Friday, April 27, 2018

Alegrama traído por el viento

Sueño que sueño y en esa oniria despierto. Tú estas a junto a mí. Te cuento lo soñado. Te espantas, sonríes, me abrazas y me besas. Me acurruco a tu lado, me arrullas y en el sueño me duermo otra vez. Despierto de verdad. Estoy solo. Esa pesadilla soñada en el sueño, es la realidad. Nuestra realidad.

Friday, March 23, 2018

Aarón


No recuerda su primer beso, pero sabe que se lo dio Manuela, la hija de la vecina Paula, cuando él tenía tres, y ella ocho. Siete años después vendrían los primeros besos apasionados, regalos de Gladys, una adolescente de 16, amiga de sus primos. Sin duda le parecieron desagradables, no tanto por la bruta y lúdica persecución, cuya captura terminaba con la lengua de la chica dentro de la boca del niño, cuanto por el sabor de la saliva ajena.

A sus 14 se hizo novio de una preciosa chiquilla de ojos verdes, delgadita, menuda, bella... Siguiendo las convenciones de la pandilla barrial, el naciente noviazgo se selló con el ósculo consentido y el cruce de lenguas descubriendo manjares. Sin duda fue una sensación maravillosa, que mezclada al núbil gozo de tener la primera novia, dio origen a otros descubrimientos mutuos. Poco tiempo después fue cambiado por un chiquillo mayor, más rudo, más hábil y divertido. Y luego, a su vez, él descubrió la sexualidad en un extraño encuentro con una chica extranjera que estaba de paso por el país. Primer encuentro raro, primera desnudez mutua, primer ingreso en el cáliz, el cual quedaría marcado por muchos años en su piel. El dolor delicioso, el delicioso olor, el sabor, el sopor... Todas esas sensaciones que él suponía se llamaban amor, pero que no lo eran.

Escasas novias y solo con pocas de ellas, aprendizajes incipientes en la piel. Pues le tocó por jamelgo, uno rucio flaco y lento llamado timidez, que corcoveaba sin hacer caso al jinete, cuando aquel quería acercarse a sus escasas condiscípulas del primer año de universidad. Ellas se contaban con los dedos de ambas manos, y las que le gustaban, ni siquiera usando todos los de una, pero -claro- gustaban también a los otros 35 jovencillos del curso. -Si no acepta tu invitación a un café, no perderás un brazo-,  le decían sus amigos; pero para él, el posible rechazo significaba más que la amputación. Sin embargo, logró salir con una chica cuatro años mayor, lo que pesa mucho si tienes 18. De ella se enamoró tanto, como ésta lo hizo de un casi egresado universitario. Cuando la miró en la fiesta besándose con el cuasi ingeniero, él bebió de un tragó casi una botella de aguardiente a su nombre y gritando su nombre lloró y la odió.

Pero como la balsa nunca puede estar mucho tiempo sumergida, conoció el amor mutuo, ese que parece invencible, que deja ver colores en el lodo y el dulce en el ajenjo. Amor de semestre de intercambio, que jura en el aeropuerto reencuentros prontos, pero sobre el cual las probabilidades o cualquier estadística, indican que no tiene futuro. Lo obvio solo molesta a los necios y la quinceava carta con matasellos de Albuquerque le dijo que él ya no existía para ella. Pero Aarón iba hasta las cabinas teléfonicas a escuchar desde el otro lado el timbre de ocupado, o el que indica que no hay nadie...  Una noche la roommate de su idolatrada, le respondió serena y afable, que ésta no vendría a dormir, pues se quedaría en casa de Mark. Y de nuevo bebió aguardiente y lloró, pero esta vez no odió, no la odió, su rencor se dirigió contra el tiempo y el espacio. Cuando se tiene 21, se cree poderlo todo, pero la realidad puede más.

