Tuesday, November 16, 2021

Francine (el alegrama que nació mientras dormía)

La Roma monumental siempre hará que pasen cosas, especialmente en esos veranos super calurosos, con sol radiante y cuando la ciudad se llena de turistas. Estos van presurosos del Coliseo a la Fontana di Trevi, como si se tratara de una gimcana, miran sus mapas, hacen largas filas buscando los sitios arqueológicos, se toman fotos...

Yo caminaba relajado en la ciudad de los Césares, era otra de tantas estancias por trabajo o placer. Ahora visitaba a Giulia, quien hace poco tuvo su bebé y esperábamos unos encargos que su hermana Martina, residente en Nueva York envió al sobrino. Pedimos una “birreta”, ella hidrató a su crío de ojos vivísimos y nos igualarnos los chismes. Media hora después, llegaron tres mujeres, que no pasaban desapercibidas, evidentemente estadounidenses, eran contemporáneas nuestras, en los finales de su veintena. Las compañeras de trabajo de Martina llegaron a Roma el día anterior. Después de los saludos efusivos de Giulia, las preguntas sobre su hermana, vino la invitación a acompañarnos. Ellas contaban sus primeras impresiones y una comenzó a practicar su italiano, de acento americano apenas perceptible, conmigo, debido a la ubicación de las sillas.

-No vinieron a Roma a sentarse a tomar cerveza, les dijo Giulia con su amplia y romana sonrisa.

Las despidió cortés y concertaron una cena para el día siguiente, en la que el abundante vino de Abruzzo, regalaba a Francine un italiano más fluido. Había nacido en la pequeña Italia, en ese sector del Bronx, ubicado a pocas cuadras de la turística calle Arthur, que se va convirtiendo en el último reducto del gran barrio italiano del norte de Manhattan. Su abuelo migrante desarrolló un pequeño negocio, que se hizo próspero con su padre. Bautizada en honor a Francesca, la matrona de la familia, ella preferia que le llamen Fran.

En un verano romano, después de que el dios Baco nos inundara con su elixir, era obvio que terminemos besándonos. Los días siguientes las acompañé en sus recorridos por la ciudad, a las playas cercanas y muchas veces terminábamos en una fiesta improvisada en casa de Giulia. La semana siguiente, fueron hacia Pompeya y su retorno fue el preludio del retorno a la Gran Manzana. Diez días pasaron volando, pero el amor de verano siguió desde varias cartas y contadas llamadas telefónicas. Yo había regresado a Trapani e iba tirando desde mi puesto de asistente contable en la prefectura. En septiembre me invitó a Nueva York para el fin de año y aunque dudé mucho que dieran la visa a un chico pobre, llegó la carta de invitación de su padre. A veces cierro los ojos y revivo ese recuerdo bonito de la noche de navidad, que comenzó con una corta caminata en el frío invierno. Los cuatro, eleganemente vestidos, entrando a un restaurante. El hijo mayor de la familia había fallecido en un accidente años atrás y Fran me advirtió que ese era un tema intocable.

Times Square marcó el fin del año con la multitud alborozada. My guapp y yo estábamos muy enamorados. Para fines de Enero, cursaba mi primer nivel de inglés y trabajaba en la cocina de un restaurante. En Junio era contable en el almacén de un amigo de la familia. Desde el primer día Michael, el padre, se portó muy amable. En una no planificada celebración de mi primer año no tan discreto, espetó:

-        Sabes Tony, estoy bastante contento de que Fran tenga un novio italiano y no un negro bailarín de break dance, o un portorriqueño de patillas largas y bigote recortado, como está de moda.

Con su estilo directo me dijo que si viviría en Nueva York era mejor acercarme al baseball y comenzó a llevarme al estadio de los Yankees. No sabía por qué a Fran incomodaban esas salidas y yo replicaba que comprenda a su padre, pues quizás veía en mi al sustituto del hijo fallecido en aquel accidente. -No te pongas celosa-, bromeaba.

