Monday, June 14, 2021

Tres veces diez

 A GB

La noche fría aparecía súbitamente, después de una tarde soleada. Nos reímos mucho, fueron unas cuantas horas muy divertidas. Caro se ofreció a acercarme a casa y avanzábamos en medio del tráfico de las seis, similar a una procesión quelonia, disfrutando de la comunicación fluida que siempre tuvimos e “igualándonos el cuaderno”. No nos habíamos visto en casi una década.

Me dejó muy cerca del barrio donde crecí y el caminar de nuevo en este, trajo de vuelta los recuerdos de la adolescencia, entre ellos los años en los que conocí a Carolina. Sí, caminando entre las calles casi desoladas, pude, como dice Violeta, volver a los diecisiete. Visualicé los días de la federación de estudiantes, sus células militantes atareadas en la concreción de sus sueños, su dirigente, la sensual Zoila, hermana mayor de Caro. 

Mientras bajaba por la calle Asunción, recordé aquel paseo al Cayambe donde conocí a Carolina, quién venía enfundada como si fuera al mismísimo Polo Norte. Una adolescente dulce y bonita, con un timbre de voz que evocaba un tintineo y que estaba muy entusiasmada por subir, a sus 15 años, las cumbres del coloso. Compartimos pocos tramos de caminata juntos, pues yo estuve la mayoría del tiempo con el grupito que subía bebiendo aguardiente, pero supe que nos gustamos. Dos días después recibí de manos de Zoila, un pequeño regalo de Caro, una cajita con dulce de guayaba y turrón.

Esa historia de amor núbil pudo tener un final muy feliz, si es que el Cupido no hubiera errado su lanzamiento y me enamorase como un loco de Zoila. Error fatal del arquero, puesto que, si bien fuimos enamorados, ella me trataba como una niña a su oso de peluche, que lo toma cuando quiere jugar y lo abandona cuando se aburre. Momentos de alegría inmensa los de cercanía y tristeza en la misma magnitud cuando Zoila, matemáticamente me abandonaba, por algún otro… Ahora me doy cuenta de que era previsible ¿Qué chica de 22 toma en serio a un muchacho de 17? Mucho más si estaba rodeada de ingenieros que rozaban los 30, repletos de madurez y cancheros en diversas artes. Pero mi estrepitoso fracaso con Zoila, es otra historia…

Diez años después, en un encuentro luctuoso en el que coincidimos y en el cual, dadas las circunstancias, de manera general e incompleta, nos “igualamos el cuaderno”, me contó que enterarse de mi romance con su hermana mayor le causó un dolor profundo que, sin embargo, sanó rápido, gracias a que mantuvimos espacios y tiempos disímiles. Gracias a Pancho, un buen tipo y su viaje a México, en donde pasó toda la universidad. Al despedirse, me dijo, por mi nombre y apellido, que debíamos ir por un café, pues tenía algo muy importante que decirme.

Nos encontramos en la Mariscal. Caro llegó hermosa, fresca y elegantemente vestida con una blusa tehuana. Tenía la misma voz de tintineo, los dientes blancos y las pecas adolescentes alrededor de la nariz. Los años y el Distrito Federal la habían hecho muy extrovertida y experta en albures. Intercambiamos bromas, compartimos temas antropológicos y nuestras mutas experiencias en campo. Después de una mini cátedra etnográfica (muy UNAM), me dijo que ponga atención pues lo que me diría era la razón de esa cita.

-Hace unos 3 años, en Chiapas, estuve en una ceremonia shamánica con mezcalina y apareciste en ella. Una visión intensa, muy bonita, tierna y apasionada a la vez. A la mañana siguiente, iba a acercarme al shamán para contarle sobre ella y sobre la historia que no pudo ser en mis quince años, pero él, antes de nada, me dijo: Ese hombre será muy importante en tu vida, búscalo. Y aquí me tienes-

Me tomó de sorpresa, pero nos besamos de inmediato, estábamos dispuestos a cumplir el oráculo náhuatl. Luego de ese particular ritual iniciático me extrañó que tomase su cartera y se levantara.

-Estoy en casa de mis padres, dijo, debo llegar temprano-

Sin embargo, caminamos como dos enamorados las pocas calles que separaban el café de la avenida principal, hasta que paró un taxi.  Esa misma noche, por teléfono me dijo que el resto de la semana mostraría el país a su sobrina rusa y a su regreso, me invitó a dormir con ella, pues sus padres estaban de viaje.  Esa propuesta magnífica me hizo pensar en la cancelación de una cita que tendría lugar al terminar la jornada laboral.

- En verdad lo siento, Caro, pero tengo que terminar un reporte- La cita era con mi ex.

Pasó otra semana y finalmente en el mismo café, nos vimos en un miércoles luminoso. Parecía un reinicio, repetíamos el diálogo, temas antropológicos y detalles sobre mi posterior investigación en las comunidades de Cotopaxi, en las que ella trabajó durante varios años. Caro me contó sobre su sobrina rusa y yo sobre el encuentro con mi ex y las dudas que este provocó. Ella me entregó ciertos tips linguísiticos, antes de decirme que se iba. No caminamos como enamorados las pocas calles, y en la avenida, me dio un beso pequeño, antes de subirse a un bus metido en una procesión quelonia, propia del tráfico de las 4. Un par de semanas después, a mi regreso de Cotopaxi, otra vez por teléfono, me dijo que tenía novio. Me encogi de hombros. Yo había retomado mi relación con Martina.

Transcurrieron otros diez años antes de encontrarnos en una fiesta. Esta vez tenía el cabello corto y unos lentes de marco grueso que le daban un toque todavía más intelectual. Se me acercó con dos copas de vino. Me llamó por mi nombre y apellido y con su voz de tintineo comenzó:

¿Recuerdas la última vez que nos vimos? Esa tarde soleada, mi querido, como eres tan despistado, no caíste en cuenta que me hiciste enfurecer. ¿Cómo se te ocurre mencionar a tu ex, con un tono de melancolía y confusión? Prácticamente me subí al primer bus que pasó, quería huir del lugar para no matarte. Rumiaba mi rabia junto a la ventana, cuando el sol me dio directamente en la cara y para colmo, el chófer subió el volumen del vallenato que nos obligaba a escuchar. Le grité que lo baje. El hombre del asiento contiguo, que resultó ser colombiano, me preguntó algo que no recuerdo. Estuve a punto de ignorarlo o descargar en él, la bronca que te tenía con un sonoro “que te importa”. Pero por un segundo vino la cordura, y respondí a su segunda pregunta. El bus seguía con su paso de gusano, pero el diálogo que comenzamos a hilar con Edwin, que así se llamaba mi compañero de viaje, hacía que el embotellamiento sea agradable. Yo nunca converso con desconocidos en los buses, pero de pronto me vi desahogando, con uno, el enojo que me causaste.