Una mañana dejó el poema a medio escribir, hizo callar por fin a Thelonius Monk y botó en el excusado la media botella de whisky restante. Arrojó los cigarrillos al basurero y se bañó en agua helada. Salió a la calle y en el modesto restaurante donde desayunaba conoció una muchacha. Eran días sin celulares, sin correo electrónico ni facebook, sin tinder y sin chats, casi sin teléfonos, pero tres días después se fueron juntos a la playa... y ella luego desapareció. Esta vez, él no sufrió, y sin saber cómo, se encontró en una marcha política con una esbelta rubia a quién conoció en el sentido bíblico de la palabra, entre las caladas de un cigarrillo de marihuana. Días de porros, de sexo, de música, días de ese goce, tan parecido al amor, -y más barato- como nos los recuerda Charly García.

Luego vinieron más relaciones, desde el ejercicio metódico de  ese concepto que ahora llaman “amor italiano”, amor con fecha de caducidad, amor que llega solo hasta la más ínfima desaveniencia, la que marca su final. La vida le puso entre buses y aeropuertos, en estancias de meses, de trimestres, semestres. Y desde el movimiento y las relaciones, como enseña Baruch, fue generando el conocimiento de las mujeres, desarrollando estrategias, tácticas, modos de seducción, parámetros comunes y excepcionales; mecanismos, artilugios y desempeños para hacer que ellas alcancen la gloria, abrazos intensos y sentidos, post coitos repletos de ternura. A la mesera del restaurante regalaba una rosita cursi o un casette de baladas, a la cajera del banco le invitaba un helado en el sitio más “inn”, a la intelectual convencía de leer juntos a Baudrillard luego del sexo oral mutuo. La activista de izquierdas accedía a compartir su lecho entre citas rebuscadas de famosos revolucionarios. Las hippies se desnudaban con porros de marihuana, las inglesas y rockeras lo hacían con botellas de whisky y Norteño respectivamente. Con sicólogas y antropólogas se transformaba en caso clínico o en motivo de etnografía. Entraba entre las placas del microscopio de las médicas y luego las ataba con el fonendoscopio en una preversión consentida. Saltaba, con las matemáticas, desde el telescopio hacia los agujeros negros del ahora finado Hawking, para follar en esa cama de antienergía al vacío.

Y todo iba bien…, o al menos eso creía él, hasta que se enamoró. Se dejó ir en una relación sin expectativas, pero con muchas alas, sin rejas y con mucha verdad, con la libertad del romance que va madurando de a dos. Si antes creía que estuvo bien, para entonces se sabía mejor. E iba todo mejor, o al menos así él lo creía, hasta que, como nos canta Lavoe, el pasado no perdona. El perro que aprendió a comer mierda, si no la come la huele. Las mañas no se marchan, solo están descansando.

Años después, lo que le gustó de su amada, se transformó en lo más detestado.

Así pasaba los días en medio de la tormenta, hasta que salió por dos minutos el sol, para llover de nuevo. Vino el arcoiris y desde este le cayó un hijo en los brazos. La maravilla creciente que daba a su corazón el pequeñín, era directamente proporcional a la muerte de esa mata llamada amor de pareja. Y supo entonces, que esa mata llamada amor de pareja, de dos metros de alto, sembrada en su corazón, estaba atrapada en una caja de uno por uno y en cuclillas. 

Pero volvió los ojos a su soledad, la que por suerte nunca le abandonó. Ella comenzó a acunar a su hijo, y los tres inventaron juegos, risas y locuras. Y como dicen los cuentos de hadas, que a veces él lee al pequeñuelo antes de dormirlo: Fueron los tres felices.
                                                                                                            foto: revista predicciones

