Thursday, May 21, 2020

Halloween


A NOB

En ese entonces hablábamos por teléfono cada quince días. Era un ritual que comenzaba el domingo, comprando unas tarjetitas de 3 euros que permitían hablar a larga distancia luego de digitar un código. El lunes por la mañana el corazón latía rápido esperando que sean las dos de la tarde, pues a esa hora, allá, al otro lado del mundo, él estaría casi listo para comenzar su semana. 
Contestaba Linda, generalmente cansada, estresada, preocupada. Estudiaba su carrera de Leyes con una beca, trabajaba a medio tiempo y ejercía sus abnegadas labores de madre. A través del auricular, yo le daba palabras de ánimo y ella manifestaba sus miedos de no poder culminar la carrera. De pronto decía: Noé ya está aquí.  
Venían mis preguntas y sus respuestas lacónicas. Yo comenzaba el monólogo, contándole sobre mi vida bajo el gris del cielo, sobre las hojas rojas del otoño, sobre la nieve que se derretía rápido... Cuando le preguntaba que había hecho en la semana, despreocupado respondía: nada.
 -¿Cómo es posible no hacer nada en quince días? Imagino que jugaste con tus amigos, fuiste a nadar, tocaste el trombón… 
-Ah sí!, fui con mi madre a la piscina. Fui al curso de esgrima. Ah! cierto vino mi abuela a visitarnos…

En esta llamada, el preguntaba por mi bicicleta, como si fuera una mascota, aquella bicicleta de carreras, heredada por un amigo mexicano que regresó a su país y que a pesar de ser muy alta para él,  la usó  varias veces el verano anterior en el que tanto él como su madre quedaron enamorados de París. Verano de caminatas en Avignon y retozar en el sur de Francia inundado por el amarillo resplandor de los campos de girasol. Envueltos en el eterno olor a lavanda.
Casi un año después, él dijo que quería verme.
-         - También yo, te esperaba en el verano, pero puedes venir cuando quieras. Solo me dices cuando, coordino con tu madre y te compro el pasaje.   
-          -En Halloween, me dijo.
-         - De acuerdo, organizaré mi trabajo para que vengas desde mediados de Octubre…
-          -No, no quiero ir yo, quiero que vengas tú, acotó con firmeza infantil. Quiero que vengas a pasar Halloween conmigo, que nos disfracemos y salgas conmigo a jugar “dulce o travesura”. Quiero que mis amigos te vean.

Luego me enteré, que desde siempre, ellos le preguntaban por mí y él les respondía con la verdad: Mi padre vive en Bélgica. Cuando estaban en el kínder, el tema quedaba ahí, pero a su diez años, los comentarios crecieron: Noé no tiene papá. Pobre Noé con su padre imaginario. Se inventa un papá que vive en Bélgica, al que nunca vemos. Noé miente…
  
Con un lagrimón en el párpado, terminé la llamada y compre de inmediato el pasaje. Llegué el 29 de octubre y Saint Paul me recibió con ese frío del infierno cantado por los mitos vikingos. Noé lo hizo con una gran sonrisa, me llevó hacia unas calabazas y me entregó una navaja. Siguiendo la tradición comenzamos a grabar en ellas la cara del monstruillo sonriente que ilumina su interior con una vela. Cuando Noé se había dormido, Linda me dijo que la noche siguiente, tenía una cita romántica. La mañana del 30 fui a dejar a Noé en el bus escolar y trabajé en mis asuntos. A las 6 Linda estaba lista para su cita y al mirarla pasó por mi mente ese verso de la canción de Eric Clapton: Oh my darling you are wonderful tonight.
-Entonces me voy…
-Espera, creería que esa falda luce mejor con unos zapatos color marrón.
-¿En serio? Respondía con ese acento propio de ella y que nada tenía que ver con los estereotipos del gringo que masculla la lengua de Montalvo.
-Sí. Estos por ejemplo.
-Es verdad. Gracias.
Colocaba la cartera en el hombro, se despedía de Noé con un beso y desde la puerta me lanzaba una sonrisa.
Apenas arrancó el auto, pedí a mi hijo que me ayudara a arreglar el cuarto de su madre. Ya había hecho lo mismo con las otras habitaciones en la mañana. Ella volvió  a las 9, la cena estaba servida y se le humedecieron los ojos. Me dijo que era la primera vez en más de diez años que no tenía que llegar a casa a cocinar. 