Caro y Edwin estuvieron casado 20 años y tienen un hijo hermoso.  El shamán chiapaneco tuvo razón. Ella debía buscarme.

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Saturday, April 10, 2021

Prashant

Egresé de la universidad y escogí trabajar medio tiempo. Decidí que el resto del día sería para perfeccionar esas habilidades de dibujante y artesano que me permitirían subsistir en mi próximo viaje por América. Cumplía 4 horas de profesor de español en una academia del centro y el tiempo restante, entre tonadas de jazz y sorbos de güisqui, iba por mis aficiones.Vivía modestamente y sin duda gracias a la ayuda de mi tío, quien generoso, me regalaba tarjetas de comida en un restaurante. Luego de mis clases iba por una cerveza aperitiva, en algún bar del Pasaje Amador o en una cantina de la Olmedo, para después almorzar donde doña Carmen, en la Chile. Vagaba en esa misma calle, atiborrada de vendedores ambulantes de los bienes más diversos y me entretenía conversando con Miguelón el de los jeans, con Pulguita el de las toallas o con Chespiro el vendedor de peluches. A veces les compraba un paquete de yerba. Una tarde, en San Francisco, tocaba una banda de reaggue, cuando llegué estaban en esa última canción que el público quiteño casi obliga a hacerse, al grito de “otra”. La atmósfera musical se llenó de un agradable olor dulzón y vi que el vendedor de las varitas olorosas era un joven casi rapado, enfundado en una túnica naranja. Tenía dos líneas blancas entre las cejas y de su cuello colgaban numerosos collares de cuentas. El chico tendría unos 21, un par de años menos que yo.

-Eres paisa, le dije.

-Pues, sí, respondió. ¿Conoce?

Negué con la cabeza, pero añadí que ese mismo acento lo tenía la esposa pereirana de mi tío pastuso.

-Ah, que bien, pues, debe ir para allá, es bien bonita mi tierra, añadió el novicio krishna, arrastrando las “eses” desde su acento particular. Esta vaina ya se acabó, dijo, mientras sonaban los aplausos, mirándose las manos con pocas monedas y muchas varitas de incienso.

- Anda para la Ipiales, acoté, ahí de seguro te compran.

Mientras subíamos por la Cuenca, me contó que se llama Prashant y que llegó hace poco. Me dio un breve sermón acerca de los principios de su fe, la oración, el vegetarianismo, el yoga… y me invitó a visitar el templo Krishna de la calle Esmeraldas. Al llegar a la Chile, nos despedimos, pero pocos días después lo vi de nuevo, delgado, silencioso, hasta triste, con muchos inciensos en sus manos. Colegí que habrían pocas monedas en sus bolsillos y le invité a almorzar en el restaurante de doña Carmen. Cuando su hija Carmita nos contó que el menú tenía arroz con pollo, le pregunté si podía preparar algo vegetariano. No terminé la frase y fui interrumpido por Prashant.

-    No, no se apure, yo como todo pues, tranquilo, dijo atropelladamente.

-     ¿Dos almuerzos?, dijo Carmita

-     ¡Sí, dos almuerzos! ordenó Prasahant. 

Cuando Carmita se fue con la comanda, me pidió disculpas por romper sus votos.

-La verdad es que me venció el olor a pollo frito... ¡uste' no sabe parcero, como prepara mi mamá ese pollo…!

Llegó la pierna de pollo y desapareció como si hubiera caído entre un centenar de pirañas amazónicas. No lo juzgué y por el contrario me alegró ver que su ánimo mejoró, mientras me contaba sobre sus maestros, sus jornadas de oración y de baile alabando a Sri Krishna por las calles y en las ceremonias de la luna donde el templo se abría y purificaban a todos los invitados con comida. Se convirtió en otro ser más de las calles del centro y nos encontrábamos casualmente, él anunciando sus inciensos y yo mostrando la ciudad a algún alumno o camino a mi casa, para mejorar unas artesanías en coco, que de tan feas no las hubiera comprado ni yo mismo.Como artesano, no llegaré ni a Loja, me decía…

La tarde de un viernes nacía con un sol espléndido y con la frescura primaveral de mi ciudad. Ese día merecía dedicárselo al arte, pero también a un vuelo, me dije. Por ello, equipado con mi material de dibujo fui hasta la calle Chile a comprar un paquetito. Camino hacia el parque Matovelle, a la altura de la calle Esmeraldas encontré a Prashant.

 – ¿Le puedo acompañar?, me dijo y comenzamos a subir la cuesta de la García Moreno. A pocas cuadras, sudoroso y jadeante, propuso buscar una tienda.     

-       -  Parce, me muero de sed …

Sí, ese día, era el de un “sol bielero” y en la primera tienda pedí una cerveza y un agua sin gas.

-     No pues, no. Cervecita también para mí, si me hace el favor… ¿o es que uste’  bebe agua cuando dibuja?.

Nos ubicamos en la Rubén Darío, desde donde hay una vista espectacular de la Basílica y del centro oriente. Extendí la hoja blanca, saqué lápices y marcadores, pero lo primero es lo primero: rellené la pipa y antes de encenderla miré al novicio krishna.

-Y uste' ya sabe, hermano, ante todo soy paisa, pues…

Cada uno dimos un par de caladas y comencé a dibujar. Prashant halagaba el paisaje y las figuras geométricas del gótico de la basílica. De pronto se quedó silencioso, mirando hacia la nada. Había terminado un boceto y escuché que sollozaba. Dijo que le molestaba la debilidad de su cuerpo y la falta de fortaleza de su espíritu. Que era una lucha muy fuerte y no sabría si vencería. Y mientras eso decía, tomaba largos sorbos de cerveza, que a su vez eran interrumpidos por frases místicas del venerable Bahktivedanta. Le exendí la pipa encendida... Mientas seguía dibujando las pequeñas casitas del Itchimbía, Prashant, más sereno, me contaba cuanto extrañaba a su madre, así como no extrañaba la pobreza de su barrio. Añoraba los amigos, el fútbol, el aroma del café, pero no el miedo que en todos infundía la gente de Pablo Escobar, asesinado hace poco. Luego del desahogo, vino la relajación, su rostro reflejaba esa paz que seguro premiaban sus superiores en el templo de la Esmeraldas. Saqué la libreta pequeña y comencé a dibujarlo. Casi posando, me contó sobre la primera vez que sintió el encantamiento de Sri Krishna en su ser. Seguimos fumando y bebiendo, se puso a describir entre risas a las guapas caleñas y pereiranas, a las bellas de Medallo, entre ellas, su novia. Creo que ese recuerdo le hizo levantarse y decirme que regresaba al templo.