Monday, February 05, 2018

Sabine



A S.G. 20 y piquito años después 

Octubre del 97, Guayaquil más húmeda y calurosa que de costumbre, gracias a “El Niño”. Debía facilitar, cada tres días, talleres de planificación comunitaria en una cooperativa de Guasmo, Suburbio o Bastión popular. Salía en la “Cristal – Centro”  desde la Plaza Victoria, en otra línea de buses similar, o en una camioneta desde la oficina que me contrató. En los barrios o "invasiones", más de una vez, vi a niños bañarse inocentes en las pozas creadas por la lluvia y lucir despreocupados su dermatitis. A las dos, comenzaba mi sesión en una escuela, en la sala de una casa o en una pared que nos brindaba algo de sombra y permitía colocar los papelotes. Mis contertulios eran gente humilde, generalmente sentada en silletas de plástico, con quiénes construíamos mapas parlantes o visiones de futuro, a veces con techo y a veces sin este, pero siempre con el sol canicular evaporando la lluvia de la noche anterior y sintiendo como emergía desde el cascajo -que mandó echar el alcalde León Febres Cordero- el olor fétido de la podredumbre ascendiendo desde el infierno.

A las siete, generalmente, me acompañaban al bus los compañeros del Frente de Defensa Popular del Guasmo, las mujeres del Comité de vigilancia nocturna, armadas de sendas “recortadas” o algún líder juvenil de una pandilla... Otra vez en el centro, iba por una cerveza, a un bar de "lagarteros", en la Víctor Manuel Rendón, hasta que descubrí los video foros de la Casa de la Cultura los días martes. Buenas películas generalmente españolas, con pocos asistentes que se iban apenas se encendían las luces, o cuando el comentador preguntaba si no se quedaban al foro. 

Un día llegué tarde y pregunté a la persona del asiento contiguo si el filme inició hace mucho. Con acento extranjero, me dijo que no. Apenas pude miré discretamente a mi vecina ¡Era bella! Cuando se prendió la luz, le regalé una sonrisa que devolvió con sus grandes ojos verde oliva, con sus graciosas pecas, con su nariz respingona. Cruzamos unas palabras, mientras el comentarista dudaba si comenzar la tertulia para los dos únicos sobrevivientes. Le propuse ir al “Bar y Caña” y en las dos cuadras que nos separaban del antro, nos presentamos. Era la agregada cultural francesa en Guayaquil, asignada hace un par de semanas. Llegamos a la "perla" casi al mismo tiempo.

Yo vívia en el kilómetro 32 vía a la Costa, en casa de mi tío abuelo, mi último bus salía a las diez de la noche, por lo que luego de dos cervezas le dije que me retiraba. Ella repuso, que podía quedarme en su casa. Tres, cuatro, ocho cervezas, que en el calor guayaco jamás emborrachan en serio. "Felipe", el cholo Segura, nos dijo que cerraban y fuimos a la Pedro Moncayo por un taxi. Ahí me dijo que lo sentía, pero le daba miedo llevar a su casa a un extraño. Me la quedé mirando, me dijo que por favor la entienda, me pidió el número de teléfono e imploró que conteste su llamada. Di un corto respiro, ella subió en el taxi y yo caminé hacia la avenida Quito buscando un hostal. El “Daisy”, hostal-cantina, me recibió con un borracho expulsado a empellones y me despertó con el exquisito sonido provocado por el estropajo de metal al lavar las ollas.

Y sin embargo, contesté su llamada. Rechacé, por dignidad, vernos el viernes, pero nos vimos el siguiente martes en el cine y las cervezas posteriores fueron en el “Rob Roy”. Sabine, me dijo en confianza, que detestaba Guayaquil, me mostró las ronchas alérgicas en antebrazos y pantorillas. Me confesó que no entendía a su gente, y que estaba harta de la lluvia constante, que comenzaba a veces a las 6 de la tarde y paraba, a veces, a las 6 de la mañana. Eso no pasa en París, me dijo y me pidió que la disculpe por dejarme en la calle a la 1 am. Me agradecía no haber desaparecido, cosa que ella sin duda habría hecho en mi lugar. Recalcó que encontrarme fue una suerte y me besó. Dormí en su casa, no en su cama. 