Vivíamos en un modesto departamento de Brooklyn, Fran trabajaba en una tienda de computadoras novedosas, aquellas en las que su pantalla simulaba una hoja de papel. Su familia nos visitaba regularmente, pero a veces y sin avisar, aparecía Michael con cerveza, entradas para el estadio o deliciosos pastramis... Una tarde me trajo un trabajo de contabilidad. Algo sencillo, reordenar algunos inventarios desde instrucciones precisas. Un trabajo fue muy bien pagado, pero sobre el que, sin necesidad de decírmelo, debía guardar reserva, incluso con Fran.

Ni mi esposa ni yo éramos muy creyentes, pero mis suegros insistían en fijar fecha para la ceremonia religiosa.

-Es dar una alegría a la nona, Tony-, dijo Michael. -Ella se ufana de que jamás hubo divorcios en esta familia. Viudeces sí, pero divorcios nunca ¿Tú me entiendes, eh?- La nona está vieja, se lo merece ¿No crees, Fran?

Fue una celebración magnífica donde mi suegro botó la casa por la ventana. Al final era su única hija. No sé si la signora Francesca estaba alegre, pero desde un sitio de honor nos miraba con sus ojitos opacos más bien llenos de curiosidad. Luego de las palabras rituales de mis padres y suegros, luego del vals y del baile general, se quedó la corta familia ampliada y pocos amigos. En un rincón estaban abrazados Michael y un amigo de su misma edad, bastante borracho. Recordaban ruidosos, esas anécdotas de juventud, los días infantiles del barrio, los del ejército… Anthony Occhipinti, me mira con los ojos vidriosos y me invita a acercarme. Cuando estoy a un par de metros dice

-Eh Michael. Eres un viejo con suerte, el figghiu no solamente es siciliano, además se llama como yo, ¡somos los mejores, eh, Tony!, acota despeinándome. ¡Bienvenido a la familia!…

Me pareció que mi suegro se ponía serio, pero lo dejaba seguir.

-Vamos Occhi, tómate el último, dale.

Occhi, pasó su brazo por el cuello de mi suegro y formó un pequeño triángulo, con nuestras cabezas casi chocando.

- Eh Miki, bastardo… Te felicito… Parece que tenemos al próximo padrino.

Fueron pocos segundos de silencio, en los que pensé que mis oídos o mi dominio del inglés me jugaban una mala pasada. Fue uno de los momentos más determinantes de mi vida, del cual el recuerdo es ambiguo. No tengo certezas sobre la expresión de mis contertulios: A veces creo que Michael frunció el ceño y Occhi puso cara de haber metido la pata, pero en otras se me hace que esto fue planificado por los amigos, comenzando con la supuesta borrachera de Occhi. Creo que ambos me miraron con una expresión inquisitiva, como si quisieran respuesta. En esos breves segundos creí confirmar sospechas y al mismo tiempo me dije que mi carácter fantasioso me estaba jugando una broma.

Esos segundos largos con los fuertes brazos de Occhi alrededor de mi cuello y el de Michael Russo, su amigo de toda la vida, terminaron con la carcajada de ambos y mi aliviada sonrisa. Sin embargo, acompañando la música de fin de fiesta, escuché como unas zancadas firmes se acercaban con determinación. El sonido de los tacones me hizo girar la cabeza, para ver los ojos de Fran calcinando a los dos amigos.



Monday, June 14, 2021

Tres veces diez

 A GB

La noche fría aparecía súbitamente, después de una tarde soleada. Nos reímos mucho, fueron unas cuantas horas muy divertidas. Caro se ofreció a acercarme a casa y avanzábamos en medio del tráfico de las seis, similar a una procesión quelonia, disfrutando de la comunicación fluida que siempre tuvimos e “igualándonos el cuaderno”. No nos habíamos visto en casi una década.

Me dejó muy cerca del barrio donde crecí y el caminar de nuevo en este, trajo de vuelta los recuerdos de la adolescencia, entre ellos los años en los que conocí a Carolina. Sí, caminando entre las calles casi desoladas, pude, como dice Violeta, volver a los diecisiete. Visualicé los días de la federación de estudiantes, sus células militantes atareadas en la concreción de sus sueños, su dirigente, la sensual Zoila, hermana mayor de Caro. 