Estuve casi un mes en la selva, enseñando a varios grupos de ingleses y a mi regreso, vagando por la Chile, escuché que alguien me llamaba. Prashant sin su marca blanca entre las cejas y sin su túnica anaranjada, en una camisa y jeans, me contó que siguió frecuentando el restaurante y se hizo novio de Carmita. Pero una tarde, en que con ella se besaban y compartían unas salchipapas en la calle Mejía, se toparon manos a boca con el superior del templo Krishna y sin más, fue expulsado. Me dijo, con pesar, que ahora volvía a ser el simple Elkin Zuluaga. Mientras, Elkin Prashant bajaba por la Chile con su ropa dos tallas más grandes, el diablo de la culpa se agazapaba entre mis hombros y cuello. Yo fui el que le invitó al restaurante carnívoro, el que le presentó a Carmita, el que le brindó cerveza y marihuana... Ese diablillo comenzó a atenazarme la garganta. Viajé al río Tigre, esta vez con dos suizas, y a mi regreso, una Carmita lacrimosa me dijo, abrazando el menú, que habían terminado con Prashant y no sabía nada de él. Su destino solo lo conoce Krishna Om puniaia namah, le dije, por decir algo.

Por varios meses, entre la multitud de la calle Chile ya no se veía al delgado jovencillo de la túnica naranja, hasta que un día lo vi en la Plaza Grande, saltando alegre entre sus condiscípulos. Sus superiores le perdonaron, le enviaron a un retiro en Baños y de misión a Cuenca. Sus manos seguían llenas de incienso y de seguro sus bolsillos vacíos de monedas, pero sus ojos brillaban con alegría. En un par de días iría para Colombia, quizás vería a su mamá. Con un abrazo despedí a otro de esos hermanos que me habían regalado las calles del centro de Quito y décadas después, me pregunto si será todavía Prashant o Elkin Zuluaga, o ambos dos. Quizás ya dejó de ser entre los suburbios de Metrallo. Eso solo lo saben él mismo y el poderoso Sri Krishna om sanatanaia namah.

Thursday, February 18, 2021

La fiesta

Era un sábado de inicios de primavera, de esos que aparecen como un bálsamo, luego de varios meses de frío y cielo gris. Abría mis ojos al mundo a las once de la mañana, con la luz pujando por filtrarse a través de la gruesa cortina de mi kot de becario, con una leve resaca de la fiesta anterior y con pocos trabajos académicos por resolver. Iniciar a esas horas, significaba hacerse un “brunch”, ir por un kebab o beber un poco de jugo de cartón en espera de la apertura del restaurante universitario.

Aun cavilando, recibí la llamada de Mercedes Sosa, mi amigo guayaco, quien desde que asomó el invierno comenzó a engordar, hasta ganarse el apodo.

-Cepi, Akira, el japonés que estudia Filosofía, nos invita a hacer sushi-.

En los albores del año 2000, el sushi no era muy popular entre los estudiantes latinos, no solo por su precio, sino porque nos habíamos convertido en feroces devoradores de los baratos pollos del Viskmarkt, de las pizzas del “Magia e Via” y de los kebabs de Frank Zappa (el mote que pusimos al iraní que atendía la Vesalius eethuis). Hacer y comer algo diferente en ese sábado de leve resaca, era una invitación magnífica.

La casa de Akira, era una planta baja con jardín. Allí fuimos recibidos por él con la cordialidad propia de su cultura. Nos agradeció el haber venido y nos invitó a tomar una cerveza de las diversas que repletaban una nevera transparente. Pudimos ver a varios jóvenes de diversas nacionalidades, que como nosotros, bebían su cerveza ubicados alrededor de sendas mesas circulares, mientras manipulaban con concentración las mallas de bambú, o las delicadas algas, el atún, los camarones... La amplia sala, la cocina, el jardín, todos los espacios se iluminaban con la gama de colores de los variados tipos de pescado y vegetales, que contrastaban con la blancura del arroz abundante. Los muchachos y muchachas colocaban con delicadeza los ingredientes en las pequeñas verdes planchas rectangulares, enrollaban las esterillas, cortaban…

Cada uno de nostoros tres, armado con su cerveza y su esterilla de bambú, seguíamos a Akira. Él nos pidió que repitiéramos de inmediato lo que iba realizando. Acomodó el alga nori sobre la esterilla y levantó levemente la cabeza, la señal para que hagamos lo mismo con la nuestra. Luego colocó el arroz, el pescado, los vegetales, enrolló… Miró y realizó un control de calidad a nuestra obra, como lo hiciera un artista con una escultura. Sonrío y cortamos el tubo verde oscuro. Nos agradeció de nuevo por haber aceptado su invitación y nos pidió amablemente que comiéramos y bebiéramos todo lo que se nos antojara. Pin Ball (el apodo que se ganó el cuencano, por sus célebres borracheras), Mercedes Sosa y yo, hacíamos contentos nuestros primeros rollos de sushi, criticábamos mutuamente nuestro trabajo y para variar, poníamos apodos a los otros asistentes y sobre todo bebíamos cerveza. Akira venía a halagar nuestro trabajo y con el vinieron a nuestra mesa tres nuevas sushistas, una inglesa, una keniana y una turca. Nosotros, luego de una hora de labor, ya experimentados hacedores de sushi, les explicábamos fanfarrones y les dábamos consejo. Con su presencia, nuestra obra mejoró sustancialmente.

Cuando la bandeja se llenaba, Toshi, un paisano de Akira, retiraba los pequeños cilindros. Siendo las 4 de la tarde, estando repletos de comida y parcialmente borrachos, Akira repitió su agradecimiento ceremonial por el trabajo realizado. Nos solicitó que le honremos acompañándole esa noche en la fiesta que él realizaría en un yate y nos entregó a cada uno un pequeño rollo de cartón, cada rollo tenía 25 tickets de cerveza.

-Si necesitan más, por favor…-, dijo. Negamos con la cabeza, avergonzados de su generosidad.

Fui con Marijke. En la entrada del yate, nos recibió una hermosa japonesa, ataviada con el traje tradicional. Ingresamos y vimos una mezcla de luces y efectos propios de cualquier famosa discoteca de Bruselas, mezclados en elegante armonía con una decoración nipona. Saludé a Jen, la inglesa y a varios de los que nos conocimos en casa de Akira. Toshi nos invitó a pasar a una sección del bote donde varios bartenders repartían la cerveza, mientras en diversos sitios otros nipones que nunca había visto en el pueblo, servían los pequeños rollos que habíamos elaborado. El techno nos hacía mover, a los más de cien almas, que disfrutábamos del baile.

