Tuesday, May 16, 2017

Pan de burro



Al pie del Chimpu-razu, el Apu gigantesco, en la llanura de Tapi, descansa Liribamba la Nueva, la ciudad plana. Quizás fue Velasco, el ocioso de Paenza, quien puso los otros aires de nobleza, al contar que de allí eran los bravos hijos de Toa y de Hualcopo, luego que los tempranos asentamientos de blancos, generaron ese fatuo hedor a “sangre azul”.  

Lo cierto es que cuando Mariano tuvo conciencia de vivir en ella, en los años 70, ya era una ciudad polarizada. Sus hijos aunque fueran tan pobres como San Francisco, sacaban a flote el abolengo, sea Duchicela o Cordovez, y el lujo de ser descendientes de Fernando Daquilema o de Magdalena Dávalos. Aun en las últimas décadas del siglo XX, la Muy Noble y Muy Leal comarca consagrada a San Pedro rechazaba las mezclas de sangre. Los que lo hacían eran anónimos, parias cualquiera rechazados por su casta, condenados a vivir alejados del templo de la Compañía y de Bellavista, por haberse casado con chola. Desarraigadas, alejadas ellas también de la Cacha prohibida y de Yaruquíes, por casarse con longo “manavali” que no sabe cultivar la tierra. La colonial estructura de castas seguía vívida, impregnando con su vaho las paredes, los templos, los habitantes...

En estos barrios alejados de los nobles vivían los artesanos, los obreros y todas las gradaciones del mestizo. También vivían allí algunos indios con plata y blancos arruinados, los terratenientes decadentes, como la familia de Mariano, los capataces enriquecidos, y cada vez más comerciantes. Santa Rosa, el barrio de los “cutos”, era uno de ellos; en ese entonces al límite de la ciudad y separado de los pueblos indios por el Cementerio, por el Colegio Edmundo Chiriboga y por el Río Chibunga. Por su centro pasaba la larga calle Pichincha y por ella venían en las mañanas varias decenas de indios cargando hortalizas y animales para vender en el mercado de San Alfonso, sus mujeres llevaban a las wawas, las canastas para la sal y el pan, las botellas para el kerosene. Los indios maltones, ya no usaban poncho y simplemente venían con su fuerza, que la alquilaban como cargadores. Al final de la tarde retornaban en parejas o en grupos de tres totalmente ebrios, estafados por los mestizos dueños de las tiendas, vilipendiados por los cholos cantineros, humillados por las señoras blancas que no querían pagar lo justo por cargar sus compras abundantes. Y cada mañana y cada tarde, desde la puerta de calle, los 5 años de Mariano los miraban con curiosidad.

En aquel entonces se puso de moda la panadería “La Vienesa”, que se jactaba de llevar ese nombre por la calidad europea de su producto. Fama que no logró anular la producción artesanal de “cholas de Guano”, morenos panecillos rellenos de dulce, las buñuelas, el pan de trigo y el pan de maíz sin levar. Estos manjares de pobres e indios eran vendidos en la tienda de Carmen Pashma o en la de los Tubón en la Calle Rocafuerte y en el local del señor Trujillo en la calle Carondelet. Como la hora del café vespertino llega a todos, cuando Mariano iba por el pan, coincidía con vecinos e indios y tenía que esperar. Allí se percataba cómo los tenderos aprovechándose del analfabetismo o de la borrachera de los indios, les daban menos el vuelto.

Una tarde, Mariano esperaba, mientras la Carmen Pashma atendía a un indio borracho que le pidió dos reales de pan. Cuando éste tuvo el producto en sus manos le reclamó altanero: 

-¡No quieru pan di burro, quieru pan di Vinesia!-  y arrojó la bolsa sobre el mostrador.

La Carmen lo miró con ganas de abofetearle, pero sabía que en ese estado eran indomables, capaces de romper el cristal de la vitrina con el acial, aunque al día siguiente vinieran con su  mujer lloriqueando, apesadumbrados a disculparse en largos lamentos, prestos a pagar los destrozos. Puso los seis panecillos sin levar en la cesta respectiva, luego tomó desde otra cesta un par de unidades y las puso en el mostrador. El indio tomo el par de panes delicados con sus manos callosas, los miró con frenesí  y salió tambaleándose. 

Carmen Pashma, la tendera, tomó la bolsa vacía de Mariano, mientras acariciaba sus rizos dorados y se la llenó de pan. Anotó el importe en un cuaderno y le regaló un caramelo negro, una "clarita”. El chiquillo llegó a la casa y se sentó a la mesa con sus abuelos. La abuela sirvió el agua de toronjil en los jarros de loza, y cuando colocó la panera, Mariano repitió, en el mismo tono escuchado, la frase lapidaria.

-¡No quiero pan de burro, quiero pan de Venesia!-

El abuelo echó fuego por los ojos y se llevó la mano al cinturón, a la abuela se le humedecieron los ojos pero lanzó una carcajada, celebrando la “ocurrencia” del nieto. Mariano sonrío inocente y luego de varios segundos, el abuelo, mirando con nostalgia a un punto de la pared donde estaba el pasado, también dejo salir una risa, impostada.
Foto: Susana Andrade

Tuesday, March 28, 2017

Eusebio



Avanza en su bicicleta por las guayacas calles lodosas. Reparte papeles mimeografiados con su programa de gobierno. Solicita el apoyo para su partido: Cruzada Reivindicadora Nacional  e invita al mitin que se hará en la explanada próxima. Entre vítores y carcajadas siguen a la bicicleta los lumpescos más nobles, los desarrapados más ágiles y decenas de perros con sus pulgas y niguas. También van los desocupados, y como a todo mitin, los vendedores ambulantes. Unos van por curiosidad y los que ya lo conocen para escucharle con atención o para divertirse con el discurso del candidato presidencial. 

