Wednesday, April 06, 2022

Gumucio

Sentí, finalmente los empujones de Thomas 

¡Hey Roco, levanta! ¡Vamos Roco! ¡Nos vamos Roco! Lentamente salgo de la modorra y voy emergiendo debajo del mostrador del “Contravía”.  Segundos después, recuerdo lo ocurrido y comienzo a disculparme con Thomas, el marido de mi amiga Lobita.

¡Ya, no hay problema, pero ahora nos vamos! Al incorporarme veo que solamente están Thomas y Yanina la camarera, limpiando el local.  Aún levemente mareado, me ofrezco a ayudarles. ¡No, tranquilo, anda a casa! me dice con tono paternal. Tomo el botellín de cerveza que no había terminado, lo arrojo al basurero y me dirijo hacia la puerta. Recuerdo el relajo que no llegó a mayores.

Estoy en la calle García que poco a poco se va vaciando de fiesteros. La culpa no se cree eso de que fueron los tequilas, mi ángel de la guarda me dice que debo frenar mis arranques, que no puedo andar de Petrocelli, menos en el bar de un amigo, el Supay me aplaude y al mismo tiempo goza a mi costilla. Dubito entre comprar un cigarrillo o parar un taxi. Todos pasan repletos, si quiero uno, debo caminar hacia el sur… En la esquina de la Calama, él se aproxima con los brazos abiertos, la amplia sonrisa y su paso de dandy.

-¿Cómo te va flaquito, para dónde?

- Ya para la casa, Gumucio, respondo.

- ¡Tan temprano flaco!-. Sin parar de sonreir, saca del bolsillo de su levita una caminera metálica y me la ofrece. – Hágale un whiskito, me dice guiñando un ojo y comienza su relato locuaz. Estoy con un pana y unas locas, pero ya casi se acaba el material y me vine… pero la bruja no asoma, loco. Ya nada. ¿No tienes un par dólar para el taxi?, acá a par cuadras, no más. Acolítame, dice y me ofrece un cigarrillo. – Ya sé que usted le hace solo a la legal, bro, pero acolite... recalca y vuelve a reír con sus brillantes ojitos de ratón.  

Son las 2:30 am, el whisky está delicioso, el diálogo con Gumucio me aleja de la autocensura provocada por la heroica burrada recién cometida.    

-Las locas están bien guapas, flaco, ya sabes, niñitas bien… Hay una de tu calibre, así Colt 45-, dice levantando su mano hasta la altura de mi frente, mientras lanza la risita del Patán de las caricaturas.

Caminamos por la Juan León Mera hacia el sur, mirando como pasan los taxis repletos. No haya duda que Gumucio está prendido, hiperactivo, eléctrico… no para de hablar y de contarme sobre su semana. Gumucio es marchante.

-Encontré un man talentosísimo, me dice, un Klimt ecuatorial que le mete azules chagallianos. ¡Un genio! ya le vendí un par cuadros y estoy preparándole la expo. ¡No sabes! flaco, es experto en el juego del color, con un conocimiento de anatomía impresionante…  Llegamos a la avenida Patria, frente al mero Ejido, donde hay que ponerse pilas… Gumucio para un taxi y le dice con modales educados que nos lleve a Santo Domingo.

-¿A dónde?, cabrón-, le digo. Santo Domingo es la plaza del centro sur de la ciudad, frecuentada en pleno día por ladroncillos de todas las clases y putitas proletarias. A las 2:30 am, toda esa fauna se multiplica por diez en cantidad y peligrosidad.  

-Tranquilo, flaquito, esto es rápido, me dice, mientras afloja su bufanda. Si quieres me aguantas en el taxi, par minutos.   

Par, todo es par para Gumucio… todo dual. Me ofrece de nuevo su caminera de whisky escocés…

Llegamos por la calle Guayaquil, el extremo norte de la plaza, y a lo lejos junto al arco, veo un puesto de canelazos; en las gradas que salen a la Maldonado, a un pequeño grupo de indigentes. En la esquina con la Rocafuerte, junto a las escasas putitas, a una mujer mayor con gorro de lana blanco. Cuando estamos frente a ella, Gumucio le dice al taxista que pare un momento.

– Buenas noches, madrina, ¿cómo está? -

-No hay nada, le responde secamente.

- Solo un par, madrina…

- No, mi rey, nada… Donde el pastuso…

- Ok, madrina, buenas noches, hasta la próxima, le dice educado y pide al chofer que, por favor,  sigamos por la Maldonado. Estamos en el Camal y cuando Gumucio le indica que tome hacia las Cinco Esquinas, el chofer le dice que no, que solo nos sirve hasta ahí o si quiere nos devuelve donde nos encontró, pero es carrera doble.

- Mi jefe, son solo par cuadras...

- No, mi señor, ni media cuadra más. ¿Entonces?

- ¿Cuánto es?, dice, mientras abre la puerta para bajarse.

Nos vamos a quedar en la entrada a las propias "Cinco esnaquis", a las 3 de la mañana… Y, sin embargo, no digo nada.

-No, jefe, ¿cómo que cinco?, tres nomás. Encima nos deja a mitad de vía, le dice con su tono meloso y embaucador. Déjenos para una media. Tres y medio está bien, jefe, le dice sonriendo. Págale flaco.

El taxista pone en mi mano dólar y medio. Mientras desciendo, Gumucio se ajusta el nudo de la bufanda y acomoda las solapas de su leva.

-Vamos a la lico, dice.

- Ya se acabó el whisky.

-No, todavía tenemos…  

Gumucio camina con seguridad. A una cuadra encontramos el tradicional portón con puerta metálica que deja escapar por una pequeña abertura la luz.

-Media de Trópico, solicita Gumucio, la que viene con tapita, subraya. Págale, mi brother.

Mi dólar y medio cae en las manos del licorero. Gumucio me extiende su caminera metálica. Seguimos caminando por la Pedro Cobo. Gumucio ahora me cuenta sobre el proceso de las obras de arte, donde el talento lo tienen los talleristas y la fama los maestros que en muchos casos solo firman.

- Pero, sin duda, hay algunos giles que con toda la fama se dejan agarrar en tonterías. (Gumucio jamás dice la palabra huevadas). Me recuerda el capítulo del famoso caballito, que resultó ser copiado del diccionario enciclopédico. Esas cosas no se hacen, Roco. Cuando no me dice flaco, es que está hablando en serio… – Un caballo ¿te das cuenta? Un caballo lo hacía Picasso de un solo trazo y le quedaba soberbio. Y eso, en lugar de denigrar al maestro, le dio más fama. Al final ganamos todos, carcajea… Nos pasamos la caminera metálica y seguimos por la sureña calle silenciosa, interrumpida solamente por el paso lento de un tambaleante borrachito, al cual rebasamos.

