Thursday, October 24, 2019

Los luminosos



Lo lloraron el rey y la reina, los príncipes y todos los miembros de la corte.  Desde las provincias e incluso desde las comarcas aliadas y que se habían beneficiado de su creación, enviaron misivas luctuosas que resaltaban su figura y hasta regalos a la viuda y los hijos. Murió apaciblemente, rodeado por su familia y amigos. Con el médico del rey en su cabecera, esperando que el monarca no tomara su vida de curador, por no haber salvado la del genio. Afuera no había una multitud, pero los pocos transeúntes, aun sabiendo lo que ocurría en aquella morada, disimulaban y apuraban el paso. Diversos soldados de la guardia real resguardaban la casa donde Callínico de Heliópolis se despedía del mundo.  

Tres días duró el duelo y luego de esos tres días luctuosos, el joven rey Constante dispuso que por tres semanas la viuda y los cuatro huérfanos, dos varones mayores y las dos chicas aun impúberes, residieran en el palacio real. Cómo las órdenes se acatan y luego se discuten, la familia de Callínico ayudada de los siervos, trajeron sus ropas y utensilios indispensables. Vivían en las habitaciones reales y disfrutaban de las mismas comodidades de la corte. Un día antes de cumplirse la tercera semana, la viuda y el hijo mayor, se acercaron reverentes al joven rey para agradecerle la hospitalidad e informarle que querían regresar a sus respectivos hogares.
Constante II, risueño como él era, les dijo que gracias a lo entregado por el jefe de familia a Bizancio, decidió construir para sus descendientes una ciudadela, cercana al palacio, en la cual vivirían. Al día siguiente, el mismo Constante con un pelotón de soldados, escoltaron a la familia y estos apreciaron su nuevo hogar. Una ciudadela más bien pequeña, que junto a sus murallas tenía dispuestos sendos jardines, en el centro una hermosa fontana y alrededor un inmenso galpón, dos casas grandes y una pequeña. Nada más. El galpón triplicaba en tamaño a las casas grandes, cada una de ellas equipada con lo necesario para acoger a una familia de cuatro miembros. En ellas vivirían los hijos mayores con sus esposas. En la casa pequeña se habían dsipuesto tres dormitorios, para la viuda y las hijas menores. Cinco carretas habían cargado los bienes del finado Callínico y los de sus hijos y esa misma noche ellos durmieron en sus nuevos hogares, sin que les faltase comodidad alguna.

Muy temprano,  los nuevos residentes vieron el cambio de guardia en las puertas de la ciudadela y a las pocas horas, al mismo rey Constante con su escolta, quine invitó a la viuda y a los dos hijos mayores hasta el galpón, para que pudieran contemplar extasiados el interior. Adentro estaba todo el laboratorio de Callínico, los chicos notaron que las pipetas y las ampollas; el rincón del fuego y el del almacenamiento; los fuelles, las pinzas y alicates; las cubetas con materiales y hasta los limpiones estaban en el mismo orden que tenía en el viejo taller de su finado padre. El rey puso la mano en el hombro del hermano mayor, el asistente del padre y le dijo que desd ahora sería él quien cumpla las funciones del finado; su hermano menor sería su asistente y aprendiz. Dispuso que a la muerte del primogénito, el hermano sobreviviente tomaría por aprendiz a su sobrino mayor y asi se sucederían las generaciones, donde los hijos mayores de ambas ramas estarían consagrados a la tarea principal de Bizancio. Una vez cumplida la adolescencia, solo estos se quedarían a vivir en la ciudadela. Los otros varones saldrían para el servicio militar y las mujeres a formarse en las tareas domésticas del palacio, desde damas de compañía hasta cocineras según las aptitudes o los apetencias de la reina. Esa misma semana, un capitán anunciaó que las hijas de Callínico iríana vivir en el palacio, pudiendo visitar a la familia los domingos.

De esa manera el joven Constante II mantenía seguro el secreto de su arma más letal, cudidadosamente loogró que la fórmula de su composición quede exclusivamente en manos de los descendientes del ingeniero. Ese secreto terrible que el joven Callínico de Heliópolis, recibiera en Constantinopla desde Esteban, el más grande de los alquimistas de Alejandría. Preparado mortífero que trajera tantas victorias a los bizantinos y tantas muertes a los árabes. Sorpresiva y poderosa arma que permitió proteger por casi cuatro siglos las murallas propias y hundir las naves enemigas.