Mientras bajaba por la calle Asunción, recordé aquel paseo al Cayambe donde conocí a Carolina, quién venía enfundada como si fuera al mismísimo Polo Norte. Una adolescente dulce y bonita, con un timbre de voz que evocaba un tintineo y que estaba muy entusiasmada por subir, a sus 15 años, las cumbres del coloso. Compartimos pocos tramos de caminata juntos, pues yo estuve la mayoría del tiempo con el grupito que subía bebiendo aguardiente, pero supe que nos gustamos. Dos días después recibí de manos de Zoila, un pequeño regalo de Caro, una cajita con dulce de guayaba y turrón.

Esa historia de amor núbil pudo tener un final muy feliz, si es que el Cupido no hubiera errado su lanzamiento y me enamorase como un loco de Zoila. Error fatal del arquero, puesto que, si bien fuimos enamorados, ella me trataba como una niña a su oso de peluche, que lo toma cuando quiere jugar y lo abandona cuando se aburre. Momentos de alegría inmensa los de cercanía y tristeza en la misma magnitud cuando Zoila, matemáticamente me abandonaba, por algún otro… Ahora me doy cuenta de que era previsible ¿Qué chica de 22 toma en serio a un muchacho de 17? Mucho más si estaba rodeada de ingenieros que rozaban los 30, repletos de madurez y cancheros en diversas artes. Pero mi estrepitoso fracaso con Zoila, es otra historia…

Diez años después, en un encuentro luctuoso en el que coincidimos y en el cual, dadas las circunstancias, de manera general e incompleta, nos “igualamos el cuaderno”, me contó que enterarse de mi romance con su hermana mayor le causó un dolor profundo que, sin embargo, sanó rápido, gracias a que mantuvimos espacios y tiempos disímiles. Gracias a Pancho, un buen tipo y su viaje a México, en donde pasó toda la universidad. Al despedirse, me dijo, por mi nombre y apellido, que debíamos ir por un café, pues tenía algo muy importante que decirme.

Nos encontramos en la Mariscal. Caro llegó hermosa, fresca y elegantemente vestida con una blusa tehuana. Tenía la misma voz de tintineo, los dientes blancos y las pecas adolescentes alrededor de la nariz. Los años y el Distrito Federal la habían hecho muy extrovertida y experta en albures. Intercambiamos bromas, compartimos temas antropológicos y nuestras mutas experiencias en campo. Después de una mini cátedra etnográfica (muy UNAM), me dijo que ponga atención pues lo que me diría era la razón de esa cita.

-Hace unos 3 años, en Chiapas, estuve en una ceremonia shamánica con mezcalina y apareciste en ella. Una visión intensa, muy bonita, tierna y apasionada a la vez. A la mañana siguiente, iba a acercarme al shamán para contarle sobre ella y sobre la historia que no pudo ser en mis quince años, pero él, antes de nada, me dijo: Ese hombre será muy importante en tu vida, búscalo. Y aquí me tienes-

Me tomó de sorpresa, pero nos besamos de inmediato, estábamos dispuestos a cumplir el oráculo náhuatl. Luego de ese particular ritual iniciático me extrañó que tomase su cartera y se levantara.

-Estoy en casa de mis padres, dijo, debo llegar temprano-

Sin embargo, caminamos como dos enamorados las pocas calles que separaban el café de la avenida principal, hasta que paró un taxi.  Esa misma noche, por teléfono me dijo que el resto de la semana mostraría el país a su sobrina rusa y a su regreso, me invitó a dormir con ella, pues sus padres estaban de viaje.  Esa propuesta magnífica me hizo pensar en la cancelación de una cita que tendría lugar al terminar la jornada laboral.

- En verdad lo siento, Caro, pero tengo que terminar un reporte- La cita era con mi ex.

Pasó otra semana y finalmente en el mismo café, nos vimos en un miércoles luminoso. Parecía un reinicio, repetíamos el diálogo, temas antropológicos y detalles sobre mi posterior investigación en las comunidades de Cotopaxi, en las que ella trabajó durante varios años. Caro me contó sobre su sobrina rusa y yo sobre el encuentro con mi ex y las dudas que este provocó. Ella me entregó ciertos tips linguísiticos, antes de decirme que se iba. No caminamos como enamorados las pocas calles, y en la avenida, me dio un beso pequeño, antes de subirse a un bus metido en una procesión quelonia, propia del tráfico de las 4. Un par de semanas después, a mi regreso de Cotopaxi, otra vez por teléfono, me dijo que tenía novio. Me encogi de hombros. Yo había retomado mi relación con Martina.

