Friday, February 18, 2022

Súbete a mi moto

A NB

Cuatro años habían pasado desde que regresé a vivir en Quito y tres desde que era conocido en la esquina de mi casa como Tarantini. Vivía en un barrio de clase media. Mi familia ocupaba la planta baja de una casa grande de tres pisos, que tenía la escalinata en el centro. En el ala izquierda del segundo vivía Doña Lucita, la dueña de casa y su hija María Eugenia que pasaba buena parte del día en su taller de costura. En la derecha, vivían unas numerarias carismáticas, que organizaban, los sábados, reuniones con los chicos del barrio, para conversar sobre la vida de los santos, el pecado, la virtud y demás temas de interés de las misioneras españolas. En el tercer piso vivía la otra hija, la señora Marcelita con su esposo y sus dos hijos Nico y María Belén, conocida como la Gata, por sus hermosos ojos verdes.

Con Nico llevábamos cuatro años de una amistad muy cercana. Apenas nos conocimos jugamos a revivir los programas de televisión blanco y negro. En nuestro “Viaje al fondo del mar”, el patio del subsuelo era la profundidad marina y la piedra de lavar, el submarino. Pretendíamos ser Huck Finn y Tom Sawyer y cuando requeríamos de Becky y de Joe el Indio, invitábamos a la Gata y a mi pequeño hermano Vito. Nico se la pasaba en mi casa, pero a veces subíamos al tercer piso para jugar con los muñecos del Hombre Nuclear que le traía su padre desde Estados Unidos. En 1981, cuando ocurrió esta historia, Nico tenía 13, la Gata 10 y yo 11. Motivado por su padre, director de una famosa orquesta del país, Nico comenzó a tomar en serio la música. Buscando su instrumento, probaba las congas, el piano y la trompeta. Íbamos al estudio y poníamos en el tocadiscos los flamantes LP’s traídos por Don Nicolás, iluminando toda la casa con ese ritmo nuevo y pegajoso que se llamaba Salsa. Las portadas fabulosas, con Pacheco, “el zorro plateado”, Ray Barreto, el rey de las manos duras o Yomo Toro y Lavoe de Charros nos fascinaban. FANIA, Blades y el chico malo del Bronx, se convertían en nuestros ídolos y cantábamos golpeteando tarros vacíos de pintura.

Los nacientes 80 venían a ritmo de buena salsa, hasta que la Gata, nos disputó el tocadiscos. En su pecho trajo un LP, en cuya portada estaban unos muchachos vestidos de látex. Nos negamos y vino con su padre. Después de “Fania en África”, tuvimos que cederle el aparato a regañadientes y lo que sonó nos erizó los pelos. Eran cinco voces adolescentes con un ritmo que hería nuestros oídos afinados en el buen gusto salsero. No los odiamos de inmediato, pero sí lo hicimos cuando en los días siguientes el ruido de ese disco de marras salía de las casas contiguas. En todo el barrio, o al menos en los hogares donde habitaban féminas se escuchaban aquellas canciones. Pronto, algunas ventanas lucían afiches de los cinco chicos, vestidos como jamás se nos hubiera ocurrido hacerlo a nosotros, desde la estética de “machitos”.

En nuestra casa, la Gata había ganado espacio y sus padres le permitían escuchar todos los días los discos de “Menudo”, que en toda la ciudad fueron apareciendo como hongos en lluvia. La banda de Puerto Rico provocó la adoración de las chicas, en la misma medida que el desprecio de los chicos del barrio, excepto los que aprendieron la coreografía Menuda y que eran catalogados por la bandita como afeminados, pero adorados por las jovencitas, lo que nos ponía verdes de envidia.

En menos de seis meses, se transformaron en histéricas fans, hasta las más recatadas muchachas de nuestra comarca, entre ellas la Gata. Hicieron un culto a la imagen de los 5 portorriqueños, siendo motivo de pelea hablar mal de ellos. Todas habían escogido a un Menudo como el príncipe de sus sueños y en la parada del bus colegial se les oía comentar.

 – René es tan guapo.  ¡Qué cabello tiene, Xavier!, Me encantan los ojos de Miguel…

El favorito de la Gata era Ricky y por supuesto Nico, no escatimaba esfuerzos en molestarle diciéndole que era un enano de dientes torcidos, provocando su rabia:

-Papi, el Nico me está molestando, ¡dice que Ricky es feo!  

- ¡Ya Nico, deja de molestar a tu hermana!

Llegaron las vacaciones y su espléndido sol de verano. Nos divertíamos con un par de patines de 4 ruedas, alternado la camiseta de roller boogie que tenía parches en los codos. La señora Marcelita, le dio 20 sucres para comprar golosinas y le pidió a Nico que no haga travesuras. Don Nicolás le recordó que debía practicar el piano, si quería ser como Papo Lucca, y tomando de la mano a la Gata se subieron a la camioneta.

Fuimos al estudio de Don Nicolás y con “Ramona” sonando, Nico trató de emular ese famoso solo de piano, sin conseguirlo. Iba bien y de pronto ¡zás!, una tecla tocada ligeramente, le mandaba a repetir. Reprimía su frustración, cuando desde la terraza contigua, vino a todo volumen, el inconfundible éxito Menudo “Súbete a mi moto”. Yo grité por la ventana que bajen el volumen, pero fue como si la orden hubiera sido la inversa. Ya comenzaba a sonar la siguiente pista, cuando Nico dejó el estudio y atravesó la sala de su casa. Pasaron largos minutos, llegó sonriente y dijo: mi mamá me dio plata, mejor vamos a tomar helados.

Horas después, vimos desde la esquina a Don Nicolás bajar las compras y luego subió toda la familia al tercer piso. Pocos minutos después se escucharon el llanto y los alaridos de la Gata, seguidos por los gritos de Nico castigado por su padre. Mi vecino y mejor amigo, cansado de "Menudo", había tomado la colección de LP's de su hermana y los puso a broncearse en la terraza. Cuando vino, lo vi adolorido y lloroso, pero con la sonrisa del "deber cumplido". Fue una victoria pírrica pero perdimos la guerra. Nuestra derrota final se dio un par de años después, cuando el grupillo se presentó en vivo, llenó el estadio y esparció por toda la ciudad la "fiebre menuda".   




Wednesday, January 12, 2022

El Orejón

Desde el bus, gracias al tráfico que nos pone a ambos a la misma velocidad, voy junto a él por algunos metros. Camina encorvado y tose, está muy delgado y aparenta muchos más años de los que tiene. No lo he visto en meses, quizás un año, pero reconozco a lo lejos su larga cabellera gris. Baja, con el infinito cigarrillo temblando en su mano derecha, por una de esas ligeras cuestas que reducen su pendiente a medida que se acercan a la Avenida Seis de Diciembre. Pronto ingresará a la Mariscal, el barrio en donde transcurrió buena parte de su vida. Era imposible, años antes, verlo caminar a las dos de la tarde. Durante décadas fue uno de los reyes de la noche. Él y el mostrador de su local parecían cosidos, por lo que verlo en la calle temprano casi no ocurría. En esas raras ocasiones iba con su hijo o con su esposa y se dirigía con ágiles pasitos cortos, como su estatura, hacia su local. Levantaba la puerta metálica, encendía las luces y crecía dos palmos. Sus dedos en el interruptor y luego en el volumen del equipo de sonido, iniciaban la jornada de fiesta que poco a poco iluminaba toda la calle García. Esa era su cotidianidad antes de la noticia que en mayor o menor medida nos sorprendió a todos.