Tres años después de que el laboratorio entrara en funcionamiento en la ciudadela, los siervos aparentemente leales, asesinaron a Constante. El nuevo rey Constantino IV, quizás temeroso de correr igual suerte y morir sin resguardar el secreto o tal vez alertado por el aumento de las victorias árabes, no fue tan benévolo con los huéspedes de la ciudadela, conocidos ya como los Lambros. Constantino Augusto desde un edicto encerró a los moradores de la ciudadela, los aisló del undo exterior y lanzó un edicto por el cual se penaba con la muerte cualquier intento de contactarlos. Los Lambros, que en griego significa, los luminosos, eran devinieron en entonces esclavos en una jaula de oro, gozaban de todas las comodidades y del reconocimeinto de sus con ciudadanos, pero no de la libertad.

Por un poco más de cuatro siglos los luminosos, descendientes de Callínico de Heliópolis, fueron los únicos poseedores del secreto del temible fuego líquido y durante esas cuatro centuraias, fueron prefeccionando su poder del cual Bizancio tenía el monopolio exclusivo. Aquel fuego que se avivaba con las olas del mar y que podría dejar ciegos a los que le contemplaban, siguió aterrorizando a los árabes, en esprcial a su flota matírmia, que cada año dejaba cientos de barcos convertidos en cenizas en el Mediterráneo. Algunos investigadores chauvinistas, dicen que fue el fuego líquido de los Lambros el que impidió que Europa entera cayera bajo el dominio islámico.

Los luminosos, paradójicamente, siguieron en su condición durante 520 años más. En 1185, quedaron libres de su tarea, justamente dos años después de ser asesinado el rey Alexius II Commeno. En uno de los tantos asedios a Constantinopla, que parecía el ser definitivo, llegó la orden de Andrónico, tutor y matador de Alexius, que abrierar las puertas de la ciudadela. Cuando los luminosos se aprestaban a huir, muerieron bajo las espadas de los soldados y con su muerte se llevaron la fórmula del fuego líquido. Bizancio no podía permitirse que los Lambros cayeran en manos del enemigo, pero sin el fuego líquido, el reino apenas duró algo más de 250 años.

Monday, September 16, 2019

Martina

Atrás habían quedado esos días de trabajo en el campo y el regreso cada viernes a la ciudad. En esos días Martina me esperaba en el aeropuerto con su alegre serenidad y sencillez, siempre bella en su camisa, jeans y zapatillas, con su largo cabello castaño siguiendo la cadencia del viento, eternamente desmaquillada. Apenas llegados a su casa, yo podía sentir el olor delicioso de la comida y el vapor del agua caliente de la tina de baño. Mientras me relajaba en esta, Martina iba a dar los últimos toques al pastel de papa, para después regresar y cariñosamente lavarme el cabello, entregarme la bata tibia e ir a cenar juntos en la cama. Días magníficos en los que salíamos el lunes del lecho amoroso, otra vez hacia el aeropuerto, luego de habernos apenas levantado a cocinar algo frugal o a destapar una botella de vino, apenas cubiertos con viejas camisetas de dormir.

Esos viernes de aeropuerto, eran el preámbulo de un fin de semana repleto de felicidad, que a veces evitaba, al ceder mi cupo del avión a algún colega, recibiendo por teléfono el reclamo triste de Martina.  

– Es que L tiene hijos, argumentaba. Le necesitan-.

-También te necesito. Sos malo...-,  era la frase que marcaba el inicio del reclamo, que yo me limitaba a escuchar.

Me gustaba ser buen samaritano con mis colegas, pero también quedarme apoyando a los agricultores, disfrutando de la fiesta en algún recinto o simplemente yendo a la playa. Si ceder mi cupo de viaje semanal y no verla doce días, me traía problemas con Martina, compartir todos los días durante cuatro meses, tiempo que llevaba en Quito esperando por mi nuevo trabajo, también me los trajo en más graves dimensiones. 

Estábamos en un punto donde teníamos expectativas diferentes. Martina quería que vivamos juntos y yo quería seguir en el campo, con mi preciosa relación de fin de semana. Al poco tiempo de esa cotidianidad, Martina se molestaba por “quítame esas pajas” y muy en su estilo de “tana testadura”, como se autodenominaba, terminaba súbitamente la relación. Entonces, yo abandonaba la casa y una vez pasada la primera impresión, me ponía terriblemente triste. Al día siguiente miraba el teléfono como si fuera un gato arisco, sin atreverme a tocarlo. Al tercer día lo acariciaba, sin que el orgullo me deje tomar el auricular. Resistía como un adicto que no cede a la tentación y así pasaban cuatro o cinco días, hasta que sucumbiendo al amor o a la adicción que tenía por mi bella porteña, marcaba su número:

-Hola Martina ¿cómo estás?

-Sho, bien, ¿vos?, era su lacónica, autosuficiente y común respuesta.

- Yo no estoy bien, Marti, te extraño, conversemos…

-Mirá Alex, dejálo así, no tiene sentido…

- Marti, mi amor, conversemos, no puedo dormir...

