Monday, December 11, 2023

Omertá

A la promoción 86

Colegio Nacional Mejía 

El último curso del secundario nació con la tensión propia de ser el año de graduación. El año de la incertidumbre sobre el futuro, de la carencia de certezas, de la vergüenza de ser uno de los que te levanten el grado y también de la nostalgia por abandonar a los amigos y el adorado plantel donde se estuvo por tanto tiempo. El sexto curso tenía diez secciones, una de filosófico sociales, cuatro de químico biólogo y cinco de físico matemático. Parecía que era parte de la tradición que en sexto todos se encuentren con los “cucos”, esos profesores que esperaban a los futuros graduados para hacerles difícil su salida del colegio. Cada sección tenía al menos uno de estos, excepto la sección décima, conocida por el resto como la sección “R”, de recomendados y repetidos, generalmente hijos de algunos docentes e inspectores o de eminentes prohombres y de aquellos chicos que intentaban por segunda vez graduarse en el “Patrón Mejía”. El terror comenzaba en las vacaciones cuando los alumnos más grandes te daban la fama de quienes podrían ser tus profesores y se plasmó el primer día con la llegada de un personaje de Batman, envuelto en su terno negro impecable, mirándonos con la misma expresión de ese del comic, adelantando su nariz larga y fina y posando en todos nosotros sus ojos saltones. El licenciado Santana, se presentaba como nuestro inspector y mientras recorría la sala dándonos indicaciones de como venir uniformados los lunes, se movía cadencioso como esa avecilla que le daba su apodo, balanceando su panza que comenzaba a ser prominente y mostrando, al enfatizar las palabras, su incipiente papada.

-       Pantalón negro de casimir bien planchado, zapatos de cuero brillantes, camisa blanca de terno, nada de esas camisetas de algodón a la moda. Además reviso en la formación matutina peinilla, pañuelo y uñas limpias. Sobre todo, que tengan cabello muy bien cortado… Este es un colegio de varones.

No necesitaba ser un gigante, con su metro sesenta y algo, “El Pinguino” infundía miedo y respeto. Ahora debíamos esperar quiénes de esos docentes temidos y famosos por ser profesores universitarios, o verdaderas autoridades de la cátedra, nos harían ver estrellas a los que no éramos R.

Sexto - primera, de los “sociales” tenía al doctor Napoleón “Bombillo” Lara, profesor con una calva reluciente y quien presentando los problemas filosóficos desde el libro de su autoría, complicaba la vida con el problema del ser y el de dios a decenas de imberbes que ni siquiera soñaban en emular a Kant y cuya única aspiración era ser abogados. A la segunda y tercera secciones de “químicos” les esperaba el doctor Fausto “Tarzán” Toscano, profesor de la faculta de Medicina y en ese entonces aun parecido a Johnny Weissmuller, del que muchas generaciones anteriores sacaron el mote. Daba Biología y para el segundo trimestre, al menos dos alumnos se cambiaron a un colegio particular, porque ya se veían perdidos el año. En las cinco secciones de “físicos”, cuando tocaba por primera vez la asignatura de Física, más de uno pedía a su santo de confianza, que quien hiciera su ingreso al aula fuera el “Muñeco” Jarrín y no el ingeniero Víctor “El Indio” Olalla...

El temido futuro rector de la Universidad Central ya se presentó como docente de sexto quinta sección y vimos al ingeniero Jarrín en una hora anterior pasar por nuestro pasillo, dándonos esperanzas. Todos elucubrábamos, pues en Biología teníamos ya al Dr. Baéz.

-¡De ley nos toca el Olalla! Decían.

-No, quizás nos mandan al Bombillo y Física con Jarrín.

-El Bombillo es súper jodido, replicaba un repetidor.

Llegó entonces el señor Quilo, conserje y nos dijo que le acompañemos a las aulas junto al laboratorio, en el otro edificio… Nuestra pesadilla se hizo realidad… Olalla aumentó la tensión que se acrecentaba.

Cada lunes, cuando “El Pingüino” miraba un cabello que comenzaba a crecer, recalcaba que largo solo lo usan las mujeres y nos recordaba el hecho de que no éramos muy hábiles en el trato con el sexo opuesto, al desconocerlas en la cotidianidad. En efecto, éramos cinco mil púberes y adolescentes distribuidos en tres inmensos edificios. De esos cinco, al menos mil estudiantes de quintos y sextos cursos, estábamos en el edificio que daba a la calle Vargas. Mil muchachos entre los 15 y los 18 años de edad significaban billones de hormonas que luchaban desesperadas con sus dueños, quiénes desde el burdo y atávico machismo se transformaban en animales enjaulados y en celo cuando visitaba el plantel alguna delegación de un colegio femenino o venían algunas alumnas de la universidad.