Transcurrieron otros diez años antes de encontrarnos en una fiesta. Esta vez tenía el cabello corto y unos lentes de marco grueso que le daban un toque todavía más intelectual. Se me acercó con dos copas de vino. Me llamó por mi nombre y apellido y con su voz de tintineo comenzó:

¿Recuerdas la última vez que nos vimos? Esa tarde soleada, mi querido, como eres tan despistado, no caíste en cuenta que me hiciste enfurecer. ¿Cómo se te ocurre mencionar a tu ex, con un tono de melancolía y confusión? Prácticamente me subí al primer bus que pasó, quería huir del lugar para no matarte. Rumiaba mi rabia junto a la ventana, cuando el sol me dio directamente en la cara y para colmo, el chófer subió el volumen del vallenato que nos obligaba a escuchar. Le grité que lo baje. El hombre del asiento contiguo, que resultó ser colombiano, me preguntó algo que no recuerdo. Estuve a punto de ignorarlo o descargar en él, la bronca que te tenía con un sonoro “que te importa”. Pero por un segundo vino la cordura, y respondí a su segunda pregunta. El bus seguía con su paso de gusano, pero el diálogo que comenzamos a hilar con Edwin, que así se llamaba mi compañero de viaje, hacía que el embotellamiento sea agradable. Yo nunca converso con desconocidos en los buses, pero de pronto me vi desahogando, con uno, el enojo que me causaste.

Caro y Edwin estuvieron casado 20 años y tienen un hijo hermoso.  El shamán chiapaneco tuvo razón. Ella debía buscarme.

Catrina Cerámica Tehuana Artesanía Mexicana Día De Muertos | Mercado Libre

Saturday, April 10, 2021

Prashant

Egresé de la universidad y escogí trabajar medio tiempo. Decidí que el resto del día sería para perfeccionar esas habilidades de dibujante y artesano que me permitirían subsistir en mi próximo viaje por América. Cumplía 4 horas de profesor de español en una academia del centro y el tiempo restante, entre tonadas de jazz y sorbos de güisqui, iba por mis aficiones.Vivía modestamente y sin duda gracias a la ayuda de mi tío, quien generoso, me regalaba tarjetas de comida en un restaurante. Luego de mis clases iba por una cerveza aperitiva, en algún bar del Pasaje Amador o en una cantina de la Olmedo, para después almorzar donde doña Carmen, en la Chile. Vagaba en esa misma calle, atiborrada de vendedores ambulantes de los bienes más diversos y me entretenía conversando con Miguelón el de los jeans, con Pulguita el de las toallas o con Chespiro el vendedor de peluches. A veces les compraba un paquete de yerba. Una tarde, en San Francisco, tocaba una banda de reaggue, cuando llegué estaban en esa última canción que el público quiteño casi obliga a hacerse, al grito de “otra”. La atmósfera musical se llenó de un agradable olor dulzón y vi que el vendedor de las varitas olorosas era un joven casi rapado, enfundado en una túnica naranja. Tenía dos líneas blancas entre las cejas y de su cuello colgaban numerosos collares de cuentas. El chico tendría unos 21, un par de años menos que yo.

-Eres paisa, le dije.

-Pues, sí, respondió. ¿Conoce?

Negué con la cabeza, pero añadí que ese mismo acento lo tenía la esposa pereirana de mi tío pastuso.

-Ah, que bien, pues, debe ir para allá, es bien bonita mi tierra, añadió el novicio krishna, arrastrando las “eses” desde su acento particular. Esta vaina ya se acabó, dijo, mientras sonaban los aplausos, mirándose las manos con pocas monedas y muchas varitas de incienso.

- Anda para la Ipiales, acoté, ahí de seguro te compran.

