Wednesday, April 05, 2023

After Jane

Para PM

Sin duda, ella fue determinante en mi vida. Por primera vez, en la post adolescencia amaba y me sentía amado. Con ella crecí en muchas dimensiones, acrecenté mi cultura general, reafirmé valores y por ella enfrenté militantes prejuicios tontos. Miss Day, o la señorita Díaz, como la llamaban cariñosamente mis amigos, era una gringa de Nueva Inglaterra con quién salíamos a las manifestaciones rechazando la primera guerra del Golfo, a las convocadas por mi partido o por el movimiento indígena y que le costaron reprimendas desde su programa de intercambio estudiantil. Jane adoraba los Counting Crowns y García Márquez y por ella conocí a Bashevis Singer y a Van Morrison. Pacientemente corregía mis malas traducciones de las letras del Final Cut, con las que estaba obsesionado. Llegó como un bálsamo, en una época en la que las chicas de mi edad tenían como sueño máximo comprarse un Suzuki Forza, ser azafatas o entrar de cajeras a un banco, teniendo como tema de conversación las malas telenovelas mexicanas. Llegó sobre todo a curar las heridas de una camarada militante que me hizo trapo.

Pero como estaba previsto, regresó a su país, aunque dejó esa promesa irreal que se entregan los enamorados, por la cual regresaría para hacer su maestría aquí. Yo tenía un buen trabajo y desde ese sueño común busqué un departamento cómodo y cercano a la Facultad de Ciencias Sociales en donde la había inscrito para el programa de Antropología. Todo iba en orden, las cartas llegaban a mi oficina cada semana y en las eventuales llamadas por teléfono, me contaba que los exámenes finales estaban cerca, lo que la estresaba un poco. Hasta que recibí la carta larga, en la  que me dijo que no vendría, me daba una fecha para una llamada y me pedía disculpas.

La llamada fue triste, ella no sabía explicarse y yo no sabía convencerla. Dos chicos de 22 años confrontando el viejo refrán que asevera que el amor de lejos es amor de pendejos. Vino la pregunta clave y su respuesta devastadora: Había conocido a alguien, dijo, en medio del llanto a través del auricular. Y cuando tienes 22, mi viejo, una respuesta de ese calibre es el principio del fin.

El habitus ecuatorial, reza que esas penas se lavan con alcohol, y esa misma tarde fui al Patio Pub, un bar alemán fantástico con fuente en el medio y buena música, ahora transformado en lúgubre parqueadero. Me emborraché con cerveza y grandes sets de los Doors. Al día siguiente repetí la operación teniendo como escucha a mis amigos cercanos que no atinaban a dar consejo, pero que estaban contentos de que fuera el mecenas de la borrachera. Amanecí en la sede del partido y con un pana de la noche anterior desayunamos cerveza. Para las 3 de la tarde estaba otra vez ebrio en una de las oficinas partidarias. Llegó hasta allá mi jefe, también militante y con una sonrisa burlona me dijo:

- Te vas a matar por la gringa ¡no seas bestia! El director me ha preguntado por ti y le he dicho que estás de comisión- 

- Pues que se joda, mañana tampoco iré al trabajo- logré balbucear.