Antes de aquel anuncio, el Fer, era apreciado por muchos, le llamaban por su diminutivo, le daban palmadas, le saludaban con reverencia. Era un cariño sincero al pana esmirriado y tranquilo, aprecio que no pedía a cambio ni un un gratuito cubata aguado o un lark, pero que venían. Era respeto al tipo que se las había jugado por la militancia, a su consecuencia de estar 40 años en las filas de la izquierda. La admiración al inclaudicable que chupó cana y tortura. Atrás de la barra de su local, con su mirada de basset hound, recibía a medio mundo. Su timbre de voz, con ligero frenillo, acogía amable a los que vistaban su bailadero de salsa, abierto desde el miércoles a las siete de la noche. El local, era en sus inicios, una ratonera donde se daba cita el más diverso zoo de artistas, militantes, fumones, intelectuales y bohemios de la clase media baja. Los nuevos socialdemócratas, los cerebritos de universidad privada, los asesores de congreso o la gauche caviar, preferían ese antro amplio, iluminado, y repleto de divos de la calle Veintimilla.

Desde el paso de caracol de mi Colón Camal, lo miro cruzar la Juan León Mera, con su negro chaleco impermeable y el pantalón una talla más grande y recuerdo mis diversas etapas vividas en su antro. Las mejores noches de fiesta, las sonrisas de las más guapas y hasta aquella corta jornada de puñetes que viviera a pocos metros de su puerta. Recuerdo al Negro Álava, atornillado a la puerta pidiendo pagar el cover, con sus ojos cansados y su amabilidad introvertida, dejándonos entrar gratis a los más wambras. El sol hace doble reflejo en las ventanas de los edificios y en el cristal de mi asiento y me obliga a cerrar los ojos. Me veo en mis diecinueve ensayando unos básicos pasos de salsa con las bellas militantes del FADI, que sin sectarismo me regalaron mis primeras noches de pasión. Me escucho a mis veintitrés, canchero y guapo, saludar como delantero de primera categoría a mis amigos, a los camaradas más viejos del partido y hasta algún profesor de la U. Me cotemplo en esos segundos, noche tras noche, con la rizada cabellera suelta, arribando a la pista para sacar a bailar a la gringa más bonita… y estoy otra vez al final de mis veintes, saliendo del antro a la casa de alguna bella, generalmente mayor, o en las frías madrugadas caminado con la pandilla chica: Ramiro y Gonzalo, a comprar en la Cordero más trago y marihuana. 

Me piden el pasaje y luego asoma alguna memorable chupa previa a mi ida del país y luego el día en que ya entrados en mis 40, el Gato nos suelta la noticia bomba en la improvisada reunión de ex miliantes.

“¡No jodas, chucha!. Yo siempre lo sospeché. ¡Ni parecía! ¡No ha de ser! ¡Que caremazo! ¡Ni más donde ese hijueputa!” dejamos caer como ráfaga. El que fuera rumor, pronto salió en el periódico y con esa noticia, su local, otrora repleto fue vaciándose. Hasta apareció en una de sus paredes una grosería pintada. En el círculo de mi trabajo, en el barrio, en el equipo del fútbol de los martes, se comentaba el asunto. Yo era parte de los que no lo podía creer, de los que cientos de veces, comencé o terminé la noche conversando de política con el Fer en la barra. Con ese barman quien a mediados de los 80, se entregó a las autoridades con sus compañeros luego del secuestro de Echeverría. El que participó en uno de los primeros operativos brutales de la izquierda radical a fines de los 70. El que arengó un mitin bolivariano alfarista, en el 2008, y que precedió a una incursión del ejército del país vecino, donde murieron varios chicos mexicanos. 

En el periódico le llamaban El Orejón.

Poco antes de mi regreso al país se publicaron los resultados de la Comisión del Verdad y casi un año después, yo leía su versión pdf, en el silencio nocturno de mi oficina, paradójicamente ubicada a dos calles del antro del Orejón. Los archivos detallaban el modus operandi de la policía y sus agentes durante los años de nuestra propia guerra sucia. Entre ellos estaba él. Aparecía en el texto con sus dos nombres y sus dos apellidos, con sus alias: Orejón, Agente 098. No cabía duda, era el Fer. Era el informante, el tira... Y parece que si bien en los 70’s fue un radical convencido, en los 80, una policía nacional, ya adiestrada por sus pares españoles y por mercenarios israelitas, lo vio útil e inició con él una dinámica macabra, pero efectiva para los fines institucionales.

Luego de caer preso y las torturas de rigor, se encargaron de reducirlo al nivel de guiñapo. La práctica común de entonces, pero que con el Orejón tuvo su variante. Una vez excarcelado, lo detuvieron otra vez, sin que medie delito alguno y fue nuevamente torturado, le hicieron ver que estaba a merced de sus captores y que no habría sistema judicial que pueda impedirles atraparle y vejarle cuando ellos quisieran. De a poco le hicieron interiorizar que eran omnipotentes. Lo soltaban y semanas después lo detenían otra vez, continuando con el ritual, hasta que un agente le dijo con tono amable que podía evitarse aquello si colaboraba… Un aviso sobre una bomba panfletaria y a cambio, varias semanas de tranquilidad. Una delación más importante, hasta le traía una pequeña suma de dinero. Era el inicio de un círculo vicioso, que se prolongó por décadas, el comienzo de un trabajo de obra cierta, sin horarios. Su inserción en una categoría deleznable de la cual ya no saldría jamás.

Cierro el archivo, y decenas de preguntas zumban como moscas color caqui. Muchas son lógicas, otras cínicas. ¿Con el tiempo, le cogió gustito a la huevada, o siempre estuvo reticente en actitud esquizoide? ¿El Orejón fue ascendido y se hizo instructor de delatores?  ¿Solo era llamado para ciertos objetivos y tuvo períodos en que sus servicios no se solicitaban? ¿Su jefe fue el mismo; un amo “mentor” eterno o habia ritual de cambio de mando? ¿Gozó de vacaciones pagadas?...

Camino por la calle Colón hacia el occidente y el frío de la noche trata de poner en orden mis ideas. ¿Quién soy yo para juzgarlo, por débil? me digo. ¿Puedo señalarle con el dedo, yo, qué por suerte nunca fui torturado en cana? Sigo caminando. Debió irse del país, el cabrón…  debió denunciar a los DDHH.  No tengo respuestas lógicas a lo que éticamente el Orejón debió hacer. La cagó, cagó a mucha gente… Es un hijupeuta… concluyo. Y las moscas de color caqui visten ahora toga y tienen una balanza en las manos. Enciendo un cigarrillo y mientras una putita colombiana de la Calle Versalles, me guiña un ojo, despacho hacia mi freudiano Super yo a mi juez. No iré más a su antro. Ni mierdas... Y sin embargo, luego de unas bielas con los panas, vemos al Orejón en la puerta que nos saluda con su sonrisa de prótesis dental y sus ojos hush puppy,  y por los viejos tiempos, por la picadera alchólica, nos tomamos un whiskie en una mesa del rincón. Esa fue la última vez que vi al Fer, al Orejón, y aunque a veces se me hace que cruza la 12 de Octubre con sus pasos cortitos, caigo en cuenta luego que son solo sus genes reflejados en un muchacho que se le parece bastante.