Mientras subíamos por la Cuenca, me contó que se llama Prashant y que llegó hace poco. Me dio un breve sermón acerca de los principios de su fe, la oración, el vegetarianismo, el yoga… y me invitó a visitar el templo Krishna de la calle Esmeraldas. Al llegar a la Chile, nos despedimos, pero pocos días después lo vi de nuevo, delgado, silencioso, hasta triste, con muchos inciensos en sus manos. Colegí que habrían pocas monedas en sus bolsillos y le invité a almorzar en el restaurante de doña Carmen. Cuando su hija Carmita nos contó que el menú tenía arroz con pollo, le pregunté si podía preparar algo vegetariano. No terminé la frase y fui interrumpido por Prashant.

-    No, no se apure, yo como todo pues, tranquilo, dijo atropelladamente.

-     ¿Dos almuerzos?, dijo Carmita

-     ¡Sí, dos almuerzos! ordenó Prasahant. 

Cuando Carmita se fue con la comanda, me pidió disculpas por romper sus votos.

-La verdad es que me venció el olor a pollo frito... ¡uste' no sabe parcero, como prepara mi mamá ese pollo…!

Llegó la pierna de pollo y desapareció como si hubiera caído entre un centenar de pirañas amazónicas. No lo juzgué y por el contrario me alegró ver que su ánimo mejoró, mientras me contaba sobre sus maestros, sus jornadas de oración y de baile alabando a Sri Krishna por las calles y en las ceremonias de la luna donde el templo se abría y purificaban a todos los invitados con comida. Se convirtió en otro ser más de las calles del centro y nos encontrábamos casualmente, él anunciando sus inciensos y yo mostrando la ciudad a algún alumno o camino a mi casa, para mejorar unas artesanías en coco, que de tan feas no las hubiera comprado ni yo mismo.Como artesano, no llegaré ni a Loja, me decía…

La tarde de un viernes nacía con un sol espléndido y con la frescura primaveral de mi ciudad. Ese día merecía dedicárselo al arte, pero también a un vuelo, me dije. Por ello, equipado con mi material de dibujo fui hasta la calle Chile a comprar un paquetito. Camino hacia el parque Matovelle, a la altura de la calle Esmeraldas encontré a Prashant.

 – ¿Le puedo acompañar?, me dijo y comenzamos a subir la cuesta de la García Moreno. A pocas cuadras, sudoroso y jadeante, propuso buscar una tienda.     

-       -  Parce, me muero de sed …

Sí, ese día, era el de un “sol bielero” y en la primera tienda pedí una cerveza y un agua sin gas.

-     No pues, no. Cervecita también para mí, si me hace el favor… ¿o es que uste’  bebe agua cuando dibuja?.

Nos ubicamos en la Rubén Darío, desde donde hay una vista espectacular de la Basílica y del centro oriente. Extendí la hoja blanca, saqué lápices y marcadores, pero lo primero es lo primero: rellené la pipa y antes de encenderla miré al novicio krishna.

-Y uste' ya sabe, hermano, ante todo soy paisa, pues…

Cada uno dimos un par de caladas y comencé a dibujar. Prashant halagaba el paisaje y las figuras geométricas del gótico de la basílica. De pronto se quedó silencioso, mirando hacia la nada. Había terminado un boceto y escuché que sollozaba. Dijo que le molestaba la debilidad de su cuerpo y la falta de fortaleza de su espíritu. Que era una lucha muy fuerte y no sabría si vencería. Y mientras eso decía, tomaba largos sorbos de cerveza, que a su vez eran interrumpidos por frases místicas del venerable Bahktivedanta. Le exendí la pipa encendida... Mientas seguía dibujando las pequeñas casitas del Itchimbía, Prashant, más sereno, me contaba cuanto extrañaba a su madre, así como no extrañaba la pobreza de su barrio. Añoraba los amigos, el fútbol, el aroma del café, pero no el miedo que en todos infundía la gente de Pablo Escobar, asesinado hace poco. Luego del desahogo, vino la relajación, su rostro reflejaba esa paz que seguro premiaban sus superiores en el templo de la Esmeraldas. Saqué la libreta pequeña y comencé a dibujarlo. Casi posando, me contó sobre la primera vez que sintió el encantamiento de Sri Krishna en su ser. Seguimos fumando y bebiendo, se puso a describir entre risas a las guapas caleñas y pereiranas, a las bellas de Medallo, entre ellas, su novia. Creo que ese recuerdo le hizo levantarse y decirme que regresaba al templo.