- No…, sha no, bichito…

Y yo insistía y Martina, quizás por mi voz temblorosa, o simplemente porque esos diálogos post pelea se hicieron costumbre, aceptaba encontrarme en un café cerca al puente del wambra. Siempre terminábamos besándonos, salíamos tomados de la mano al entrar la noche e íbamos a su casa a echar el polvo de la reconciliación. Ese magnífico, apoteósico, largo y repleto de dulzura polvo que tienen todas las reconciliaciones en todas las latitudes del mundo, y que en nuestro caso duraba hasta el amanecer, o si era viernes, repetía nuestros gloriosos fines de semana post aeropuerto. En esos encuentros, luego de firmar la paz, vivíamos del amor y del agua fresca, como dicen los franceses y volvíamos a la realidad cansados, ojerosos, con una estúpida e imborrable sonrisa...

Pero, unos días después, por cualquier cosa se dejaba escuchar la frase lapidaria, a veces acompañada de sus ojos verdes brillando al tratar de controlar las lágrimas:

- Mirá, bichito de luz, vos y sho no funcionamos… dejémoslo ahí…-

Frase preámbulo para que yo vaya a su armario por mis camisas y calzoncillos (cada vez más), los meta en una funda de supermercado y comience mi proceso de despedida, que culminaba al marcar su número telefónico.

En esos meses casi desempleado, con dos amigos (poeta e ilustrador), coordinábamos una revista literaria de tiraje mensual. Conocedores de mis conflictos de pareja, uno de ellos me decía: ¿Cómo van las Malvinas? Y cuando estaba enojado con la Martina, mi respuesta era: Mal… perdimos las Malvinas…  Caso contrario, respondía: ¡Las Malvinas son argentinas!  Era un código que en cualquier caso sacaba una risotada inicial al equipo, que culminaba el trabajo con otra, al abrirse la primera botella de whisky.

Esas reuniones, tenían para Martina una valoración acorde a nuestro estado de pareja. Si estábamos mal, el "club colegial" seguía un simple guión: “1. Llegan, se saludan efusivos. 2. Alex dice: ¡Gocie que lindo que dibujás!. 3. este dice: ¡Gato que poema más bello! 3. Este a su vez culmina: ¡Alex, que lindo que escribís!. 4. En coro: ahora sí ¡a escabiar se ha dicho! Abren el whisky y no paran hasta quedar en tremenda curda”. Si estábamos bien, el colectivo literario (no colegial) era: “Un aporte a la literatura de esta ciudad, que, esperemos en unos años, tenga un movimiento cultural, similar en algo al que hay en Buenos Aires…”

Y cada reunión era para mis amigos, un capítulo de telenovela. Normalmente, después de unos whiskies, yo llamaba a Martina hasta gastar el saldo del novedoso ladrillo-celular post pago. Con la segunda botella, seguía la borrachera por las Malvinas perdidas y la tercera comenzaba en el Swing… En otras ocasiones, luego de la primera me tomaba un taxi hasta La Gasca.

-¡Bichito de luz!, decía luego de una linda sonrisa, ¿querés comer? Acostáte, ¿cómo les queda el nuevo número?  Vení, me contás mañana. Ese recibimiento, el ímpetu de la malta, sus ojos hermosos, y su cabello sedoso, sus labios esperando mi beso y sus preciosas tetas listas para mi caricia me recordaban la suerte de tenerla junto a mi. El amor que profesaba a esa mujer hermosa, la pasión adicta que habíamos construido y mis 30 años, eran la mitad de nuestro camino al paraíso…

Y aun se dieron unos meses más de ese círculo vicioso: adiós- teléfono- reconciliación- adiós. Serpiente que se mordía la cola, esperando con ansia el regreso al campo. Meses en que estaba expectante por mi futuro destino laboral: las tabladas de Manabí o las playas de Santa Elena, los barrios urbano marginales de Guayaquil,  los manglares de San Lorenzo, La Tolita o Muisne en Esmeraldas… El retornar a ese amor cómodo de fines de semana, a las diarias llamadas cariñosas y mi promesa de no ceder el cupo del avión.

Sin embargo, el carrousel vital tiene sus giros interesantes y un jueves, el Gocie arribó a la oficina preguntándome - ¿Cómo van las Malvinas?, teniendo por respuesta: ¡Las Malvinas son británicas y se llaman Falkland! Pero esta es otra historia, otro alegrama.