Pasan los años  y  la vida me pone, medio ebrio, en la calle García. Esta vez abandonada y lúgubre, incluso vacía de pushers y de putas. Se ve que el antro está cerrado desde hace mucho y no ha sido reemplazado ni por cervecería, ni por comedero, ni por chongo. Al pasar frente a la puerta metálica oxidada, se coloca en mi cabeza, el “Oriente” de Henry Fiol, y como nadie me ve, ensayo el “pasito de la baldosa”, recordando a los panas con los que bebí aguardiente, muchos ya fallecidos de cáncer al pulmón o cirrosis. “Yo me voy a morir… caramba me voy a matar…” canto. Evoco las cumbias con las amantes eventuales, los sones cubanos con los vaciles de trago y el merengue con las que no pudieron ser. “Mira negra, me voy a morir, cosa buena me voy a matar...”. Y miro emerger de la noche a los conocidos que me pedían a la madrugada un dólar para un teque de bazuco. A los habitués como la Bestia Quiñónez, alma bendida, tan grotesco y aterrador, como gentil, chocando el vaso de whisky y haciendo sonar sus cadenas de oro. Al Chacachaca, hijo de un empresario que festejaba todas las canciones con su pandereta, al Coloris, que nos daba tragos gratis en el Arribar, a la Suquita Edelmira que te entregaba su amor a cambio de una noche de pases…  “Oriente si yo pudiera, cantarte como deseo…"

El Orejón murió hace algunos años, dicen que tísico y solo, pero en su casa. Al final, ni él, ni su obra, le importaron a nadie. Muchos de los que sobrevivieron a las denuncias del Orejón, detentaban puestos en el gobierno de un caudillo, quien también mató la esencia de esa izquierda a la que El Orejón entregó. Por ese mismo tiempo murió la Mariscal como zona de farra, entre la pelea de mafias, la inseguridad y la apertura de una nueva zona de diversión. Con la bachata y el reguetón también murió en mi ciudad la Salsa. ¿Para qué chuchas sirve salir en la noche, a una ciudad huérfana de bailaderos de salsa?  "Un pajarito herido, abandonado en el mundo, con desespero profundo vuela buscando su nido... " Pero sobre todo son las canas de cabeza y barba, las que me hacen caer en cuenta que también murieron mis ganas de buscar antros nocturnos, sean o no sean regentados por tiras.


Tuesday, November 16, 2021

Francine (el alegrama que nació mientras dormía)

La Roma monumental siempre hará que pasen cosas, especialmente en esos veranos super calurosos, con sol radiante y cuando la ciudad se llena de turistas. Estos van presurosos del Coliseo a la Fontana di Trevi, como si se tratara de una gimcana, miran sus mapas, hacen largas filas buscando los sitios arqueológicos, se toman fotos...

Yo caminaba relajado en la ciudad de los Césares, era otra de tantas estancias por trabajo o placer. Ahora visitaba a Giulia, quien hace poco tuvo su bebé y esperábamos unos encargos que su hermana Martina, residente en Nueva York envió al sobrino. Pedimos una “birreta”, ella hidrató a su crío de ojos vivísimos y nos igualarnos los chismes. Media hora después, llegaron tres mujeres, que no pasaban desapercibidas, evidentemente estadounidenses, eran contemporáneas nuestras, en los finales de su veintena. Las compañeras de trabajo de Martina llegaron a Roma el día anterior. Después de los saludos efusivos de Giulia, las preguntas sobre su hermana, vino la invitación a acompañarnos. Ellas contaban sus primeras impresiones y una comenzó a practicar su italiano, de acento americano apenas perceptible, conmigo, debido a la ubicación de las sillas.

-No vinieron a Roma a sentarse a tomar cerveza, les dijo Giulia con su amplia y romana sonrisa.

Las despidió cortés y concertaron una cena para el día siguiente, en la que el abundante vino de Abruzzo, regalaba a Francine un italiano más fluido. Había nacido en la pequeña Italia, en ese sector del Bronx, ubicado a pocas cuadras de la turística calle Arthur, que se va convirtiendo en el último reducto del gran barrio italiano del norte de Manhattan. Su abuelo migrante desarrolló un pequeño negocio, que se hizo próspero con su padre. Bautizada en honor a Francesca, la matrona de la familia, ella preferia que le llamen Fran.

En un verano romano, después de que el dios Baco nos inundara con su elixir, era obvio que terminemos besándonos. Los días siguientes las acompañé en sus recorridos por la ciudad, a las playas cercanas y muchas veces terminábamos en una fiesta improvisada en casa de Giulia. La semana siguiente, fueron hacia Pompeya y su retorno fue el preludio del retorno a la Gran Manzana. Diez días pasaron volando, pero el amor de verano siguió desde varias cartas y contadas llamadas telefónicas. Yo había regresado a Trapani e iba tirando desde mi puesto de asistente contable en la prefectura. En septiembre me invitó a Nueva York para el fin de año y aunque dudé mucho que dieran la visa a un chico pobre, llegó la carta de invitación de su padre. A veces cierro los ojos y revivo ese recuerdo bonito de la noche de navidad, que comenzó con una corta caminata en el frío invierno. Los cuatro, eleganemente vestidos, entrando a un restaurante. El hijo mayor de la familia había fallecido en un accidente años atrás y Fran me advirtió que ese era un tema intocable.

Times Square marcó el fin del año con la multitud alborozada. My guapp y yo estábamos muy enamorados. Para fines de Enero, cursaba mi primer nivel de inglés y trabajaba en la cocina de un restaurante. En Junio era contable en el almacén de un amigo de la familia. Desde el primer día Michael, el padre, se portó muy amable. En una no planificada celebración de mi primer año no tan discreto, espetó:

-        Sabes Tony, estoy bastante contento de que Fran tenga un novio italiano y no un negro bailarín de break dance, o un portorriqueño de patillas largas y bigote recortado, como está de moda.

Con su estilo directo me dijo que si viviría en Nueva York era mejor acercarme al baseball y comenzó a llevarme al estadio de los Yankees. No sabía por qué a Fran incomodaban esas salidas y yo replicaba que comprenda a su padre, pues quizás veía en mi al sustituto del hijo fallecido en aquel accidente. -No te pongas celosa-, bromeaba.

Vivíamos en un modesto departamento de Brooklyn, Fran trabajaba en una tienda de computadoras novedosas, aquellas en las que su pantalla simulaba una hoja de papel. Su familia nos visitaba regularmente, pero a veces y sin avisar, aparecía Michael con cerveza, entradas para el estadio o deliciosos pastramis... Una tarde me trajo un trabajo de contabilidad. Algo sencillo, reordenar algunos inventarios desde instrucciones precisas. Un trabajo fue muy bien pagado, pero sobre el que, sin necesidad de decírmelo, debía guardar reserva, incluso con Fran.