Baja de la bicicleta bien cuidada y nadie le espera para la foto. Usa el biciclo para transportarse y no para ganar votos de ecólogos ni de deportistas. Eusebio Macías Suárez, el humilde candidato zambo y moreno sube a la improvisada tarima y devela su programa sicodélico y cibernético. Sus antiguos votantes saben que su posición religiosa es la de agnóstico unificado. En su primera derrota soltó su verdad más cabrona y lapidaria: “En el Ecuador se nace votando y se muere votando por el patrón”. Continúa con su discurso, que culmina con su grito de guerra: ¡Arroz con menestra y carne pa’l pueblo!

Los aplausos y ovaciones no se hacen esperar, la pequeña multitud se acerca para abrazarlo, aunque luego no vote por él, sino  por Guevara Moreno o por el serrano Ponce Enríquez. En la campaña contra este último, Eusebio logró 469 votos a nivel nacional

Luego de 30 años de participar en contiendas presidenciales que siempre terminaron en derrota; en el 79, terminado el cierre de campaña, caminaba sonriente junto a sus seguidores, iban más allá de Las Peñas, hacia la Atarazana. Unos dicen que él iba voluntariamente, otros que eran tres hombres quiénes afectuosamente lo hacían avanzar. Al llegar a su destino, se despidió de su pequeña multitud e ingresó al hospital psiquiátrico Lorenzo Ponce.

foto: https://mantofilms.wordpress.com/

Saturday, February 25, 2017

Fruición y apetito



Un par de ojos oscuros y una sonrisa me miran desde una cara morena. Entonces cae el agua tibia desde un pequeño jarro sobre mi frente y baja hacia la nuca, enjuaga el champú y evita que este entre en mis ojos. Mi cuello está sostenido por el antebrazo de mi tía Rebeca, me siento seguro, protegido, pleno. Tengo la certeza de que también sonrío al ver como su mano nuevamente toma el jarro y vierte otra vez el agua delicadamente. La tina es de latón y el jarro de loza, el agua tiene la temperatura perfecta. Es el primer recuerdo del que tengo memoria, el que aún me provoca un placer sublime.
Ella toma de un costado la toalla y con la coordinación perfecta para evitar que entre el frío, me envuelve y me acurruca entre sus brazos. Hay un hueco en la reminiscencia, pero luego siento como me voy quedando dormido entre el perfume de sus 19 años.

Es una mañana soleada pero al ser andina no es calurosa. Estoy retozando en el prado con la yerba crecida, camino torpemente y cuando casi caigo, ella toma mi mano y luego de pocos pasos me coloca en su regazo. A lado de nosotros se han sentado también Cecilia, Elena y María, sus amigas y las cuatro conversan sobre sus temas juveniles e incipientes estudios universitarios. Mientras Rebeca comienza a darme el refrigerio, una de sus amigas coloca flores en mi cabello, la otra dibuja mariposas en mi sombrero de cuero, la tercera hace muecas que me  hacen reir y me regala besos volados. Luego rotan en sus roles, quizás en el ejercicio de un juego previamente acordado.

Despierto y me encuentro con el hermoso rostro de mi madre enmarcado en su larga cabellera ensortijada. Entonces sé que es sábado. Su nariz recta, sus pequeños ojos claros se posan con dulzura en el hijo y me dice cosas bonitas que no recuerdo. Solo sé que es sábado.
Llega la mamita Chabica (quien para mí siempre fue anciana vital, amorosa y alegre durante los 35 años que me acompañó), se sienta en la cama y hace que yo me pare sobre sus muslos. Toma mis manos, tararea un albazo y me hace bailar. La risa va brotando de a poco en ambos y luego ella misma interrumpe su canto de tanto gozo. Como ya sé que es sábado, sé  también que horas más tarde iré con ella al mercado a comer carne ñuta con mote y a beber jugo de mora.

La vecina Paula y su hija Fanny, me colman de besos cuando me ven en el zaguán. Me regalan melcochas o cholas de Guano. Ahí siempre está mi coetárea Margarita, la hija de los dueños de casa, con su sucia falda vaporosa, descalza y con los pies lastimados,  siempre con la nariz y el hueco que separa esta de la boca, irritados por los mocos... Ella ejerce en mis escasos tres años la primera femenina atracción y repulsión. Ella completa el cuadro de las mujeres de mi casa infantil. Todas repletas de dulzura.

Un par de años después siento algo raro en el cuerpo al mirar a Gladys Ortega, la hermosa adolescente de la casa contigua. La misma reacción me provocan los acuosos ojos azules y rosados labios de la chica con la que sale mi tío Gonzalo, las manos largas de María -la misma de los paseos al pardo- ahora novia de mi tío Silvio, al acomodarse el cabello rubio. Siento ese estremecimiento inconsciente que nace ante el sonido que los tacones hacen en la acera, anunciando las largas piernas aproximarse en deslizamiento contoneante, antes de la ruidosa carcajada que precede al beso y al abrazo que recibe mi tío Alejandro, y se me eriza la piel ante las uñas rojas recorriendo lentamente mis mejillas. Poco tiempo después arribará a mi vida Beatríz Cordero, el primer amor escolar, pero esa es otra historia.

Por esa misma época, donde la curiosidad ilimitada busca todos los rincones, encuentro unas revistas de mi madre. Allí están mujeres aún más hermosas de las que había ya conocido, luciendo suéteres, gorros y guantes tejidos. Un día beso esos rostros impresos en las portadas y ahora estoy seguro que en ese día fue que caí irremediablemente en la fatal atracción por las mujeres hermosas. Seducción que me ha acompañado por décadas, dándome placeres muy intensos y dolores extremos.  
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