar. En el comedor encontré a Fo, quien me dijo que mi padre nos esperaba en el yate. No fue así, mi padre apareció a media tarde, quiso decirme algo pero se contuvo. En la cena se mostró ausente, pero con la misma expresión amable que tiene luego de haber tomado cerveza.
Ha pasado un mes desde el naufragio. Mi trabajo y el de Fo casi han reparado el yate por completo. Mi padre no nos acompaña desde hace tres semanas, exactamente desde que se mudó a la casa de los colchones mullidos.
Lo visito todos los días después de la cena. Espero a que despierte y mientras toma el té que la jovencita pone en su boca, le cuento los avances de la obra. Me escucha con fingida atención y pregunta poco. Mueve la cabeza para que la mujer, agenciosa, inserte de nuevo la larga pipa entre sus labios. Mi padre fuma y luego, como si se derritiera, se acomoda lentamente en el colchón y vuelve a sus sueños alucinógenos. Cuando la felicidad se manifiesta en su rostro, me levanto y regreso a la pensión.
Hoy no iré a la pensión como cada día. Ya puedo escuchar los delicados pasos de la muchacha y siento el olor penetrante del té y acomodó mis almohadones en la sala contigua. A mi padre no le gustaría verme al despertar.

Thursday, January 12, 2012


Fotografía



Los meses recientes y el susto de horas atrás, la colocaron en ese estado donde se conjuga la liviandad y la dulzura.
Lentamente dejó caer su torso sobre el volante del auto y apoyó ligeramente el mentón en su hombro.
Afuera, la luna en combate con las nubes quería seguir mostrándose, pero su luz pálida se había rendido ya ante el amarillo intenso que irradiaba un farol callejero. La luminosidad artificial atravesaba el parabrisas y en su danza con la figura en descanso, lograba claroscuros magníficos.
La nariz pequeña respirando casi imperceptible sobre los labios carnosos entreabiertos, el cabello dorado cubriendo la mitad de la mejilla, mostrando la frente y dando sombra al ojo cerrado que no dormía. El conjunto plácido.
A su lado estaba yo, mirando atónito ese homenaje a la armonía, tratando de que mis latidos no la inviten a moverse y con ello se desvanezca la tácita belleza.