Ni mi esposa ni yo éramos muy creyentes, pero mis suegros insistían en fijar fecha para la ceremonia religiosa.

-Es dar una alegría a la nona, Tony-, dijo Michael. -Ella se ufana de que jamás hubo divorcios en esta familia. Viudeces sí, pero divorcios nunca ¿Tú me entiendes, eh?- La nona está vieja, se lo merece ¿No crees, Fran?

Fue una celebración magnífica donde mi suegro botó la casa por la ventana. Al final era su única hija. No sé si la signora Francesca estaba alegre, pero desde un sitio de honor nos miraba con sus ojitos opacos más bien llenos de curiosidad. Luego de las palabras rituales de mis padres y suegros, luego del vals y del baile general, se quedó la corta familia ampliada y pocos amigos. En un rincón estaban abrazados Michael y un amigo de su misma edad, bastante borracho. Recordaban ruidosos, esas anécdotas de juventud, los días infantiles del barrio, los del ejército… Anthony Occhipinti, me mira con los ojos vidriosos y me invita a acercarme. Cuando estoy a un par de metros dice

-Eh Michael. Eres un viejo con suerte, el figghiu no solamente es siciliano, además se llama como yo, ¡somos los mejores, eh, Tony!, acota despeinándome. ¡Bienvenido a la familia!…

Me pareció que mi suegro se ponía serio, pero lo dejaba seguir.

-Vamos Occhi, tómate el último, dale.

Occhi, pasó su brazo por el cuello de mi suegro y formó un pequeño triángulo, con nuestras cabezas casi chocando.

- Eh Miki, bastardo… Te felicito… Parece que tenemos al próximo padrino.

Fueron pocos segundos de silencio, en los que pensé que mis oídos o mi dominio del inglés me jugaban una mala pasada. Fue uno de los momentos más determinantes de mi vida, del cual el recuerdo es ambiguo. No tengo certezas sobre la expresión de mis contertulios: A veces creo que Michael frunció el ceño y Occhi puso cara de haber metido la pata, pero en otras se me hace que esto fue planificado por los amigos, comenzando con la supuesta borrachera de Occhi. Creo que ambos me miraron con una expresión inquisitiva, como si quisieran respuesta. En esos breves segundos creí confirmar sospechas y al mismo tiempo me dije que mi carácter fantasioso me estaba jugando una broma.

Esos segundos largos con los fuertes brazos de Occhi alrededor de mi cuello y el de Michael Russo, su amigo de toda la vida, terminaron con la carcajada de ambos y mi aliviada sonrisa. Sin embargo, acompañando la música de fin de fiesta, escuché como unas zancadas firmes se acercaban con determinación. El sonido de los tacones me hizo girar la cabeza, para ver los ojos de Fran calcinando a los dos amigos.



Monday, June 14, 2021

Tres veces diez

 A GB

La noche fría aparecía súbitamente, después de una tarde soleada. Nos reímos mucho, fueron unas cuantas horas muy divertidas. Caro se ofreció a acercarme a casa y avanzábamos en medio del tráfico de las seis, similar a una procesión quelonia, disfrutando de la comunicación fluida que siempre tuvimos e “igualándonos el cuaderno”. No nos habíamos visto en casi una década.

Me dejó muy cerca del barrio donde crecí y el caminar de nuevo en este, trajo de vuelta los recuerdos de la adolescencia, entre ellos los años en los que conocí a Carolina. Sí, caminando entre las calles casi desoladas, pude, como dice Violeta, volver a los diecisiete. Visualicé los días de la federación de estudiantes, sus células militantes atareadas en la concreción de sus sueños, su dirigente, la sensual Zoila, hermana mayor de Caro. 

Mientras bajaba por la calle Asunción, recordé aquel paseo al Cayambe donde conocí a Carolina, quién venía enfundada como si fuera al mismísimo Polo Norte. Una adolescente dulce y bonita, con un timbre de voz que evocaba un tintineo y que estaba muy entusiasmada por subir, a sus 15 años, las cumbres del coloso. Compartimos pocos tramos de caminata juntos, pues yo estuve la mayoría del tiempo con el grupito que subía bebiendo aguardiente, pero supe que nos gustamos. Dos días después recibí de manos de Zoila, un pequeño regalo de Caro, una cajita con dulce de guayaba y turrón.

Esa historia de amor núbil pudo tener un final muy feliz, si es que el Cupido no hubiera errado su lanzamiento y me enamorase como un loco de Zoila. Error fatal del arquero, puesto que, si bien fuimos enamorados, ella me trataba como una niña a su oso de peluche, que lo toma cuando quiere jugar y lo abandona cuando se aburre. Momentos de alegría inmensa los de cercanía y tristeza en la misma magnitud cuando Zoila, matemáticamente me abandonaba, por algún otro… Ahora me doy cuenta de que era previsible ¿Qué chica de 22 toma en serio a un muchacho de 17? Mucho más si estaba rodeada de ingenieros que rozaban los 30, repletos de madurez y cancheros en diversas artes. Pero mi estrepitoso fracaso con Zoila, es otra historia…

Diez años después, en un encuentro luctuoso en el que coincidimos y en el cual, dadas las circunstancias, de manera general e incompleta, nos “igualamos el cuaderno”, me contó que enterarse de mi romance con su hermana mayor le causó un dolor profundo que, sin embargo, sanó rápido, gracias a que mantuvimos espacios y tiempos disímiles. Gracias a Pancho, un buen tipo y su viaje a México, en donde pasó toda la universidad. Al despedirse, me dijo, por mi nombre y apellido, que debíamos ir por un café, pues tenía algo muy importante que decirme.

Nos encontramos en la Mariscal. Caro llegó hermosa, fresca y elegantemente vestida con una blusa tehuana. Tenía la misma voz de tintineo, los dientes blancos y las pecas adolescentes alrededor de la nariz. Los años y el Distrito Federal la habían hecho muy extrovertida y experta en albures. Intercambiamos bromas, compartimos temas antropológicos y nuestras mutas experiencias en campo. Después de una mini cátedra etnográfica (muy UNAM), me dijo que ponga atención pues lo que me diría era la razón de esa cita.

-Hace unos 3 años, en Chiapas, estuve en una ceremonia shamánica con mezcalina y apareciste en ella. Una visión intensa, muy bonita, tierna y apasionada a la vez. A la mañana siguiente, iba a acercarme al shamán para contarle sobre ella y sobre la historia que no pudo ser en mis quince años, pero él, antes de nada, me dijo: Ese hombre será muy importante en tu vida, búscalo. Y aquí me tienes-

Me tomó de sorpresa, pero nos besamos de inmediato, estábamos dispuestos a cumplir el oráculo náhuatl. Luego de ese particular ritual iniciático me extrañó que tomase su cartera y se levantara.