Desde el que parecía ser el camarote principal, colocado en la parte superior del yate, se abrió una cortina de papel y apareció una figura imponente. Estaba ataviado con un kimono azul y peinado como un samurái, tenía los brazos relajados a los costados. Giró lentamente la cabeza de un lado al otro y sus pequeños ojos rasgados dominaron todo el espacio. El solaz lo invadía. Abajo se alzaron los vasos de cerveza, brotaron los aplausos, algunos gritamos su nombre y otros corearon el tradicional Happy Birthday. El techno no dejaba de sonar, ni las luces de jugar. Akira estaba inmóvil, mirando al infinito, esbozando una leve sonrisa. Es un personaje masculino de una obra de Mishima, me dije. Uno de esos hombres que Yukio Mishima se obsesiona en presentar como un ideal de belleza, que a la vez controla sus emociones… Un personaje brillante similar a Ryuji o Yuichi, puro, extraoridinario, superior, aparentemente perfecto. Luego de varios minutos, cuando las ovaciones casi terminaban, Akira se dio media vuelta e ingresó lentamente al camarote. Las cortinas de papel volvieron a cerrarse.

Y la noche fue larga, Marijke y yo estábamos contentos y sudorosos. La fiesta parecía interminable y las ganas que nos teníamos también. Por fin nos besamos y nuestras miradas nos dijeron que debíamos salir. Abrazados, sonrientes, mordiéndonos de vez en cuando los labios, nos alejábamos del canal. Entonces, nos cruzamos con cuatro colegiales flamencos que no tenían muchas ganas de volver a casa.

-¿Quieren ir a la fiesta más espectacular de su vida?, les dije. Vayan al canal-  Les entregué un pequeño rollo de cartón. -Aquí tienen cerveza-, acoté. La risa y el agradecimiento no se hicieron esperar. 







Sunday, December 13, 2020

Persecución

Su anuncio no sorprendió a pocos, pero callamos, era una orden. El proceso a seguirse se transgredía por voluntad del líder, quien justificaba su decisión desde antiguos nexos de hermandad entre su familia y la del prisionero. Este no iría a vender su vida en un combate en la arena como los otros. Desde esa generosidad, solo comprensible a partir de los lazos de sangre, no solo se le ofrecía la oportunidad de que viva, sino incluso, de que este pueda escapar. Pero las órdenes del líder no se discuten, solo se acatan.

El líder se acercó parsimonioso hasta el obelisco y convocó a sus comandantes. En una mano llevaba un xiphos y en la otra una bolsa de cuero. Según el nuevo proceso, el prisionero tenía la oportunidad de volver con los suyos si lograba llegar al mar. Para esto debería correr hasta alcanzarlo y ahí lo esperaba una barca pequeña. Sí el agua marina le tocaba hasta más arriba de los tobillos, él podría nadar tranquilamente hasta la barca y alejarse con el rumbo que quisiera. Sin embargo, no le sería tan fácil, tendría un perseguidor, alguien que debería impedir que el prisionero llegue al agua, darle alcance y matarlo.

-Para hacer el juego más interesante, dijo el líder, si el prisionero escapa, su perseguidor será degradado y alguien tomaría su lugar en la comandancia.

No me parecía justo que un joven desarmado fuese sacrificado como un cordero. Tampoco que por un capricho del líder se degradara a un comandante. La prudencia no ha sido una de mis virtudes y aun cuando solo era un simple jefe de pelotón, di a conocer lo que pensaba. El líder me miró de reojo y me ordenó unirme al grupo que participaría en el sorteo. Por mi atrevimiento, si el chico tocaba el agua, yo lo supliría en la arena. Si no lo hacía, el lugar del séptimo comandante, muerto hace unos días, estaría ocupado. Nos llamó por su nombre a cada uno y nos pidió introducir la mano en la bolsa. El primer comandante mostró una piedrecilla blanca y lo mismo hizo el segundo. Pensé que me llamaría al final, pero escuché mi nombre. Al abrir la mano, vi una pequeña piedra negra. El líder arqueó las cejas complacido y dijo que era la voluntad de los dioses haberme elegido. Tomó de mi mano la piedra en su lugar colocó la espada corta de doble filo. El brillo del xiphos me hirió los ojos.

La distancia entre el obelisco y el mar eran aproximadamente 40 estadios. El prisionero era un hombre delgado, de unos 30 años, tendría un poco más de cinco podes de estatura. Yo me acercaba a la cincuentena, era un paso más alto que el muchacho, pero sin duda más pesado. Desataron al nervioso jovenzuelo, le calzaron las sandalias y le entregaron un pequeño odre de agua.

-Él tiene el agua y tú tienes el xiphos. Es justo-, dijo el líder, riendo con los ojos.

Cuando el soldado golpeara su casco con la espada, el chico comenzaría a correr. Sólo cuando este hubiera alcanzado la puerta, a un hippikon de distancia, yo podría comenzar a perseguirle.

Los comandantes y el líder subieron hasta la torre, mientras los pelotones miraban el espectáculo improvisado. Solo después supe que todas las piedras de la bolsa eran negras. Los dos primeros convocados, los más cercanos al líder, ya llevaban escondida una piedrecita blanca. Se buscaba el reemplazo de Glauco y si bien cuatro de los seis comandantes sugirieron mi nombre, esto no fue del agrado del líder, a quien no gustaba mi insumisión a su autoridad. Dejaron que el azar decida mi futuro desde ese juego donde se mezclaban mis destrezas y la voluntad de los dioses.

Vino el golpe metálico y el muchacho salió raudo. Había cometido su primer error, me dije. Comencé a alistarme y cuando el soldado golpeó otra vez el casco, partí sabiendo varias cosas. Debería tener cuidado en no perderle de vista y mantener hasta la mitad de la ruta la misma distancia entre ambos, acelerando y bajando la velocidad cuando él lo hacía. Mentalmente, mientras lo vi correr, calculé su ritmo y por ende el que debía imprimir a mi carrera, tomando en cuenta la medida de sus pasos y el largo de sus piernas. Por supuesto, no dejé pasar el hecho de que la adrenalina, surgida de su triste situación era una ventaja adicional. Por mi parte, de manera gradual debía imponer un ritmo ligeramente superior al suyo, pero sobre todo constante, para evitar una fatiga prematura, cuidando caer en la desesperación cuando él pudiera acelerar. Pero sobre todo, me repetí otra vez, poder visibilizar siempre y con claridad la larga y risada cabellera castaña que se agitaba con el viento.

Pocos estadios después de haber atravesado la puerta, pude ver al líder y a los comandantes seguir atentos el recorrido desde la torre. Sabía que el muchacho además de su juventud y la liviandad de sus carnes, me aventajaba en el agua. Sin embargo, vi que acercaba el pequeño odre a sus labios con una continuidad no aconsejable. Calculé que antes de llegar al veinteavo estadio, su odre se habría consumido, justo, cuando según mis cálculos, la tierra comenzaba a hacerse de pequeños guijarros que debían ser esquivados, a quizás tan solo, cinco estadios del inicio de la arena que a esas horas del día era seca y hasta podía estar todavía caliente. Mis casi 50 años que eran una desventaja física, eran una ventaja experiencial.