Desde entonces, yo llegaba al centro más temprano e iba a su oficina en la Lorenzo de Garaycoa, a leer poemas de Prévert, y cortas novelitas policiacas de la biblioteca. En el tiempo libre de mi flamante enamorada, charlábamos y nos besábamos, antes de ir hacia la Victoria. Mis días se daban en ambientes guayacos distintos: del kilómetro 32, al centro, de allí, a la profunda urbe marginal y en las noches a la burguesa Kennedy y el elegante departamento de diplomática en la Avenida Orellana. Casi siempre cubiertos por la lluvia pertinaz, en toda Guayaquil, sin distingo de clase o etnia, hombres y mujeres caminaban aletargados, con un brillo en el rostro provocado por el sudor y la humedad de más de 70%. Los sábados nos echaban del “Manantial” a las 2 de la mañana, y con 30 clientes nos sacábamos los zapatos para entrar en "la Víctor", como se hace a la piscina. Caminábamos con el agua hasta las rodillas y bajo la lluvia seguíamos hasta la Carlos Julio Arosemena; entre mis risas y sus lágrimas de rabia. Esto no pasa en París, repetía. En París ahora mismo se congelan, era mi respuesta risueña.

Tres meses después mi trabajo terminaría. Cuando le di la noticia, me despidió cortesmente de su oficina, alegando una reunión. No quiso verme esa noche, y al día siguiente me llamó por teléfono para decirme que dejaba en su oficina un regalo de navidad. Eran varios cassettes de Brassens y León Ferré, de Gainsbourg, de Brel y su famoso “No me quites pas”. En Quito los escuché, le dije que muchos estaban mal grabados y rezongó rabiosa. Me llamaba cada mañana y yo, desde el celular de mi padre cada tarde. El viejo vio el reporte de su cuenta, y Sabine le dijo que sobre aquello debía conversar conmigo. Nos veíamos los fines de semana. Fueron siete viajes, cuatro míos y tres de ella. 

Un domingo por la noche, en el aeropuerto, Sabine  acongojada y dejando que el humo salga de su boca, me dijo repleta de sinceridad: No resisto más. No puedo estar acá esperando por ti toda la semana, contando los días desde el momento en que partes. No aguanto más estar en la antesala de la angustia hasta ese viernes en que por fin se eleva el avión que me lleva a ti, o en el aeropuerto hasta que aparezcas con tu maleta breve, que me recuerda que no te quedarás mucho... Lo siento, Alexí, pero ya no puedo poner el pecho a la sensación de domingo tarde donde el reloj neurótico me dice, que debo marcharme. Lo siento, pero no puedo despertar el lunes, mirarnos desnudos y vivos, y cortar el abrazo posterior al amor, sabiendo que si no lo hacemos perderás el vuelo. No puedo. ¡No! Me cuesta construir esa sonrisa llegando al aeropuerto. Cada vez es más difícil la despedida. No cheri… 

Te necesito entre semana. Abrazarte miércoles, tomar tu mano un jueves hacia el Rob Roy o al Bar y Caña. Quiero encontrarte los martes en la Casa de la Cultura. Me duele mirar desde mi oficina la biblioteca y no verte leyendo una aventura de Maigret. Me mata saber que no podemos preparar juntos la cena al final de un lunes aburrido, que luego se llena de gozo mientras me haces el amor… No, Alexí, no puedo seguir… Cada vez es más horrible la ciudad, peor que antes de conocerte. Tétrica, luego de que te marchas. No disfruto los días, solo quiero que pasen… y esa no es una vida buena. Es "malsano" esperar que llegue el maldito viernes y pasarme la semana añorando el momento en que la amargura se transforma en miel, al verte de nuevo. 