Mi jefe sonrío, moviendo la cabeza.  Esa noche fuimos a casa de Nati, una compañera que celebraba su cumpleaños y seguimos libando, con ella estaba Rita, quien me llevaba al menos quince años, guapa sin serlo en extremo. A media noche quedamos los tres, la dueña de casa se fue dormir pues trabajaba al día siguiente y Rita me llevó a una habitación donde comenzó a desnudarse. Me metí junto a ella en la cama y de pronto apareció la imagen de Jane. Me puse a sollozar y conté a Rita mis cuitas de decepción amorosa, quién en lugar de echarme ofendida, me acurrucó como una madre, poniendo mi cabeza en su regazo. Me desperté muy tarde, comí algo del refrigerador de Nati y en un asomo de “responsabilidad” fui a la universidad en busca de los apuntes de clase dados en mis varios días de ausencia. Sin saber como, estaba en la ceremonia libatoria semanal de los guarandeños de la facultad comenzando una botella de ron, que luego se clonó en otra y luego se hicieron tres. Casi no decía nada y más bien trataba de reír con sus bromas, pero el pensamiento del amor lejano se atravesaba como una estaca. Desperté casi al medio día del sábado, con toda la resaca que provoca el ron barato con coca cola y con toda la depresión alcohólica que me golpeaba inmisericorde. La solución era, por supuesto, una cerveza, que junto con el sol mañanero y un buen partido de fútbol en la TV del restaurante se hicieron cuatro. Salí "picado" y en la esquina del barrio, los vecinos de toda la vida mataban el aburrimiento con el tradicional litro de puntas con cola de mora. El primer trago de la famosa “sangre de pichón” me sacudió como un jab de izquierda al mentón, pero los siguientes fluyeron al ritmo de las bromas procaces y los diálogos morbosos que nos mataban de la risa. No recuerdo como desperté sobre mi alfombra y me enfrenté a la universal crueldad del domingo y su aire silente, con una nueva resaca y con el recuerdo de la amada abofeteándome. Entonces lloré de verdad. Lloré copiosamente, con mocos, con hipo, con babas, con largos suspiros, como un niño, como un viudo, como un condenado al ostracismo. Por fin lloré. Cuando ya no me quedaban más ahogos, fui al grifo de agua y me clavé a beber por largos minutos, me lavé la cara, me mojé la cabeza y me hice una sopa de sobre que apenas probé. Salí en ese domingo común, triste como suelen serlo todos, por las calles abandonadas, sin sol y donde solo vi a lo lejos, a un perro, rascándose las pulgas. En medio de ese desasosiego, lo mejor era regresar al ínfimo cuartucho estudiantil y tratar de dormir. El techo con sus motas de cemento creaba formas diversas, aterradoras algunas y otras que me miraban impasible. Cerraba los ojos y aparecían los grandes ojos verdes de la ausente, por lo que era mejor abrirlos de nuevo y enfrentar las formas que me sojuzgaban. Elegí enfrentarlas, pero armado y equipado, me dije cínico. Invité a un nuevecito Mr. Daniels a que me acompañe y con un whisky, con dos, con tres… con Jazz que me adormitaba y con beep bop que me despertaba, con una momentánea alegría, miré el techo como la simple loseta que era y me dejé llevar despreocupado por Mr. Jack Daniels y su artilugio.

Llegó el lunes, Mr. Daniels solo era la mitad. Eran las 7:30 am, ergo, había perdido la primera clase del día, pero me propuse no perder el día laboral, por lo que de un salto me metí a la ducha. Una larga ducha que evaluaba la semana anterior, donde el cristiano que todos llevamos dentro sacaba su fuete y me autoflagelaba, donde la autocompasión quería sacarme otras lágrimas, donde la cordura me decía que no puedo darme el lujo de perder el trabajo. El espejo me dijo que tenía un pómulo levemente hinchado, y una muela que se me movía. Cuando comencé a peinarme vi un mechón de cabello blanco al lado izquierdo de mi frente. A mis 22, una semana de alcohol y expiación me generaron canas. Mi jefe me recibió con una mezcla de conmiseración y burla. Quizás me entendía, él a sus 40 y tantos sabía cómo van esos golpes en esa edad.  Mis compañeros no decían mucho, pero al final de la tarde, cuando salí de la oficina, Vlad me dijo:

- Mira loquito, cuando hay esas penas no hay que meterle al trago. Este te mata. Entras en ese círculo de levantarte con resaca depresiva a la que hay que vencer volviendo a beber y te destrozas. El trago además es súper adictivo y peligroso-

Tenía unos 3 años más que yo, y mientras caminábamos lo escuchaba con atención.

-         - ...  Así es que, deja el trago, continuó. Yo se que no puedes sacártela de la cabeza y te vuelves obsesivo. Pero en esos momentos es mejor uno de estos…

Sacó un cigarrillo demasiado delgado y sin filtro. Un porro, un grifo, un chafo, un cigarrillo de marihuana y mientras nos dirigíamos hacia las solitarias escalinatas de San Marcos, con una vista espectacular del Orienta de la ciudad, lo encendió y apareció el olor característico.

-       -   No has fumado antes, ¿verdad?  Tranquilo, vas a ver como todo se te pone mejor y sacas de tu mente ese recuerdo negativo. Debes retener el humo y no botarlo de inmediato, me instruyó.

Luego de tres caladas, devolví el cigarrillo y seguimos caminando, en silencio. De pronto el fin de la tarde se volvía violeta y las incipientes luces de la ciudad brillaban magníficas como en un cuadro de Van Gogh. Me extasiaba mirando el límite entre la montaña y el cielo, percibiendo el profundo trinar de los pajarillos, obnubilado con el girar de los radios de una bicicleta que pasaba a mi costado.

-         - Vas bien, ¿no?  ¡Que buen vuelo, diga!, acotaba Vlad, sonriendo.

Ambos reimos con ganas y descendimos la escalianta de San Marcos, con movimientos de bufón. Fuimos hacia La Mariscal por una cerveza.