El muchacho era veloz, y yo debía forzar mi ritmo para cumplir mi cometido: visibilizar claramente su cabellera castaña. Confiaba en que su agotamiento iría proporcional a mi carrera constante. Confiaba en su desesperación y mi disciplina. Un poco más allá del vigésimo quinto estadio el muchacho giró su cabeza, no sé si logró mirarme, antes de tirar su odre. Verlo lanzar la bolsa de cuero, me provocó envidia, se había deshecho de un peso y yo sabía lo que esa sensación significaba. Me vino a la cabeza hacer lo mismo con mi xiphos que me estorbaba luego de llevarlo de mano en mano durante infinitas clepsidras. Corrí algunos diaulos entre los guijarros y el chico, al verme a casi 5 estadios de él, aceleró con entusiasmo. Otra mala decisión, con ello, esquivaba la grava con dificultad y se hería los pies, lo que haría luego más difícil su carrera en la arena caliente.

La arena disminuía nuestra la velocidad. Al ser el chico el primero en ingresar en ella , me permitió acercarme un poco más. Ahora estaba a menos de un hippikon de mi perseguido, pero tenía la garganta reseca y los guijarros también habían hecho mella en las plantas de mis pies. No dejé que mis pensamientos se fijaran en el agua que no tenía. Tarea difícil, desde que pasé cerca del odre vacío. Al ingresar en la arena y escuchar con más fuerza el mar chocando con las olas, me invadieron pensamientos diversos, el desprecio al líder y a la vez la obediencia debida. El asco de matar a un joven indefenso y el terminar en la arena de combate si me negaba a ello. El pensamiento que no se asentaba con firmeza era el verme declarado séptimo comandante, el reemplazo de Glauco. La arena dejaba de quemar y gradualmente se sentía su frescura húmeda. El muchacho daba largas pero espaciadas zancadas, sin duda, la cercanía a su triunfo le impulsaba con todas sus fuerzas y el cansancio le retenía. El mar estaba tan cerca y por un momento se me ocurrió clavar el xiphos en la espalda del chico lanzándolo como si fuera una daga, para así terminar con nuestro sufrimiento y con el juego macabro del líder. Al final esto no iba contra las reglas. Sin embargo, matarlo por la espalda me pareció cobarde y si bien yo le tenía a un poco más de 500 podes de distancia, el cansancio también hacía mella en mí y la arena que comenzaba a tornarse lodosa me hacía perder un timepo valioso. Solté la espada corta, abandonar casi dos minas de peso me ayudó a subir la velocidad, este era el remate necesario que coincidió con el ligero traspié que dio mi perseguido.

Salté sobre él. El viejo león cayó con todo su peso sobre el cervatillo. En un ágil movimiento de lucha lo tuve inmovilizado. Al mirar su rostro, sucio por la arena, cubrirsede lágrimas, me vi a mí mismo, a su edad, como joven hoplita. Mientras todo mi peso le inmovilizaba el cuerpo, una de mis manos asía su cabello y la otra su garganta, la una halaba y la otra se mantenía paralizada como una tenaza inmóvil. Miré hacia la ciudadela que a lo lejos aparecía diminuta.

El movimiento de las olas del mar, única música de aquella mañana, se vio interrumpido por una voz.

-¡Salud nuevo comandante!-. A poca distancia de nosotros estaba el líder en su caballo, flanqueado por su estado mayor.

El largo recorrido desde el obelisco era una gran media luna y apenas nos perdieron de vista, fueron por los caballos e hicieron el tramo más corto para comprobar por sí mismos el final del juego.

El muchacho lanzó un grito.

-¡Salud!, casi comandante, espetó el líder.

Me incorporé y levanté conmigo al chico sin solatarlo, mi brazo estaba alrededor de su cuello, mi rodilla en su espalda y mi otra mano asía su larga cabellera rizada. Caminé unos pasos hasta ubicarme a unos pasos del líder, para que viera de cerca el rostro del condenado, para que mire que sin necesidad de arma alguna rompía el cuello del infeliz y cumplía su mandato.   

Pero al otro lado estaba el mar y justo el momento en que la ola estaba más cerca, solté al muchacho y con un puntapié en la espalda lo empujé hacía el volumen de agua que se acercaba cadencioso. Ese instante fue magnífico. Fue inolvidable ver las desconcertadas muecas del líder y de sus comandantes, muchas de ellas llenas de rabia. Glorioso contemplar la llorosa mirada agradecida repleta de un impensado júbilo, mientras se adentraba en el mar. Yo mismo estaba pletórico, feliz de no haberme traicionado. Triunfante.

Uno de los comandantes alistó su lanza para ensartar al muchacho. Y yo grité con todas mis fuerzas:

-          ¡El chico ha tocado el mar! ¡Cumple tu palabra!

El líder levantó la mano y respondió enfurecido. ¡Así será! Mañana tienes tu primer combate en la arena.

Vi al chico confundirse entre las olas, nadar con afán tratando de alcanzar la barca prometida, que, sin embargo, no estaba atada a nada y que con la subida de la marea, como si ya lo hubieran calculado se adentraba inexorable en el mar. Pude ver al muchacho hundirse y aparecer, vi también la proa de la barca, ocultarse para asomar de nuevo. Luego solo miraba olas, enfurecidas olas que se tragaron a ambos. No quedaban rastros ni mi perseguido, ni de la barca que mostraba la baja calidad moral de mi líder.

El relincho del caballo que me llevaría de vuelta a la fortaleza, retumbó en mis oídos como la risa de un loco.


Saturday, October 03, 2020

El sótano de Satán

Supe de la existencia del Sótano, apenas conocí a la banda latina, pero puede descender por sus escaleras, tan solo varias semanas después. Se encontraba en un discreto costado de la plaza, paradójicamente, a la derecha del hermoso edificio del Colegio de la SantísimaTrinidad (Heilige Drievuldigheidscolleg). Ese sobrenombre tétrico lo puso un guayaquileño, para incitar la curiosidad de los recién llegados, aunque tiempo después un evento de triste recordación, hizo honor al nombre.

Luego de un par de semanas de fin de verano y fiesta casi diaria, encontré aquel antro donde asistía con la puntualidad de un cura a misa. El sitio de mis diversos amigos, la banda latina a la que me pertenecía, los pocos flamencos y africanos que a veces encontraba en Pangea y el inmenso grupo de españoles, los primeros con quienes entablé amistad al encontrar a Medina, tan perdido como yo.

- Egquiu’ me, du you know where i’ the Naamse’traat?