Mapa de FIQQ 1ZZ, Islas Malvinas (Falkland Islands)

Monday, August 19, 2019

Taxi al pasado



Hoy, como siempre, tengo dificultad en encontrar un taxi. Todos prefieren la dirección contraria, y como siempre, tengo que caminar por lo menos un par de cuadras y esperar que en la nueva intersección aparezca alguno desocupado. Su conductor es un tipo amable que luego de pedir las coordenadas me pregunta de dónde soy y se sorprende, no sé por qué, cuando le respondo que soy quiteño, y más aún del Barrio América. 

 - El América está en la A, acota. Yo soy del Aucas, pero me gusta el América y también el Deportivo Quito, casi digo alma bendita, remata con picardía. Si usted vivió ahí, ha de saber que era barrio de músicos, Don Medardo, Los hermanos Baca…,  amigos míos... - Cuando le cuento que fui vecino de ambos en la Calle Riofrío, se ilumina, al Jaime (Baca) le compré una batería, el otro hermano, el del piano dizque ha muerto, dice. 
Replico que hasta donde yo sé, Aníbal sigue vivo y activo…

- Yo soy músico, y hablo en presente porque eso no se deja nunca. De joven fui profesional, luego cuando me casé, como no alcanzaba para la papa, me hice profesor en Tambillo y luego con tres hijos, taxista. Ahora tengo 75, pero a mis veinte, era parte de “Los Fabulosos”, antes toqué en varias orquestas buenas y tuve incluso algunas presentaciones con la famosa “Salgado junior”. Fui parte de la banda del programa de los sábados de Christian Johnson, pero también toqué en otros sitios de diversión finos, de esos que no hay ahora… En el “Complejo El Rey”, en “Le Toucán”...
Entonces yo también recuerdo el programa de televisión “Sábados espectaculares”, que a veces miraba de niño. El hombre conduce y el recuerdo le ilumina el rostro, constantemente gira la cabeza como para que su pasajero sea testigo de la luminosidad de los tiempos mejores invadiéndolo. Casualmente, llegamos a la 10 de Agosto a la altura de El Ejido y la geografía le da más confianza.

-Yo tocaba en los night clubs de esta zona dice: En "La Llave", cerca de la Alameda; “El Círculo” en la Tarqui; “El Tomic” en la Santa Prisca... Aunque el mejor era el “Royal Horse”, eran sitios elegantes, no cualquiera entraba ahí. No es como ahora, que si tiene plata ya pasa ¡No señor!, ahí había el estricto derecho de admisión. Además de bien vestido, tenía que tener alguna referencia, tenía que haber sido presentado previamente o venir con alguna recomendación. Lugares exclusivos de verdad.  Y las vedettes eran preciosas, llenas de trajes de luces y de pieles y plumas, con shows de baile, con unos cuerpazos…
Vuelven a mi memoria, los comentarios de mis tíos, acerca de aquellas beldades de las que escuché en mi infancia, pero que nunca conocí.

-Si habrá oído de la famosa “dama de rojo”, ella trabajaba allá-, dice señalando un local grande que ahora es un mini mercado... La tristemente célebre "dama de rojo" que escandalizaría a la ciudad, al descubrirse que asesinaba a sus acompañantes. Ella fue la más conocida de las nacionales, pero había otras bien guapas, esas sí, mujercitas, la mayoría costeñas. Y si bien siempre hubo extranjeras, en especial colombianas, cuando el país se hizo rico con el petróleo, vinieron montones de argentinas, chilenas, brasileñas. La primera que causó furor fue la Iris Chacón. Locos les tenía a los coroneles y generales. Luego Olga Breeskin, a los ministros de Roldós y de Hurtado- acota riendo.

Llegamos al destino y me dice que espere un rato. Seguimos conversando de ese Quito nocturno sesentero y setentero, de esa estructura de clase más marcada, de la ciudad tranquila que se movilizaba en las noches sin peligro, de la migración a mi viejo barrio abundante en estudiantes universitarios…
Hace una pausa.

-El que es músico nunca deja de serlo, dice, y me cuenta su fascinación con el youtube, que le permite a sus 75 años seguir mejorando la técnica de tumbadoras con los tutoriales. Entonces, cuenta algo de sus días de docente, preámbulo para relatar cómo se separó de su esposa por un tiempo.

-… porque, usted sabe, uno es hombre y músico… pero vivimos juntos desde hace años, nos llevamos bien…, con las que toca siempre, porque son jodidas, pero… bien vivo con mi mujercita-.  
Estrecho la mano de don Aguirre Clavijo, músico, docente, taxista... Le agradezco por la carrera y por el fantástico recorrido.

Joaquín Sabina en una de sus canciones dice que si pudiera vivir otras vidas, sería taxista en Nueva York. Sin duda, serlo en la gran manzana, ganaría en adrenalina, pero imagino que en cualquier latitud tiene su gracia. En Quito tiene además el campechano toque coloquial.