Estuve casi un mes en la selva, enseñando a varios grupos de ingleses y a mi regreso, vagando por la Chile, escuché que alguien me llamaba. Prashant sin su marca blanca entre las cejas y sin su túnica anaranjada, en una camisa y jeans, me contó que siguió frecuentando el restaurante y se hizo novio de Carmita. Pero una tarde, en que con ella se besaban y compartían unas salchipapas en la calle Mejía, se toparon manos a boca con el superior del templo Krishna y sin más, fue expulsado. Me dijo, con pesar, que ahora volvía a ser el simple Elkin Zuluaga. Mientras, Elkin Prashant bajaba por la Chile con su ropa dos tallas más grandes, el diablo de la culpa se agazapaba entre mis hombros y cuello. Yo fui el que le invitó al restaurante carnívoro, el que le presentó a Carmita, el que le brindó cerveza y marihuana... Ese diablillo comenzó a atenazarme la garganta. Viajé al río Tigre, esta vez con dos suizas, y a mi regreso, una Carmita lacrimosa me dijo, abrazando el menú, que habían terminado con Prashant y no sabía nada de él. Su destino solo lo conoce Krishna Om puniaia namah, le dije, por decir algo.

Por varios meses, entre la multitud de la calle Chile ya no se veía al delgado jovencillo de la túnica naranja, hasta que un día lo vi en la Plaza Grande, saltando alegre entre sus condiscípulos. Sus superiores le perdonaron, le enviaron a un retiro en Baños y de misión a Cuenca. Sus manos seguían llenas de incienso y de seguro sus bolsillos vacíos de monedas, pero sus ojos brillaban con alegría. En un par de días iría para Colombia, quizás vería a su mamá. Con un abrazo despedí a otro de esos hermanos que me habían regalado las calles del centro de Quito y décadas después, me pregunto si será todavía Prashant o Elkin Zuluaga, o ambos dos. Quizás ya dejó de ser entre los suburbios de Metrallo. Eso solo lo saben él mismo y el poderoso Sri Krishna om sanatanaia namah.

Thursday, February 18, 2021

La fiesta

Era un sábado de inicios de primavera, de esos que aparecen como un bálsamo, luego de varios meses de frío y cielo gris. Abría mis ojos al mundo a las once de la mañana, con la luz pujando por filtrarse a través de la gruesa cortina de mi kot de becario, con una leve resaca de la fiesta anterior y con pocos trabajos académicos por resolver. Iniciar a esas horas, significaba hacerse un “brunch”, ir por un kebab o beber un poco de jugo de cartón en espera de la apertura del restaurante universitario.

Aun cavilando, recibí la llamada de Mercedes Sosa, mi amigo guayaco, quien desde que asomó el invierno comenzó a engordar, hasta ganarse el apodo.

-Cepi, Akira, el japonés que estudia Filosofía, nos invita a hacer sushi-.

En los albores del año 2000, el sushi no era muy popular entre los estudiantes latinos, no solo por su precio, sino porque nos habíamos convertido en feroces devoradores de los baratos pollos del Viskmarkt, de las pizzas del “Magia e Via” y de los kebabs de Frank Zappa (el mote que pusimos al iraní que atendía la Vesalius eethuis). Hacer y comer algo diferente en ese sábado de leve resaca, era una invitación magnífica.

La casa de Akira, era una planta baja con jardín. Allí fuimos recibidos por él con la cordialidad propia de su cultura. Nos agradeció el haber venido y nos invitó a tomar una cerveza de las diversas que repletaban una nevera transparente. Pudimos ver a varios jóvenes de diversas nacionalidades, que como nosotros, bebían su cerveza ubicados alrededor de sendas mesas circulares, mientras manipulaban con concentración las mallas de bambú, o las delicadas algas, el atún, los camarones... La amplia sala, la cocina, el jardín, todos los espacios se iluminaban con la gama de colores de los variados tipos de pescado y vegetales, que contrastaban con la blancura del arroz abundante. Los muchachos y muchachas colocaban con delicadeza los ingredientes en las pequeñas verdes planchas rectangulares, enrollaban las esterillas, cortaban…