-Estoy en casa de mis padres, dijo, debo llegar temprano-

Sin embargo, caminamos como dos enamorados las pocas calles que separaban el café de la avenida principal, hasta que paró un taxi.  Esa misma noche, por teléfono me dijo que el resto de la semana mostraría el país a su sobrina rusa y a su regreso, me invitó a dormir con ella, pues sus padres estaban de viaje.  Esa propuesta magnífica me hizo pensar en la cancelación de una cita que tendría lugar al terminar la jornada laboral.

- En verdad lo siento, Caro, pero tengo que terminar un reporte- La cita era con mi ex.

Pasó otra semana y finalmente en el mismo café, nos vimos en un miércoles luminoso. Parecía un reinicio, repetíamos el diálogo, temas antropológicos y detalles sobre mi posterior investigación en las comunidades de Cotopaxi, en las que ella trabajó durante varios años. Caro me contó sobre su sobrina rusa y yo sobre el encuentro con mi ex y las dudas que este provocó. Ella me entregó ciertos tips linguísiticos, antes de decirme que se iba. No caminamos como enamorados las pocas calles, y en la avenida, me dio un beso pequeño, antes de subirse a un bus metido en una procesión quelonia, propia del tráfico de las 4. Un par de semanas después, a mi regreso de Cotopaxi, otra vez por teléfono, me dijo que tenía novio. Me encogi de hombros. Yo había retomado mi relación con Martina.

Transcurrieron otros diez años antes de encontrarnos en una fiesta. Esta vez tenía el cabello corto y unos lentes de marco grueso que le daban un toque todavía más intelectual. Se me acercó con dos copas de vino. Me llamó por mi nombre y apellido y con su voz de tintineo comenzó:

¿Recuerdas la última vez que nos vimos? Esa tarde soleada, mi querido, como eres tan despistado, no caíste en cuenta que me hiciste enfurecer. ¿Cómo se te ocurre mencionar a tu ex, con un tono de melancolía y confusión? Prácticamente me subí al primer bus que pasó, quería huir del lugar para no matarte. Rumiaba mi rabia junto a la ventana, cuando el sol me dio directamente en la cara y para colmo, el chófer subió el volumen del vallenato que nos obligaba a escuchar. Le grité que lo baje. El hombre del asiento contiguo, que resultó ser colombiano, me preguntó algo que no recuerdo. Estuve a punto de ignorarlo o descargar en él, la bronca que te tenía con un sonoro “que te importa”. Pero por un segundo vino la cordura, y respondí a su segunda pregunta. El bus seguía con su paso de gusano, pero el diálogo que comenzamos a hilar con Edwin, que así se llamaba mi compañero de viaje, hacía que el embotellamiento sea agradable. Yo nunca converso con desconocidos en los buses, pero de pronto me vi desahogando, con uno, el enojo que me causaste.

Caro y Edwin estuvieron casado 20 años y tienen un hijo hermoso.  El shamán chiapaneco tuvo razón. Ella debía buscarme.

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Saturday, April 10, 2021

Prashant

Egresé de la universidad y escogí trabajar medio tiempo. Decidí que el resto del día sería para perfeccionar esas habilidades de dibujante y artesano que me permitirían subsistir en mi próximo viaje por América. Cumplía 4 horas de profesor de español en una academia del centro y el tiempo restante, entre tonadas de jazz y sorbos de güisqui, iba por mis aficiones.Vivía modestamente y sin duda gracias a la ayuda de mi tío, quien generoso, me regalaba tarjetas de comida en un restaurante. Luego de mis clases iba por una cerveza aperitiva, en algún bar del Pasaje Amador o en una cantina de la Olmedo, para después almorzar donde doña Carmen, en la Chile. Vagaba en esa misma calle, atiborrada de vendedores ambulantes de los bienes más diversos y me entretenía conversando con Miguelón el de los jeans, con Pulguita el de las toallas o con Chespiro el vendedor de peluches. A veces les compraba un paquete de yerba. Una tarde, en San Francisco, tocaba una banda de reaggue, cuando llegué estaban en esa última canción que el público quiteño casi obliga a hacerse, al grito de “otra”. La atmósfera musical se llenó de un agradable olor dulzón y vi que el vendedor de las varitas olorosas era un joven casi rapado, enfundado en una túnica naranja. Tenía dos líneas blancas entre las cejas y de su cuello colgaban numerosos collares de cuentas. El chico tendría unos 21, un par de años menos que yo.

-Eres paisa, le dije.

-Pues, sí, respondió. ¿Conoce?

Negué con la cabeza, pero añadí que ese mismo acento lo tenía la esposa pereirana de mi tío pastuso.

-Ah, que bien, pues, debe ir para allá, es bien bonita mi tierra, añadió el novicio krishna, arrastrando las “eses” desde su acento particular. Esta vaina ya se acabó, dijo, mientras sonaban los aplausos, mirándose las manos con pocas monedas y muchas varitas de incienso.

- Anda para la Ipiales, acoté, ahí de seguro te compran.

Mientras subíamos por la Cuenca, me contó que se llama Prashant y que llegó hace poco. Me dio un breve sermón acerca de los principios de su fe, la oración, el vegetarianismo, el yoga… y me invitó a visitar el templo Krishna de la calle Esmeraldas. Al llegar a la Chile, nos despedimos, pero pocos días después lo vi de nuevo, delgado, silencioso, hasta triste, con muchos inciensos en sus manos. Colegí que habrían pocas monedas en sus bolsillos y le invité a almorzar en el restaurante de doña Carmen. Cuando su hija Carmita nos contó que el menú tenía arroz con pollo, le pregunté si podía preparar algo vegetariano. No terminé la frase y fui interrumpido por Prashant.

-    No, no se apure, yo como todo pues, tranquilo, dijo atropelladamente.

-     ¿Dos almuerzos?, dijo Carmita

-     ¡Sí, dos almuerzos! ordenó Prasahant. 

Cuando Carmita se fue con la comanda, me pidió disculpas por romper sus votos.

-La verdad es que me venció el olor a pollo frito... ¡uste' no sabe parcero, como prepara mi mamá ese pollo…!

Llegó la pierna de pollo y desapareció como si hubiera caído entre un centenar de pirañas amazónicas. No lo juzgué y por el contrario me alegró ver que su ánimo mejoró, mientras me contaba sobre sus maestros, sus jornadas de oración y de baile alabando a Sri Krishna por las calles y en las ceremonias de la luna donde el templo se abría y purificaban a todos los invitados con comida. Se convirtió en otro ser más de las calles del centro y nos encontrábamos casualmente, él anunciando sus inciensos y yo mostrando la ciudad a algún alumno o camino a mi casa, para mejorar unas artesanías en coco, que de tan feas no las hubiera comprado ni yo mismo.Como artesano, no llegaré ni a Loja, me decía…

La tarde de un viernes nacía con un sol espléndido y con la frescura primaveral de mi ciudad. Ese día merecía dedicárselo al arte, pero también a un vuelo, me dije. Por ello, equipado con mi material de dibujo fui hasta la calle Chile a comprar un paquetito. Camino hacia el parque Matovelle, a la altura de la calle Esmeraldas encontré a Prashant.

 – ¿Le puedo acompañar?, me dijo y comenzamos a subir la cuesta de la García Moreno. A pocas cuadras, sudoroso y jadeante, propuso buscar una tienda.     