Hasta que aparecen, como deben hacerlo los fantasmas. De pronto, tenemos a pocos metros a tres corpulentos individuos mal encarados. Lo primero que se me ocurre es correr, pero Gumucio saca de inmediato la botella de Trópico de su bolsillo y la abre. Se adelanta ágil hacia los que se nos vienen de frente. Sirve en la tapa roja un trago y sonriente se la ofrece al que parece ser el líder.

-Buenas noches, vecinos, ¿Ya retirándose a la casa? Sírvanse, para el frío…. Los ha sorprendido. Uno de ellos se toca la parte baja de la espalda, pero Gumucio se toma un trago y de inmediato coloca la roja tapa llena de licor en la mano del que tal vez tiene el cuchillo. Luego me sirve a mí. Cuando tomamos todos, se despide amablemente. – Tengan buena noche, vecinos, bendiciones para ustedes y sus familias… Minutos después escuchamos los golpes que propinan al borrachito que se resiste al asalto.

Ingresamos a una transversal a la misma calle Cobo. Nos detenemos junto a una puerta de malla que separa de la vereda un largo callejón tenebroso, Gumucio timbra. No hay respuesta. Abre la puerta de malla y me pide que entre. Me quedo inmóvil y abro ligeramente los labios para respirar mejor. El marchante me escruta con sus ojos de ratoncillo y luego lanza un largo chiflido que rompe el silencio. De las tinieblas, a la altura de mi hombro aparece una Smith & Wesson y luego un adolescente rostro moreno con una gorra.

-Dile al tío, que soy Chirico, él sabe... masculla Gumucio, sereno.

Pocos minutos después, el muchacho entrega al marchante, una bolsa de papel del tamaño de la mano. Gumucio no da nada a cambio…

-        -Vamos a la Villa (Flora), ahí encontraremos taxis.

-        -Pero no tenemos plata.

-        -Tranquilo, flaco, ni pareces economista, la plata se usa de la manera adecuada, tus cinco latas fueron una inversión para movilizarse y el pasaporte que nos salvó la vida. El resto va por mi cuenta, de acá en adelante, todo pura fiesta, flaquito... Y rie como el Pájaro Loco. 

Llegamos a Guápulo, la madrugada está terriblemente oscura, son las 4 y30 am.

-        -Ya regreso, mi jefe. Disculpe la molestia, mi amigo se queda con usted-, dice Gumucio. Da un trago a la media de Trópico y me la entrega. La caminera de whisky ha fenecido en el camino de regreso. El taxista comienza a impacientarse. Yo, al igual que en el callejón, no se que hacer, hasta que aparece Gumucio con su sonrisa profesional.

– Tenga mi jefe, el cambio es suyo, por la espera, le dice. Buenos días, bendición para usted y su familia... Deja caer su efectiva fórmula, efectiva por que suena sincera.

En la mesa de centro, organiza rayas con una tarjeta, un tipo delgado, que luego se que se llama Lalo. A su lado, como si contemplaran un trazo de artista plástico, están inmóviles una rubia y una pelirroja, de mandíbulas apretadas. 

Suena "Other side" en los parlantes. Una mujer avanza hacia nosotros con dos vasos de whisky y se frota la nariz con el antebrazo.

-Mira Tulita, te presento al flaco. Así, de tu calibre y guapo como te gustan, recalca Gumucio con su risita de dibujo animado. Ella está en la mitad de sus 30s, yo al final de mis 20s y Gumucio iniciando sus 40. Alta, delgada, con la inmensa melena de largos rizos bien definidos, pintada de rubio. Ojos negros, labio superior delgado, labio inferior grueso, contraste que la repleta de sensualidad.

-Flaco, mucho gusto, gracias por cuidar al Gumucio, a quien tanto queremos… Sírvete. 

Nos toma del brazo y nos lleva hacia el sofá. -Les presento al flaco, amigo y guardaespaldas de Gumucio. Los tres alzan brevemente la mirada, Lalo asiente indiferente con la cabeza y ofrece un pequeño tubo a las chicas de mandíbula tiesa. Después, me lo ofrece, pero lo toma Gumucio. – El flaco solo le entra a la legal- dice -Y eso que él sabe que es la que más daña… Por eso ya mismo se queda dormido.

Tulita me guiña un ojo - Menos boca, más me toca… O mejor dicho, menos nariz…  Gumucio/Patán, se deja escuchar.

Siguen los Red Hot. Give it away now, Tulita. Salimos a bailar, el resto no se mueve, pero en la mesita de cristal arman un nuevo ritual de rayas y de la libación nasal. Tula me lleva de vuelta al sofá y nos abraza, esperando su turno con avidez. Luego de su "panamericana", como las llama, Gumucio se cambia de sofá y acaricia a la pelirroja. Esta toma la tarjeta de la mesa y se tiempla dos mosquitos. Lalo coloca con delicadeza la esquina de la tarjeta en una ternilla de la rubia. Tulita me pone la lengua en la oreja, nos besamos al ritmo de Californication y cuando Tula para para ponerse a gatas junto a la mesa, me doy cuenta que se han marchado dos y los otros dos se soban arrechos. Desde el sofá, me dejo llevar por el sopor del whisky helado, me excita mirar a Tula arrodillada inhalar su larga raya de un tirón. Ella se incorpora y se pone a bailar "Around the world" en media sala. Una chica larga bailando, una llama que ilumina la oscura pradera del deseo...

Gumucio toma en la caja de un CD un poco de caspa del diablo y cogido de la mano de la pelirroja se pierde atrás de una puerta. Me acerco a Tulita y el nuevo beso es el inicio de un largo polvo junto a la mesa de cristal. Despierto con el "Under de Bridge" y con la luz de las 7am. por la ventana. Tulita no está a mi lado. Me visto, no hallo mi chompa, voy hacia la salida y en el lado opuesto, en el balcón, veo una silueta fumando. Tulita, cubierta con mi chompa, está sentada abrazando sus rodillas, mirando al sol que termina de nacer. Me acerco, gira su rostro por un segundo y vuelve a mirar al sol. Noto que ha llorado y la abrazo. No se inmuta.

-¿Me das mi chompa Tulita?, digo y en seguida me arrepiento, pues caigo en cuenta que está desnuda. Deja mi chompa a un lado y vuelve a su posición cuasi fetal... Some times I feel, like I don´t have a partner... nos recuerda Kiedis. 

De una habitación emerge Gumucio, con un boxer estampado y un vaso de whisky.

-¿Te vas flaco? Bien, dale, es hora de descansar. Espero no tengas mucho chuchaqui. Yo sigo un rato más. Tremenda noche ¡eh! Lanza su carcajada cínica. Gracias por el acolite flaco, En serio, gracias Roco. Te haré llegar la invitación a la expo del Klimt criollo. Ya sabes..., con Gumucio, locas guapas y buen whisky... Y tú, tranquilo, la Tula es así mismo, ya se le pasa, llévate no más la chompa. ¡Que noche de antología, Roco! Ahí está… A vos que te gusta escribir, ahí tienes. ¡Expláyate! Me da un abrazo afectuoso y me acompaña a la salida. 