- ¿Tú eres andaluz, verdad?, respondí.

- ¡Sí! ¿Cómo te di’te cuenta?

Era el Ambiorix del 2003 mi bar favorito, mi segundo hogar, mi paraíso reencontrado, donde bailaba a mis anchas, donde seducía flamencas de pregrado y extranjeras de postgrado. Donde bebía innúmeras “pintjees”.  Ese año, el sitio favorito de la bandita latina (cubano, veneco, perucho y 3 ecuatos), que hasta allá llegaba luego de empinarse un par de botellas de viejo Hopking, el barato ron del Aldi, unas cuantas Leffes a precio de descuento en Pangea, o dos Gordon de 13 grados, cuando no había dinero para consumir adentro. Cuando el Ambi cerraba, a eso de las 4 am, iba por el kebab de rigor, a seguir en alguna residencia estudiantil o al kot de la damita que me había capturado. El Ambiorix era diferente a aquellos sitios donde los guaruras buscaban pretextos para ejercer su estricto derecho de admisión. Cuando intenamos ingresar a De Rector el gigante de la puerta paró a mi hindú amigo Prashant pidiéndole pasaporte.

-Tú no tienes autoridad para ello, le dije mirándole a los ojos, ubicados quince centímetros encima de mi cabeza. ¿Y por qué no me pides a mí?

- Tú, español. Adentro. Él fuera. He needs passport.

Nos largamos al Ambi.  

La noche en que conocí el sótano de Satán, fue un sábado. Regresaba de Bruselas con unos vinos demás y me pasé casi a las 3 am por un Ambi casi vacío. Los amigos de la bandita se habían ido de viaje o estaban con resaca, pero yo definitivamente quería la última Duvel. Antes de entrar, quise un cigarrillo y apareció “el Garoto” un  joven mulato belga/brasilero que lucía sus dreadlocks con orgullo y a quién alguna vez vi en Pangea, siempre bajo los efectos de THC. En esta ocasión estaba hiperrisueño y con ganas de compartir con alguien su vuelo. Nos instalamos y le serví de psiconalista, hasta que Jeroen, el dueño nos dijo que iba a cerrar.

Entonces “el Garoto” me dijo que fuéramos hasta el Sótano de Satán, donde le esperaban unas amigas. Iba a ese bar del que me hablara el guayaco, en cuyo baño encontraron a un tipo muerto con una jeringa en el brazo. Frente a frente, la puerta era más bien pequeña y precedía a una empinada escalera de piedra, que terminaba en una galería amplia que apestaba a humedad. Si bien el Oude Markt, la plaza bar más grande de Europa estaba vacía, ya que los estudiantes locales emigran como patitos hacia su nido, ubicado en los pueblos aledaños, el Sótano tenía un considerable número de asistentes. Por supuesto eran aquellos (como nosotros) que querían seguir la fiesta, continuar bebiendo o sentirse a sus anchas. De Kelder Danscafe era donde se podía ser uno mismo con todo su desparpajo y hacer ciertas cosas tácitamente prohibidas en el atávico conservadurismo de la ciudad.

En una mesa estaban un par de chicas besándose y en otra lo hacía una pareja hetero con la fruición que en mis días de colegio se exclamaría: ¡al parque! En la pista una docena bailaba como en un aquelarre y era evidente que más de la mitad de ellos estaban bajo el influjo del éxtasis. En un rincón, tres flamencas jovencísimas fumaban marihuana despreocupadas. Eran las amigas del “Garoto” que lo recibían con la parsimonia propia del mood y me saludaban como si nos conociéramos de toda la vida. Una de ellas se levantó y regresó con una bandeja de cervezas. Mala (o buena) seña, significaba que cada uno de nosotros debía poner una ronda para todos, lo que en la parte francesa se llamaba “Á charrette” y terminaba en una borrachera fenomenal. 

La música era buena y me había acostumbrado a la humedad. Mientras regresaba de un baño, con olor a cocaína y el piso decorado por unos cuantos condones usados, miré a  la pista repleta de individualistas bailarines de música electrónica. Entonces vino “Gasolina”, el reguetón de moda y me metí a la pista. Una belga de origen marroquí se me acercó: ¿eres latino, verdad?, dijo, y comenzamos el baile sensual que continuó como si se tratara de una competencia que la ganaría quien se soba más. De pronto sus manos estaban en mis nalgas e hice lo mismo. Entrelazados, puse entre mi mano uno de sus senos, mientras ella entrecerraba los ojos. Decía para mis adentros, que no me iría solo a la cama… Le besé el cuello y cuando quise besar sus labios, me separó. Vas demasiado rápido, me dijo, con cierto enfado. Descubrí entonces un código cultural opuesto al mío. En nuestras latitudes jamás comenzarías tocándole las nalgas a tu reciente pareja de baile. El primer contacto físico sería un pequeño ósculo en mejillas o labios. Pero esto era Flandes y estaba en el Sótano de Satán... 

En nuestra mesa una de las chicas dormía en la banca, mientras el “Garoto” con las otras dos alternaban besarse, beber cerveza y dar caladas al porro. Puse mi charrette y sonó Peter Tosh en los parlantes. Salimos los cuatro, poseídos por la diosa Kaya. Estábamos en la orilla de un mar y éramos meneados por las olas. Anouk desató mi larga cabellera y se puso a jugar con ella al ritmo del reaggué. Yo me adentraba en sus enrojecidos ojos azules y tomado su pequeña cintura nos mecíamos en esa imaginada marejada.

En las bancas dormían los borrachos, el piso tenía charcos de cerveza derramada que brillaban con las intermitentes luces de neón. Empapados de sudor volvimos a la mesa. “El “Garoto” y su amiga fueron al baño. Anouk y yo nos besamos y le invité a mi kot. Mi reloj marcaba las 9 de la mañana. Pocas cuadras después ella decidió encender su chicharra y después iba junto a mí como una autómata. A las 11, miraba desde la ventana de mi cuarto un atisbo de sol que aparecía. Un ángel rubio dormía en mi cama repleto de inocencia y me despertaba horas después para, en el preludo de su partida, agradecerme avergonzada.

A esa noche en el Sótano siguieron otras en las que ingresaba pasadas las 4 y salía con la claridad matutina: Mañanas grises y lluviosas que insinuaban ser las 5 y 30, mientas el reloj marcaba cinco horas más. De Kelder era el sitio que absorbía la resaca de la ciudad, las ovejas negras, aquellos que no calzaban en el sistema, extremistas de todas las tendencias, artistas icomprendidos, también fiesteros empedernidos y picados por el alcohol, algunos drogadictos, algunos homosexuales y sobre todo el albergue temporal de aquellos que no tenían a nadie esperándolos en casa, esos que no querían llegar a la suya. Era el lugar de quiénes normalmente son juzgados por los moradores decentes de una ciudad pequeña, fundada por jesuitas, inscrita en una idiosicnracia única, que combina el juicio hipócrita del católico, con la rigidez cultural y el estoicismo del germánico.