-       -  Parce, me muero de sed …

Sí, ese día, era el de un “sol bielero” y en la primera tienda pedí una cerveza y un agua sin gas.

-     No pues, no. Cervecita también para mí, si me hace el favor… ¿o es que uste’  bebe agua cuando dibuja?.

Nos ubicamos en la Rubén Darío, desde donde hay una vista espectacular de la Basílica y del centro oriente. Extendí la hoja blanca, saqué lápices y marcadores, pero lo primero es lo primero: rellené la pipa y antes de encenderla miré al novicio krishna.

-Y uste' ya sabe, hermano, ante todo soy paisa, pues…

Cada uno dimos un par de caladas y comencé a dibujar. Prashant halagaba el paisaje y las figuras geométricas del gótico de la basílica. De pronto se quedó silencioso, mirando hacia la nada. Había terminado un boceto y escuché que sollozaba. Dijo que le molestaba la debilidad de su cuerpo y la falta de fortaleza de su espíritu. Que era una lucha muy fuerte y no sabría si vencería. Y mientras eso decía, tomaba largos sorbos de cerveza, que a su vez eran interrumpidos por frases místicas del venerable Bahktivedanta. Le exendí la pipa encendida... Mientas seguía dibujando las pequeñas casitas del Itchimbía, Prashant, más sereno, me contaba cuanto extrañaba a su madre, así como no extrañaba la pobreza de su barrio. Añoraba los amigos, el fútbol, el aroma del café, pero no el miedo que en todos infundía la gente de Pablo Escobar, asesinado hace poco. Luego del desahogo, vino la relajación, su rostro reflejaba esa paz que seguro premiaban sus superiores en el templo de la Esmeraldas. Saqué la libreta pequeña y comencé a dibujarlo. Casi posando, me contó sobre la primera vez que sintió el encantamiento de Sri Krishna en su ser. Seguimos fumando y bebiendo, se puso a describir entre risas a las guapas caleñas y pereiranas, a las bellas de Medallo, entre ellas, su novia. Creo que ese recuerdo le hizo levantarse y decirme que regresaba al templo.

Estuve casi un mes en la selva, enseñando a varios grupos de ingleses y a mi regreso, vagando por la Chile, escuché que alguien me llamaba. Prashant sin su marca blanca entre las cejas y sin su túnica anaranjada, en una camisa y jeans, me contó que siguió frecuentando el restaurante y se hizo novio de Carmita. Pero una tarde, en que con ella se besaban y compartían unas salchipapas en la calle Mejía, se toparon manos a boca con el superior del templo Krishna y sin más, fue expulsado. Me dijo, con pesar, que ahora volvía a ser el simple Elkin Zuluaga. Mientras, Elkin Prashant bajaba por la Chile con su ropa dos tallas más grandes, el diablo de la culpa se agazapaba entre mis hombros y cuello. Yo fui el que le invitó al restaurante carnívoro, el que le presentó a Carmita, el que le brindó cerveza y marihuana... Ese diablillo comenzó a atenazarme la garganta. Viajé al río Tigre, esta vez con dos suizas, y a mi regreso, una Carmita lacrimosa me dijo, abrazando el menú, que habían terminado con Prashant y no sabía nada de él. Su destino solo lo conoce Krishna Om puniaia namah, le dije, por decir algo.

Por varios meses, entre la multitud de la calle Chile ya no se veía al delgado jovencillo de la túnica naranja, hasta que un día lo vi en la Plaza Grande, saltando alegre entre sus condiscípulos. Sus superiores le perdonaron, le enviaron a un retiro en Baños y de misión a Cuenca. Sus manos seguían llenas de incienso y de seguro sus bolsillos vacíos de monedas, pero sus ojos brillaban con alegría. En un par de días iría para Colombia, quizás vería a su mamá. Con un abrazo despedí a otro de esos hermanos que me habían regalado las calles del centro de Quito y décadas después, me pregunto si será todavía Prashant o Elkin Zuluaga, o ambos dos. Quizás ya dejó de ser entre los suburbios de Metrallo. Eso solo lo saben él mismo y el poderoso Sri Krishna om sanatanaia namah.

Thursday, February 18, 2021

La fiesta

Era un sábado de inicios de primavera, de esos que aparecen como un bálsamo, luego de varios meses de frío y cielo gris. Abría mis ojos al mundo a las once de la mañana, con la luz pujando por filtrarse a través de la gruesa cortina de mi kot de becario, con una leve resaca de la fiesta anterior y con pocos trabajos académicos por resolver. Iniciar a esas horas, significaba hacerse un “brunch”, ir por un kebab o beber un poco de jugo de cartón en espera de la apertura del restaurante universitario.

Aun cavilando, recibí la llamada de Mercedes Sosa, mi amigo guayaco, quien desde que asomó el invierno comenzó a engordar, hasta ganarse el apodo.

-Cepi, Akira, el japonés que estudia Filosofía, nos invita a hacer sushi-.

En los albores del año 2000, el sushi no era muy popular entre los estudiantes latinos, no solo por su precio, sino porque nos habíamos convertido en feroces devoradores de los baratos pollos del Viskmarkt, de las pizzas del “Magia e Via” y de los kebabs de Frank Zappa (el mote que pusimos al iraní que atendía la Vesalius eethuis). Hacer y comer algo diferente en ese sábado de leve resaca, era una invitación magnífica.

La casa de Akira, era una planta baja con jardín. Allí fuimos recibidos por él con la cordialidad propia de su cultura. Nos agradeció el haber venido y nos invitó a tomar una cerveza de las diversas que repletaban una nevera transparente. Pudimos ver a varios jóvenes de diversas nacionalidades, que como nosotros, bebían su cerveza ubicados alrededor de sendas mesas circulares, mientras manipulaban con concentración las mallas de bambú, o las delicadas algas, el atún, los camarones... La amplia sala, la cocina, el jardín, todos los espacios se iluminaban con la gama de colores de los variados tipos de pescado y vegetales, que contrastaban con la blancura del arroz abundante. Los muchachos y muchachas colocaban con delicadeza los ingredientes en las pequeñas verdes planchas rectangulares, enrollaban las esterillas, cortaban…

Cada uno de nostoros tres, armado con su cerveza y su esterilla de bambú, seguíamos a Akira. Él nos pidió que repitiéramos de inmediato lo que iba realizando. Acomodó el alga nori sobre la esterilla y levantó levemente la cabeza, la señal para que hagamos lo mismo con la nuestra. Luego colocó el arroz, el pescado, los vegetales, enrolló… Miró y realizó un control de calidad a nuestra obra, como lo hiciera un artista con una escultura. Sonrío y cortamos el tubo verde oscuro. Nos agradeció de nuevo por haber aceptado su invitación y nos pidió amablemente que comiéramos y bebiéramos todo lo que se nos antojara. Pin Ball (el apodo que se ganó el cuencano, por sus célebres borracheras), Mercedes Sosa y yo, hacíamos contentos nuestros primeros rollos de sushi, criticábamos mutuamente nuestro trabajo y para variar, poníamos apodos a los otros asistentes y sobre todo bebíamos cerveza. Akira venía a halagar nuestro trabajo y con el vinieron a nuestra mesa tres nuevas sushistas, una inglesa, una keniana y una turca. Nosotros, luego de una hora de labor, ya experimentados hacedores de sushi, les explicábamos fanfarrones y les dábamos consejo. Con su presencia, nuestra obra mejoró sustancialmente.