Y lo hago por fin, 20 años después, escuchando Dani California. Los detalles quedaron colgados en mi memoria como ropa que no termina de secarse. Mientras termino este relato, siento mi rostro cubierto por los larguísimo rizos de Tulita, revivo su movimiento cadencioso mintras aprieto sus nalgas, muerdo su carnoso labio inferior y siento sus largas manos sobre mi pecho. Escucho los diversos tonos de la risa permanente de Gumucio/ Patán. Regresan el olor de la calle Cobo y el escozor de la adrenalina provocada por las Cinco Esquinas a las tres y media de la madrugada.   


Friday, February 18, 2022

Súbete a mi moto

A NB

Cuatro años habían pasado desde que regresé a vivir en Quito y tres desde que era conocido en la esquina de mi casa como Tarantini. Vivía en un barrio de clase media. Mi familia ocupaba la planta baja de una casa grande de tres pisos, que tenía la escalinata en el centro. En el ala izquierda del segundo vivía Doña Lucita, la dueña de casa y su hija María Eugenia que pasaba buena parte del día en su taller de costura. En la derecha, vivían unas numerarias carismáticas, que organizaban, los sábados, reuniones con los chicos del barrio, para conversar sobre la vida de los santos, el pecado, la virtud y demás temas de interés de las misioneras españolas. En el tercer piso vivía la otra hija, la señora Marcelita con su esposo y sus dos hijos Nico y María Belén, conocida como la Gata, por sus hermosos ojos verdes.

Con Nico llevábamos cuatro años de una amistad muy cercana. Apenas nos conocimos jugamos a revivir los programas de televisión blanco y negro. En nuestro “Viaje al fondo del mar”, el patio del subsuelo era la profundidad marina y la piedra de lavar, el submarino. Pretendíamos ser Huck Finn y Tom Sawyer y cuando requeríamos de Becky y de Joe el Indio, invitábamos a la Gata y a mi pequeño hermano Vito. Nico se la pasaba en mi casa, pero a veces subíamos al tercer piso para jugar con los muñecos del Hombre Nuclear que le traía su padre desde Estados Unidos. En 1981, cuando ocurrió esta historia, Nico tenía 13, la Gata 10 y yo 11. Motivado por su padre, director de una famosa orquesta del país, Nico comenzó a tomar en serio la música. Buscando su instrumento, probaba las congas, el piano y la trompeta. Íbamos al estudio y poníamos en el tocadiscos los flamantes LP’s traídos por Don Nicolás, iluminando toda la casa con ese ritmo nuevo y pegajoso que se llamaba Salsa. Las portadas fabulosas, con Pacheco, “el zorro plateado”, Ray Barreto, el rey de las manos duras o Yomo Toro y Lavoe de Charros nos fascinaban. FANIA, Blades y el chico malo del Bronx, se convertían en nuestros ídolos y cantábamos golpeteando tarros vacíos de pintura.

Los nacientes 80 venían a ritmo de buena salsa, hasta que la Gata, nos disputó el tocadiscos. En su pecho trajo un LP, en cuya portada estaban unos muchachos vestidos de látex. Nos negamos y vino con su padre. Después de “Fania en África”, tuvimos que cederle el aparato a regañadientes y lo que sonó nos erizó los pelos. Eran cinco voces adolescentes con un ritmo que hería nuestros oídos afinados en el buen gusto salsero. No los odiamos de inmediato, pero sí lo hicimos cuando en los días siguientes el ruido de ese disco de marras salía de las casas contiguas. En todo el barrio, o al menos en los hogares donde habitaban féminas se escuchaban aquellas canciones. Pronto, algunas ventanas lucían afiches de los cinco chicos, vestidos como jamás se nos hubiera ocurrido hacerlo a nosotros, desde la estética de “machitos”.

En nuestra casa, la Gata había ganado espacio y sus padres le permitían escuchar todos los días los discos de “Menudo”, que en toda la ciudad fueron apareciendo como hongos en lluvia. La banda de Puerto Rico provocó la adoración de las chicas, en la misma medida que el desprecio de los chicos del barrio, excepto los que aprendieron la coreografía Menuda y que eran catalogados por la bandita como afeminados, pero adorados por las jovencitas, lo que nos ponía verdes de envidia.

En menos de seis meses, se transformaron en histéricas fans, hasta las más recatadas muchachas de nuestra comarca, entre ellas la Gata. Hicieron un culto a la imagen de los 5 portorriqueños, siendo motivo de pelea hablar mal de ellos. Todas habían escogido a un Menudo como el príncipe de sus sueños y en la parada del bus colegial se les oía comentar.

 – René es tan guapo.  ¡Qué cabello tiene, Xavier!, Me encantan los ojos de Miguel…

El favorito de la Gata era Ricky y por supuesto Nico, no escatimaba esfuerzos en molestarle diciéndole que era un enano de dientes torcidos, provocando su rabia:

-Papi, el Nico me está molestando, ¡dice que Ricky es feo!  

- ¡Ya Nico, deja de molestar a tu hermana!

Llegaron las vacaciones y su espléndido sol de verano. Nos divertíamos con un par de patines de 4 ruedas, alternado la camiseta de roller boogie que tenía parches en los codos. La señora Marcelita, le dio 20 sucres para comprar golosinas y le pidió a Nico que no haga travesuras. Don Nicolás le recordó que debía practicar el piano, si quería ser como Papo Lucca, y tomando de la mano a la Gata se subieron a la camioneta.

Fuimos al estudio de Don Nicolás y con “Ramona” sonando, Nico trató de emular ese famoso solo de piano, sin conseguirlo. Iba bien y de pronto ¡zás!, una tecla tocada ligeramente, le mandaba a repetir. Reprimía su frustración, cuando desde la terraza contigua, vino a todo volumen, el inconfundible éxito Menudo “Súbete a mi moto”. Yo grité por la ventana que bajen el volumen, pero fue como si la orden hubiera sido la inversa. Ya comenzaba a sonar la siguiente pista, cuando Nico dejó el estudio y atravesó la sala de su casa. Pasaron largos minutos, llegó sonriente y dijo: mi mamá me dio plata, mejor vamos a tomar helados.

Horas después, vimos desde la esquina a Don Nicolás bajar las compras y luego subió toda la familia al tercer piso. Pocos minutos después se escucharon el llanto y los alaridos de la Gata, seguidos por los gritos de Nico castigado por su padre. Mi vecino y mejor amigo, cansado de "Menudo", había tomado la colección de LP's de su hermana y los puso a broncearse en la terraza. Cuando vino, lo vi adolorido y lloroso, pero con la sonrisa del "deber cumplido". Fue una victoria pírrica pero perdimos la guerra. Nuestra derrota final se dio un par de años después, cuando el grupillo se presentó en vivo, llenó el estadio y esparció por toda la ciudad la "fiebre menuda".   