Pocos meses después odiamos el Sótano. Fue luego de aquel capítulo desagradable, que nos llenó de rabia. En el Sótano de Satán, fue masacrado Richard, un querido amigo namibio. Los guaruras, de seguro miembros del Vlaams Belang, le permitieron entrar, luego cerraron la puerta, lo golpearon en las empinadas gradas y después lo arrojaron inconsciente a la calle. Ese hecho nefasto parió una jornada hermosa en que las calles de la vieja Lovanium se repletaron de extranjeros y locales hermanados contra del racismo… Pero esa es otra historia. Y si bien, como muchos, prometí no volver nunca más al Kelder, volví, volvimos. Como no íbamos a hacerlo si era el último refugio para los solitarios, a quiénes nadie espera y que deambulan a las 4 de la mañana en esa cuerda floja que al un lado tiene el alcoholismo y al otro la aventura. 






Tuesday, August 18, 2020

Descalzo y rubio

A Leo

Los botecitos, como él los llamaba, eran por excelencia el disfrute de fin de semana. Ataviados con sandalias y pantalonetas salíamos en las mañanas soleadas al parque La Alameda por ellos. Me acomodaba a los remos y él frente a mí, miraba de vez en cuando el movimiento ágil de los peces anaranjados de la laguna. Su gozo era mayor cuando en medio del recorrido se elevaban sendas lenguas de agua que obligaban a pasar con maestría en medio de ellas o empaparse. De hecho, esto último era lo que el pilluelo quería, y alguna vez a propósito, alejé el bote del centro. Él amaba los botes, recuerdo que en la tarjeta que me diera, mencionaba esta actividad como una de las cosas que más le gustaba compartir conmigo, "... cuando no estaba el coronavirus”, recalcaba el pequeño texto…

Dos meses después de recibir aquella tarjetita, las noticias decían que desde el siguiente fin de semana estarían los botes nuevamente en servicio.  Quise que fuera una sorpresa y aquel sábado le propuse ir al parque.  El día era hermoso y el sol de las 10 de la mañana era una caricia cálida. Los dos avanzábamos por la vereda y él no tardó en darse cuenta qué íbamos hacia la laguna. Intercambiamos sonrisas que no necesitaban palabras.  Él aceleraba sus pasos pequeñitos, yo movía los brazos que después tomarían los remos.  A pocos metros de la laguna pudimos verlos, pero todos estaban aparcados alrededor de la isla y solo uno en el muelle, encadenado y con candado, tal y como suelen estar desde hace décadas, antes de que comience el servicio o cuando se aproxima la noche y termina la atención. Mi niño me mira extrañado, no dice nada todavía. En el muelle hay un señor mayor que fuma con la mascarilla bordeando su labio inferior.

 Luego del mutuo saludo amable viene mi pregunta y también su respuesta moviendo la cabeza hacia ambos lados mientas deja escapar la bocanada.  

-          Pero dijeron en las noticias que abrían desde hoy, digo.

-          Sí, pero usted sabe…, en esta semana crecieron los casos y el Municipio decidió que no se abre. Dicen que ya nos acercamos en número a Guayaquil …

Los adultos seguimos comentando sobre la situación, en mi interior estoy avergonzado con mi hijo. Lo miro de reojo y veo que él presta atención al dialogo,

-          Un botecito, solo uno. Por favor, le dice a mi interlocutor.

Y se queda esperando que de pronto el hombre del muelle le dé una respuesta afirmativa. Que nos diga luego de su largo discurso, que hará una excepción con nosotros y nos permitirá tener nuestro barquito.

El hombre da una bocanada y sonríe. No es el encargado, es solo otro visitante del parque que se sentó a fumar en el pequeño muelle.

-          No hay como, mijito, acota.

Nos despedimos, tomo de la mano a mi niño y me dirijo hacia el césped. Él se ha quedado callado y avanza lentamente con la cabeza gacha. Paro, le explico. No dice nada. Asiente lentamente. Le abrazo y le subo a mis brazos, sus ojos brillan, pero no llora.  Le pregunto si quiere un helado, y niega con la cabeza.  Lo siento en la yerba, me recuesto y le invito a hacer lo mismo, él no quiere. Se deja abrazar y así en silencio nos quedamos unos minutos que, para mí, son eternos. Me saco los zapatos y le invito a hacer lo mismo, se niega. Su mirada está en el césped, la mía en el cielo. Mi brazo rodea su cintura, es el nexo entre nuestras divagaciones que sin querer  y sin que nos lo digamos, confluyen en el famoso bicho que ahora no nos deja ni siquiera remar.

El cielo maravilloso, la rubia cabellera de mi hijo y el sentir la yerba en las plantas de los pies desnudas, me recuerdan una vieja canción de Sui Géneris que tocaba a mis 16. Esa que contaba sobre ese “verano descalzo y rubio, que arrastraba entre la piel gotas claras a un mar oscuro”. La letra es bella pero más lo es la música que revive en mi cabeza. Creo que su ritmo ayudará a sanar la tristeza de mi amado. Comienzo a cantarla, ¡la recuerdo completa!  La canto en voz alta, en la segunda estrofa me acerco y se la canto al oído.  Me regala su atención, mira mis pies descalzos y se quita zapatos y medias.  Le digo que mire el cielo, me invita a mirar las hojas secas movidas por el viento, le digo que se acomode la gorra para que no le queme el sol y le ofrezco agua. Bebe, toma la botella, me lanza unas gotas y ríe. Hago lo mismo.

Me pongo en la pose del gato y el me cabalga, avanzo por le césped como un raro caballo que camina en sus rodillas traseras.  Entre relincho y relincho, silbo las canciones del Django de los spaghetti westerns y hago caer a mi jinete. Luego jugamos a que yo era un árbol y él era el fruto que se desprende. Una naranja, una manzana, un zapallo colgado en una pared, infinidad de plantas. Le enseño que las zanahorias no caen de un árbol… Le propongo regresar y caminamos descalzos en la yerba del parque. Cuando este termina le digo que nos calcemos para entrar a la vereda, que de seguro estará caliente. Se niega, ríe y se encanta de que la gente le mire caminar descalzo. Siente el calor del cemento, se sube a mis pies y caminamos dando pasos pequeños un pie suyo sobre uno mío. Baja de nuevo... La cuadra final la hace entre mis brazos.

-          Estuvo lindo el paseo, papi, me dice.

-          ¿Aun sin botecitos, amor?

-          Sí…

-          Que bueno que te gusto, mijito, respondo.