Y llegó la gran noche de brujas, esa que en ninguna parte del mundo, como en los Estados Unidos, concita tanta emoción. Me acomodé la  chapela vasca. Ah, vas disfrazado del Che, dijo Linda. Pero en versión miope, acoté.
Recordando mis días de actor de teatro, preparé maquillaje blanco. Con cartulina hice un gracioso sobrerito bombín y maquillé a Noé hasta convertirlo en un gracioso payasito. En la esquina nos encontramos con un soldado del General Washington.
-Este es mi padre, dijo, mirándolo con la malicia de quien demuestra su verdad.
Ryan, el soldadito  infantil me quedó mirando, y como para confirmar si yo era real, me apretó la mano en el saludo. Luego vino un Frankenstein con su padre irlandés y después un pequeño pirata Bengalí.
Nuestra pequeña bandita traviesa comenzó su recorrido por el barrio.
-          -Mucho gusto, soy el padre de Noé, decía sonriente en cada casa que visitábamos.
Ante mi presentación Noé sonreía orgulloso. En ese Halloween, él mostraba al mundo que jamás mintió. En esa noche de brujas, en la que el frío venía con el viento y desde el asfalto, yo era la prueba de que Noé tenía un padre. A veces el movimiento de su ceja afirmaba: ¡es real!, ¿lo ves? ¡tócalo! No es ese ser imaginario que vive en la lejana Bélgica. 

Yendo de casa en casa en pos de caramelos, veía a Ryan, Sayed y Frank, compartir la felicidad de su amigo. A las nueve, comimos deliciosos amriti preparados por la madre de Sayed y a las diez regresábamos caminando por la silenciosa Kewaunee Court. Noé se colocó en medio de sus padres, nos tomó a ambos de las manos y nos miró a los ojos. Así, repleto de alegría regresaba él a su casa, con el maquillaje descorrido, en esa tan diferente noche de brujas. A su lado, Linda y yo, silenciosos, nos cuestionábamos muchas cosas.
Qué es y por qué se celebra Halloween? - Levante-EMV

Wednesday, April 15, 2020

Reencuentros

Luego de varios años fuera, regresé al país y para mi suerte, estaba de inmediato invitado a un festejo cumpleañero en un bar de “la zona”. La ciudad ya no era el pueblo grande de hace unos años y como en cualquier metrópoli, “la zona” se engalanaba con etnias y nacionalidades diferentes. Además de los cubanos pululando, en ese entonces,  la ola migratoria más fuerte,  hindúes y pakistaníes regentaban varios negocios de comida rápida. No pocas kufiyas musulmanas circulaban con el mismo paso calmo que tienen en París o Berlín.  Hablantes de inglés y francés africano conversaban animados en la Foch,…

El bar tenía la misma esencia de aquellos que abandoné con mi partida. Sin embargo, no era uno de esos espacios minúsculos, adecuados a fines de los 90 en las casas de familias de clase media alta, en La Mariscal sesentera. Este era un espacio amplio, con su barra elegante y una gran pista de baile cuadrada. De algún lado surgió mi amiga Flavia con su locuacidad efusiva, recibió mi regalo y me invitó a la mesa larga, en la que la homenajeaban.

Saludé afectuosamente con algunos coetáreos, había varios conocidos de la universidad, otros eran miembros cercanos o lejanos de ese círculo virtuoso/vicioso, promiscuo y fraternal que se había formado en la clase media quiteña, antes de nosotros. Cuyos miembros, eran aquellos que por una u otra razón se vincularon al arte, a la izquierda, a la intelectualidad, a la bohemia… Desde la cabecera de la mesa, casi en su totalidad llena de seres en sus últimos treinta, Tere, la madre de mi amiga, agitaba su mano en señal de saludo, sin interrumpir su animada conversación con algunas señoras de su edad. Con una deliciosa Pílsener, añorada a pesar de venir del país de las 3000 cervezas, me ubiqué entre Vitorino (nunca supe su nombre real) y Manuela. Me integraba a un diálogo culto dirigido por mi amigo Gabriel, quien hizo una pausa para presentarme efusivo y elogiarme generoso, lo que  atrajo la atención de los que no me conocían, desde la novelería que nos caracteriza. Gabriel siguió su digresión filosófica, pero un par de ojos grandes, comenzaron a mirarme directamente (¡Gracias Gabriel!). Era una muchacha en el inicio de sus treintas que además tenía una nariz graciosa y unos carnosos labios que se entreabrían en una sonrisa, mientras me preguntaba cuánto tiempo viví en Bélgica. Sin duda ser medio desconocido tenía su encanto y su coquetería frontal me ayudó a soltarme. Mientras Heidegger se colaba en la mesa invitado por Gabriel, Lucía reía con mi relato sobre los personajes de la Gay parade de Amsterdam.