Eres lindo, pero no puedo seguir así…

Wednesday, January 03, 2018

El bautizo de Rosario



Después de casi quince años sin aumentar la familia, les vino a la pareja una niña. A los diez días de nacida, sus padres creyeron conveniente ponerla bajo la protección de un Dios. Una noche duró la deliberación conyugal y finalmente se decidieron por aquel que tenía más clientela en este lado del mundo. 
Al mes siguiente, la pequeña fue bautizada como Rosario Michelle Auxiliadora, este último nombre, por el día en que nació y que según el Almanaque Bristol, correspondía a esta virgen madre del dios católico. Sería la primera de la familia que no usaría los nombres rusos con que fueron llamados sus ancestros, pueblerinos recios, acérrimos ateos y comunistas. Sus dos hermanas mayores eran Kalinka e Ivanova, y los hermanos Lenin y Trotsky. Las tías se llamaban Nadezhda y Svetlana, en honor a las esposas de los primeros patriarcas de la patria roja y los tíos Grushenko e Igor. Lo cierto es que todos los familiares tenían los nombres de un clan de las orillas del Volga o del Ural y no los de una ciudad a orillas del Zamora. Los apellidos de la pequeña Rosario eran Jaramillo Armijos.

Rosario Michelle era un nombre acorde con los tiempos. La discontinuidad de la tradición era comprensible ante las nuevas relaciones comerciales que la familia establecía con clanes adinerados del sector. El nombre de la niña era perfecto para los días que vendrían, puesto que Vasili, el flamante padre, consiguió  la representación exclusiva de una empresa eslovaca y el primer negocio se había pactado con el católico monopolio ecuatoriano libanés de Juan Eljuri, a quien pedirían además ser padrino de Charito. El nombre del nuevo miembro de la familia estaba totalmente justificado por la geopolítica y el declive ideológico del socialismo real, materia de furibunda discusión en las reuniones familiares. Reuniones que en su fogosidad se parecían en mucho a los congresos ampliados del rojo partido, del cual Don Floro Jaramillo, el abuelo, fuera secretario provincial. 

El bautizo de Charito, aunque desaprobado por el patriarca, se realizó con un cura de la capital y en la posterior comilona, la polémica hizo su infaltable aparición. Primos y tías, tíos y cuñados y la abuela ponían en el tapete sus posiciones encontradas, que iban desde la tibia socialdemocracia al anarquismo más violento defendido por los primos más jóvenes, pasando por el trotskismo y el castrismo, de papá Vasili y del tío Igor, respectivamente; la radicalidad de Grushenko a quién cariñosamente llamaban "el Chino" y el terrorismo ecológico de Nadezhda. El debate se ponía candente, mientras Svetlana soltaba mantras de shamanismo amazónico y Tania calmaba a su asustada hija Rosario, quien como única católica lloraba entre los herejes.

Marxistas andinos ensartados en feroz discusión política, se callaban un rato para dar paso a las reflexiones de doña Rosario Efigenia, la abuela, quien profética, vaticinaba desde la cocina el corto tiempo de vida que le quedaba al imperialismo yanky. De a poco los Jaramillo volvían a defender sus posiciones con enjundia, hasta callarse ante el grito destemplado de Don Floro. La firme exclamación del raquítico patriarca desde la cabecera, dejaba en el comedor por pocos minutos el aire de una iglesia en comunión. Don Floro dejaba su apacible sueño, levantaba su nariz, que hasta entonces estaba a escasos centímetros de su guiso, se ponía ágilmente de pie y con los ojos coléricos golpeaba su bastón de chota contra la pared más cercana. La quietud se imponía y el viejo gritaba a voz en cuello: ¡Lo que hace falta en este puto mundo es otro Stalin, carajo!

El patriarca se sentaba lentamente y luego se adormilaba. Los murmullos se transformaban otra vez en gritos, para entonces Rosario Michelle ya dormía plácidamente… 
Resultado de imagen para almuerzo de familia grande

Julio 20 1999