Wednesday, January 12, 2022

El Orejón

Desde el bus, gracias al tráfico que nos pone a ambos a la misma velocidad, voy junto a él por algunos metros. Camina encorvado y tose, está muy delgado y aparenta muchos más años de los que tiene. No lo he visto en meses, quizás un año, pero reconozco a lo lejos su larga cabellera gris. Baja, con el infinito cigarrillo temblando en su mano derecha, por una de esas ligeras cuestas que reducen su pendiente a medida que se acercan a la Avenida Seis de Diciembre. Pronto ingresará a la Mariscal, el barrio en donde transcurrió buena parte de su vida. Era imposible, años antes, verlo caminar a las dos de la tarde. Durante décadas fue uno de los reyes de la noche. Él y el mostrador de su local parecían cosidos, por lo que verlo en la calle temprano casi no ocurría. En esas raras ocasiones iba con su hijo o con su esposa y se dirigía con ágiles pasitos cortos, como su estatura, hacia su local. Levantaba la puerta metálica, encendía las luces y crecía dos palmos. Sus dedos en el interruptor y luego en el volumen del equipo de sonido, iniciaban la jornada de fiesta que poco a poco iluminaba toda la calle García. Esa era su cotidianidad antes de la noticia que en mayor o menor medida nos sorprendió a todos.

Antes de aquel anuncio, el Fer, era apreciado por muchos, le llamaban por su diminutivo, le daban palmadas, le saludaban con reverencia. Era un cariño sincero al pana esmirriado y tranquilo, aprecio que no pedía a cambio ni un un gratuito cubata aguado o un lark, pero que venían. Era respeto al tipo que se las había jugado por la militancia, a su consecuencia de estar 40 años en las filas de la izquierda. La admiración al inclaudicable que chupó cana y tortura. Atrás de la barra de su local, con su mirada de basset hound, recibía a medio mundo. Su timbre de voz, con ligero frenillo, acogía amable a los que vistaban su bailadero de salsa, abierto desde el miércoles a las siete de la noche. El local, era en sus inicios, una ratonera donde se daba cita el más diverso zoo de artistas, militantes, fumones, intelectuales y bohemios de la clase media baja. Los nuevos socialdemócratas, los cerebritos de universidad privada, los asesores de congreso o la gauche caviar, preferían ese antro amplio, iluminado, y repleto de divos de la calle Veintimilla.

Desde el paso de caracol de mi Colón Camal, lo miro cruzar la Juan León Mera, con su negro chaleco impermeable y el pantalón una talla más grande y recuerdo mis diversas etapas vividas en su antro. Las mejores noches de fiesta, las sonrisas de las más guapas y hasta aquella corta jornada de puñetes que viviera a pocos metros de su puerta. Recuerdo al Negro Álava, atornillado a la puerta pidiendo pagar el cover, con sus ojos cansados y su amabilidad introvertida, dejándonos entrar gratis a los más wambras. El sol hace doble reflejo en las ventanas de los edificios y en el cristal de mi asiento y me obliga a cerrar los ojos. Me veo en mis diecinueve ensayando unos básicos pasos de salsa con las bellas militantes del FADI, que sin sectarismo me regalaron mis primeras noches de pasión. Me escucho a mis veintitrés, canchero y guapo, saludar como delantero de primera categoría a mis amigos, a los camaradas más viejos del partido y hasta algún profesor de la U. Me cotemplo en esos segundos, noche tras noche, con la rizada cabellera suelta, arribando a la pista para sacar a bailar a la gringa más bonita… y estoy otra vez al final de mis veintes, saliendo del antro a la casa de alguna bella, generalmente mayor, o en las frías madrugadas caminado con la pandilla chica: Ramiro y Gonzalo, a comprar en la Cordero más trago y marihuana. 

Me piden el pasaje y luego asoma alguna memorable chupa previa a mi ida del país y luego el día en que ya entrados en mis 40, el Gato nos suelta la noticia bomba en la improvisada reunión de ex miliantes.

“¡No jodas, chucha!. Yo siempre lo sospeché. ¡Ni parecía! ¡No ha de ser! ¡Que caremazo! ¡Ni más donde ese hijueputa!” dejamos caer como ráfaga. El que fuera rumor, pronto salió en el periódico y con esa noticia, su local, otrora repleto fue vaciándose. Hasta apareció en una de sus paredes una grosería pintada. En el círculo de mi trabajo, en el barrio, en el equipo del fútbol de los martes, se comentaba el asunto. Yo era parte de los que no lo podía creer, de los que cientos de veces, comencé o terminé la noche conversando de política con el Fer en la barra. Con ese barman quien a mediados de los 80, se entregó a las autoridades con sus compañeros luego del secuestro de Echeverría. El que participó en uno de los primeros operativos brutales de la izquierda radical a fines de los 70. El que arengó un mitin bolivariano alfarista, en el 2008, y que precedió a una incursión del ejército del país vecino, donde murieron varios chicos mexicanos. 

En el periódico le llamaban El Orejón.

Poco antes de mi regreso al país se publicaron los resultados de la Comisión del Verdad y casi un año después, yo leía su versión pdf, en el silencio nocturno de mi oficina, paradójicamente ubicada a dos calles del antro del Orejón. Los archivos detallaban el modus operandi de la policía y sus agentes durante los años de nuestra propia guerra sucia. Entre ellos estaba él. Aparecía en el texto con sus dos nombres y sus dos apellidos, con sus alias: Orejón, Agente 098. No cabía duda, era el Fer. Era el informante, el tira... Y parece que si bien en los 70’s fue un radical convencido, en los 80, una policía nacional, ya adiestrada por sus pares españoles y por mercenarios israelitas, lo vio útil e inició con él una dinámica macabra, pero efectiva para los fines institucionales.

Luego de caer preso y las torturas de rigor, se encargaron de reducirlo al nivel de guiñapo. La práctica común de entonces, pero que con el Orejón tuvo su variante. Una vez excarcelado, lo detuvieron otra vez, sin que medie delito alguno y fue nuevamente torturado, le hicieron ver que estaba a merced de sus captores y que no habría sistema judicial que pueda impedirles atraparle y vejarle cuando ellos quisieran. De a poco le hicieron interiorizar que eran omnipotentes. Lo soltaban y semanas después lo detenían otra vez, continuando con el ritual, hasta que un agente le dijo con tono amable que podía evitarse aquello si colaboraba… Un aviso sobre una bomba panfletaria y a cambio, varias semanas de tranquilidad. Una delación más importante, hasta le traía una pequeña suma de dinero. Era el inicio de un círculo vicioso, que se prolongó por décadas, el comienzo de un trabajo de obra cierta, sin horarios. Su inserción en una categoría deleznable de la cual ya no saldría jamás.