Llegó la segunda ronda de mojitos, la sala se llenó de Cheo Feliciano. Flavia, que nunca dejaba escapar la oportunidad de mostrarnos sus aprendizajes dancísticos en Cuba, sacó a Gabriel a la pista, haciendo que se evapore Heidegger, Vitorino hizo lo mismo con Manuela . “Mi gato se está quejando que no puede vacilar…” Ese gato no seré yo, pensé, e invité a Lucía a la pista. Me di cuenta que era más bien pequeña, que sus ojos oscuros en realidad eran verdes aceituna, que tenía una cintura de avispa, un par de caderas anchas y un culo impresionante. También que no tenía mucho busto, pero mi memoria hábilmente me trajo el consejo de De Moraes, para preferir los pechos grecorromanos antes que los barrocos. Lucía gozaba de una cadencia particular, sin ser una experta bailarina. Nos acoplamos a la perfección… Es mi noche de suerte, pensé.

Cha cu cha cuchu cu cha cuchá. Salsa vieja de los días juveniles en el Seseribó, con la misma Flavia y con una gran fauna de jóvenes de todos los partidos de izquierda, además de anarcos, nihilistas, hippies, desencantados amantes de Ciorán, entusiastas degustadores de cocaína y hasta algún democristiano progre. Gozábamos del pegoso “Ratón” de Feliciano que ya no bailan esos jóvenes zurdos que en estos 20 años volvieron al redil.  “Esto si es serio mi amigo…”

Yo seguía con Lucía disfrutando la salsa interminable. “Va! échale semilla a la maraca pa’ que suene”. Estaba feliz de haberla encontrado, Junto a una columna, comenzamos a besarnos. Ante mis ojos sus pechos eran capullos, pero al tacto fueron flores de amplios pétalos. En la mesa ese par de carnosos labios provocaban, pero al morderlos traían la oxitocina aderezada por el mojito. La cintura que por poco cabía entre ambas manos, las cadera anchas… las hermosas nalgas… que hacían la caricia interminable.

La música paró y regresamos a la mesa. Contentos, lúbricos, ansiosos. Estaba ya servida otra ronda de mojitos. Tere, al volver a su puesto pasó a mi lado:
- ¡Hey Ale!  ¿Y tú no saludas a las viejas? –
- ¡Qué dices Tere! Nos abrazamos afectuosos, me conocía desde mis doce, cuando con su hija éramos parte del rojinegro frente secundario. Tomó mi mano y me llevó a la cabecera.  El grupo de sus amigas había crecido y reconocí a algunas de ellas.
-¡Bird, páxaros na testa!  Ahora tienes tu barba y todo, jaja.
- Inesita,… pero tú sigues igual.
- ¡Que va!  ¡loco, no te he visto desde el 91! Desde que feneció el partido…
Inés, morena y locuaz seguía siendo hermosa y seguía casada con “limoncito”, aquel jerarca bastante estalinista, que siempre hizo honor a su apodo. Junto a ella estaba Silvia y otra señora a quien no conocía.
De pronto, una mano haló levemente mi coleta. 
 - Pero si eres tú Ale, ¡como has cambiado!
Era Marta, con el cabello muy corto, sus pícaros ojos negros, su figura grácil y diminuta, como siempre enfundada en un traje elegante. Se fue antes del 91, consiguió un trabajo en la ONU y no vivió la diáspora, la confrontación, la riña ideológica, el desencanto... Pero tampoco la gloria de “bajarse del tren de la historia, para entrar en el andén de la alegría”. Ni la posterior debacle económica del país, en que los militantes más jóvenes, esos sin contactos, sobrevivimos haciendo mil oficios o emprendiendo empresas que desde su plan eran fracaso, pero felices en medio de la joda de trago pobre y teques de bareta compartidos.

Marta, que me doblaba en edad cuando la conocí, tenía ahora el cabello plateado y cortísimo. La conocí en una fiesta en mis 17, recién integrado al zonal universitario. En su casa pequeña y elegante, ella era la anfitriona más generosa. Ahí probé mis primeros tragos de whiskie. Una velada maravillosa, de la cual Aníbal y yo salimos medianamente ebrios. Como se enteró de que vivía cerca, me dijo que la visite cuando quiera.
-Será lindo verte pronto, vecino, me dijo antes de cerrar la puerta.
Un miércoles, luego de la universidad, caminaba por la avenida América y regresé a mirar al tercer piso del edificio. Su luz estaba encendida.
-        -  Soy yo, Alejo-
Marta estaba aun con su elegante traje de oficina pero descalza. Nos sentamos en la sala y comenzamos a charlar de política. Ella me escuchaba y sonreía, siempre sonreía, mientas escanciaba el delicioso whiskie de botella labrada. Ahora pienso que le daba ternura escuchar al radical y lampiño chico de rizos rubios y sus vicisitudes de la política universitaria. Y lentamente, nos acercábamos en el sofá y asimismo, lentamente, comenzábamos a besarnos sin que dejara de sonreir. Me tomó de la mano y poniendo un dedo en sus labios, me condujo a su habitación. Diecisiete años cruzaban por mi vida, como dicen la poeta y el cantor de rockola y Marta hizo que esa noche de mis 17 sea lo más parecido a la gloria.