Cuando la bandeja se llenaba, Toshi, un paisano de Akira, retiraba los pequeños cilindros. Siendo las 4 de la tarde, estando repletos de comida y parcialmente borrachos, Akira repitió su agradecimiento ceremonial por el trabajo realizado. Nos solicitó que le honremos acompañándole esa noche en la fiesta que él realizaría en un yate y nos entregó a cada uno un pequeño rollo de cartón, cada rollo tenía 25 tickets de cerveza.

-Si necesitan más, por favor…-, dijo. Negamos con la cabeza, avergonzados de su generosidad.

Fui con Marijke. En la entrada del yate, nos recibió una hermosa japonesa, ataviada con el traje tradicional. Ingresamos y vimos una mezcla de luces y efectos propios de cualquier famosa discoteca de Bruselas, mezclados en elegante armonía con una decoración nipona. Saludé a Jen, la inglesa y a varios de los que nos conocimos en casa de Akira. Toshi nos invitó a pasar a una sección del bote donde varios bartenders repartían la cerveza, mientras en diversos sitios otros nipones que nunca había visto en el pueblo, servían los pequeños rollos que habíamos elaborado. El techno nos hacía mover, a los más de cien almas, que disfrutábamos del baile.

Desde el que parecía ser el camarote principal, colocado en la parte superior del yate, se abrió una cortina de papel y apareció una figura imponente. Estaba ataviado con un kimono azul y peinado como un samurái, tenía los brazos relajados a los costados. Giró lentamente la cabeza de un lado al otro y sus pequeños ojos rasgados dominaron todo el espacio. El solaz lo invadía. Abajo se alzaron los vasos de cerveza, brotaron los aplausos, algunos gritamos su nombre y otros corearon el tradicional Happy Birthday. El techno no dejaba de sonar, ni las luces de jugar. Akira estaba inmóvil, mirando al infinito, esbozando una leve sonrisa. Es un personaje masculino de una obra de Mishima, me dije. Uno de esos hombres que Yukio Mishima se obsesiona en presentar como un ideal de belleza, que a la vez controla sus emociones… Un personaje brillante similar a Ryuji o Yuichi, puro, extraoridinario, superior, aparentemente perfecto. Luego de varios minutos, cuando las ovaciones casi terminaban, Akira se dio media vuelta e ingresó lentamente al camarote. Las cortinas de papel volvieron a cerrarse.

Y la noche fue larga, Marijke y yo estábamos contentos y sudorosos. La fiesta parecía interminable y las ganas que nos teníamos también. Por fin nos besamos y nuestras miradas nos dijeron que debíamos salir. Abrazados, sonrientes, mordiéndonos de vez en cuando los labios, nos alejábamos del canal. Entonces, nos cruzamos con cuatro colegiales flamencos que no tenían muchas ganas de volver a casa.

-¿Quieren ir a la fiesta más espectacular de su vida?, les dije. Vayan al canal-  Les entregué un pequeño rollo de cartón. -Aquí tienen cerveza-, acoté. La risa y el agradecimiento no se hicieron esperar. 







Sunday, December 13, 2020

Persecución

Su anuncio no sorprendió a pocos, pero callamos, era una orden. El proceso a seguirse se transgredía por voluntad del líder, quien justificaba su decisión desde antiguos nexos de hermandad entre su familia y la del prisionero. Este no iría a vender su vida en un combate en la arena como los otros. Desde esa generosidad, solo comprensible a partir de los lazos de sangre, no solo se le ofrecía la oportunidad de que viva, sino incluso, de que este pueda escapar. Pero las órdenes del líder no se discuten, solo se acatan.

El líder se acercó parsimonioso hasta el obelisco y convocó a sus comandantes. En una mano llevaba un xiphos y en la otra una bolsa de cuero. Según el nuevo proceso, el prisionero tenía la oportunidad de volver con los suyos si lograba llegar al mar. Para esto debería correr hasta alcanzarlo y ahí lo esperaba una barca pequeña. Sí el agua marina le tocaba hasta más arriba de los tobillos, él podría nadar tranquilamente hasta la barca y alejarse con el rumbo que quisiera. Sin embargo, no le sería tan fácil, tendría un perseguidor, alguien que debería impedir que el prisionero llegue al agua, darle alcance y matarlo.

-Para hacer el juego más interesante, dijo el líder, si el prisionero escapa, su perseguidor será degradado y alguien tomaría su lugar en la comandancia.

No me parecía justo que un joven desarmado fuese sacrificado como un cordero. Tampoco que por un capricho del líder se degradara a un comandante. La prudencia no ha sido una de mis virtudes y aun cuando solo era un simple jefe de pelotón, di a conocer lo que pensaba. El líder me miró de reojo y me ordenó unirme al grupo que participaría en el sorteo. Por mi atrevimiento, si el chico tocaba el agua, yo lo supliría en la arena. Si no lo hacía, el lugar del séptimo comandante, muerto hace unos días, estaría ocupado. Nos llamó por su nombre a cada uno y nos pidió introducir la mano en la bolsa. El primer comandante mostró una piedrecilla blanca y lo mismo hizo el segundo. Pensé que me llamaría al final, pero escuché mi nombre. Al abrir la mano, vi una pequeña piedra negra. El líder arqueó las cejas complacido y dijo que era la voluntad de los dioses haberme elegido. Tomó de mi mano la piedra en su lugar colocó la espada corta de doble filo. El brillo del xiphos me hirió los ojos.

La distancia entre el obelisco y el mar eran aproximadamente 40 estadios. El prisionero era un hombre delgado, de unos 30 años, tendría un poco más de cinco podes de estatura. Yo me acercaba a la cincuentena, era un paso más alto que el muchacho, pero sin duda más pesado. Desataron al nervioso jovenzuelo, le calzaron las sandalias y le entregaron un pequeño odre de agua.

-Él tiene el agua y tú tienes el xiphos. Es justo-, dijo el líder, riendo con los ojos.

Cuando el soldado golpeara su casco con la espada, el chico comenzaría a correr. Sólo cuando este hubiera alcanzado la puerta, a un hippikon de distancia, yo podría comenzar a perseguirle.

Los comandantes y el líder subieron hasta la torre, mientras los pelotones miraban el espectáculo improvisado. Solo después supe que todas las piedras de la bolsa eran negras. Los dos primeros convocados, los más cercanos al líder, ya llevaban escondida una piedrecita blanca. Se buscaba el reemplazo de Glauco y si bien cuatro de los seis comandantes sugirieron mi nombre, esto no fue del agrado del líder, a quien no gustaba mi insumisión a su autoridad. Dejaron que el azar decida mi futuro desde ese juego donde se mezclaban mis destrezas y la voluntad de los dioses.