Cierro el archivo, y decenas de preguntas zumban como moscas color caqui. Muchas son lógicas, otras cínicas. ¿Con el tiempo, le cogió gustito a la huevada, o siempre estuvo reticente en actitud esquizoide? ¿El Orejón fue ascendido y se hizo instructor de delatores?  ¿Solo era llamado para ciertos objetivos y tuvo períodos en que sus servicios no se solicitaban? ¿Su jefe fue el mismo; un amo “mentor” eterno o habia ritual de cambio de mando? ¿Gozó de vacaciones pagadas?...

Camino por la calle Colón hacia el occidente y el frío de la noche trata de poner en orden mis ideas. ¿Quién soy yo para juzgarlo, por débil? me digo. ¿Puedo señalarle con el dedo, yo, qué por suerte nunca fui torturado en cana? Sigo caminando. Debió irse del país, el cabrón…  debió denunciar a los DDHH.  No tengo respuestas lógicas a lo que éticamente el Orejón debió hacer. La cagó, cagó a mucha gente… Es un hijupeuta… concluyo. Y las moscas de color caqui visten ahora toga y tienen una balanza en las manos. Enciendo un cigarrillo y mientras una putita colombiana de la Calle Versalles, me guiña un ojo, despacho hacia mi freudiano Super yo a mi juez. No iré más a su antro. Ni mierdas... Y sin embargo, luego de unas bielas con los panas, vemos al Orejón en la puerta que nos saluda con su sonrisa de prótesis dental y sus ojos hush puppy,  y por los viejos tiempos, por la picadera alchólica, nos tomamos un whiskie en una mesa del rincón. Esa fue la última vez que vi al Fer, al Orejón, y aunque a veces se me hace que cruza la 12 de Octubre con sus pasos cortitos, caigo en cuenta luego que son solo sus genes reflejados en un muchacho que se le parece bastante.

Pasan los años  y  la vida me pone, medio ebrio, en la calle García. Esta vez abandonada y lúgubre, incluso vacía de pushers y de putas. Se ve que el antro está cerrado desde hace mucho y no ha sido reemplazado ni por cervecería, ni por comedero, ni por chongo. Al pasar frente a la puerta metálica oxidada, se coloca en mi cabeza, el “Oriente” de Henry Fiol, y como nadie me ve, ensayo el “pasito de la baldosa”, recordando a los panas con los que bebí aguardiente, muchos ya fallecidos de cáncer al pulmón o cirrosis. “Yo me voy a morir… caramba me voy a matar…” canto. Evoco las cumbias con las amantes eventuales, los sones cubanos con los vaciles de trago y el merengue con las que no pudieron ser. “Mira negra, me voy a morir, cosa buena me voy a matar...”. Y miro emerger de la noche a los conocidos que me pedían a la madrugada un dólar para un teque de bazuco. A los habitués como la Bestia Quiñónez, alma bendida, tan grotesco y aterrador, como gentil, chocando el vaso de whisky y haciendo sonar sus cadenas de oro. Al Chacachaca, hijo de un empresario que festejaba todas las canciones con su pandereta, al Coloris, que nos daba tragos gratis en el Arribar, a la Suquita Edelmira que te entregaba su amor a cambio de una noche de pases…  “Oriente si yo pudiera, cantarte como deseo…"

El Orejón murió hace algunos años, dicen que tísico y solo, pero en su casa. Al final, ni él, ni su obra, le importaron a nadie. Muchos de los que sobrevivieron a las denuncias del Orejón, detentaban puestos en el gobierno de un caudillo, quien también mató la esencia de esa izquierda a la que El Orejón entregó. Por ese mismo tiempo murió la Mariscal como zona de farra, entre la pelea de mafias, la inseguridad y la apertura de una nueva zona de diversión. Con la bachata y el reguetón también murió en mi ciudad la Salsa. ¿Para qué chuchas sirve salir en la noche, a una ciudad huérfana de bailaderos de salsa?  "Un pajarito herido, abandonado en el mundo, con desespero profundo vuela buscando su nido... " Pero sobre todo son las canas de cabeza y barba, las que me hacen caer en cuenta que también murieron mis ganas de buscar antros nocturnos, sean o no sean regentados por tiras.


Tuesday, November 16, 2021

Francine (el alegrama que nació mientras dormía)

La Roma monumental siempre hará que pasen cosas, especialmente en esos veranos super calurosos, con sol radiante y cuando la ciudad se llena de turistas. Estos van presurosos del Coliseo a la Fontana di Trevi, como si se tratara de una gimcana, miran sus mapas, hacen largas filas buscando los sitios arqueológicos, se toman fotos...

Yo caminaba relajado en la ciudad de los Césares, era otra de tantas estancias por trabajo o placer. Ahora visitaba a Giulia, quien hace poco tuvo su bebé y esperábamos unos encargos que su hermana Martina, residente en Nueva York envió al sobrino. Pedimos una “birreta”, ella hidrató a su crío de ojos vivísimos y nos igualarnos los chismes. Media hora después, llegaron tres mujeres, que no pasaban desapercibidas, evidentemente estadounidenses, eran contemporáneas nuestras, en los finales de su veintena. Las compañeras de trabajo de Martina llegaron a Roma el día anterior. Después de los saludos efusivos de Giulia, las preguntas sobre su hermana, vino la invitación a acompañarnos. Ellas contaban sus primeras impresiones y una comenzó a practicar su italiano, de acento americano apenas perceptible, conmigo, debido a la ubicación de las sillas.

-No vinieron a Roma a sentarse a tomar cerveza, les dijo Giulia con su amplia y romana sonrisa.

Las despidió cortés y concertaron una cena para el día siguiente, en la que el abundante vino de Abruzzo, regalaba a Francine un italiano más fluido. Había nacido en la pequeña Italia, en ese sector del Bronx, ubicado a pocas cuadras de la turística calle Arthur, que se va convirtiendo en el último reducto del gran barrio italiano del norte de Manhattan. Su abuelo migrante desarrolló un pequeño negocio, que se hizo próspero con su padre. Bautizada en honor a Francesca, la matrona de la familia, ella preferia que le llamen Fran.