Al despertar, ella conversaba con alguien en la cocina. Eran casi las siete, ella debía ir al trabajo y yo a la universidad. Tomé mi ropa y me dirigí al cuarto de baño. En la ducha buscaba la llave de agua caliente, cuando se abrió la puerta de manera intempestiva. Nos miramos por unos segundos, ambos espantados. Ella no me esperaba allí, era su casa y yo el intruso. Sin embargo, no gritó. Era una niña mirando,  quizás por primera vez, a un hombre joven desnudo. En esos pocos segundos, ni ella se cubrió los ojos, ni yo atiné a moverme. Pocos segundos de vergüenza que precedieron a mi cierre de cortina y a su salida. Marta le decía a la niña que se apure. Apenas terminé mi baño rápido, escuché abrirse la puerta del edificio y miré a la niña subir al bus escolar.  Al salir, Marta, siempre sonriente, me invitó a desayunar y luego me despidió con un piquito.


-        -  Hola Martita, ¡qué gusto! ¿Cuánto tiempo? ¿Sigues en Suiza?
-         - No, regresé hace dos años. Marta estaba contenta de verme. -Ven te presento a mi hija… ¡Lucía!…
¡Uy! Sentí por un par de segundos de nuevo el frío de la desnudez.
-         -Ya nos conocemos, mamá. Debí suponer que era tu amigo. Del difunto partido… ¿verdad?

A Lucía le agradaba que fuera amigo de su madre. No podía imaginarse que era el mismo tipo lampiño que vio en la ducha de su casa 22 años antes. Quizás, era mi pura paranoia y ella ni siquiera recordaba ese capítulo. Pero yo sí. Yo recordaba e identificaba los infantiles ojos color aceituna inscritos ahora en una hermosa mujer. Regresé a mi puesto. Gabriel, ante un público de no más de 7 personas, repasaba algo de Angamben. Flavia, bastante ebria, se besaba con un corpulento veintañero. Por debajo de la mesa, Lucía tomó mis manos, al tiempo que me dijo que no podía pasar la noche conmigo, pues debía manejar el auto, llevar a su madre a casa. Yo asentí comprensivo. Ella propuso escaparnos y regresar, yo le dije que no era necesario, que nos veríamos al día siguiente.

En la cabecera, Tere se despedía de sus amigas, Marta se acercó a la cumpleañera, quien sin soltar a su conquista, agradeció su que hayan venido. Se despidió sin ver el tibio beso que compartimos con Lucía.

A las 11 de la mañana, Flavia y su amante salían felices de mi dormitorio. En la sala, Gabriel, nos contaba llorando los detalles de su divorcio reciente, tratando de buscar respuestas en Lacan. Vitorino 
fumaba, mirándolo espantado. Mi celular sonó, era Lucía. Puse el aparato en modo silencioso. El recuerdo de un par de ojos verdes, inscritos en una niña de 7 años, me impedían contestar. Me serví otro whiskie y continué escuchando el culto piscoanálisis de Gabriel. En la mesa, el aparatito se prendía y saltaba levemente.  


Wednesday, February 19, 2020

Willie


A M y C Cordova
Cuando comenzaron las explosiones, Willie gritó ¡Al suelo! y se abalanzó sobre nosotros para protegernos. Los flashes de luz iluminaron el entorno y se escuchó, ensordecedores, a los aviones al pasar rasantes a toda velocidad. Willie temblaba y nosotros estábamos bajo su inmenso cuerpo.  Aparecieron las llamaradas del napalm y con ellas las columnas de humo. Willie nos abrazaba con fuerza. No era la primera vez que esto ocurría, por ello sabía lo que tenía que hacer, meter la cabeza entre mis hombros y reptar hacia atrás, hasta pasar debajo de la axila de Willie. 