Cada uno de nostoros tres, armado con su cerveza y su esterilla de bambú, seguíamos a Akira. Él nos pidió que repitiéramos de inmediato lo que iba realizando. Acomodó el alga nori sobre la esterilla y levantó levemente la cabeza, la señal para que hagamos lo mismo con la nuestra. Luego colocó el arroz, el pescado, los vegetales, enrolló… Miró y realizó un control de calidad a nuestra obra, como lo hiciera un artista con una escultura. Sonrío y cortamos el tubo verde oscuro. Nos agradeció de nuevo por haber aceptado su invitación y nos pidió amablemente que comiéramos y bebiéramos todo lo que se nos antojara. Pin Ball (el apodo que se ganó el cuencano, por sus célebres borracheras), Mercedes Sosa y yo, hacíamos contentos nuestros primeros rollos de sushi, criticábamos mutuamente nuestro trabajo y para variar, poníamos apodos a los otros asistentes y sobre todo bebíamos cerveza. Akira venía a halagar nuestro trabajo y con el vinieron a nuestra mesa tres nuevas sushistas, una inglesa, una keniana y una turca. Nosotros, luego de una hora de labor, ya experimentados hacedores de sushi, les explicábamos fanfarrones y les dábamos consejo. Con su presencia, nuestra obra mejoró sustancialmente.

Cuando la bandeja se llenaba, Toshi, un paisano de Akira, retiraba los pequeños cilindros. Siendo las 4 de la tarde, estando repletos de comida y parcialmente borrachos, Akira repitió su agradecimiento ceremonial por el trabajo realizado. Nos solicitó que le honremos acompañándole esa noche en la fiesta que él realizaría en un yate y nos entregó a cada uno un pequeño rollo de cartón, cada rollo tenía 25 tickets de cerveza.

-Si necesitan más, por favor…-, dijo. Negamos con la cabeza, avergonzados de su generosidad.

Fui con Marijke. En la entrada del yate, nos recibió una hermosa japonesa, ataviada con el traje tradicional. Ingresamos y vimos una mezcla de luces y efectos propios de cualquier famosa discoteca de Bruselas, mezclados en elegante armonía con una decoración nipona. Saludé a Jen, la inglesa y a varios de los que nos conocimos en casa de Akira. Toshi nos invitó a pasar a una sección del bote donde varios bartenders repartían la cerveza, mientras en diversos sitios otros nipones que nunca había visto en el pueblo, servían los pequeños rollos que habíamos elaborado. El techno nos hacía mover, a los más de cien almas, que disfrutábamos del baile.

Desde el que parecía ser el camarote principal, colocado en la parte superior del yate, se abrió una cortina de papel y apareció una figura imponente. Estaba ataviado con un kimono azul y peinado como un samurái, tenía los brazos relajados a los costados. Giró lentamente la cabeza de un lado al otro y sus pequeños ojos rasgados dominaron todo el espacio. El solaz lo invadía. Abajo se alzaron los vasos de cerveza, brotaron los aplausos, algunos gritamos su nombre y otros corearon el tradicional Happy Birthday. El techno no dejaba de sonar, ni las luces de jugar. Akira estaba inmóvil, mirando al infinito, esbozando una leve sonrisa. Es un personaje masculino de una obra de Mishima, me dije. Uno de esos hombres que Yukio Mishima se obsesiona en presentar como un ideal de belleza, que a la vez controla sus emociones… Un personaje brillante similar a Ryuji o Yuichi, puro, extraoridinario, superior, aparentemente perfecto. Luego de varios minutos, cuando las ovaciones casi terminaban, Akira se dio media vuelta e ingresó lentamente al camarote. Las cortinas de papel volvieron a cerrarse.

Y la noche fue larga, Marijke y yo estábamos contentos y sudorosos. La fiesta parecía interminable y las ganas que nos teníamos también. Por fin nos besamos y nuestras miradas nos dijeron que debíamos salir. Abrazados, sonrientes, mordiéndonos de vez en cuando los labios, nos alejábamos del canal. Entonces, nos cruzamos con cuatro colegiales flamencos que no tenían muchas ganas de volver a casa.

-¿Quieren ir a la fiesta más espectacular de su vida?, les dije. Vayan al canal-  Les entregué un pequeño rollo de cartón. -Aquí tienen cerveza-, acoté. La risa y el agradecimiento no se hicieron esperar.