En un verano romano, después de que el dios Baco nos inundara con su elixir, era obvio que terminemos besándonos. Los días siguientes las acompañé en sus recorridos por la ciudad, a las playas cercanas y muchas veces terminábamos en una fiesta improvisada en casa de Giulia. La semana siguiente, fueron hacia Pompeya y su retorno fue el preludio del retorno a la Gran Manzana. Diez días pasaron volando, pero el amor de verano siguió desde varias cartas y contadas llamadas telefónicas. Yo había regresado a Trapani e iba tirando desde mi puesto de asistente contable en la prefectura. En septiembre me invitó a Nueva York para el fin de año y aunque dudé mucho que dieran la visa a un chico pobre, llegó la carta de invitación de su padre. A veces cierro los ojos y revivo ese recuerdo bonito de la noche de navidad, que comenzó con una corta caminata en el frío invierno. Los cuatro, eleganemente vestidos, entrando a un restaurante. El hijo mayor de la familia había fallecido en un accidente años atrás y Fran me advirtió que ese era un tema intocable.

Times Square marcó el fin del año con la multitud alborozada. My guapp y yo estábamos muy enamorados. Para fines de Enero, cursaba mi primer nivel de inglés y trabajaba en la cocina de un restaurante. En Junio era contable en el almacén de un amigo de la familia. Desde el primer día Michael, el padre, se portó muy amable. En una no planificada celebración de mi primer año no tan discreto, espetó:

-        Sabes Tony, estoy bastante contento de que Fran tenga un novio italiano y no un negro bailarín de break dance, o un portorriqueño de patillas largas y bigote recortado, como está de moda.

Con su estilo directo me dijo que si viviría en Nueva York era mejor acercarme al baseball y comenzó a llevarme al estadio de los Yankees. No sabía por qué a Fran incomodaban esas salidas y yo replicaba que comprenda a su padre, pues quizás veía en mi al sustituto del hijo fallecido en aquel accidente. -No te pongas celosa-, bromeaba.

Vivíamos en un modesto departamento de Brooklyn, Fran trabajaba en una tienda de computadoras novedosas, aquellas en las que su pantalla simulaba una hoja de papel. Su familia nos visitaba regularmente, pero a veces y sin avisar, aparecía Michael con cerveza, entradas para el estadio o deliciosos pastramis... Una tarde me trajo un trabajo de contabilidad. Algo sencillo, reordenar algunos inventarios desde instrucciones precisas. Un trabajo fue muy bien pagado, pero sobre el que, sin necesidad de decírmelo, debía guardar reserva, incluso con Fran.

Ni mi esposa ni yo éramos muy creyentes, pero mis suegros insistían en fijar fecha para la ceremonia religiosa.

-Es dar una alegría a la nona, Tony-, dijo Michael. -Ella se ufana de que jamás hubo divorcios en esta familia. Viudeces sí, pero divorcios nunca ¿Tú me entiendes, eh?- La nona está vieja, se lo merece ¿No crees, Fran?

Fue una celebración magnífica donde mi suegro botó la casa por la ventana. Al final era su única hija. No sé si la signora Francesca estaba alegre, pero desde un sitio de honor nos miraba con sus ojitos opacos más bien llenos de curiosidad. Luego de las palabras rituales de mis padres y suegros, luego del vals y del baile general, se quedó la corta familia ampliada y pocos amigos. En un rincón estaban abrazados Michael y un amigo de su misma edad, bastante borracho. Recordaban ruidosos, esas anécdotas de juventud, los días infantiles del barrio, los del ejército… Anthony Occhipinti, me mira con los ojos vidriosos y me invita a acercarme. Cuando estoy a un par de metros dice

-Eh Michael. Eres un viejo con suerte, el figghiu no solamente es siciliano, además se llama como yo, ¡somos los mejores, eh, Tony!, acota despeinándome. ¡Bienvenido a la familia!…

Me pareció que mi suegro se ponía serio, pero lo dejaba seguir.

-Vamos Occhi, tómate el último, dale.

Occhi, pasó su brazo por el cuello de mi suegro y formó un pequeño triángulo, con nuestras cabezas casi chocando.

- Eh Miki, bastardo… Te felicito… Parece que tenemos al próximo padrino.

Fueron pocos segundos de silencio, en los que pensé que mis oídos o mi dominio del inglés me jugaban una mala pasada. Fue uno de los momentos más determinantes de mi vida, del cual el recuerdo es ambiguo. No tengo certezas sobre la expresión de mis contertulios: A veces creo que Michael frunció el ceño y Occhi puso cara de haber metido la pata, pero en otras se me hace que esto fue planificado por los amigos, comenzando con la supuesta borrachera de Occhi. Creo que ambos me miraron con una expresión inquisitiva, como si quisieran respuesta. En esos breves segundos creí confirmar sospechas y al mismo tiempo me dije que mi carácter fantasioso me estaba jugando una broma.

Esos segundos largos con los fuertes brazos de Occhi alrededor de mi cuello y el de Michael Russo, su amigo de toda la vida, terminaron con la carcajada de ambos y mi aliviada sonrisa. Sin embargo, acompañando la música de fin de fiesta, escuché como unas zancadas firmes se acercaban con determinación. El sonido de los tacones me hizo girar la cabeza, para ver los ojos de Fran calcinando a los dos amigos.



Monday, June 14, 2021

Tres veces diez

 A GB

La noche fría aparecía súbitamente, después de una tarde soleada. Nos reímos mucho, fueron unas cuantas horas muy divertidas. Caro se ofreció a acercarme a casa y avanzábamos en medio del tráfico de las seis, similar a una procesión quelonia, disfrutando de la comunicación fluida que siempre tuvimos e “igualándonos el cuaderno”. No nos habíamos visto en casi una década.

Me dejó muy cerca del barrio donde crecí y el caminar de nuevo en este, trajo de vuelta los recuerdos de la adolescencia, entre ellos los años en los que conocí a Carolina. Sí, caminando entre las calles casi desoladas, pude, como dice Violeta, volver a los diecisiete. Visualicé los días de la federación de estudiantes, sus células militantes atareadas en la concreción de sus sueños, su dirigente, la sensual Zoila, hermana mayor de Caro. 

Mientras bajaba por la calle Asunción, recordé aquel paseo al Cayambe donde conocí a Carolina, quién venía enfundada como si fuera al mismísimo Polo Norte. Una adolescente dulce y bonita, con un timbre de voz que evocaba un tintineo y que estaba muy entusiasmada por subir, a sus 15 años, las cumbres del coloso. Compartimos pocos tramos de caminata juntos, pues yo estuve la mayoría del tiempo con el grupito que subía bebiendo aguardiente, pero supe que nos gustamos. Dos días después recibí de manos de Zoila, un pequeño regalo de Caro, una cajita con dulce de guayaba y turrón.