Cuando se escuchó el sonido de las ametralladoras, Willie se puso más tenso, ¡Down!, ¡Abajo!, gritó, indicando que nos quedemos agachados, puso sus manazas sobre nuestras cabezas y la suya en medio. Nos aprisionó más fuerte y ordenó que juntos comencemos a avanzar a gatas. Pero Michelle y yo, solo queríamos quitárnoslo de encima. Cuando él ya estaba fuera de sí, en la desespaeración total y arrastrándonos con fuerza, Michelle dulcemente le dijo que todo estaba bien.

– Papá, cálmate, le dije, también yo, mientras estiraba mi mano, tratando de alcanzar nuestra salvación.  Pero como siempre, para un chico de 9 años era difícil salir del abrazo repleto de adrenalina de un gigante de 90 kilos de peso que lo protegía con todo su amor.

Finalmente, en un movimiento ágil de ratoncillo, tomé el mando a distancia y cambié de canal. El sonido de burlesque bailado por Desi Arnaz y Lucille Ball, y las risas pregrabadas hicieron que Willie cambie la expresión de su rostro y se quede impávido sobre la alfombra. Aflojó la presión de sus brazos y permitió que salga mi hermana Michelle. Ella de inmediato le colmó de besos y yo acercaba a sus labios un vaso de agua, Willie se colocaba sobre sus espaldas, miraba las imágenes en blanco y negro, y a medida que escuchaba la cómica voz de la pelirroja alternando con el acento del cubano, volvía a la realidad.

Willie hacía siempre lo mismo. Cuando, en el "zapping", el mando a distancia daba por casualidad con una de esas películas que recreaban la guerra de Vietnam, volvía de inmediato a sus días en Quan Loi, su trauma se activaba y con éste el instinto de supervivencia. Mientras un puente temporal inexplicable colocaba a sus hijos una década atrás, su delirio nos transportaba hacia sus días de servicio militar. Por ello mamá nos tenía prohibido mirar con Willie la televisión, menos en su ausencia. Pero para él la televisión, artilugio aún novedoso, era uno de sus placeres y para nosotros mirar con Willie a los “Tres Chiflados”, comiendo canguil, era un derroche de alegría. Sobre todo después, cuando él imitaba con precisión a Curly, dando inicio a la transformación de Michelle en un diminuto Moe. Los tres en nuestros roles, repetíamos la historia vista y los movimientos estúpidamente divertidos de los hermanos Horwitz.

Mirar la televisión con Willie era una aventura magnífica, a excepción de esas coincidencias desafortunadas que la volvían riesgosa. Luego de sus accesos traumáticos, no recordaba lo ocurrido y volvía a ser el mismo tipo calmo e introvertido de siempre. Las pocas veces que los cuatro nos apoltronábamos en el sótano a ver la televisión, Willie recalcaba los avances en su consulta psicológica, a la que asistía puntualmente, mientas mamá sujeaba con fuerza el control remoto, sin permitir cambios de canal. Ella me contó que cierta vez, antes de que exista Michelle, y mientras yo dormía en el cuarto, el control recaló justo en una explosión y Willie de inmediato la levantó en vilo, la arrojó con fuerza atrás del sofá y luego dio un salto que le hizo un tajo en la cabeza al chocar contra el librero.

Willie, para mí era un padre cariñoso, aunque creo que no tenía de ese joie de vivre y esa expresividad que siempre es preferida. No comparto la opinión de mi madre de que era un tipo seco. Es que es gringo, decía mi madre, resignada; es por ingeniero informático, argumenta Michelle; es por que tiene mucha de la sangre alemana de la abuela, acota justificándolo, su hermana Nicole. Por mi parte, lo considero un hombre amable y buen proveedor, con un difícil coctel emocional que le tocó cargar ¿Pero quién no carga uno parecido, solo diferente en matices? Unos más que otros guardamos terribles oscuridades en el alma o en el corazón. 

Con el pasar de los años, me doy cuenta que no solo fueron las diferencias culturales y la introversión de Willie lo que llevó a que mi madre lo abandone. Me decanto a pensar que ella sobre toido decidió dejarlo por las reacciones de Willie ante las escenas de guerra televisadas. Son, sin duda, esos pequeños hábitos que tienen todas las parejas, tales como dejar la toalla mojada sobre la cama, beber agua en medio de la noche o padecer insomnio, los que minan a la pareja. Son esas malas costumbres, tolerables al inicio, las que con los años se vuelven insoportables. Sin duda, con el tiempo, para mi madre se le hizo insufrible no poder mirar la televisión junto a su marido. De seguro, con el tiempo, el temor a las reacciones de Willie fue creciendo. En especial desde que se mudaron a un quinceavo piso.