-Nada más que esta, ¡eh!, para la seca, so-lo pa-ra la se-ca, recalcó como un pedagogo. Es la legal la que te mata, brother, el tabaco, el trago. La legal, que te mete por los ojos el sistema, es la que te mata… Esto no, esto es vida…

Me regaló un chafo al despedirse y regresé a mi casa imaginando historias fantásticas para escribir y nuevas historietas gráficas para dibujar. Al pasar los días constaté que, definitivamente, el nuevo juguete canábico me gustaba, sobre todo porque difuminaba la imagen de Jane, pues ella quedaba confundida entre colores, luces, sonidos y situaciones que me parecían cómicas en extremo y que no entendía como siendo cotidianas no las había percibido antes.

 Y, sin embargo, ese viernes volví a beber y a llorar y lo hice también el sábado. Esa noche llamé a su cuarto de estudiante en Albuquerque y me contestó su room mate.

-          She is not here. Quizás lo hace en una hora.

Y escuchando a Serrat con Gonzalo saciaba mi adipsia, para en una hora volver a marcar, recibiendo la misma respuesta. Cuando ya eran casi las doce y de seguro sonaba ebrio. La room mate de Jane me dijo.

         Jane llamó y me dijo que no vendría. Esta noche se queda con Mark.  

Apuré de un tiro un cuarto de botella de bourbon y de inmediato Mr Daniels y la llamada me pusieron en un K.O. técnico. Apenas escuché a Gonzalo despedirse. Al medio día de domingo me despertó el timbre y al abrir la puerta de calle, vi a mi padre, quien frunció el ceño, sin duda al ver mi deplorable estado.

-          Vamos a comer, me dijo. Estás hecho mierda ¿Qué te pasa?

Relaté con detalles mi historia en el trayecto en el que iba de copiloto y creo que él se alejaba más del destino previsto, solo para no interrumpirme. Cuando terminé, entre gimoteos y una vez sentados en el restaurante remarcó:

 -Eres muy joven. Esa bella mujer te llegó muy joven. No te hagas el macho, ni te portes grosero. Le escribes una bonita carta diciendo que entiendes lo que pasa. Plantéale ser amigos, y que ambos no pierdan el contacto. Guarda y cuida esa relación y en unos años, retómala. Ese amor profundo de los 20s suele ser sólido. Y si lo dejas ir, quizás te arrepientas.

Le escuchaba atento.

-Te entiendo y trata de entenderte…  míralo así, ahora que andas dedicado a la copa: vos, hasta antes de conocerla, eras un bebedor de aguardiente y este te parecía rico. Pero la conociste y fue como si te brindaron un whisky finísimo. Cuando has probado un buen whisky, no es fácil volver a tomar aguardiente…

Me invitó (o me ordenó) que vaya esa semana a vivir a su casa. Me llevó donde un homeópata que le aconsejó darme agua de ciertas yerbas y bolitas de azúcar. Estaba cercano a la úlcera, le dijo. Regresé a una casi normalidad, después de enviar la carta sugerida, que no tuvo respuesta inmediata.

Los chafos ayudaron sin duda, para dejar de beber como cosaco en invierno bieloruso, y se hicieron cotidianos. Me compré una pipa y me mandaba un hit antes de ducharme, otro para las diez, uno para que dé hambre en el almuerzo, otro más camino a la universidad y el final viendo una peli nocturna. Volví a salir de fiesta, frecuentando bares donde iban extranjeras. En mi rol de brichero, gringuero, amigo del "personal amarillo" (Charapita dixit), buscaba encontrar un sucedáneo a mi Jane y si bien aparecieron muchas con las que pasé buenos momentos, ninguna llegó a mi corazón, a pesar de los viajes, risas, chafos compartidos y madrugadas de pasión. De vez en cuando Jane enviaba una postal con paisajes de Nuevo México y cuando eso pasaba, como en un reflejo pavloviano descargaba mi triste historia psicoanalítica con los amigos cercanos, luego de fumarme un bareto.

Entre esos amigos que atendían mi monólogo, estabas tú. Recuerdo que me dijiste, en el contexto de la guerra de los Balcanes.

- Pareces Bosnia, querido flaco. Gritas y gritas tu dolor al mundo y el mundo ya no te hace caso. -

Y tal como me pediste, hace una semana escribo esta historia, que sin duda no es tan terrible, como te pareció cuando esbocé sus detalles, luego de hacerte caer en cuenta que andas bebiendo demasiado. Pareces de hierro, dijiste y no imaginé que también hayas tocado fondo. No pensé que fueras un Dostoyevski juvenil, recalcaste, mientras agradecías mi sutil puteada. Y no, no lo soy, ni en intensidad de los golpes de la vida y mucho menos escribiendo. Sin embargo, cumplo mi parte. Te entrego este escrito que pediste. Ahora cumple con la tuya: no beber, al menos entre semana.