Esa historia de amor núbil pudo tener un final muy feliz, si es que el Cupido no hubiera errado su lanzamiento y me enamorase como un loco de Zoila. Error fatal del arquero, puesto que, si bien fuimos enamorados, ella me trataba como una niña a su oso de peluche, que lo toma cuando quiere jugar y lo abandona cuando se aburre. Momentos de alegría inmensa los de cercanía y tristeza en la misma magnitud cuando Zoila, matemáticamente me abandonaba, por algún otro… Ahora me doy cuenta de que era previsible ¿Qué chica de 22 toma en serio a un muchacho de 17? Mucho más si estaba rodeada de ingenieros que rozaban los 30, repletos de madurez y cancheros en diversas artes. Pero mi estrepitoso fracaso con Zoila, es otra historia…

Diez años después, en un encuentro luctuoso en el que coincidimos y en el cual, dadas las circunstancias, de manera general e incompleta, nos “igualamos el cuaderno”, me contó que enterarse de mi romance con su hermana mayor le causó un dolor profundo que, sin embargo, sanó rápido, gracias a que mantuvimos espacios y tiempos disímiles. Gracias a Pancho, un buen tipo y su viaje a México, en donde pasó toda la universidad. Al despedirse, me dijo, por mi nombre y apellido, que debíamos ir por un café, pues tenía algo muy importante que decirme.

Nos encontramos en la Mariscal. Caro llegó hermosa, fresca y elegantemente vestida con una blusa tehuana. Tenía la misma voz de tintineo, los dientes blancos y las pecas adolescentes alrededor de la nariz. Los años y el Distrito Federal la habían hecho muy extrovertida y experta en albures. Intercambiamos bromas, compartimos temas antropológicos y nuestras mutas experiencias en campo. Después de una mini cátedra etnográfica (muy UNAM), me dijo que ponga atención pues lo que me diría era la razón de esa cita.

-Hace unos 3 años, en Chiapas, estuve en una ceremonia shamánica con mezcalina y apareciste en ella. Una visión intensa, muy bonita, tierna y apasionada a la vez. A la mañana siguiente, iba a acercarme al shamán para contarle sobre ella y sobre la historia que no pudo ser en mis quince años, pero él, antes de nada, me dijo: Ese hombre será muy importante en tu vida, búscalo. Y aquí me tienes-

Me tomó de sorpresa, pero nos besamos de inmediato, estábamos dispuestos a cumplir el oráculo náhuatl. Luego de ese particular ritual iniciático me extrañó que tomase su cartera y se levantara.

-Estoy en casa de mis padres, dijo, debo llegar temprano-

Sin embargo, caminamos como dos enamorados las pocas calles que separaban el café de la avenida principal, hasta que paró un taxi.  Esa misma noche, por teléfono me dijo que el resto de la semana mostraría el país a su sobrina rusa y a su regreso, me invitó a dormir con ella, pues sus padres estaban de viaje.  Esa propuesta magnífica me hizo pensar en la cancelación de una cita que tendría lugar al terminar la jornada laboral.

- En verdad lo siento, Caro, pero tengo que terminar un reporte- La cita era con mi ex.

Pasó otra semana y finalmente en el mismo café, nos vimos en un miércoles luminoso. Parecía un reinicio, repetíamos el diálogo, temas antropológicos y detalles sobre mi posterior investigación en las comunidades de Cotopaxi, en las que ella trabajó durante varios años. Caro me contó sobre su sobrina rusa y yo sobre el encuentro con mi ex y las dudas que este provocó. Ella me entregó ciertos tips linguísiticos, antes de decirme que se iba. No caminamos como enamorados las pocas calles, y en la avenida, me dio un beso pequeño, antes de subirse a un bus metido en una procesión quelonia, propia del tráfico de las 4. Un par de semanas después, a mi regreso de Cotopaxi, otra vez por teléfono, me dijo que tenía novio. Me encogi de hombros. Yo había retomado mi relación con Martina.

Transcurrieron otros diez años antes de encontrarnos en una fiesta. Esta vez tenía el cabello corto y unos lentes de marco grueso que le daban un toque todavía más intelectual. Se me acercó con dos copas de vino. Me llamó por mi nombre y apellido y con su voz de tintineo comenzó:

¿Recuerdas la última vez que nos vimos? Esa tarde soleada, mi querido, como eres tan despistado, no caíste en cuenta que me hiciste enfurecer. ¿Cómo se te ocurre mencionar a tu ex, con un tono de melancolía y confusión? Prácticamente me subí al primer bus que pasó, quería huir del lugar para no matarte. Rumiaba mi rabia junto a la ventana, cuando el sol me dio directamente en la cara y para colmo, el chófer subió el volumen del vallenato que nos obligaba a escuchar. Le grité que lo baje. El hombre del asiento contiguo, que resultó ser colombiano, me preguntó algo que no recuerdo. Estuve a punto de ignorarlo o descargar en él, la bronca que te tenía con un sonoro “que te importa”. Pero por un segundo vino la cordura, y respondí a su segunda pregunta. El bus seguía con su paso de gusano, pero el diálogo que comenzamos a hilar con Edwin, que así se llamaba mi compañero de viaje, hacía que el embotellamiento sea agradable. Yo nunca converso con desconocidos en los buses, pero de pronto me vi desahogando, con uno, el enojo que me causaste.

Caro y Edwin estuvieron casado 20 años y tienen un hijo hermoso.  El shamán chiapaneco tuvo razón. Ella debía buscarme.

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Saturday, April 10, 2021

Prashant

Egresé de la universidad y escogí trabajar medio tiempo. Decidí que el resto del día sería para perfeccionar esas habilidades de dibujante y artesano que me permitirían subsistir en mi próximo viaje por América. Cumplía 4 horas de profesor de español en una academia del centro y el tiempo restante, entre tonadas de jazz y sorbos de güisqui, iba por mis aficiones.Vivía modestamente y sin duda gracias a la ayuda de mi tío, quien generoso, me regalaba tarjetas de comida en un restaurante. Luego de mis clases iba por una cerveza aperitiva, en algún bar del Pasaje Amador o en una cantina de la Olmedo, para después almorzar donde doña Carmen, en la Chile. Vagaba en esa misma calle, atiborrada de vendedores ambulantes de los bienes más diversos y me entretenía conversando con Miguelón el de los jeans, con Pulguita el de las toallas o con Chespiro el vendedor de peluches. A veces les compraba un paquete de yerba. Una tarde, en San Francisco, tocaba una banda de reaggue, cuando llegué estaban en esa última canción que el público quiteño casi obliga a hacerse, al grito de “otra”. La atmósfera musical se llenó de un agradable olor dulzón y vi que el vendedor de las varitas olorosas era un joven casi rapado, enfundado en una túnica naranja. Tenía dos líneas blancas entre las cejas y de su cuello colgaban numerosos collares de cuentas. El chico tendría unos 21, un par de años menos que yo.

-Eres paisa, le dije.

-Pues, sí, respondió. ¿Conoce?

Negué con la cabeza, pero añadí que ese mismo acento lo tenía la esposa pereirana de mi tío pastuso.