Eran estos alumnos los que solicitaban cita con las psicólogas del colegio, con pretextos que iban desde la depresión, real o supuesta, hasta consejos de orientación vocacional sobre que seguir en la universidad. Muchos iban solo para mirar las torneadas piernas o el escote de la doctora Patricia o deleitarse con la voz sensual y el bello rostro de la doctora Beatriz. Furor particular causó el arribo a inicios del segundo trimestre de Kelly, una joven y voluptuosa asistente de colecturía; entonces esa ventanilla se atiborró de estudiantes, que con cualquier pretexto querían ser atendidos. Sin embargo, nadie se fijaba en una casi treintañera bonita  y amable, de lentes redondos y nariz respingona que atendía la mapoteca, esa sala inmensa repleta de globos terráqueos y mapas.

Antes de terminar el primer mes, "El Pingüino" nos dijo que tenía que dictar Química en quinto curso y ello le impedía seguir siendo nuestro inspector. Con tanto disimulo como alegría nos miramos cómplices y reímos en silencio, ocultándonos en el compañero de la banca delantera. Nos presentó al nuevo inspector, el arquitecto Salgado, responsable de la banda de guerra. un tipo alto, con barba y larga cabellera castaña, que recordaba a algún guerrero teutón y no vikingo… pues ese era el licenciado Trujillo. Fausto Salgado tenía fama de poner disciplina en la Banda de Guerra y de ser muy directo, pero también amable con los estudiantes que no se pasaban de la raya.

En uno de esos días de mayo en que el sol caía directo sobre el patio de asfalto, esquivando al tumulto, algunos se las ingeniaban para jugar básket. Otros tomaban sol o discretamente bebían una cerveza prohibida en la playa, una pequeña ladera de césped y unos más disfrutaban de los connatos de pelea o corrían antes de recibir la andanada de patadas que, por ley, recibía quien tenía una moneda de un sucre a sus espaldas. Ingresamos al aula y el calor no disminuía a pesar de que las grandes ventanas del tercer piso estaban abiertas de par en par. Llegó nuestro profesor de historia y se aprestaba comenzar la clase, cuando ingresó el inspector.

-       Permíteme unas palabras, dijo.

Todos, inconscientemente, notamos algo en el tono de voz y en el rostro del arquitecto Salgado que nos puso en silencio de inmediato.

-          ¿Quién de ustedes le cogió el culo a la de la Mapoteca?  Dijo con firmeza.

El silencio fue rotundo.

-          Digan quien es, o tienen todos cinco puntos menos en conducta-

El terminante silencio se veía interrumpido por el sudor de manos y frentes, por el chasquido de labios al abrirse ante el anuncio...

-          Todos tendrán diez puntos menos en conducta, dijo elevando la voz ¿Quién fue?-

Era el año de la graduación, diez puntos menos nos destrozaba. Algunos pensaban en el relato inverosímil que dirían en la casa: "nos bajaron diez puntos, porque alguien le cogió el culo a una señroita". Los que nunca supimos quién era, nos mirábamos interrogantes. Pero el silencio seguía firme.

-          Digan quien fue y solo ese será castigado, concluyó.

En la esquina derecha del aula, en el grupo que se ubicaba junto a la ventana se movieron algunas cabezas con discreción y posaron sus ojos en uno del grupo. Este se levantó lentamente, con el rostro desencajado y una voz apenas audible dijo:

-          Fui yo, licenciado…

Salgado lo miro por pocos segundos y luego nos miró a todos.

-          Qué bueno que no sean sapos, ni delatores, nos dijo. Luego mirando a R, nuestro compañero, sentenció.

-          ¡Cojudo!, y antes de salir acotó: ¡Qué buen culo que te has cogido…!

La carcajada tardó en salir junto con el alivio. R alcanzó a sentarse evitando el desmayo. Nadie fue sancionado. Dicen que el inspector pidió disculpas por nosotros, solicitando comprensión. Era una época más dominada por el machismo y quizás, ahora que han pasado décadas, debió generarse algún proceso, más bien educativo antes que disciplinar, ante ese hecho. Pero fue una lección de Fuenteovejuna, de lealtad colectiva, de omertá... y claro, uno de los imborrables recuerdos tragicómicos de la adolescencia.