-          La otra semana si tendremos botecitos ¿verdad?.

Le sonrío, abro un helado y se lo entrego.

-          No sabemos aún, veamos…

Mientas miro a mi pequeño disfrutar del azul pintalenguas, pienso que también extraño remar y mojarme en las lenguas de agua del parque. ¿Cuándo acaba esta mierda?, para mis adentros, me pregunto otra vez.  

 

Thursday, May 21, 2020

Halloween


A NOB

En ese entonces hablábamos por teléfono cada quince días. Era un ritual que comenzaba el domingo, comprando unas tarjetitas de 3 euros que permitían hablar a larga distancia luego de digitar un código. El lunes por la mañana el corazón latía rápido esperando que sean las dos de la tarde, pues a esa hora, allá, al otro lado del mundo, él estaría casi listo para comenzar su semana. 
Contestaba Linda, generalmente cansada, estresada, preocupada. Estudiaba su carrera de Leyes con una beca, trabajaba a medio tiempo y ejercía sus abnegadas labores de madre. A través del auricular, yo le daba palabras de ánimo y ella manifestaba sus miedos de no poder culminar la carrera. De pronto decía: Noé ya está aquí.  
Venían mis preguntas y sus respuestas lacónicas. Yo comenzaba el monólogo, contándole sobre mi vida bajo el gris del cielo, sobre las hojas rojas del otoño, sobre la nieve que se derretía rápido... Cuando le preguntaba que había hecho en la semana, despreocupado respondía: nada.
 -¿Cómo es posible no hacer nada en quince días? Imagino que jugaste con tus amigos, fuiste a nadar, tocaste el trombón… 
-Ah sí!, fui con mi madre a la piscina. Fui al curso de esgrima. Ah! cierto vino mi abuela a visitarnos…

En esta llamada, el preguntaba por mi bicicleta, como si fuera una mascota, aquella bicicleta de carreras, heredada por un amigo mexicano que regresó a su país y que a pesar de ser muy alta para él,  la usó  varias veces el verano anterior en el que tanto él como su madre quedaron enamorados de París. Verano de caminatas en Avignon y retozar en el sur de Francia inundado por el amarillo resplandor de los campos de girasol. Envueltos en el eterno olor a lavanda.
Casi un año después, él dijo que quería verme.
-         - También yo, te esperaba en el verano, pero puedes venir cuando quieras. Solo me dices cuando, coordino con tu madre y te compro el pasaje.   
-          -En Halloween, me dijo.
-         - De acuerdo, organizaré mi trabajo para que vengas desde mediados de Octubre…
-          -No, no quiero ir yo, quiero que vengas tú, acotó con firmeza infantil. Quiero que vengas a pasar Halloween conmigo, que nos disfracemos y salgas conmigo a jugar “dulce o travesura”. Quiero que mis amigos te vean.

Luego me enteré, que desde siempre, ellos le preguntaban por mí y él les respondía con la verdad: Mi padre vive en Bélgica. Cuando estaban en el kínder, el tema quedaba ahí, pero a su diez años, los comentarios crecieron: Noé no tiene papá. Pobre Noé con su padre imaginario. Se inventa un papá que vive en Bélgica, al que nunca vemos. Noé miente…
  
Con un lagrimón en el párpado, terminé la llamada y compre de inmediato el pasaje. Llegué el 29 de octubre y Saint Paul me recibió con ese frío del infierno cantado por los mitos vikingos. Noé lo hizo con una gran sonrisa, me llevó hacia unas calabazas y me entregó una navaja. Siguiendo la tradición comenzamos a grabar en ellas la cara del monstruillo sonriente que ilumina su interior con una vela. Cuando Noé se había dormido, Linda me dijo que la noche siguiente, tenía una cita romántica. La mañana del 30 fui a dejar a Noé en el bus escolar y trabajé en mis asuntos. A las 6 Linda estaba lista para su cita y al mirarla pasó por mi mente ese verso de la canción de Eric Clapton: Oh my darling you are wonderful tonight.
-Entonces me voy…
-Espera, creería que esa falda luce mejor con unos zapatos color marrón.
-¿En serio? Respondía con ese acento propio de ella y que nada tenía que ver con los estereotipos del gringo que masculla la lengua de Montalvo.
-Sí. Estos por ejemplo.
-Es verdad. Gracias.
Colocaba la cartera en el hombro, se despedía de Noé con un beso y desde la puerta me lanzaba una sonrisa.
Apenas arrancó el auto, pedí a mi hijo que me ayudara a arreglar el cuarto de su madre. Ya había hecho lo mismo con las otras habitaciones en la mañana. Ella volvió  a las 9, la cena estaba servida y se le humedecieron los ojos. Me dijo que era la primera vez en más de diez años que no tenía que llegar a casa a cocinar. 

Y llegó la gran noche de brujas, esa que en ninguna parte del mundo, como en los Estados Unidos, concita tanta emoción. Me acomodé la  chapela vasca. Ah, vas disfrazado del Che, dijo Linda. Pero en versión miope, acoté.
Recordando mis días de actor de teatro, preparé maquillaje blanco. Con cartulina hice un gracioso sobrerito bombín y maquillé a Noé hasta convertirlo en un gracioso payasito. En la esquina nos encontramos con un soldado del General Washington.
-Este es mi padre, dijo, mirándolo con la malicia de quien demuestra su verdad.
Ryan, el soldadito  infantil me quedó mirando, y como para confirmar si yo era real, me apretó la mano en el saludo. Luego vino un Frankenstein con su padre irlandés y después un pequeño pirata Bengalí.
Nuestra pequeña bandita traviesa comenzó su recorrido por el barrio.
-          -Mucho gusto, soy el padre de Noé, decía sonriente en cada casa que visitábamos.
Ante mi presentación Noé sonreía orgulloso. En ese Halloween, él mostraba al mundo que jamás mintió. En esa noche de brujas, en la que el frío venía con el viento y desde el asfalto, yo era la prueba de que Noé tenía un padre. A veces el movimiento de su ceja afirmaba: ¡es real!, ¿lo ves? ¡tócalo! No es ese ser imaginario que vive en la lejana Bélgica. 

Yendo de casa en casa en pos de caramelos, veía a Ryan, Sayed y Frank, compartir la felicidad de su amigo. A las nueve, comimos deliciosos amriti preparados por la madre de Sayed y a las diez regresábamos caminando por la silenciosa Kewaunee Court. Noé se colocó en medio de sus padres, nos tomó a ambos de las manos y nos miró a los ojos. Así, repleto de alegría regresaba él a su casa, con el maquillaje descorrido, en esa tan diferente noche de brujas. A su lado, Linda y yo, silenciosos, nos cuestionábamos muchas cosas.
Qué es y por qué se celebra Halloween? - Levante-EMV