-Ah, que bien, pues, debe ir para allá, es bien bonita mi tierra, añadió el novicio krishna, arrastrando las “eses” desde su acento particular. Esta vaina ya se acabó, dijo, mientras sonaban los aplausos, mirándose las manos con pocas monedas y muchas varitas de incienso.

- Anda para la Ipiales, acoté, ahí de seguro te compran.

Mientras subíamos por la Cuenca, me contó que se llama Prashant y que llegó hace poco. Me dio un breve sermón acerca de los principios de su fe, la oración, el vegetarianismo, el yoga… y me invitó a visitar el templo Krishna de la calle Esmeraldas. Al llegar a la Chile, nos despedimos, pero pocos días después lo vi de nuevo, delgado, silencioso, hasta triste, con muchos inciensos en sus manos. Colegí que habrían pocas monedas en sus bolsillos y le invité a almorzar en el restaurante de doña Carmen. Cuando su hija Carmita nos contó que el menú tenía arroz con pollo, le pregunté si podía preparar algo vegetariano. No terminé la frase y fui interrumpido por Prashant.

-    No, no se apure, yo como todo pues, tranquilo, dijo atropelladamente.

-     ¿Dos almuerzos?, dijo Carmita

-     ¡Sí, dos almuerzos! ordenó Prasahant. 

Cuando Carmita se fue con la comanda, me pidió disculpas por romper sus votos.

-La verdad es que me venció el olor a pollo frito... ¡uste' no sabe parcero, como prepara mi mamá ese pollo…!

Llegó la pierna de pollo y desapareció como si hubiera caído entre un centenar de pirañas amazónicas. No lo juzgué y por el contrario me alegró ver que su ánimo mejoró, mientras me contaba sobre sus maestros, sus jornadas de oración y de baile alabando a Sri Krishna por las calles y en las ceremonias de la luna donde el templo se abría y purificaban a todos los invitados con comida. Se convirtió en otro ser más de las calles del centro y nos encontrábamos casualmente, él anunciando sus inciensos y yo mostrando la ciudad a algún alumno o camino a mi casa, para mejorar unas artesanías en coco, que de tan feas no las hubiera comprado ni yo mismo.Como artesano, no llegaré ni a Loja, me decía…

La tarde de un viernes nacía con un sol espléndido y con la frescura primaveral de mi ciudad. Ese día merecía dedicárselo al arte, pero también a un vuelo, me dije. Por ello, equipado con mi material de dibujo fui hasta la calle Chile a comprar un paquetito. Camino hacia el parque Matovelle, a la altura de la calle Esmeraldas encontré a Prashant.

 – ¿Le puedo acompañar?, me dijo y comenzamos a subir la cuesta de la García Moreno. A pocas cuadras, sudoroso y jadeante, propuso buscar una tienda.     

-       -  Parce, me muero de sed …

Sí, ese día, era el de un “sol bielero” y en la primera tienda pedí una cerveza y un agua sin gas.

-     No pues, no. Cervecita también para mí, si me hace el favor… ¿o es que uste’  bebe agua cuando dibuja?.

Nos ubicamos en la Rubén Darío, desde donde hay una vista espectacular de la Basílica y del centro oriente. Extendí la hoja blanca, saqué lápices y marcadores, pero lo primero es lo primero: rellené la pipa y antes de encenderla miré al novicio krishna.

-Y uste' ya sabe, hermano, ante todo soy paisa, pues…

Cada uno dimos un par de caladas y comencé a dibujar. Prashant halagaba el paisaje y las figuras geométricas del gótico de la basílica. De pronto se quedó silencioso, mirando hacia la nada. Había terminado un boceto y escuché que sollozaba. Dijo que le molestaba la debilidad de su cuerpo y la falta de fortaleza de su espíritu. Que era una lucha muy fuerte y no sabría si vencería. Y mientras eso decía, tomaba largos sorbos de cerveza, que a su vez eran interrumpidos por frases místicas del venerable Bahktivedanta. Le exendí la pipa encendida... Mientas seguía dibujando las pequeñas casitas del Itchimbía, Prashant, más sereno, me contaba cuanto extrañaba a su madre, así como no extrañaba la pobreza de su barrio. Añoraba los amigos, el fútbol, el aroma del café, pero no el miedo que en todos infundía la gente de Pablo Escobar, asesinado hace poco. Luego del desahogo, vino la relajación, su rostro reflejaba esa paz que seguro premiaban sus superiores en el templo de la Esmeraldas. Saqué la libreta pequeña y comencé a dibujarlo. Casi posando, me contó sobre la primera vez que sintió el encantamiento de Sri Krishna en su ser. Seguimos fumando y bebiendo, se puso a describir entre risas a las guapas caleñas y pereiranas, a las bellas de Medallo, entre ellas, su novia. Creo que ese recuerdo le hizo levantarse y decirme que regresaba al templo.

Estuve casi un mes en la selva, enseñando a varios grupos de ingleses y a mi regreso, vagando por la Chile, escuché que alguien me llamaba. Prashant sin su marca blanca entre las cejas y sin su túnica anaranjada, en una camisa y jeans, me contó que siguió frecuentando el restaurante y se hizo novio de Carmita. Pero una tarde, en que con ella se besaban y compartían unas salchipapas en la calle Mejía, se toparon manos a boca con el superior del templo Krishna y sin más, fue expulsado. Me dijo, con pesar, que ahora volvía a ser el simple Elkin Zuluaga. Mientras, Elkin Prashant bajaba por la Chile con su ropa dos tallas más grandes, el diablo de la culpa se agazapaba entre mis hombros y cuello. Yo fui el que le invitó al restaurante carnívoro, el que le presentó a Carmita, el que le brindó cerveza y marihuana... Ese diablillo comenzó a atenazarme la garganta. Viajé al río Tigre, esta vez con dos suizas, y a mi regreso, una Carmita lacrimosa me dijo, abrazando el menú, que habían terminado con Prashant y no sabía nada de él. Su destino solo lo conoce Krishna Om puniaia namah, le dije, por decir algo.

Por varios meses, entre la multitud de la calle Chile ya no se veía al delgado jovencillo de la túnica naranja, hasta que un día lo vi en la Plaza Grande, saltando alegre entre sus condiscípulos. Sus superiores le perdonaron, le enviaron a un retiro en Baños y de misión a Cuenca. Sus manos seguían llenas de incienso y de seguro sus bolsillos vacíos de monedas, pero sus ojos brillaban con alegría. En un par de días iría para Colombia, quizás vería a su mamá. Con un abrazo despedí a otro de esos hermanos que me habían regalado las calles del centro de Quito y décadas después, me pregunto si será todavía Prashant o Elkin Zuluaga, o ambos dos. Quizás ya dejó de ser entre los suburbios de Metrallo. Eso solo lo saben él mismo y el poderoso Sri Krishna om sanatanaia namah.