Vino el golpe metálico y el muchacho salió raudo. Había cometido su primer error, me dije. Comencé a alistarme y cuando el soldado golpeó otra vez el casco, partí sabiendo varias cosas. Debería tener cuidado en no perderle de vista y mantener hasta la mitad de la ruta la misma distancia entre ambos, acelerando y bajando la velocidad cuando él lo hacía. Mentalmente, mientras lo vi correr, calculé su ritmo y por ende el que debía imprimir a mi carrera, tomando en cuenta la medida de sus pasos y el largo de sus piernas. Por supuesto, no dejé pasar el hecho de que la adrenalina, surgida de su triste situación era una ventaja adicional. Por mi parte, de manera gradual debía imponer un ritmo ligeramente superior al suyo, pero sobre todo constante, para evitar una fatiga prematura, cuidando caer en la desesperación cuando él pudiera acelerar. Pero sobre todo, me repetí otra vez, poder visibilizar siempre y con claridad la larga y risada cabellera castaña que se agitaba con el viento.

Pocos estadios después de haber atravesado la puerta, pude ver al líder y a los comandantes seguir atentos el recorrido desde la torre. Sabía que el muchacho además de su juventud y la liviandad de sus carnes, me aventajaba en el agua. Sin embargo, vi que acercaba el pequeño odre a sus labios con una continuidad no aconsejable. Calculé que antes de llegar al veinteavo estadio, su odre se habría consumido, justo, cuando según mis cálculos, la tierra comenzaba a hacerse de pequeños guijarros que debían ser esquivados, a quizás tan solo, cinco estadios del inicio de la arena que a esas horas del día era seca y hasta podía estar todavía caliente. Mis casi 50 años que eran una desventaja física, eran una ventaja experiencial.

El muchacho era veloz, y yo debía forzar mi ritmo para cumplir mi cometido: visibilizar claramente su cabellera castaña. Confiaba en que su agotamiento iría proporcional a mi carrera constante. Confiaba en su desesperación y mi disciplina. Un poco más allá del vigésimo quinto estadio el muchacho giró su cabeza, no sé si logró mirarme, antes de tirar su odre. Verlo lanzar la bolsa de cuero, me provocó envidia, se había deshecho de un peso y yo sabía lo que esa sensación significaba. Me vino a la cabeza hacer lo mismo con mi xiphos que me estorbaba luego de llevarlo de mano en mano durante infinitas clepsidras. Corrí algunos diaulos entre los guijarros y el chico, al verme a casi 5 estadios de él, aceleró con entusiasmo. Otra mala decisión, con ello, esquivaba la grava con dificultad y se hería los pies, lo que haría luego más difícil su carrera en la arena caliente.

La arena disminuía nuestra la velocidad. Al ser el chico el primero en ingresar en ella , me permitió acercarme un poco más. Ahora estaba a menos de un hippikon de mi perseguido, pero tenía la garganta reseca y los guijarros también habían hecho mella en las plantas de mis pies. No dejé que mis pensamientos se fijaran en el agua que no tenía. Tarea difícil, desde que pasé cerca del odre vacío. Al ingresar en la arena y escuchar con más fuerza el mar chocando con las olas, me invadieron pensamientos diversos, el desprecio al líder y a la vez la obediencia debida. El asco de matar a un joven indefenso y el terminar en la arena de combate si me negaba a ello. El pensamiento que no se asentaba con firmeza era el verme declarado séptimo comandante, el reemplazo de Glauco. La arena dejaba de quemar y gradualmente se sentía su frescura húmeda. El muchacho daba largas pero espaciadas zancadas, sin duda, la cercanía a su triunfo le impulsaba con todas sus fuerzas y el cansancio le retenía. El mar estaba tan cerca y por un momento se me ocurrió clavar el xiphos en la espalda del chico lanzándolo como si fuera una daga, para así terminar con nuestro sufrimiento y con el juego macabro del líder. Al final esto no iba contra las reglas. Sin embargo, matarlo por la espalda me pareció cobarde y si bien yo le tenía a un poco más de 500 podes de distancia, el cansancio también hacía mella en mí y la arena que comenzaba a tornarse lodosa me hacía perder un timepo valioso. Solté la espada corta, abandonar casi dos minas de peso me ayudó a subir la velocidad, este era el remate necesario que coincidió con el ligero traspié que dio mi perseguido.

Salté sobre él. El viejo león cayó con todo su peso sobre el cervatillo. En un ágil movimiento de lucha lo tuve inmovilizado. Al mirar su rostro, sucio por la arena, cubrirsede lágrimas, me vi a mí mismo, a su edad, como joven hoplita. Mientras todo mi peso le inmovilizaba el cuerpo, una de mis manos asía su cabello y la otra su garganta, la una halaba y la otra se mantenía paralizada como una tenaza inmóvil. Miré hacia la ciudadela que a lo lejos aparecía diminuta.

El movimiento de las olas del mar, única música de aquella mañana, se vio interrumpido por una voz.

-¡Salud nuevo comandante!-. A poca distancia de nosotros estaba el líder en su caballo, flanqueado por su estado mayor.

El largo recorrido desde el obelisco era una gran media luna y apenas nos perdieron de vista, fueron por los caballos e hicieron el tramo más corto para comprobar por sí mismos el final del juego.

El muchacho lanzó un grito.

-¡Salud!, casi comandante, espetó el líder.

Me incorporé y levanté conmigo al chico sin solatarlo, mi brazo estaba alrededor de su cuello, mi rodilla en su espalda y mi otra mano asía su larga cabellera rizada. Caminé unos pasos hasta ubicarme a unos pasos del líder, para que viera de cerca el rostro del condenado, para que mire que sin necesidad de arma alguna rompía el cuello del infeliz y cumplía su mandato.   

Pero al otro lado estaba el mar y justo el momento en que la ola estaba más cerca, solté al muchacho y con un puntapié en la espalda lo empujé hacía el volumen de agua que se acercaba cadencioso. Ese instante fue magnífico. Fue inolvidable ver las desconcertadas muecas del líder y de sus comandantes, muchas de ellas llenas de rabia. Glorioso contemplar la llorosa mirada agradecida repleta de un impensado júbilo, mientras se adentraba en el mar. Yo mismo estaba pletórico, feliz de no haberme traicionado. Triunfante.

Uno de los comandantes alistó su lanza para ensartar al muchacho. Y yo grité con todas mis fuerzas:

-          ¡El chico ha tocado el mar! ¡Cumple tu palabra!

El líder levantó la mano y respondió enfurecido. ¡Así será! Mañana tienes tu primer combate en la arena.

Vi al chico confundirse entre las olas, nadar con afán tratando de alcanzar la barca prometida, que, sin embargo, no estaba atada a nada y que con la subida de la marea, como si ya lo hubieran calculado se adentraba inexorable en el mar. Pude ver al muchacho hundirse y aparecer, vi también la proa de la barca, ocultarse para asomar de nuevo. Luego solo miraba olas, enfurecidas olas que se tragaron a ambos. No quedaban rastros ni mi perseguido, ni de la barca que mostraba la baja calidad moral de mi líder.

El relincho del caballo que me llevaría de vuelta a la fortaleza, retumbó en mis oídos como la risa de un loco.